Dedicación y paciencia

Basado en un suceso verídico.

La víctima: Takoguro Sameshima, 77 años de edad, profesor emérito de la Universidad de Kyoto.

El acusado: Yositeru Kamikahara, 39 años de edad, frustrado existencial.

En 1974, Kamikahara se dirigía con un desbordante júbilo a ver el resultado de su examen de admisión, aunque más que verlo, él sentía que iba a corroborarlo, pues tenía una extrema seguridad de haber aprobado el difícil examen. Para él era un hecho que estaría estudiando el próximo periodo en la prestigiada Universidad de Kyoto. Por ello entró silbando al Departamento de Agricultura del recinto de la sabiduría, pero al llegar a la pizarra de resultados, el silbido fue sustituido por un silencio salido de una cara que representaba excelentemente la palabra ‘sorpresa’.

Kamikahara, sintiendo lo que seguramente experimentaron los diseñadores del Titanic cuando la gran nave comenzó a hundirse,  no encontraba su nombre en la lista de admitidos. Sin embargo pronto recobró la seguridad y pensó: “debe haber una equivocación”. Armado de la frase ‘errare humanum est’, se encaminó a la oficina correspondiente para hacerles notar algo que él llamaba ‘gran error administrativo’.

Con la tradicional cortesía japonesa saludó a la encargada, y amablemente le hizo notar la ‘omisión’ en la lista. “¿Puede usted por favor, señorita, revisar los resultados y proporcionarme mi número de matrícula en la Universidad?”, dijo Kamikahara con una sonrisa digna del mejor comercial de pasta de dientes.

“¿¡QUÉ!?, ¿PERO QUÉ DICE? ¿NO HAY NINGÚN ERROR?”, explotó Kamikahara furibundo, dejando de lado la sonrisa y la cortesía después que la mujer le informara que todo en la lista estaba correcto y corroborado. Él NO había sido admitido en la Universidad de Kyoto. Recobrando un poco la cortesía, y con una espantosa sonrisa carente de cualquier encanto, el joven dijo: “Nadie es perfecto, lo sé, seguramente se equivocaron, por favor sea tan amable de revisar otra vez señorita”.

La encargada volvió a revisar sólo para decir a Kamikahara: “todo está correcto honorable señor Kamikahara, su nombre no aparece en los registros de personas admitidas. Pero si aún conserva sus dudas al respecto, yo le sugiero que acuda con el profesor Sameshima, quien es la máxima autoridad en estos asuntos y también la persona que puede emitir la última palabra en caso de controversia”. Kamikahara, con el rostro desencajado de nuevo, pensando en lo más sagrado que su ateísmo le permitía, respondió: “Por Hiroito que lo haré”. Y salió de la oficina convertido en una tromba que daba trompicones, riendo sardónicamente.

En el trayecto, el enojo de Kamikahara se enrabiaba más a cada paso, y todo empeoró cuando al llegar al despacho del profesor Sameshima le informaron que éste no se encontraba allí en ese momento. “Son las 10:05 horas”, murmuró Kamikahara al ver su reloj, “puedo esperar”. Sentado en la sala de espera, hizo un esfuerzo sobrehumano para calmarse. “No hay que perder los estribos”, se decía, “todo se puede solucionar con calma. Soy japonés, soy civilizado, todo se arreglará…”. A pesar de todo, Kamikahara estaba resbalando en el borde de ese abismo que solemos llamar ‘crisis nerviosa’.

El tiempo en la sala de espera no corría, sino que se arrastraba con insoportable pereza, tal como suele andar mientras está uno en el sillón del dentista. A las 13:00 horas, puntual como un fino reloj cucú, el profesor Sameshima hizo una nada espectacular entrada en la sala.

El profesor admitió a Kamikahara en su pequeño despacho, pero en ningún momento le dirigió ni la más insignificante mirada al joven mienbtars éste exponía su problema. Sameshima asentía con la cabeza a las palabras de Kamikahara, en lo que daba rápidos vistazos a diversos papeles que tenía sobre su escritorio. Después de que Kamikahara terminó su prolongado monólogo, el profesor por fin le dignó el honor de su mirada al estudiante y con una calma casi aturdida, en voz muy baja y suave, a la vez que gélida, le dijo: “honorable joven, no hay ningún error, usted no ha sido admitido. Que tenga una buena tarde”, tras lo cual sacó una estilográfica y empezó a firmar algunos de los papeles que tenía ante sí.

Kamikahara hizo una reverencia antes de salir del despacho, silencioso como ratón. Una vez afuera, decidió mandar al diablo todo su lado japonés y civilizado, quiso gritar, pero le resultó imposible. Conteniendo involuntariamente toda su ira dentro de sí, deambuló por la ciudad como si fuera un velero a merced del caprichoso viento de las circunstancias. A las 21:30 horas llegó a su casa, con una fiebre intensa y completamente agotado.

Pero en vez de intentar dormir, tomó el directorio telefónico y buscó… “¡Aquí está! SAMESHIMA”, procediendo a marcar cuidadosamente el número telefónico del profesor, quien no tardó en contestar.  Kamikahara conservó un silencio sepulcral, Sameshima preguntó tres veces “¿Quién es?, ¿quién llama?”, pero el joven permaneció en su mutismo y decidió colgar.

Pero Kamikahara no colgó definitivamente, sino que volvió a marcar el número del profesor, quien al contestar se enfrentó al silencio profundo, aunque de repente éste fue roto por las maldiciones en injurias más variopintas del idioma japonés gritadas a todo pulmón por el frustrado joven quien, cuando sintió que se le acababa el aire de los pulmones, colgó el auricular con furia. Una vez recuperada la respiración, Kamikahara llamó a Sameshima de nuevo para repetir la escena. Así, lo repitió una y otra vez, alternando macabros silencios con injurias impropias imposibles de describir, hasta llegar a un total de diez llamadas esa noche.

De esa manera ocurrieron las llamadas, noche tras noche. Noches que se fueron acumulando en semanas, semanas en meses hasta llegar a 14 años de llamadas insultantes diarias. Todo un récord.

Por fin, en marzo de 1999, el profesor Sameshima pareció cansarse de ser molestado con tanta insistencia y acudió a la policía para denunciar el acoso telefónico. El 17 de mayo del mismo año, Kamikahara fue arrestado y confesó haber sido responsable del constante delito.

Tras la confesión y la condena del juicio, durante su traslado a la celda que sería su hogar por unos cuantos años, Kamikahara seguía pensando en la idea que se le ocurrió cuando escuchó su sentencia: “bueno, al menos tengo derecho a realizar una llamada telefónica al día”.

Imagen

Resignación (no hay vuelta en U)

te hubiera dicho lo que sentía, ahora lo que siento es no haberlo hecho,
ojalá hubiera sabido que no hacerlo era un boleto sin regreso.
cualquier muro me sirve ahora para recibir mis lamentos,
y maldecir el momento de jurarte, firmando así mi condena a tu lado.
ahora naufrago contigo en la calle de los múltiples sentidos, excepto el común,
y no hay salvavidas ni tablas de salvación a muchos años de distancia.
ahora estamos en este contrato antisocial de encadenamiento rutinario,
de resignación multitudinaria, de mediocridad mendicante y por todos los demás bien aceptada.
no es que te desprecie, simplemente jamás te he querido,
la lástima es mal consejero para la toma de decisiones
y una ruta directa al país de las perdiciones.
ahora estamos con cadenas y pesas, que sirven de manguales para las etapas violentas,
sumergidos en el desprecio barnizado por diplomacia y adornado con actos de sociedad.
no debí haber callado entonces, porque desde ese momento cualquier cosa que diga me deja en ridículo,
no debí haber aceptado, pero ya es muy tarde hasta para recapacitar.
sólo quisiera que llegue la muerte a separarnos, y librarme de lo que acordamos
sólo quisiera que hubiera un más allá, o de menos una reencarnación,
para entonces no volver a cometer (contigo) el mismo error.

u

Antes de que te vayas

No hay sentido en buscar lo que en el fondo sabes que no es para ti.
No hay razón en soñar con las cosas imposibles; o bien, suéñalas, pero no quieras hacerlas realidad.
Procura soñas en todo lo imposible que puedes lograr, sueña más allá de ti, pero no como si fueras otro.

No hay ningún caso en ofrecer tu corazón a la trituradora metálica, por más dulce que sea su apariencia.
Hay también desperdicio al enamorarte de quien no te da señal de vida alguna.
Igual no te toca, igual te tocó y ni cuenta te diste, igual dices haber estado allí, y ni siquiera fuiste.

No hay caso en apostar todo al futuro, pues el futuro no es más que tu pasado repasado en un presente que pasa.
Olvida lo que hiciste, no planeés mucho para el día de mañana, sólo respira y entretente en algo, mientras arriba el último tren que te llevará allá abajo.
Piérdete lo más que puedas antes de que desaparezcas, porque entonces te perderás hasta de ti mismo.

No mires más allá pensando siempre que la vida está en otra parte; pues ella se encuentra en donde estás ahora.
No creas que la hierba es mas verde con el vecino, porque si tú fueras él lo verías todo amarillo.
Lo dije ya dos veces, y no lo diré más de tres, haz lo que puedas hacer antes de que arribe el último tren.

5 de enero

Temprano, por la larga avenida de M.A. Quevedo, a la altura de la marisquería, afuera de la cual espera una multitud, pareciera que van a pedir trabajo. Congelándose, arribaron más que puntualmente. Obvio, seguro exigirán salir más temprano para buscar a los reyes magos.

Me sigo de largo, ahora por Altavista. Un casino abierto esperando también, pero éste necesita incautos. Se llama “Ganar Ganar”, pero obvio que en este país que tiene al español como idioma oficial, pero con idolatría estúpida hacia lo extranjero, principalmente a lo estadounidense, el casino se llama realmente “Win Win”. Unos dados rojos se exhiben en su gran anuncio. Raro que las caras de los cubos numerados suman 9. Debe ser porque no todos creen que la cifra mágica sea el 7.

Llegando a la avenida Revolución doy vuelta a la izquierda. Voy contra la marea de empleados que llegan temprano a trabajar al centro comercial con ínfulas de primer mundo. En el mercado de flores, hay muchos colores, un grupo de estudiantes llega para hacer la sesión fotográfica que les asignaron durante las vacaciones. Tres chicas jóvenes, muy maquilladas, son las protagonistas, una bastante hombruna es la productora, un afeminado muy afectado es el camarógrafo y un chico gris es algo indefinido en la producción escolar. Tres pasos más adelante hay un elefante moreno, sentado en una delicada silla; un verdadero reto a la gravedad y al equilibrio. Su gran trasero desborda por los lados del asiento. El elefante carece de trompa, usa gorra, su piel morena es tan oscura como su camiseta, bigotes cantinflescos sobre su boca perpetuamente abierta. Observa a las estudiantes maquilladas con lujuria excesiva, y espera, quizá hasta reza a la Guadalupana, que las jóvenes vengan a su puesto de flores a sacarse fotos.

Turistas madrugadores visitan el famoso mercado. Me sigo de largo, hasta llegar a los puestos de comida. Desayuno presuroso de los empleados. Colesterol y grasas, menos que las que se obtienen en McDonald’s y el rey de la hamburguesa, pero grasas saturadas al fin.

En un parabús hay una rata muerta. Luce tan fresca, en pose del momento de saltar. Gris asqueroso es su pelo, gris frío su cola pelona. Sus ojos están abiertos y cristalinos. Pero está muerta. Probablemente el veneno surtió efecto de repente, mientras intentaba escapar de la muerte. Sólo le quedó un rictus de dolor, y la pose de acción. Los transeúntes la miran con asco antes de retomar su indiferencia matinal.

Llego hasta el convento, están limpiando la librería. En la banqueta hay ya muchos puestos callejeros improvisados. Prendas artesanales tejidas, juguetes usados, baterías. Me sigo de largo y llego a la estación del metro. Más y más empleados presurosos corriendo hacia sus trabajos salen como vomitados de las puertas de la estación del subterráneo. Muchos se detienen a desayunar en los múltiples puestos callejeros de comida. En medio de charcos sucios, sobre aceras grasientas, comen tacos y tamales, aprisa, siempre aprisa. Allí doy media vuelta y desando mi camino.

Decido entrar al templo del convento del Carmen. Antiguo lugar de adoración. Saliendo va una mujer empujando el carrito de su bebé. Quizá lo han bautizado en la misa de gallo. Quizá es la única hora, porque no hay fieles, en que ella puede entrar a la iglesia con su corta minifalda puesta. Pasa de largo a los diversos mendigos esparcidos en el atrio, cuya gran parte se encuentra en remodelación.

Dentro del templo, todo luce viejo. Cerca del altar un pino navideño desnudo, nada de luces y esferas, pino de los últimos días postfiestas. A su lado, el nacimiento, María, José, el burro y el buey. El pesebre vació. ¿Será que el niño quiere pasarle allí una mala jugada a los Reyes Magos haciéndoles sentir que viajaron en vano?

Levanto la mirada y veo una mezcla de tiempos colgada del techo del templo. Candelabros antiguos de los que penden focos ahorradores modernos. Salgo de allí sin observar mucho más.

En la calle, sobre la acera, está un puesto de juguetes usados. No están en cajas. Fueron tomados de una casa o de un basurero. Juguetes que fueron abandonados por niños que crecieron o que quizá murieron. Sucios, sobre un pedazo de tela amarilla. La persona que atiende el puesto improvisado está tejiendo, pegada a la barda de la calle, protegiéndose como puede del intenso frío matinal. Es una persona anciana, luce como de 150 años, aunque igual pudiera tener entre 35 y 90. Un aparato para la sordera se nota en su oreja derecha. Le hablas y parece estar habitando un mundo distante. Su mirada perdida a veces la hace estar en el presente. Una sonrisa llena de inocencia, que choca un poco con el exceso de maquillaje que la hace ver como aquella Maleva de San Telmo (en Buenos Aires). Me parece que decide vender esos pequeños juguetes viejos en vez de pedir limosna. Aún hay gente con dignidad en este mundo.

Regreso. El elefante sigue mirando con lujuria titánica a los aspirantes estudiantes de artistas no equilibristas, quienes están en plena sesión de fotos. Sigo caminando, el casino winwin sigue recibiendo incautos matutinos.

Al final vuelvo a pasar por la famosa marisquería que ahora está abierta, todos los que antes afuera esperaban, están adentro ahora, trabajando, ganando el pan suyo de cada día, y esperando salir temprano, para cumplir con los Reyes Magos.

Lo que se creía perdido

Mis dotes de domador se me acabaron cuando luché con un león, y sin embargo ahora me retas a domar tu corazón. Perdí mi vocación de mago cuando me enfrenté a una experta bruja. Ahora me pides que saque un conejo de mi chistera.Ya estaba cansado de todos esos trucos y hazañas, pero por ti, lo vuelvo a hacer hoy,y lo haré mañana.

Creí haberme quedado mudo cuando competí con la reina del verbo, a pesar de eso puedo expresarte de mil maneras lo mucho que te quiero.

Suponía que estaba cansado tras correr por todo el mundo en pos de una gacela, pero tú me pides que te siga de noche y de día antes de invitarme a cruzar tu puerta. En verdad yo creí que no volvería a hacer semejantes hazañas, pero por ti lo vuelvo a hacer hoy y también mañana.

Mis cartas de amor las creí muertas cuando se extinguió el correo. Las promesas que hice creí haberlas hecho con la permanencia del viento; pero tú me pides cartas, poemas y promesas en papel y susurradas a tu oído. Sabes que lo haré por lo mucho que quiero que estés conmigo.

Yo suponía que ya no tendría que hacer el ritual para conquistar un alma, pero por ti, lo hago con gusto hoy y lo vuelvo a hacer mañana.

Pensé que había perdido mi fe y mi confianza en toda la humanidad, pero contigo la luz brilla de nuevo y nada volvió a ser igual. Tengo esperanza en la gente y el mundo ya no es tan malo, al conocerme has traído contigo tu tesoro, el cual pienso bien administrarlo.

Yo creí que nunca volvería a amar a ninguna y a nada, pero por ti, lo hago hoy y con gusto lo vuelvo a hacer mañana.

Ciclo

Se despega el cigarro de la boca, lo arroja al suelo catapultándolo con el dedo índice que no indica nada, sólo empuja. El tabaco se apaga, como se extinguió el apego. El sueño se terminó. Decisión, simple decisión. No va más.
Levanta el cuello de la gabardina, se abriga mejor, sale de la esquina en la cual pensaba, y entra en la lluvia. Camina mojado como sardina, decidido como misil. En la esquina abandonada se deja el extravío.
Camina a paso seguro por esas calles llenas de recuerdos, se encasqueta mejor el sombrero. La noche de diluvio mantiene a todos los animales dentro de sus arcas.
Hacia donde mire él, acecha un momento compartido. Allí, afuera de la panadería, fue donde comentó con ella las delicias de harina, allá en la curva cerrada de la avenida abierta se contaron cosas de sus familias, y en el cruce del semáforo tricolor se declararon amor, por siempre.
Pero la eternidad está muy lejos de los mortales. Las ilusiones se deslavaron por realidades. Nada resultó como lo idealizaron.
Transformaciones, cambios y luego infiernos.
Ya no más tormentos, no más tormentas internas, no más juramentos, no más ofensas, ni faltas ni necesidad de perdones. Pues él acaba de dejar el extravío en la esquina abandonada.
Se acerca a donde ella vive, él lleva el rompimiento bien establecido, practicado mientras fumó el último cigarrillo, mientras la lluvia caía, y la lluvia sigue cayendo. No más con ella, sólo un adiós y listo.
Toca a la puerta, espera, espera.
La desesperación carcome, la decisión también, pero no hay lugar para las dudas. Separarse es necesario. Romper es en este caso construir.
Ella abre. Él al ver sus ojos olvida su fortaleza, desmemoria el discurso, evapora la determinación, sólo exclama un dulce “hola”, y entra.
La puerta se cierra, un ciclo se abre.