Cuento de Navidad: la Nochebuena de la Familia Araña

Una fría mañana de 24 de diciembre, muchos en el mundo se habían levantado de la cama dispuestos a prepararse para celebrar la gran cena familiar. Los demás (incluyendo a solitarios, amargados existenciales, enemigos acérrimos de la cristiandad o del comercialismo insensato, no cristianos o por los suicidas con motivo) se disponían a sufrir, a fingir o a sentir que esta fecha no significaba NADA para sus individualidades. Poco a poco, los que sí celebran comenzarían sus visitas a los seres que estiman, o a los que no estiman pero que sienten la obligación de visitar; otros saldrían presurosos a realizar las compras de último minuto mientras los menos realizarían sus cultos religiosos para conmemorar esa fecha. Entre los que celebraban la Nochebuena estaba la familia Araña (en realidad el nombre de la familia era Epeira diademata, pero llamémosles sólo Araña).

Los Araña habitaban en la gran telaraña de un jardín. Mamá Araña había sufrido mucho por el intenso frío de la madrugada y la primera idea que le cruzó por la mente al levantarse (teniendo mucho cuidado de iniciar el día pisando con sus cuatro patas derechas tras abandonar su pequeña cama) fue reñir a Papá porque éste no daba indicios de buscar un mejor sitio dónde trasladar a su familia. Pero, “es 24 de diciembre y sería impropio que inicie este día peleando con Papá”, se dijo Mamá posponiendo para otro día la recriminación a su marido.

Papá conocía muy bien a la artópoda con quien había contraído matrimonio, y con sólo mirar los múltiples ojos de su esposa esa mañana, adivinó al instante lo que pasaba por la mente de ésta. Papá sonrió con una picardía poco común entre las arañas. “Antes de prepararnos todos para los festejos de la noche, me gustaría entregarles a todos mi regalo por adelantado”, dijo Papá a su esposa, “así que despierta a los niños y llama al Abuelo. Diles que empaquen sus pertenencias rápidamente y se reúnan conmigo, incluyéndote a ti, querida, dentro de media hora en la vieja ventana rota”. Tras decir esto, Papá se despidió y se dirigió hacia la vieja ventana. Éste era el lugar por donde las arañas ingresaban a la gran casa cuando salían de paseo (o mejor dicho, entraban de paseo) para divertirse un poco en la cocina de los humanos.

Mamá también conocía perfectamente a su esposo, por lo que la noticia la emocionó mucho, antes de saber concretamente en qué consistía la sorpresa de Papá. Así que con mucha excitación, Mamá fue a despertar a los demás miembros de la familia.

La primera a quien despertó fue a Hija Araña, ella había pasado gran parte de la noche sollozando por la discusión que había tenido con su padre antes de retirarse a dormir. Al ser despertada dulcemente por su madre, Hija se sintió feliz, pero tras recordar los incidentes nocturnos, su rostro volvió a ensombrecerse y decidió actuar de manera adolescente de acuerdo a las circunstancias, esto es, de mal humor.

La escena de la noche anterior había sido más o menos así.

Hija (acercándose cariñosamente a su Papá y con una voz melosa): Papaíto ¿verdad que me quieres mucho?

Papá (casi cayendo en la trampa, pero encendiendo de inmediato su sistema arácnido de protección): Sí hijita, ya lo sabes bien que sí.

Hija: Oye, me preguntaba si yo… eh… yo…

Papá (pensando que un preámbulo tan dubitativo presagiaba una difícil petición): ¿qué es lo que mi hija querida quiere pedir a su Papaíto?

Hija: Bueno es que… Escarabajo Cara de Niño me invitó a pasar la noche del 24 en su departamento-agujero y yo quisiera ver si tú me lo permites.

(Escarabajo Cara de Niño era el novio en turno de Hija Araña, un ‘bueno para nada’, según la opinión de Papá, que sólo sabía manipular excrementos ajenos).

Papá: Lo siento hijita, pero ya sabes muy bien que la celebración del 24 de diciembre es una celebración FAMILIAR y que por eso se debe realizar en la casa de la FAMILIA. Ya tendrás otra ocasión de salir con Escarabajo en el futuro.

Hija: Pero Papá, es que tú no entiendes. Él ya avisó a su familia para que yo asista a su reunión…

Papá: Pues que les avise ahora que no vas a poder asistir.

Hija: Pero, tú sabes bien que eso no es correcto. No seas injusto…

Papá: Espera, espera… En primer lugar esto no tiene nada que ver con asuntos calificables de correctos o incorrectos. Tú le dirás que avise que no puedes ir y punto. En segundo lugar, tampoco percibo que mi decisión sea injusta en lo absoluto; así que por favor póngase a pensar un poco en su actitud, señorita, y asimile que usted pasará con SU FAMILIA la noche del 24.

Hija: Pero es que siempre todo tiene que ser de acuerdo a lo que TÚ decides…

Papá: Ya sabes bien que mientras TÚ vivas en MI telaraña se hará lo que YO diga y si no te parece, la rama que conduce al muro es lo suficientemente fuerte para soportar tu salida.

Tras el uso de la famosa frase que utilizan todas las arañas progenitoras cuando se ven en una situación similar, a Hija no le quedó de otra más que dar la media vuelta y retirarse a dormir. Dando inició a las lágrimas y a los pensamientos del tipo: ya verá cuando yo sea independiente, entonces podré hacer lo que YO quiera de mi vida.

Regresemos al presente. La familia completa, Mamá, Hija, Hijo, Bebé y Abuelo se reunieron a la hora acordada con Papá en la vieja ventana rota. De allí Papá los condujo al interior de la cocina y no se detuvieron hasta llegar a un gran sitio cerrado y oscuro.

“Este es nuestro nuevo hogar”, anunció Papá inflando con orgullo su voluminoso abdomen.

“Pero, esto… esto es…”, respondía Mamá conmovida.

“Papá es maravilloso”, exclamó Hija olvidando todo el malhumor y vislumbrando un futuro dorado, digno de ser presumido, habitando en esa gran vivienda cálida y acogedora.

“¿Pero, qué no es este el hogar de los Cucaracha?”, dijo el Abuelo, rompiendo las ilusiones y la alegría familiar.

“Sí, lo era, pero ayer me lo vendió Cuco Cucaracha por muy poco…”, le respondió Papá sabiendo de antemano que el Abuelo haría una observación semejante y por ello llevaba ya preparada su respuesta, “…con el vicio al juego que tiene Cuco Cucaracha tuvo que malbaratar su vivienda”.

“Por eso era tan importante para mí que pasaras esta noche con nosotros Hija”, expresó dulcemente Papá mientras abrazaba a su Hija.

“Es maravilloso, parece un sueño. Soy la Araña más feliz del mundo”, dijo por fin Mamá. “gracias Papá”.

El nuevo hogar era en verdad amplio, limpio, seco y, sobre todo, cálido. Las lisas paredes metálicas eran un ejemplo perfecto de la limpieza. Cuando Mamá comenzó a acomodar sus pertenencias y tejer las camitas, no cesaba de repetir: “¡Un sitio así solo para nosotros! Pobre Cuco Cucaracha, tener que haberlo abandonado por su vicio al juego”. La última frase fue dicha por Mamá con un énfasis especial, quizás porque Hijo Araña era quien estaba escuchándola en esos momentos.

Mamá Araña construía las camas junto a un grueso tubo con varios orificios pequeños. “Este tubo servirá para albergar a los futuros miembros de nuestra familia”, se decía Mamá feliz.

Bebé Araña dormía tranquilamente, sin temblores de frío, colgado de una de las múltiples tiras paralelas de metal cromado que atravesaban el interior del nuevo hogar de extremo a extremo. “Estas barras me servirán de gimnasio privado”, pensaba Hijo Araña proyectándose a sí mismo en su imaginación como una fornida tarántula.

Abuelo Araña se encontraba sentado en una esquina, retomando sus actividades habituales: comer, dormir, comer, dormir, comer, etc.

Alrededor del mediodía, Mamá Araña terminó de elaborar las camas, tras lo cual procedió a fabricar esferitas de seda para ambientar el hogar. Hija Araña estaba pensando en la cara que pondrían sus amigas al ver su nueva casa; aunque también dudaba de si sería conveniente seguir saliendo con Escarabajo Cara de Niño, pues con el nuevo estatus adquirido tal vez hasta podría reconquistar el corazón de Alacrán Galán. Papá Araña miraba a su hija y dibujaba de nuevo otra pícara sonrisa en su rostro.

“Es hora de que cada uno de nosotros vaya por los obsequios que nos entregaremos por la tarde”, anunció Papá. Una tradición peculiar de las Arañas es entregarse sus presentes por la tarde del 24 de diciembre; esto con el fin de tener toda la noche libre para celebrar y colgarse felices por todos lados; para al final, exhaustos, esperar la llegada de Ponzo Clós (la gran Tarántula Roja que hace obsequios a los arácnidos que se portan bien).

“¡Sí!, ¡Viva!, “¡Moscas!, ¡Yuppy!”, gritaban emocionados los miembros de la familia tras la sugerencia de Papá. Y cada uno, por su lado, abandonó el nuevo hogar para ir por los respectivos presentes a regalar.

A las 4:30 de la tarde ya todos estaban de vuelta dentro de su flamante vivienda.

“Muy bien”, les dijo Papá, “demos inicio a la entrega de regalos”.

El Abuelo fue el primero en entregar su obsequio; esto por dos razones muy importantes: 1) era el miembro más viejo de la familia y 2) era el que siempre se quedaba dormido de la manera más repentina posible.

“Este es para Bebé Araña”, dijo el Abuelo entregando a su joven nieto un bultito envuelto en un pedazo de hoja de maple.

Bebé Araña abrió el bulto para descubrir que se trataba del famoso Manual de Paredes escrito por el doctor Tarantela (reconocido internacionalmente por sus aportes a la Paredología).

“Gracias Abuelo”, decía emocionado el Bebé, demostrando con ello a su familia que ya estaba lo suficientemente crecido como para hacer uso correcto del lenguaje, “me servirá de mucho este libro”. El Abuelo no alcanzó a escuchar la última frase, pues ya para entonces se encontraba dormido.

Mamá dejó a un lado la emoción que le inspiraba estar viviendo esos felices momentos dentro de esa maravillosa y nueva vivienda, para decir: “Este es mi regalo para toda la familia”. Entonces, con la habilidad de un mago carterista, sacó de quién sabe dónde un gran paquete envuelto en seda de gusano.

Papá, por ser el jefe de la familia, fue el responsable de abrir el paquete. El regalo produjo grandes exclamaciones de asombro entre todos los miembros de la familia, pues era, ni más ni menos, una gigantesca mosca panteonera lista para ser devorada. “Menudo festín tendremos hoy Mamá”, dijo Papá besando a su esposa.

“Ahora es mi turno”, dijo Papá, “mi obsequio es para Hija. ¡Feliz Nochebuena cariño!, tras decir esto, Papá lanzó una misteriosa señal a una esquina del hogar. Los ojos de hija se iluminaron al ver salir de esa esquina al Alacrán Galán con un ramo de florecillas en una de sus tenazas, diciéndole conmovido a Hija: “Perdona mis errores, ¡Te Amo!”. Ella corrió a sus tenazas y ambos se fundieron en un abrazo digno de la narración más cursi posible.

En ese momento, un sonido como de voz humana se escuchó afuera de la flamante casa de los Araña (ellos, de ese sonido, sólo entendieron algo asó como: “E OOOO, EEEE E E O O”).

“Bien, es el momento de tomar nuestros asientos y comenzar a devorar esta deliciosa mosca que…”, dijo Papá ignorando por completo el sonido humano. Pero su frase fue interrumpida por una gran luz proveniente de la súbita apertura de una de las paredes del hogar.

La familia se llenó de terror ante el también repentino olor a gas que salía del grueso tubo de varios orificios, y al ver acercarse a este una gran mano humana con una cerilla encendida.

Lo último que vieron los miembros de la familia Araña (exceptuando al Abuelo quien descansaba sin sospechar que su sueño repentino se convertiría en su sueño eterno) fueron grandes y apocalípticas lenguas de fuego, escapadas de los orificios del tubo. El libro de Bebé Araña fue consumido casi tan rápido como su propio dueño. Mamá Araña apenas y fue consciente de la gran desgracia. En pocos segundos lo único que quedó en ese hogar fueron restos carbonizados de la familia Araña, un buen fuego y un gran pavo horneándose.

Esa noche la familia de Pedro disfrutó una deliciosa cena cuyo platillo principal fue un pavo que quedó listo un poco tarde. El 25 de diciembre Cuco Cucaracha regresó a su hogar, felizmente aliviado de haber podido pagar todas sus deudas y tratando de decidir a quién le haría la misma broma macabra el próximo año.

NOTA: La frase humana que escucharon los miembros de la familia Araña poco antes de morir fue: “Pedroooo, preeeende el horno”; pero, como es bien sabido por todo aquel que ha vivido dentro de un horno, las consonantes expresadas desde el exterior son imposibles de escuchar dentro de tales artefactos.

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