Sismo en viernes santo

La catequista de la colonia, en ayuno de viernes santo, miraba inspirada la transmisión del santo rosario por televisión (a través de una señal de paga que se roba, pues al parecer prefiere no comprender el sentido de esa frase de “al César lo que es del César”, que dijo el hombre en quien aseguraba creer, y que prefería usar como despedida agregándole “y adiós, ahí nos vemos”, chistorete religioso que la mujer se permitía).

Y de repente, en medio de un “Santa María Madre de…”, los santos, nichos, colguijes y lámparas votivas que sobrepoblaban la casa de la vieja comenzaron a bailotear mientras las paredes de la morada crujían. Tan fuerte era el movimiento que el cuadro 3D del Cristo crucificado comenzó a parpadear.

“El fin del mundo ha llegado”, dijo aterrada la beata anciana.

Salió a la calle y comenzó a gritar: “Se los dije bola de pecadores, que llegaría el fin del mundo cuando menos se lo esperaban, y hoy en viernes santo es el día indicado en que todos estarán quemándose en las llamas del infierno, donde todo es harto rechinar de dientes”.

Mucha gente salía de sus casas, viernes santo es día de asueto en México, dedicado para reflexionar y realizar los ritos correspondientes a la fecha, pero usado realmente para salir a vacacionar, sobrepasarse en antros o quedarse vegetando en casa; por ello, a pesar de ser casi las 9:30 de la mañana, muchos salían en ropa de dormir, y no faltó quien corriendo apareció cubierto con una especie de taparrabo mohicano.

“Ahora sí, querrán volver a la Iglesia, pero ya es muy tarde pecadores”, decía la santa mujer, quien también era la jueza autoimpuesta de la moral en la comunidad, “ahora pagarán todas sus maldades, sus calenturas y que no iban a la iglesia los domingos”.

El sismo se prolongaba y el temor de la gente aumentaba. No faltó la arrepentida instantánea de dos personas que creyeron las palabras de la vieja beata. Como dijo Pascal, “no pierdo nada con creer”, y se arrodillaban levantando sus manos al cielo.

Pero nada, no pasó nada más. Después de casi un minuto de ajetreo sangoloteante del tipo tectónico, todo recobró la insípida normalidad.

Caripálidos los vecinos regresaron poco a poco a sus casas, para encender la TV y ver las noticias (acaparadas por el multicitado fallecimiento reciente de García Márquez, de quien todos hablaban, a quien todos llamaban Gabo y de quien casi nadie había leído ni un solo renglón), y a cuentagotas enterarse que el sismo había sido de intensidad 7 (eso, de manera no-oficial).

La beata regresó decepcionada a su hogar. Lamentaba que no hubiese aparecido ningún carro de fuego entre las nubes y que no se encendieran las llamas perpetuas. Sin embargo, aunque ella parece no notarlo, el infierno siguió allí, como siempre, incluido el harto rechinar de dientes, y al parecer seguirá mientras los siglos se multiplican por los siglos.

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