Confusión

Hay mucho de ti que no comprendo, que me inspira lo sublime y robarte besos; aunque de repente se hace la distancia y termino siendo como un espía en tu ventana.

Aún no conozco qué tan alto puedo llegar, impulsado por ti y por la locura que inspiras; también desconozco qué tan bajas pueden ser, por ti, todas mis caídas.

Eres una estrella y eres fango dañino, eres la calma y un gran torbellino.

Eres el deseo, el olvido de las razones, eres la reina de espadas y de corazones.

Nunca pierdes tu legendario aplomo, todo lo que tocas lo conviertes en oro, a veces creo que no hay nadie más pura, anque sueles hundirme en el mar de dudas.

Sólo en los sueños te convierto en mía, mía para siempre, para toda la vida; pero al despertar regreso a la realidad, al desierto de nuevo, a la soledad.

Quizás no sea yo la respuesta, a tu eterna pregunta que nadie contesta. ¿Cómo se puede asegurar la verdad, si no me das una oportunidad?

Gente como nosotros

Sólo seres como nosotros pueden convertir el oro en amargura, las bendiciones en llanto y hacer ruinas las ternuras.

Sólo gente como tú y yo puede pervertir lo bueno, convertir en mentiras lo verdadero y al final no preguntarnos ni un por qué.

Al principio fuimos los mejores amigos, pero nos empeñamos en destruirlo; ahora ni siquiera puedo estar contigo, si volviéramos a empezar haríamos de nuevo lo mismo.

Sólo gente como nosotros, que en el fondo no es tan mala, convierte el amor en tedio y el azúcar en cizaña.

Quizás nuestra historia termine con nuestros cuerpos, igual no volvemos a encontrarnos, pero estoy seguro de que si lo hacemos, habrá remordimientos al mirarnos.

Sólo gente como nosotros decide ignorar lo que estaba escrito.

Sólo alguien como yo reza por volver a verte aunque sepa que no coincidimos.

Cuento de Navidad: la Nochebuena de la Familia Araña

Una fría mañana de 24 de diciembre, muchos en el mundo se habían levantado de la cama dispuestos a prepararse para celebrar la gran cena familiar. Los demás (incluyendo a solitarios, amargados existenciales, enemigos acérrimos de la cristiandad o del comercialismo insensato, no cristianos o por los suicidas con motivo) se disponían a sufrir, a fingir o a sentir que esta fecha no significaba NADA para sus individualidades. Poco a poco, los que sí celebran comenzarían sus visitas a los seres que estiman, o a los que no estiman pero que sienten la obligación de visitar; otros saldrían presurosos a realizar las compras de último minuto mientras los menos realizarían sus cultos religiosos para conmemorar esa fecha. Entre los que celebraban la Nochebuena estaba la familia Araña (en realidad el nombre de la familia era Epeira diademata, pero llamémosles sólo Araña).

Los Araña habitaban en la gran telaraña de un jardín. Mamá Araña había sufrido mucho por el intenso frío de la madrugada y la primera idea que le cruzó por la mente al levantarse (teniendo mucho cuidado de iniciar el día pisando con sus cuatro patas derechas tras abandonar su pequeña cama) fue reñir a Papá porque éste no daba indicios de buscar un mejor sitio dónde trasladar a su familia. Pero, “es 24 de diciembre y sería impropio que inicie este día peleando con Papá”, se dijo Mamá posponiendo para otro día la recriminación a su marido.

Papá conocía muy bien a la artópoda con quien había contraído matrimonio, y con sólo mirar los múltiples ojos de su esposa esa mañana, adivinó al instante lo que pasaba por la mente de ésta. Papá sonrió con una picardía poco común entre las arañas. “Antes de prepararnos todos para los festejos de la noche, me gustaría entregarles a todos mi regalo por adelantado”, dijo Papá a su esposa, “así que despierta a los niños y llama al Abuelo. Diles que empaquen sus pertenencias rápidamente y se reúnan conmigo, incluyéndote a ti, querida, dentro de media hora en la vieja ventana rota”. Tras decir esto, Papá se despidió y se dirigió hacia la vieja ventana. Éste era el lugar por donde las arañas ingresaban a la gran casa cuando salían de paseo (o mejor dicho, entraban de paseo) para divertirse un poco en la cocina de los humanos.

Mamá también conocía perfectamente a su esposo, por lo que la noticia la emocionó mucho, antes de saber concretamente en qué consistía la sorpresa de Papá. Así que con mucha excitación, Mamá fue a despertar a los demás miembros de la familia.

La primera a quien despertó fue a Hija Araña, ella había pasado gran parte de la noche sollozando por la discusión que había tenido con su padre antes de retirarse a dormir. Al ser despertada dulcemente por su madre, Hija se sintió feliz, pero tras recordar los incidentes nocturnos, su rostro volvió a ensombrecerse y decidió actuar de manera adolescente de acuerdo a las circunstancias, esto es, de mal humor.

La escena de la noche anterior había sido más o menos así.

Hija (acercándose cariñosamente a su Papá y con una voz melosa): Papaíto ¿verdad que me quieres mucho?

Papá (casi cayendo en la trampa, pero encendiendo de inmediato su sistema arácnido de protección): Sí hijita, ya lo sabes bien que sí.

Hija: Oye, me preguntaba si yo… eh… yo…

Papá (pensando que un preámbulo tan dubitativo presagiaba una difícil petición): ¿qué es lo que mi hija querida quiere pedir a su Papaíto?

Hija: Bueno es que… Escarabajo Cara de Niño me invitó a pasar la noche del 24 en su departamento-agujero y yo quisiera ver si tú me lo permites.

(Escarabajo Cara de Niño era el novio en turno de Hija Araña, un ‘bueno para nada’, según la opinión de Papá, que sólo sabía manipular excrementos ajenos).

Papá: Lo siento hijita, pero ya sabes muy bien que la celebración del 24 de diciembre es una celebración FAMILIAR y que por eso se debe realizar en la casa de la FAMILIA. Ya tendrás otra ocasión de salir con Escarabajo en el futuro.

Hija: Pero Papá, es que tú no entiendes. Él ya avisó a su familia para que yo asista a su reunión…

Papá: Pues que les avise ahora que no vas a poder asistir.

Hija: Pero, tú sabes bien que eso no es correcto. No seas injusto…

Papá: Espera, espera… En primer lugar esto no tiene nada que ver con asuntos calificables de correctos o incorrectos. Tú le dirás que avise que no puedes ir y punto. En segundo lugar, tampoco percibo que mi decisión sea injusta en lo absoluto; así que por favor póngase a pensar un poco en su actitud, señorita, y asimile que usted pasará con SU FAMILIA la noche del 24.

Hija: Pero es que siempre todo tiene que ser de acuerdo a lo que TÚ decides…

Papá: Ya sabes bien que mientras TÚ vivas en MI telaraña se hará lo que YO diga y si no te parece, la rama que conduce al muro es lo suficientemente fuerte para soportar tu salida.

Tras el uso de la famosa frase que utilizan todas las arañas progenitoras cuando se ven en una situación similar, a Hija no le quedó de otra más que dar la media vuelta y retirarse a dormir. Dando inició a las lágrimas y a los pensamientos del tipo: ya verá cuando yo sea independiente, entonces podré hacer lo que YO quiera de mi vida.

Regresemos al presente. La familia completa, Mamá, Hija, Hijo, Bebé y Abuelo se reunieron a la hora acordada con Papá en la vieja ventana rota. De allí Papá los condujo al interior de la cocina y no se detuvieron hasta llegar a un gran sitio cerrado y oscuro.

“Este es nuestro nuevo hogar”, anunció Papá inflando con orgullo su voluminoso abdomen.

“Pero, esto… esto es…”, respondía Mamá conmovida.

“Papá es maravilloso”, exclamó Hija olvidando todo el malhumor y vislumbrando un futuro dorado, digno de ser presumido, habitando en esa gran vivienda cálida y acogedora.

“¿Pero, qué no es este el hogar de los Cucaracha?”, dijo el Abuelo, rompiendo las ilusiones y la alegría familiar.

“Sí, lo era, pero ayer me lo vendió Cuco Cucaracha por muy poco…”, le respondió Papá sabiendo de antemano que el Abuelo haría una observación semejante y por ello llevaba ya preparada su respuesta, “…con el vicio al juego que tiene Cuco Cucaracha tuvo que malbaratar su vivienda”.

“Por eso era tan importante para mí que pasaras esta noche con nosotros Hija”, expresó dulcemente Papá mientras abrazaba a su Hija.

“Es maravilloso, parece un sueño. Soy la Araña más feliz del mundo”, dijo por fin Mamá. “gracias Papá”.

El nuevo hogar era en verdad amplio, limpio, seco y, sobre todo, cálido. Las lisas paredes metálicas eran un ejemplo perfecto de la limpieza. Cuando Mamá comenzó a acomodar sus pertenencias y tejer las camitas, no cesaba de repetir: “¡Un sitio así solo para nosotros! Pobre Cuco Cucaracha, tener que haberlo abandonado por su vicio al juego”. La última frase fue dicha por Mamá con un énfasis especial, quizás porque Hijo Araña era quien estaba escuchándola en esos momentos.

Mamá Araña construía las camas junto a un grueso tubo con varios orificios pequeños. “Este tubo servirá para albergar a los futuros miembros de nuestra familia”, se decía Mamá feliz.

Bebé Araña dormía tranquilamente, sin temblores de frío, colgado de una de las múltiples tiras paralelas de metal cromado que atravesaban el interior del nuevo hogar de extremo a extremo. “Estas barras me servirán de gimnasio privado”, pensaba Hijo Araña proyectándose a sí mismo en su imaginación como una fornida tarántula.

Abuelo Araña se encontraba sentado en una esquina, retomando sus actividades habituales: comer, dormir, comer, dormir, comer, etc.

Alrededor del mediodía, Mamá Araña terminó de elaborar las camas, tras lo cual procedió a fabricar esferitas de seda para ambientar el hogar. Hija Araña estaba pensando en la cara que pondrían sus amigas al ver su nueva casa; aunque también dudaba de si sería conveniente seguir saliendo con Escarabajo Cara de Niño, pues con el nuevo estatus adquirido tal vez hasta podría reconquistar el corazón de Alacrán Galán. Papá Araña miraba a su hija y dibujaba de nuevo otra pícara sonrisa en su rostro.

“Es hora de que cada uno de nosotros vaya por los obsequios que nos entregaremos por la tarde”, anunció Papá. Una tradición peculiar de las Arañas es entregarse sus presentes por la tarde del 24 de diciembre; esto con el fin de tener toda la noche libre para celebrar y colgarse felices por todos lados; para al final, exhaustos, esperar la llegada de Ponzo Clós (la gran Tarántula Roja que hace obsequios a los arácnidos que se portan bien).

“¡Sí!, ¡Viva!, “¡Moscas!, ¡Yuppy!”, gritaban emocionados los miembros de la familia tras la sugerencia de Papá. Y cada uno, por su lado, abandonó el nuevo hogar para ir por los respectivos presentes a regalar.

A las 4:30 de la tarde ya todos estaban de vuelta dentro de su flamante vivienda.

“Muy bien”, les dijo Papá, “demos inicio a la entrega de regalos”.

El Abuelo fue el primero en entregar su obsequio; esto por dos razones muy importantes: 1) era el miembro más viejo de la familia y 2) era el que siempre se quedaba dormido de la manera más repentina posible.

“Este es para Bebé Araña”, dijo el Abuelo entregando a su joven nieto un bultito envuelto en un pedazo de hoja de maple.

Bebé Araña abrió el bulto para descubrir que se trataba del famoso Manual de Paredes escrito por el doctor Tarantela (reconocido internacionalmente por sus aportes a la Paredología).

“Gracias Abuelo”, decía emocionado el Bebé, demostrando con ello a su familia que ya estaba lo suficientemente crecido como para hacer uso correcto del lenguaje, “me servirá de mucho este libro”. El Abuelo no alcanzó a escuchar la última frase, pues ya para entonces se encontraba dormido.

Mamá dejó a un lado la emoción que le inspiraba estar viviendo esos felices momentos dentro de esa maravillosa y nueva vivienda, para decir: “Este es mi regalo para toda la familia”. Entonces, con la habilidad de un mago carterista, sacó de quién sabe dónde un gran paquete envuelto en seda de gusano.

Papá, por ser el jefe de la familia, fue el responsable de abrir el paquete. El regalo produjo grandes exclamaciones de asombro entre todos los miembros de la familia, pues era, ni más ni menos, una gigantesca mosca panteonera lista para ser devorada. “Menudo festín tendremos hoy Mamá”, dijo Papá besando a su esposa.

“Ahora es mi turno”, dijo Papá, “mi obsequio es para Hija. ¡Feliz Nochebuena cariño!, tras decir esto, Papá lanzó una misteriosa señal a una esquina del hogar. Los ojos de hija se iluminaron al ver salir de esa esquina al Alacrán Galán con un ramo de florecillas en una de sus tenazas, diciéndole conmovido a Hija: “Perdona mis errores, ¡Te Amo!”. Ella corrió a sus tenazas y ambos se fundieron en un abrazo digno de la narración más cursi posible.

En ese momento, un sonido como de voz humana se escuchó afuera de la flamante casa de los Araña (ellos, de ese sonido, sólo entendieron algo asó como: “E OOOO, EEEE E E O O”).

“Bien, es el momento de tomar nuestros asientos y comenzar a devorar esta deliciosa mosca que…”, dijo Papá ignorando por completo el sonido humano. Pero su frase fue interrumpida por una gran luz proveniente de la súbita apertura de una de las paredes del hogar.

La familia se llenó de terror ante el también repentino olor a gas que salía del grueso tubo de varios orificios, y al ver acercarse a este una gran mano humana con una cerilla encendida.

Lo último que vieron los miembros de la familia Araña (exceptuando al Abuelo quien descansaba sin sospechar que su sueño repentino se convertiría en su sueño eterno) fueron grandes y apocalípticas lenguas de fuego, escapadas de los orificios del tubo. El libro de Bebé Araña fue consumido casi tan rápido como su propio dueño. Mamá Araña apenas y fue consciente de la gran desgracia. En pocos segundos lo único que quedó en ese hogar fueron restos carbonizados de la familia Araña, un buen fuego y un gran pavo horneándose.

Esa noche la familia de Pedro disfrutó una deliciosa cena cuyo platillo principal fue un pavo que quedó listo un poco tarde. El 25 de diciembre Cuco Cucaracha regresó a su hogar, felizmente aliviado de haber podido pagar todas sus deudas y tratando de decidir a quién le haría la misma broma macabra el próximo año.

NOTA: La frase humana que escucharon los miembros de la familia Araña poco antes de morir fue: “Pedroooo, preeeende el horno”; pero, como es bien sabido por todo aquel que ha vivido dentro de un horno, las consonantes expresadas desde el exterior son imposibles de escuchar dentro de tales artefactos.

Perder la cabeza por la religión

Puede que el caso no haya sido difícil, al contrario, fue demasiado sencillo. Sin embargo destaca por lo insólito, quizás por otras cosas…

Son 20 años los que tengo de carrera en el departamento de investigación de crímenes. Y cada año que pasa, menos entiendo que la gente guste de ver películas y series de Tv, relacionadas con asesinatos, investigaciones, llenas de sangre, que muestran el salvajismo al que pueden llegar sus congéneres. Imagino que eso debe satisfacer su curiosidad, convirtiéndolos en testigos suficientemente ajenos de las atrocidades humanas, a distancia segura como para no percibir la pestilencia de la sangre derramada, ni la suciedad que suele rodear a la sordidez. Ya empecé a divagar, cuando lo que quiero es relatarles el caso del decapitado.

Recibimos la llamada a eso del mediodía de un caluroso día de julio. Un vecino quejándose del hedor llamó al intendente del viejo, pero lujoso, edificio de departamentos.

El intendente, hombre perezoso, tuvo un extraño acceso de energía y corrió a ver qué sucedía. No le costó trabajo descubrir que la pestilencia provenía del número 146, departamento rentado a un tipo solitario y exitoso profesionista, del cual no tenía queja alguna, pero que siempre le pareció un inquilino raro y solitario.

El intendente llamó varias veces a la puerta del 146, pero no recibió contestación. La hediondez provenía sin duda de allí, así que tan cumplidor de las normas como temeroso de la ley el intendente volvió a demostrar que no siempre es tan perezoso y decidió llamar de inmediato a la policía. Aquí entro yo a escena.

Formar parte de servicio policiaco fue para mí más herencia que vocación. Mi padre llegó a ser un destacado miembro de la policía, legendario por su incorruptibilidad. La genética le hizo una mala jugada cuando mi inclinación profesional iba para el rumbo de la filosofía, aunque la mala broma del destino terminé pagándola yo, al exigírseme seguir con la carrera de mi padre. No hubo problema al final. He leído suficiente filosofía en mis tediosas horas de guardia, lector asiduo del ideal al que siempre ha aspirado la humanidad, y a la vez tengo la ventaja de ser testigo en primera fila de la tragedia existencial, de la realidad cotidiana de la especie.

Forzamos la bien cerrada puerta del 146. Un lujoso interior, de techo alto, de esos edificios viejos con más de un siglo de existencia, las ventanas bien aseguradas desde dentro, el departamento con poco mobiliario, a la izquierda destacaba un gran librero, prácticamente vacío, a no ser por cuatro libros: los viajes de Marco Polo (ese también conocido como “El Millón”, porque la gente de su tiempo creyó que era un compendio de un millón de mentiras), el Infierno de Dante (extracto apasionante de la Divina Comedia, siempre popular seguramente porque el purgatorio y el paraíso son tan ajenos a esta vida, que nos atrae lo que conocemos, y de lo que sin embargo queremos huir; por eso siempre resultará más atractivo asomarnos a las pesadillas que conocemos, que correr hacia las glorias que nos son desconocidas); El Paraíso perdido (ese largo poema del invidente vidente Milton, donde se narra la rebelión de ángeles que terminaron siendo expulsados del cielo para colonizar el infierno) y La Biblia.

Ese librero, de gran tamaño, había tenido muchos más libros, por alguna razón, que al final resultó obvia, sólo contaba entones con esos cuatro libros.

Al centro una sala, una pantalla de alta definición, un comedor con cuatro sillas y la cocina. A la izquierda, cerca del ventanal bien cerrado y con espesas cortinas, se encontraba una guillotina, suficientemente grande para arrancarle la cabeza a alguien, gracias a una gran pesa adherida a la afilada cuchilla, pesa que garantizaba que la cuchilla cayera y cortara todo lo que se encontrara a su paso. Y así fue, cerca de la guillotina, estaba un cuerpo sin cabeza. Sangre seca en lo que fue un gran charco, apestando como no lograrás percibirlo en las películas o series de televisión. Al fondo, cerca de la pared, una cabeza, por el suelo. Sin duda ésta había rodado desde la también ensangrentada guillotina.

No había huellas de pisadas ajenas a las del difunto (la investigación forense tampoco descubrió huellas digitales de otras personas en el recinto). Al parecer el muerto, quien fue identificado sin lugar a dudas como el inquilino del departamento, había decidido acabar con su vida, usando esa guillotina. El motivo resultó demasiado fácil de deducir al conectar el elemento en común que tenían los cuatro libros solitarios: religión. Eso que promete unión y sólo trae problemas y disputas, bálsamo de los viejos y los desesperados, esperanza de los desesperanzados y tormento de los que no logran entender cómo vivir en este mundo.

Para mí todo fue como una iluminación rápida. En el libro de Marco Polo se habla de un tipo, un zapatero, que tenía una fe tan grande como para mover montañas. La prueba de que se trataba de un hombre muy devoto era el hecho de que estaba tuerto, y lo estaba porque él se había arrancado un ojo en alguna ocasión que le había visto parte de la pierna a una clienta. El santo hombre en su momento libidinoso recordó el pasaje evangélico de: “Si tu ojo derecho te hace pecar, arráncalo y tíralo; porque es mejor que se pierda uno de tus miembros, y no que todo tu cuerpo sea arrojado al infierno”. El hombre santo de Marco Polo, la tuvo fácil, sólo necesitó arrancarse el ojo. ¿Pero qué hacer cuando lo que te hace pecar son tus pensamientos?

Abrir la Biblia fue la comprobación, pues precisamente esa pregunta estaba escrita, a mano con la comprobada caligrafía del decapitado, en el margen del libro sagrado en la página donde está el capítulo 5, versículo 29 del Evangelio de Mateo.

El cuerpo y la cabeza eran los restos de un hombre atormentado a niveles absurdos por esa lucha interna entre bien y mal que la religión nos menciona desde siempre. Sí, confirmamos que el occiso  iba a misa siempre, se confesaba con frecuencia y, sin embargo, allí estaba su “ojo mental” atormentándolo siempre. La misma Biblia le dio la forma de arreglar el problema, o quizá fue el libro de Marco Polo.

Como lo insinué, todo se comprobó al seguir la investigación, todo estaba a la mano. Facturas de una carpintería, el lugar donde se compró la chichilla afilada e incluso los honorarios de un ingeniero al que se le asignó la construcción del aparato mortal, éste en el interrogatorio nos confesó que el difunto le había solicitado la guillotina con instrucciones precisas sobre el funcionamiento que esperaba, claro que argumentó que sería para una obra teatral de aspiraciones realistas. En fin, suicidio meticulosamente elaborado.

No acostumbro hablar de casos, pero éste suscitó tanta habladuría en los medios, que por ello decidí aclarar el asunto. No, no fue como dicen muchos un demonio el que mató a ese hombre, no fue una secta ni un fantasma del pasado que en vez de Navidad le presentó pasajes de la revolución francesa. Como dije, fue un simple suicidio elaborado, cargado de religión. Así que ahora es probable que en el Cielo haya un descabezado sin sonrisas, gozando de la Gracia eterna.

Ignoro si me iré al Cielo o al Infierno, pero sé que adonde llegue, al menos yo sí llegaré entero.

guillotina[1]

Retrato

Es sin duda curioso cómo puede uno guardar declaraciones o cartas, y no entregarlas a la persona que las inspiro. Es curioso descubir esas palabras años después de escritas y tratar de mejorarlas, para hacer justicia a esa persona, cuyo aprecio lejos de deslavarse, se fortalece con los años. Curioso también resulta ver que por más que se mejoran esas palabras, lo primero suele ser lo más destacado. Y curioso será que no faltará quién piense que fue la mujer inspiradora de este honesto homenaje.

Ella es muy hermosa, de hecho lo es de manera total.

Si compitiera en un certamen universal de belleza en cualquier momento de la historia, ganaría el primer premio, sin necesidad de jueces, pues su presencia bastría para excentarla de cualquier deliberación.

Su mirada es capaz de hechizar, de convertir el agua en piedra y de ablandar pirámides y murallas, pero lo más impactante es que puede hacer sentir en tu corazón el calor de un hogar.

Es una mujer bella, sin edad. Su cara siempre atractiva, desafía el paso de los días y de las noches.

Ella es un enigma y una claridad sencilla a la vez. Su voz enternece, es una melodía que ningún genio más que Dios pudo componer.

Sus palabras, profundas como el mar o ligeras como el viento, pueden cautivar tu atención por mucho tiempo. Ella es inteligente, sin ser soberbia. Delicada como una flor y fuerte en su determinación.

Ella no es engreída, es muy elegante y a la vez dulce en su cortesía.

Ella es ajena a cualquiera, inasible, no la puedes atar. Es también una mezcla de madurez e inocencia. No es perfecta, aunque creo que sí es la mujer más completa.

Eres

Eres como el pan: causas adicción y haces engordar.

Eres como el rosal: creces mucho y con espinas por todos lados.

Eres como las estrellas: una luminosidad que en realidad murió hace mucho tiempo.

Eres como el diamante, pues tu gelidez y dureza de personalidad son incomparables.

Eres como el sol, verte demasiado provoca ceguera, y permanecer mucho a tu lado produce enfermedad.

Eres como el mar, impredecible al 100% y con tiburones acechando en cualquier ola.

Eres como la falsa moneda de la copla clásica, eres el himno de la alegría en la sala de espera del infierno.

Eres fascinante como la serpiente del Libro de la Selva, ytan estúpida como la savia del árbol en medio del fuego.

Eres como la justicia, en cuanto a la falibilidad. Eres lo que parece bueno, pero que termina haciendo mal.

Foto de: silversmyth.com
Foto de: silversmyth.com

AMor

El amor que te fortalece, puede terminar debilitándote.
El amor que te hace ver lo que jamás imaginaste, podría terminar arrancándote los ojos.
Puede que sea una apuesta pesada, quizá sea la mejor forma de pasar el tiempo, mientras vives.
Es un buen argumento para fundar religiones, y pésimo para prolongar guerras.
El amor que te imaginas, pudiera ni siquiera existir, aunque hay gente que necesita mentiras para vivir.
El amor real, pudiera ser un acuerdo, no como el vivieron felices de los cuentos, sino un negocio para perder menos.
El amor es probablemente lo que quiseras que fuera, pero te conformas con tener.
El amor es un juego sin reglas, que desata al caos; o es un orden con cadenas, que nos convierte en uno solo.
Al final no sé qué sea, eso que llaman amor. Puede que solo se trate de perder la razón.

Sansón
Sansón

A veces se requieren 15 rounds para arrojar la toalla (Extraviados en la Tierra de nadie). )

Extraviados en la Tierra de nadie.
Ella dijo “Lo siento, pero ya no siento nada”. Él pensó que ya no pensaba y mantuvo la boca cerrada. No volvieron ya a salir ideas ni a entrar moscas por esas boca.
Las transformaciones no se limitaban a la luna llena y con ella siempre era volver a empezar a reconocerse. Nada de dónde asirse.
La rutina mata y el desconocimiento perpetuo también.
Una de las maneras más efectivas para alcanzar la lejanía consiste en quemar las naves, derribar los puentes, cerrar bien las puertas y no mirar atrás.
El pasado parece ser un recuerdo construido, no vivido.
La falta de sueño te hace ver aún peor las cosas. Un naufragio sin restos, la despedida en el desierto.
La vida parece ser un desfile de gente despidiéndose, para parafrasear a alguien.
Palabras, palabas, palabras y mi reino por un caballo, parafraseando a otro alguien.
Ya lo dijeron mejor antes y redundante es decirlo. Rimbombante es una palabra rimbombante en sí.
Yo es otro, esa la dijo Rimbaud.
Hay absurdos aparentes que se aclaran con el paso del tiempo.
Recuerda que crucificaron a alguien que luego terminaron adorando.
Retazos que retozan en la pantalla, hoy que no hay papel ni bolígrafo. No habrá biografo, pues el rompecalabazas revienta paciencias.
Ella se había enamorado de un eco, que ni siquiera era el de él, quizás éste le recordaba el eco de otro alguien.
El presente siempre estuvo en otro tiempo.
Martes de embarques, el crucero zarpa sin semáforos y el tigre está manco. Mancomunados sus bienes, todo termino con males.
Tamales en la esquina y un esquinazo en el espinazo moral del portador.
No se diga que él no lo intentó, aunque ahora calle para siempre.

En la cuerda floja

Ahora casi sé lo que significa “mi reino no es de este mundo”. Ignoro si yo pertenezco a ese reino anunciado, sólo sé que me siento ajeno a este mundo. La vida es una caminata por la cuerda floja, en la que tienes tres opciones: dejarte caer (riéndote de lo insensato), pedir que te pongan una red debajo (y unirte a la comodidad insegura y aturdida de las mayorías) o tratar de llegar al otro extremo (cueste lo que cueste). La segunda opción me causa repulsión.

Viajo para escapar y nunca encuentro paz en mi huída. Regreso al lugar desde donde partí  buscando seguridad, y sólo encuentro las ganas de volverme a ir. “Compromiso” es una palabra que me aterra y, sin embargo, trato de tragármela para poder ganarme el pan. Busco comprar mi libertad con monedas con la efigie del César, pero nunca logro reunir lo suficiente. El tiempo se consume y nadie parece poder comprenderme.

El pelo más largo y el descuido al vestir, ¿crees que son modas?, mira bien, lee lo que te digo, y quizás lo entiendas. ¿Por qué se empeñan en querer verme normal?, ¿por qué me siguen preguntando si me falta algo y por qué no lo tengo? No tengo respuestas, pero sí muchas preguntas. Debes agradecerme que no forme una familia que tarde o temprano terminaría abandonando.

No tengo claridad, pero tampoco quiero que los ciegos me guíen. Las palabras son detonadores. No trates de usarme de nuevo como espejo; pues tendrías que devolverme a la tienda por inservible. Algo así dice la Biblia y no deseo escribir libros sagrados. Sólo quiero vivir como creo correcto y tratar de llegar al final de la cuerda floja, sin red. ¿Es eso mucho pedir?

Una historia común (pedazos de corazón sirven de asfalto)

La inocente sonrisa, natural, caprichos internos, huracán devastador en un bello cuerpo. La caja griega fue dada a esta mujer, que baila toda la noche, y si puede hasta el amanecer.

El hombre sabio decide vender su alma al diablo y ofrendarle todo su conocimiento. Perder el seso por un breve momento de pasión. Salomé recibe otra cabeza en una bandeja.

El que ya pasó por ahí intenta advertirte, gritándote como se grita en una película muda, pero nadie experimenta en cabeza ajena.

Dulce fruto prohibido, el pago vendrá con demasiados intereses, más adelante te preguntarás si valió la pena.

La carne es débil, y trémula reincide en el pecado. Las espinas de la rosa siempre son molestas y tú decides coronarte con ellas. Pasas tus propios límites y prolongas muchas veces el final que te has propuesto.

Es adicción a la aventura que no puedes dejar pasar. Cuentas tu historia en el tren, al psicólogo enano que predice exactamente lo que seguirá.

No eres único, muchos comparten tu caso, y ella no es la única femme fatale.

La cruz de neón arde en el callejón, el ejército de salvación marcha, sin poder ayudarte.

Al final ella dice: “Sube a tu Alfa, Romeo, y veamos hasta dónde llegamos”, ella termina en otros brazos y tú lloras por lo perdido. Las hermanas de la caridad lloran contigo.

El orgullo y la virginidad no se pueden recuperar.

Relatas tu historia pero nadie la tomará en cuenta. Creerán que es una leyenda de tu febril fantasía. Te pierdes con la niebla, penando como las almas sin consuelo.

En el mundo muchas historias como la tuya terminan, y otras tantas apenas inician.