Amor y manipulación (no son compatibles)

La vida llega a ser en algún punto como un cuarto menguante de algo que nunca fue entero. Sofocada respiración en el abandono, terror a la soledad y fobia a la compañía.

La ternura y la belleza son dos armas letales, trampas de las que no es fácil escapar.

El sexo débil es más fuerte de lo que presume. El hombre compra la fantasía, fíjate bien, la razón no es exclusiva del varón.

No se puede comprar amor, como tampoco se puede prolongar demasiado la expectativa. El control excesivo, la satisfacción negada, a la larga provocan rebeldía.

Manipular el deseo ajeno, y convertirlo en necesidad, es jugar con fuego. La niña de bellos ojos con el fósforo encendido cerca del polvorín.

Puedes jalar a un pelele con una delgada cadena de oro, la lindura es capaz de arrastrar más que dos docenas de bueyes o que siete tractores. Pero ten cuidado, eso no dura demasiado, la paciencia no es una virtud generalizada.

Cuando te pasas con el hambre sólo despertarás la furia o provocarás una muerte por inanición. No hay mal que dure cien años aunque haya personas que lo soporten.

El día de la independencia sólo es un festivo de calendario, todos somos esclavos de algo o de alguien, en todo momento.

El amor es un trago amargo cuando no es correspondido, con tintes dulces cuando es de doble sentido. El amor no es un juego, no es ajedrez, el inocente tiende a perder.

Los cuentos de hadas distorsionan la visión, pero en el fondo son ciertos, tan ciertos como la filosofía popular o ambiguos como ciertos libros considerados sagrados. Seguro debe haber algo, sino ya nos hubiéramos extinguido. ¿Serías capaz de lanzarte de cabeza al pozo para comprobarlo?

Quien no se arriesga no gana, no hay garantías y hay demasiada gente resentida. A pesar de todo es mejor haber amado y haber perdido que nunca haberlo sentido.

"La mujer y el pelele", de Ángel Zárraga, 1909
“La mujer y el pelele”, de Ángel Zárraga, 1909
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A la hora de la comida

Era un camello en forma de flama, o una llama en forma de camello, lo cual puede no ser igual en lo absoluto, pero probablemente lo sea en lo relativo. Estoy seguro que no era una yema en forma de flama, ni una flema en forma de camello.

El día era caluroso, lo recuerdo bien, pues trataba de olvidar la cara, la figura y el corazón de alguien. La publicidad se apoderaba de las bardas y muros que el grafiti había perdonado y los policías que comían devoraban con los ojos a las oficinistas que pasaban por allí. Jala más un buen escote o un buen movimiento de caderas que una trecena de tractores espartanos conducidos por espantapájaros desparpajados.

Yo sólo quería olvidar y escapar de los horarios establecidos y del recuerdo de alguien. El pentagrama de alto voltaje cambiaba sus notas de aves perezosas, mientras cruzaba por la calle la licenciada Pérez Sosa, presuntuosa, mostrando a su amiga Érica Karina un collar de perlas de ostras destrozadas en forma de avestruz.

Los restos de una paleta de caramelo habían sido abandonados sin ceremonia ni funeral; como de costumbre ni en los diarios ni en la TV se anunciaba que una reina de belleza había perdido su encanto a causa de la acumulación de años (no es noticia, porque eso sucede todos los días).

Lo único que había podido olvidar para entonces era la hora. Ahora ya no sabía si tenía que retomar los horarios fijos o fijarme en las vacantes de los clasificados, para ver si encontraba un nuevo trabajo en el que yo fuera adecuado.

Si yo fuera un gato nada de esto me preocuparía, me la pasaría todo el día tumbado y quizás de vez en cuando levantaría un auto para cambiarle los neumáticos.

Tengo que aceptar que no recuerdo cómo olvidar. Ante mi infructuosa labor sin fruta seca, tengo que hacerme a la idea de mi retorno a la oficina. Reiniciar mi labor y aceptar que sigo enamorado.

Birds on a wire (Olivier Ffrench/Offrench) http://www.france-in-photos.com/limousin/creuse/irondelles_matin.jpg.php
Birds on a wire (Olivier Ffrench/Offrench) http://www.france-in-photos.com/limousin/creuse/irondelles_matin.jpg.php

Cuando no estoy contigo

El tiempo pasa, el amor se enfría, el recuerdo se borra y lo que sube baja (menos los precios y los impuestos).
El sol renace, la esperanza perdura, la amargura desgasta y lo que digo es verdad (al menos cuando no trato de impresionarte).
La promesas se rompen, el gobernante se corrompe, el joven querrá un cambio (y cuando lo logra se convierte en otro tirano).
La belleza se marchita, el que piensa se tortura, el que viaja descubre la pequeñez del mundo y la mezquindad te hace despreciable (lo sabe el que sabe).
Vivir mata, morir puede que sea llegar a la nada, ¿entonces para qué desvelarse en función de un más allá desconocido?
Vaya palabrería que se me ocurre cuando no estoy contigo.

Blindian, vagabundo de la indiferencia

Lincoln tomó la abolición como bandera, y aplastando un viejo orden para imponer el suyo, se hizo héroe debido a la liberación de los esclavos negros. ¿Cómo es que la historia lo recuerda así, y olvida que en el expansionismo del país que gobernaba aplastaron y extinguieron a muchas tribus nativas? La versión oficial de la historia la escriben siempre los vencedores, y es reescrita por los bisnietos de los vencidos, quienes, resentidos por la sangre mezclada que llevan, procuran ponerse en contra de sus padres sacando los esquéletos encerrados en el clóset de sus antepasados.

De aquellos nativos americanos por lo general sólo quedaron los nombres geográficos y una que otra reservación. En los relatos de victorias abusivas queda el consuelo que inspiran los viejos héroes como Toro Sentado o Caballo Loco. En el olvido quedó Blindian, aunque no era ni héroe ni villano.

Blindian era un indio de sangre pura americana. Despreciado por su pueblo de origen debido a su postura ajena y conciente del fin de una era, despreciado por los blancos debido al rojizo tono de su piel, Blindian no tenía ni un amigo, o al menos eso cuentan los pocos que relatan algo de él.

Su nombre verdadero está sepultado en el olvido, pero tenía algo que ver con la palabra “ciego”. Los blancos despectivamente quisieron jugar con sus palabras anglosajonas y le llamaban Blindian (de “blind”, ciego e “indian”, indio), debido a que a pesar de que no había nada malo con sus ojos lo consideraban tan invidente e irreal como la peor fantasía de alcohol.

Blindian vagaba, teniendo el cielo como techo (con sus incontables goteras incluidas y su constante inclemencia del sol). Blindian no daba al César lo que era del César ni adiós decía cuando partía. Lo suyo no era anarquía, ni estoicismo, simplemente expresaba que todo estaba perdido y que mientras los posibles dioses se decidían a llamarlo, él demabularía en vida tal como sus hermanos lo harían en espíritu una vez que los blancos les arrebataran todo.

Vagaba siempre sin rumbo por los territorios del norte de lo que hoy es EEUU y el sur de Canadá. No era huraño, de hecho conversaba con quien quisera intercambiar palabras con él, claro que si el interlocutor era de esos que gustan presumir la idiotez propia como si fuera un don o un prodigio, Blindian se daba media vuelta a media charla y seguía su camino deambulante.

Blindian no luchó, no escribió cartas emotivas a ningún líder blanco, no fue jefe de nadie, aunque tampoco siervo de ningún tipo de amo. Algunos podrían pensar que al no tomar partido, bando ni sacrificarse por su gente, era un tibio de esos que dicen que vomita Dios. Al parecer a Blindian no le importaba ser digerido ni devuelto, tampoco apresuró su fin. La gente que se había acostumbrado a su presencia, simplemente se acostumbro de un día a otro a su ausencia.

No sabrías de él si no te hubiera hablado de Blindian hoy.

Indian Statue in Front of Cigar Store

De las Vegas a Cancún (sueño)

Estaba en un hotel de las Vegas. Era un edificio viejo, muy viejo (que de hecho por la arquitectura clásica parecería más de Nueva York que de las Vegas). Era tan elegante como viejo. No sé qué rayos hacía yo allí. Había en el vetusto hotel un salón donde unos tipos jugaban cartas. Allí estaba yo, pero no jugaba, soy abstemio de ese juego en vigilia y en el sueño. Gruesas cortinas cubrían las gigantescas ventanas. impidiendo la entrada del sol, incluso la más tímida irrupción de un rayito escuálido. Los fulanos jugadores eran como don-corleaones ancianos de la mafia arcaica. Yo me aburría y decidí largarme de allí.

Escuchaba decir a uno de los viejos mafiosos que iban a tener un hotel como ese mismo, pero en cancún. Salía de ese salón viciado y me metía en un elevador. Era muy grande, largo más que ancho, como de seis metros por dos. La luz indirecta y los tonos amarilentos, decadencia y antiguedad, que reinaban en el ascensor estaban acordes al hotel. El elevadorista era un tipo encorvado de unos 80 años que vestía un saco de terciopelo negro y de botones dorados (como de bell boy de hotel, pero sin sombrerito de mico). Adentro estaba una señora gorda y su marido, ambos como de 40 y tantos años de edad. El tipo lucía cansado y la señora, que era una parlanchina, tenía un sombrero con flores y del sombrero salía y destacaba un colibrí disecado simulando volar, pero estaba unido al accesorio de la cabeza con un alambre.

Al principio no recordaba yo el piso donde estaba mi habitación, pero de repente lo recordé. No quise decírselo al elevadorista (no sé si me daba repulsión hablar con él, o pena, o no quería molestarlo, eso no lo recuerdo, sólo se no quería hablar con él) y me fui al fondo del elevador a apretar el botón de mi piso (era el 16) en un tablero. Pero el botón sólo parpadeaba, no se prendía y yo asumía que el elevador tenía deshabilitados esos controles, así que me di la vuelta para pedirle al elevadorista que me llevara al piso 16. Pero entonces  ya no había nadie en el elevador.

En vez del anciano elevadorista había una gran palanca negra metálica que salía del suelo, y que en la punta tenía un botón. Deduje que con esa palanca se controlaba el elevador, que desde que lo abordé subía y subía sin detenerse. Jalé la palanca y calculé el piso 16 (no me preguntes cómo, era un sueño). De repente el elevador comenzó a bajar vertiginosamente, a una velocidad tan grande que yo empecé a flotar o a volar. Pensé que al llegar al final el elevador se destrozaría y me preguntaba a mí mismo si yo, como estaba volando dentro, me salvaría del destrozo pues no estaba tocando nada del elevador.

Pero no, el elevador se detuvo en un lugar intermedio entre el piso 15 y el 16. Se abrió la puerta y salí a un lugar como descanso de donde partían unas escaleras para arriba (supongo que al piso 16) y otras escaleras para abajo (supongo que al piso 15). En el descanso había dos mozas de hotel con uniformes rosas, de pieles morenas como indocumentadas de película y estaban conversando mientras fumaban, descansando en sus escobas. Me miraban pero no les preguntaba nada (sentí lo mismo que con el elevadorista), y me fui escaleras abajo. Y vi varias puertas en un pasillo. El pasillo era color arena y las puertas gruesas, viejas y blancas, al lado de cada una había una placa diminuta con el número de la habitación. Veía “2154”, “3476” y “1534”. “Ah sí”, me dije, “es el piso 15, debo ir para arriba” (sí, lógica de sueños). Y subía, pero en el descanso ya no estaban las mozas y sólo un gran ventanal que daba al mar.

Salí por la ventana y estaba en una playa del caribe llena de gente. Había varias estructuras (como elevadores para estacionar autos) a lo largo de la playa. Cada ‘cajón’ correspóndía a una habitación. Yo busqué el mío (el 16) porque allí me encontraría con alguien, Ella, cuando llegué y subí al cajón 16, estaba ocupado por tres conocidas mías [una de las cuales fue un interés sentimental de mi vida real] y yo les preguntaba que qué hacían allí, ellas se rieron y yo pensando que pronto llegaría la mujer con quien me había quedado de ver y que no le gustaría ver allí a las otras, salté del cajón y me fui a la orilla del mar.

Allá abajo me senté en la arena, había muchos turistas, mujeres tomando el sol, niños jugando y tipos caminando. En eso, un Volkswagen sedán blanco y viejo (era como modelo 67, año en el que nací), pasó ante nosotros flotando en el agua, esquivando las cabezas de la gente que nadaba.

El escarabajo automotriz era conducido por un hombre viejo, de pelo blanco, barba de chivo y boina gris. Yo me preguntaba cómo era posible que el auto flotara. El tipo iba rápido y se desvió hacia la arena, sin bajar la velocidad y esquivando a la gente que estaba tendida tomando el sol o caminando por la playa. De la dirección de donde venía el auto, que era la dirección hacia donde estaba el hotel, varios tipos malencarados y con facha criminal, matones de la mafia, venían en grupo persiguiendo al volkswagen.

El sedán en una curva tras intentar esquivar a una chica tendida en la arena se volcó. Los fulanos malencarados pronto llegaron al sedán y violentamiente sacaron del auto al viejo barbas de chivo. El viejo se veía decente, era flaco y algo elegante, pero estaba aterrado. Lo arrastraron hasta llegar atrás donde yo estaba y a punto estuvieron de darle una paliza.

Yo estaba tratando de pensar qué hacer para ayudar al viejo. En ese momento llegó una mujer morena, joven y muy guapa, les gritó a los pelafustanes algo y sacó de algún lugar (ignoro de cuál si ella vestía sólo un bikini) una pistola plateada que brillaba mucho, metálica y cromada.

Ella no apuntaba a ningún lugar, temblaba mucho su mano, pero enérgicamente gritó y los matones la obedecieron. Entra tanta tembladera de su mano, la pistola me apuntó varias veces a mí, así que comencé a escabullirme nreviosamentencon rumbo al hotel, rogando no ser víctima de una bala perdida que encontrara el camino a casa en mi cerebro. Lo último que vi es que la joven morena ordenaba autoritariamente a los matones que soltaran al hombre de la barba de chivo. Y entonces desperté.

Si alguien le encuentra significado, por favor dígame, hace mucho que no tenía un sueño tan complejo y detallado.