Quisiera decir adiós

Nada es fácil, pero tú eres imposible.
Me dijo la chica que me confundió con un espejo.
Aclaro yo que nada es claro en la turbia vida.
Será usado en mi contra cualquier cosa que diga.
Unos echan la culpa al Diablo de todo lo malo.
Otros culpan de lo mismo a Dios.
Adiós es lo que quisiera decir, de manera definitiva.
Pero aquí sigue uno, envejeciendo, contando los días.
El mundo es inmundo, pero también es bello y estupendo.
Es la mezcla de sus factores lo que lo hace difícil para la digestión.
No culpo a los políticos, ni a los magnates ladrones que basan su fortuna aprovechándose vilmente de las masas.
Culpo a las masas de idiotas que les dieron tanto poder a aquellos.
F. Scott dijo que todos los que imitan tienden a imitar invariablemente a los inimitables.
Eso deja a la humanidad hecha una caricatura ante uno o dos que fueron originales.
Duele comprobar que lo que menos toleramos lo tenemos incluido en nuestras propias personas.
¡Era tan lindo señalar las vigas en las niñas ajenas!
Clop, clop, clop, se oye a lo lejos, en un monte de Oliva Popeyesca,
calvos que clavan clavos en una madera con claveles en el ojal.
Van a inmolar al amolado siguiente, al que dijo la verdad y al que luego honrarán.
Unos dicen que es hijo del Diablo, otros dicen que es hijo de Dios,
No falta quien diga que es Dios mismo o quien despierte y exprese que todo fue un sueño.
“Toto, no hay lugar como el hogar” y a bailar con tus zapatillas de cristal, antes de que a la calabaza le de la medianoche.
Pero de nuevo me despiertas, me sales con tu tecnocracia, con tus estadísticas.
Quisiera tomar el último tren, pero dicen que ya no funciona.
Que ahora debo contentarme con viajar virtualmente en uno que en realidad no me llevará a ningún lugar.
Ya clavaron al último cordero, ahora están listos para erigirle su iglesia o su monumento.
Pero no temas, ya tienen en la mira al siguiente inocente que sólo pide que las cosas sean congruentes.
Yo, bien esperanzador, escupo amargura desde mi postura. Desde mi desesperación.
Quisiera convencerme de nuevo que hay algo justo en este lugar donde la balanza parece ventilador.
Quisiera, pero ya no puedo vomitar la mordida del fruto prohibido que dejó Adán enlatado para los curiosos de la posteridad.
Estas palabras solían escapárseme intoxicado, ahora se me salen sin ninguna sustancia.
Sólo quisiera decir adiós de manera definitiva.

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