El club de los herculitos

Seguramente hay muchos clubes de herculitos en el mundo, el de Rodeo Drive en Miami Beach, quizá uno de los más ostentosos.
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Pero ese es una excepción, en general un club de herculitos es un gimnasio gratuito al aire libre en zonas populares o parques públicos, donde se concentran desempleados musculosos, alfeñiques esperanzados y uno que otro ladrón matando su tiempo libre hasta que den sus horas de trabajo. Si quieres ejercitar tu cuerpo, pero no tienes dinero o eres más tacaño que Scrooge Schwarzenegger, un club de herculitos es tu solución.
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En el parque donde salgo a caminar hay un club de esos. Allí las pesas están hechas de cubetas encementadas o ejes viejos de auto. También hay estructuras tubulares para trepar, cuerdas y aros. Hay incluso un neumático gigante de tractor.
Así, mientras unos herculitos levantan las cubetas encementadas, otro voltea la pesada llanta de tractor por el suelo, haciendo gran esfuerzo.
A veces llega un herculito con un mazo grande, para golpear la rueda de tractor como si fuera trabajador del circo de Dumbo clavando estacas para las carpas. Se esfuerza el tipo, en un gasto de energía no retribuido, debería buscarse un circo.
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El club es al aire libre, cerca del camino por donde la gente corre, trota o camina. Así, no es raro ver una ama de casa desesperada y otoñal, con urgencias falosimpáticas, deteniéndose a ver qué herculito atrapa. Esas mujeres nunca salen con las manos vacías, porque en esos clubes siempre har herculitos gigolós a gogo.
Pero, como mencioné, no todos los asistentes son masas de músculos anabolicoesteoidales, hay principiantes, y vejetes también. Los principiantes son espinas esqueléticas dignas de una clase de anatomía ósea o bien panzones grasientos, toros garbanceros o flácidos pellejudos.
El común denominador de un miembro del club herculito es tener demasiado tiempo libre. Pasan horas y horas, se hacen amigos y quizá hasta amantes.
Un herculito conversa con otro: “… sí, por el momento no he tenido pasarelas ni sesiones fotográficas, así que pues mejor me aplico al ejercicio”, ufano el tipo que no he visto en ninguna portada ni siquiera en anuncios locales de Sears. Quizá algún día mientras camine yo por Avenida Insurgentes, me tope con su cara en la portada de una revista pornogay. Otro herculito, un banananariz, contesta a otro que le preguntó cómo estaba: “pues aquí dándole duro”, como si ir al club fuese algo productivo y remunerado.
Por ahí también se dejan caer herculitos de la tercera edad, cercanos a la frontera del ya-no-hay-más-cumpleaños o lo que es igual a dedicarse a inspeccionar lombrices in situ. Fortachones del ayer, que aún aspiran con tener un mañana saludable. Imagino que uno se dejará caer literalmente allí, fulminado por un ataque al core ingrato, mientras levanta unas pesas o hace unas abominables abdominales.
A veces el club huele a hierba quemada, ignoro si ciertos efluvios yerberos sean buenos para ejercitarse.
En fin, he dicho mucho sin decir nada del club de los narcisos pobres, de los musculantes desempleados y de los retirados que prefieren el ejercicio en vez de la solitaria amargura de la TV matutina. Supongo que sólo quería comentar al respecto.

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3 comentarios en “El club de los herculitos

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