El recuerdo

Los fuertes golpes sin ritmo que castigaban la madera de la puerta pusieron al doctor prejuiciosamente en contra de quien los producía. Todo ese día había sido infernal para él, demasiadas consultas y poca su paciencia, además se había enterado de las persecuciones desatadas desde que explotó la violencia; y sin embargo, en lo referente a los disturbios, estaba tranquilo, pues su consultorio se encontraba muy lejos de ese rojo huracán de fuerzas políticas que comenzaban a disputarse el poder.

 

Los ruidosos golpes se intensificaron con desesperación. Con tanta insistencia la gruesa y sólida puerta terminaría siendo derribada, si es que el doctor no la hubiera abierto.

Apenas una abertura de milímetros bastó para que de inmediato se desatara una fuerza animal que permitió que se precipitaran al interior del consultorio dos hombres de humilde aspecto. Uno de ellos con rostro gobernado por la adrenalina, y con una pistola en la mano derecha, mientras que con la izquierda sostenía a su compañero, un hombre que además de encontrarse embarrado de excremento sangraba profusamente del costado izquierdo.

“Doctor, tiene que ayudar a mi hermano”, dijo el de la pistola, apuntándola, junto con su mirada, a los ojos del galeno, “al cobarde le dispararon y hasta se cagó del miedo”.

Al doctor no le impresionó la pistola, ni la mirada, ni el herido, ni la hediondez, lo que le impresionó es que “esos malditos indios” no sólo entraban en su consultorio, sino que se atrevían además a darle órdenes. ¡A él!, que era el famoso médico de la alta sociedad y del sector adinerado de la baja suciedad que se conoce como ‘políticos’. Era el prestigiado médico de la ‘gente bien’. ¡Venir a darle órdenes a él que tanto había estudiado y tanto se había esforzado por alejarse de la ‘gente como ésta’! Indios que llegaban de repente a su consultorio como ‘malditos mensajeros del pasado’. No necesitó del prejuicio nacido de los golpes a la puerta para odiarlos.

“Yo no puedo curar este tipo de heridas”, dijo fríamente el médico mientras que con un rápido vistazo vio que la herida no era de gravedad.

“Usted lo va a curar porque lo va a curar doctorcito”, dijo amenazante con cólera contenida el hombre de la pistola, mientras ésta emitía un metálico clic que anunciaba un potencial disparo fatal.

Ante un argumento tan contundente e irrebatible el doctor dijo: “está bien, lo haré, pero deja de apuntarme con tu pinche pistola. ¡Anda, o se te muere tu hermano!”

El tipo armado dejó la pistola sobre una lujosa cómoda, incómoda hasta para alegrar la vista, y el médico le dio unas toallas para que fuera a limpiar a su hermano en el sanitario. El individuo armado decidió no perder de vista al doctor y tomando las toallas limpió a su hermano allí mismo, mientras el médico preparaba sus instrumentos para la intervención.

El doctor observaba con asco la piel cobriza de los otros dos que, a juzgar por sus huaraches y sus cicatrices, eran campesinos. Preparó todo y cuando se acercó al herido comprobó que su primer diagnóstico había sido por demás acertado. “Esto no es grave”, pensó.

Extrajo la bala con facilidad e hizo la sutura, pero entre ambas acciones decidió romper su juramento hipocrático una vez más, sólo que esta vez no por dinero, sino para vengarse de lo que percibía como una de las peores ofensas que había sufrido en su vida. Durante la ‘curación’, metió cuidadosamente el bisturí, que al igual que los otros instrumentos no había esterilizado, e hizo varias incisiones en el colon del herido. “Con esto cabrón saldrás de aquí, pero no durarás mucho”, pensó el médico al terminar los cortes.

Mientras duró la intervención, el tipo de la pistola dio al doctor un discurso sobre la injusticia. “Pos sí doctorcito, usted seguro ni se imaginaba que esto pasaría. Tan lejos de donde ‘orita está la matadera, usté en su casita, en un lugar tan bonito. Pero ‘ire así de fácil como llegamos aquí, vamos a llegar al gobierno. Y ‘ora sí se acabaron las injusticias, se acabaron los pobres. Ya verá cómo los ricos nos van a rogar a nosotros cuando séamos el gobierno. Pero yo a usté no lo voy a olvidar por lo de hoy”.

El médico no decía nada, simulando estar concentrado en su labor, pero pensó: “seguro te vas a acordar de mí, hijo de tu chingada madre, seguro te vas a acordar”. Al final, cuando dijo que la operación había concluido, el revolucionario de la pistola decidió irse de allí inmediatamente con su convaleciente hermano.

“Gracias doctor”, dijo el de la pistola como despedida, “siempre me acordaré de usté”. El doctor no dijo nada y los vio escaparse en su auto de lujo último modelo que había comprado con las curaciones que le hizo a un secretario de Estado.

El herido no vivió por mucho tiempo.

El doctor no fue testigo presencial del triunfo de la revolución pues, al igual que todos los demás ricos, huyó a tiempo del país mientras los pobres seguían siendo pobres, viendo cómo unos cuantos indigentes ocupaban los lugares del gobierno que los adinerados habían abandonado, y poco a poco empezaban a cometer las mismas faltas que sus antecesores.

El doctor huyó a los EEUU, desde donde se desentendió por completo de los sucesos de su país. No tardó en ser una persona destacada en la comunidad de inmigrantes latinoamericanos. Siempre presente en los mejores eventos y requerido con frecuencia en conferencias. Seguía siendo el médico de la gente bien, sólo que ahora de la gente bien exiliada.

Tanta fue su fama y su reputación, que el doctor fue uno de los invitados de honor en una recepción, a la que también asistiría el actual Ministro de salud del país del que el famoso galeno había emigrado. La lujosa recepción se llevaría a cabo en Chicago y el médico no dudó en asistir, no por envanecerse, sino para ir a mofarse de sus compatriotas.

“Ya me imagino la clase de indio pendejo que debe ser el ministrucho ese”, seguía pensando el doctor en su lujosa habitación de hotel en Chicago, antes de volver a ensayar el discurso que daría esa noche en la recepción. Pero alguien tocó a la puerta de su cuarto, delicada y rítmicamente, interrumpiendo el plan ensayístico del médico. Él fue a abrir y su sonrisa se desdibujó cuando dos hombres entraron violentamente en la habitación.

“Buenas noches doctor, soy el Ministro de salud…”, dijo uno de los dos recién llegados, quien tenía una pistola muy desgastada en su mano derecha, la cual medio cubría con una almohada. “A que no me recuerda. Pinche doctorcito, no estoy aquí pa’ contar historias, sino pa’ que vea que yo sí me acuerdo de usté”, dijo y de inmediato disparó a la cabeza del doctor, quien cayó muerto como si fuera un bulto de papas arrojado de un camión.

El acompañante del Ministro, un pandillero en ropa elegante, tomó el arma que le ofrecía el asesino mientras éste le decía: “Dale otros tres disparos y ya sabes, nunca me conociste. Si me fallas cabrón, no sólo no le va a ir bien a tu familia, sino que primero te carga la chingada a ti y luego se los carga a todos ellos”.

“No, no le fallaré Ministro, y créame que siempre me acordaré de usted”, dijo el pandillero en disfraz de elegancia mientras propinaba otros dos balazos al cadáver y el Ministro de salud desaparecía por el elevador.

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Se hace tarde (nadie debe posponer perpetuamente)

vives como si en el futuro todo será como lo es hoy
he oído eso de la relatividad del tiempo, que todo es presente y lo demás una ilusión
es probable que eso sea cierto, pero también sé que el tiempo es absoluto para criaturas como nosotros
la maldición de la decadencia no acecha en cualquier esquina, sino que viaja en nuestras venas, nos contagiamos de ella sin necesidad de heridas
lo único bueno del paso del tiempo es que nos deja experiencias y permite que se nos olviden ciertas penas
pospones constantemente tu presente compartido, dándole largas a quien dices amar, como si no envejecieras, como si él no envejeciera, como si ambos no murieran
crees que con tu fe de montaña de mostaza la gran cumbre se arrastrará hasta tu profeta, que a pesar de la tortura siempre se dirá la verdad
la fe sólo es el escudo que muchos se forjan para enfrentar la incertidumbre de la vida, y con la tortura se confiesa cualquier pecado, por disparatado que sea
pero volvamos a ti
planificas viajes y una vida en común, para realizarlos cuando termines ciertos proyectos o cierres ciertos capítulos, como si fueses a ser por siempre la misma, tal como eres hoy
solemos percatarnos del paso del tiempo en nosotros cuando ya es demasiado tarde, es como cuando alguien pregunta la hora en una fiesta, siempre se sorprende que haya ya pasado tanto tiempo
es un hecho que nadie nota el castigo de los años en su juventud
así que probablemente termine pasándote lo que a muchos: cuando quieras abordar el tren de tus ilusiones, éste ya habrá abandonado la estación
sí, es correcto vivir el aquí y ahora, tu problema es que crees que ese momento será igual por siempre
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El club de los herculitos

Seguramente hay muchos clubes de herculitos en el mundo, el de Rodeo Drive en Miami Beach, quizá uno de los más ostentosos.
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Pero ese es una excepción, en general un club de herculitos es un gimnasio gratuito al aire libre en zonas populares o parques públicos, donde se concentran desempleados musculosos, alfeñiques esperanzados y uno que otro ladrón matando su tiempo libre hasta que den sus horas de trabajo. Si quieres ejercitar tu cuerpo, pero no tienes dinero o eres más tacaño que Scrooge Schwarzenegger, un club de herculitos es tu solución.
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En el parque donde salgo a caminar hay un club de esos. Allí las pesas están hechas de cubetas encementadas o ejes viejos de auto. También hay estructuras tubulares para trepar, cuerdas y aros. Hay incluso un neumático gigante de tractor.
Así, mientras unos herculitos levantan las cubetas encementadas, otro voltea la pesada llanta de tractor por el suelo, haciendo gran esfuerzo.
A veces llega un herculito con un mazo grande, para golpear la rueda de tractor como si fuera trabajador del circo de Dumbo clavando estacas para las carpas. Se esfuerza el tipo, en un gasto de energía no retribuido, debería buscarse un circo.
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El club es al aire libre, cerca del camino por donde la gente corre, trota o camina. Así, no es raro ver una ama de casa desesperada y otoñal, con urgencias falosimpáticas, deteniéndose a ver qué herculito atrapa. Esas mujeres nunca salen con las manos vacías, porque en esos clubes siempre har herculitos gigolós a gogo.
Pero, como mencioné, no todos los asistentes son masas de músculos anabolicoesteoidales, hay principiantes, y vejetes también. Los principiantes son espinas esqueléticas dignas de una clase de anatomía ósea o bien panzones grasientos, toros garbanceros o flácidos pellejudos.
El común denominador de un miembro del club herculito es tener demasiado tiempo libre. Pasan horas y horas, se hacen amigos y quizá hasta amantes.
Un herculito conversa con otro: “… sí, por el momento no he tenido pasarelas ni sesiones fotográficas, así que pues mejor me aplico al ejercicio”, ufano el tipo que no he visto en ninguna portada ni siquiera en anuncios locales de Sears. Quizá algún día mientras camine yo por Avenida Insurgentes, me tope con su cara en la portada de una revista pornogay. Otro herculito, un banananariz, contesta a otro que le preguntó cómo estaba: “pues aquí dándole duro”, como si ir al club fuese algo productivo y remunerado.
Por ahí también se dejan caer herculitos de la tercera edad, cercanos a la frontera del ya-no-hay-más-cumpleaños o lo que es igual a dedicarse a inspeccionar lombrices in situ. Fortachones del ayer, que aún aspiran con tener un mañana saludable. Imagino que uno se dejará caer literalmente allí, fulminado por un ataque al core ingrato, mientras levanta unas pesas o hace unas abominables abdominales.
A veces el club huele a hierba quemada, ignoro si ciertos efluvios yerberos sean buenos para ejercitarse.
En fin, he dicho mucho sin decir nada del club de los narcisos pobres, de los musculantes desempleados y de los retirados que prefieren el ejercicio en vez de la solitaria amargura de la TV matutina. Supongo que sólo quería comentar al respecto.

La honestidad del engañador

Como el impostor atrapado con las manos en la masa (que equivale a manosear el volumen por gravedad, grave asunto sin duda), sintiendo que mi inmundo mundo incompleto está acabado (no en un final general, sino, como a cualquiera, en el particular sargenteado), ignorando el pacto que contrahechicé contigo, todo fue finiquitado en el momento en que rompí tu confianza de cristal.

Con pena de billete falso, condenado voy al cadalso, dando pasos indecisos hacia lo eterno, donde todo es verdad.

No puedo revivir el pasado, ni desatar lo que fue amarrado, tampoco purgar faltas ni estómagos, por eso tú y yo quedamos entonces como buques sin puerto, buitres sin banquete, tuertos sin ciegos a quienes gobernar, imposibilitados para sepultar a nuestros muertos.
Mis promesas jamás fueron cumplidas, aunque creíste cada una de mis palabras, incluyendo las más insinceras. Jamás aceptaste que es cierto ese secreto que reza sin dios: “quien no miente, jamás llega a viejo”. Por eso hoy pagamos ambos sin paciencia tu exceso de inocencia, y mi falta de honestidad. Qué más da, igual y la próxima vez nos vaya mejor.

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Ser insoportable

Hay veces en que uno resulta insoportable a sí mismo. Tanto que quisiera separar el cuerpo del alma, o alejar los hemisferios de la cabeza para que formen continentes inconexos.
Pero no es posible, ni en sueños se escapa uno de sí mismo.
Solía agradarme mi propia compañía, disfrutar de mi persona, pero circunstancias ajenas y propias me han hecho ir perdiendo la paciencia para conmigo.
Igual es desgaste por el tiempo, nos pasa con los demás ¿no es cierto? ¿Por qué no habría de suceder con la propia persona? Quizá sea la manera natural para irse despidiendo, preparándonos para el final cercano, para que la muerte sea preferible a la vejez muy prolongada.
Es feo, descubir que uno hace lo que siempre ha criticado, ver que las soluciones a problemas ya no salen fácilmente de las mangas, o descubrirse que a ciertas alturas del partido uno ya viste chaleco.
No sería suficiente el opio ni la heroína para alejarse de su misma persona, tarde o temprano uno regresa y esas falsas salidas suelen desembocar en culpas o en purgas.
Ni modo, tal parece que no queda de otra más que poner cada cosa en su lugar y aguantar, ya sea en el estóico portal, en la redundancia de la esfera o en la desesperación del que espera.
Aguantar, apechugar y bancarse al lado de la cancha, o en
la estación, esperando el último tren. Así es la vida.
angel

El mapa de las relaciones sentimentales en tres frases

Existe cerca de de donde vivo una colonia clasemediera alta, en donde destinan cierta calle para que los vecinos salgan a hacer ejercicio; es decir, no se cierra la calle, sino que se destina el borde de un camellón en forma de pista de hipódromo, para que la gente salga a correr, caminar o andar en bicicleta. Algo parecido al patio de ejercicios de una escuela, prisión o de un manicomio, pero sin rejas ni altas bardas (siempre me recuerda una pintura de VanGogh).
Prisoners Exercising Vincent van Gogh
Ayer, caminando yo por ahí, pude notar un grupo de tres ciclistas, uno de los cuales iba entreteniendo a sus compañeros con su charla. La primera vez que pasaron junto a mí alcancé a oír al entretenedor decir: “… con que le provoques una sonrisa ya es tuya…”. Poco después volvieron a pasar y alcancé a oír al mismo tipo decir: “…basta con una patada en los huevos y listo…”, y tuve la oportunidad de una tercera frase poco después: “… ni que fuera la única, hay muchas en el mundo…”
Es curioso cómo en tres frases rápidas, el tipo pareció resumir la historia de muchas relaciones románticas. La ilusión y la magia agradable (aunque definitivamente difiero de la simpleza de la idea, es decir, yo he hecho reír a muchas mujeres, y no hice mías ni al 1% de ellas), pero bueno, tomemos la frase como el inicio del enamoramiento, él quiere hacerla reír y ella ríe. La fase de la ilusión siempre es alegría y encantamiento, sonrisas y sonrojos. Felicidad y embriaguez sin alcohol (algunas veces sí hay acompañamiento etílico). Cada persona quiere hacer sentir bien a la otra, quedar bien. Oh l’amour! Primavera, pajarillos y cielos hermosos (hasta los lluviosos). El mundo es un horizonte por recorrer, uno ya no está solo, dos hacen uno, y todo es jijí jajá.
Sigue el puntapié en los testículos. Una mujer tiene ovarios, pero como dijera Colón, todo es como un huevo. Quizá el ciclista experto en relaciones humanas se referiría a ponerle un “estate quieto” a un rival, que significaría la defensa de esa territorialidad que siguen aplicando las bestias pseudo racionales que se denominan humanas una vez que tienen pareja. Me refiero a esos que ven a su pareja como propiedad y que experimentan los Iagosos celos Oteleros (sin motivos reales), las inseguridades y las rivalidades. Defender lo propio de los zánganos y ladrones que merodean por el paraíso infernal. No todas las relaciones tienen ansias propietarias, pero no son pocas las que sí.
Claro que esa frase del puntapié puede tener otro significado: el rompimiento violento en las relaciones disfuncionales o cuando los chistes dejan de tener gracia. Cuando el que hacía reír ya no es “el ser más divertido del mundo” sino un “imbécil que no toma nada en serio” o un “tarado que de todo se carcajea”. Cuando vuelan platillos en la cocina (sin tener que llamar a expertos en ufología), cuando la agresión verbal cruza la frontera y llega al pueblo de los puños, las patadas y las heridas. También he visto esa película, y recuerdo que incluso fui amenazado por tijeras que agujeraron mi camisa favorita. Cada quien habla de cómo le fue en la feria.
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Para terminar con lo que dijo el ciclista, su tercera frase no es la vencida, sino la que intenta sobreponerse al vencimiento. Una vez separado, tras la relación buena o mala, viene el luto del alejamiento. Siempre habrá dolor, quizá mucho, quizá poco, pero siempre lo habrá. Uno suele añorar a la persona que alguna vez se amó, no importa si al final todo fue un trago más amargo que el pan de la Última Cena. Y en el cabizbajamiento subsecuente, no faltará el amigo que tratará de dar esperanzas basándose en la sobrepoblación mundial: en este mundo hay muchas mujeres más, ella no es la única. Mlas noticias: ella es única e irrepetible, como de alguna manera lo somos cada uno de nosotros.

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También, sin duda, hay muchos amigos más sensatos que no dirían semejante tontería. Sí hay mucha gente, y es probable que hayamos demasiados que nos parecemos entre nosotros, pero sin embargo cada persona tiene una combinación única. Nadie sustituye a nadie, quizá el nuevo alguien sea más compatible con uno, quizá nos brinde más magia; quizá no, pero el caso es que no es el clavo que sacará otro clavo (¿en serio alguien ha tratado de desclavar en la realidad clavos con clavos, en vez de usar un martillo o pinzas?). Sí, hay mucha gente, y nunca conoceremos ni remotamente a la mayoría de las personas que existen. Si alguien se fue, simplemente es capítulo cerrado y a lo que viene. Mirar a atrás y cerrar la puerta y no esperar encontrar a que alguien la cierre por nosotros.
En fin, las frases de ese ciclista me hicieron pensar en esas cosas.

Zhongfang baila el vals

Zhongfang baila un vals, sin su mamá.

Zhongfang baila un vals por XV años perdidos.

Zhongfang se conmueve por los niños del mundo Y sus sobrinos.

Zhongfang baila el vals y no puede parar.

Michael Jackson ya es ceniza de jueves y Confucio es cosa pasada.

Zhongfang baila un vals y quiere presentarse en Viena desalchichada.

Hay travestis que dicen la verdad aunque sean a veces mentiras aparentes.

He decidido callar mientras hablo y decir las cosas en silencio.

Dim Mak y miradas extrañas.

No me encontré, pero igual ya me acostumbré al extravío.

Zhongfang baila un vals y quiere presentarse en la Monumental.

La espada de Damocles pendiendo sobre mi cabeza, aunque al final pende arriba de la testa de todos, por blanda o dura que la tengan (que se tome todo como se quiera aunque no se quiera).

Zhongfang no tiene pandilla, demasiado rarito, pero no es por su nombre, ¿hombre? Nadie sabe, nadie supo, nadie en su casa lavó, pero todos escuchamos el Jingle del día, que nadie entiende, pero todos lo repiten.

“¿Qué dijo?”

Estribillos, catchy phrases, la originalidad es una condenada cruz, que luego otros toman para crear instituciones.

Zhongfang mejor baila el vals y que el mundo gire al ritmo que le venga en gana.

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Olvidos

Honestamente no sé a quién se debe lo que no se adeuda, ni tampoco me acuerdo de aquello que no se recuerda. Dicen que por mi falta de memoria soy un caballero.

Las palabras que salieron de tu boca se las llevó el ciento de pajarillos que echaron a volar huyendo de mi mano, y las que escribiste siguen siendo un secreto que no quieres revelar.

Los colores no hablan, sólo brillan; los derrotados sólo gimen y chillan.

No recuerdo a quién se debe lo que no se adeuda y también olvidé cómo afinar tus cuerdas.

No recuerdo bien mi primera noche en este mundo, ni tengo idea de lo que es ser totalmente feliz por aquí.

Me gusta, en ocasiones, ser un solitario sin llanura, claro que a nadie le gusta ser un abandonado porque eso no es más que amargura.

Las caricias son efímeros tesoros para la piel. Debería estar prohibido decir “para siempre” y también “nunca jamás”. Nada es seguro, ten eso por seguro; nada es totalmente blando ni totalmente duro.

No recuerdo mi primera noche en este mundo y tampoco recuerdo haberte conocido. No recuerdo bien nada de lo que creí conocer, tampoco sé si alguna vez supe convertir el plomo en oro.

Tu carta de ayer resultó ser una mentira que ni siquiera escribiste, mientras aún sostengo que te quiero aunque no logres aceptarlo.

No me tomas en serio cuando hablo seriamente, y haces lapidarias mis frases cuando bromeo.

La vida es redonda, como lo es la Tierra, como lo es el futuro y como lo son las monedas, por eso todo es rodar y rodar por aquí.

No recuerdo bien todo lo que conozco, como tampoco creo haberme caído en un pozo. No recuerdo haber vestido de mezclilla, como tampoco creo que haya usado corbata y camisa.

El sol en la noche, la luna en el día, decías ser una entrada y resultaste ser salida.

Mis palabras se pierden en tu laberinto, con los tres minotauros que tienes a sueldo pagado con tus sentidos.

Fuiste mi todo siendo en realidad nada. Tras la tormenta, la calma.

No recuerdo haber usado mezclilla, como tampoco recuerdo cómo eran tus sonrisas.

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