La risa de Don Juan

Las grandes botas de cuero hacen resonar los pasos de Don Juan en la gran sala.

Él llega pensando en lo fácil de sus conquistas y sin recordar a ninguna de las tres damas que hoy dejó burladas.

Todo es siempre más sencillo cuando nada se toma en serio, y se eluden los sentimientos.

Todo es más probable cuando no se va más allá de la superficie del celo.

La gente parece tener ansias de que le mientan por siempre, luego, cuando las cosas terminan mal, gustan de culpar a la surte.

Don Juan sonríe y sabe mantener el encanto, mientras clava sus dagas en tu espalda.

Yo no soy un santo, ni siquiera soy bueno, pero en tu corazón aún no logro nada.

Quizá mañana aprenda a mentir y a hacer bien el mal; quizás mañana aprenda a decir que te amo mientras sólo busco un cuerpo que acariciar.

Pero eso lo he pensado desde un remoto pasado y nada ha cambiado, sigo siendo el mismo idiota que teme herir y ser herido, ser el que con justicia es acusado.

Don Juan sonríe sabiendo que una de sus conquistas me interesaba a mí; esa que se adjudicó con palabras insinceras y promesas irreales.

Espero que con un poco de fortuna yo pueda encontrar algún día a la mujer que no se deje llevar fácilmente por la seductora voz de un falsario.

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El cigarrillo de la noche

La noche es tranquila, el cielo nublado, sin estrellas, éstas son suplidas por las luces de las antenas. Rojas y blancas parpadeantes, para que tengan precaución todos aquellos que vuelan bajo, aviones o ángeles, poetas o déspotas.

Yo me encuentro fumando el cigarrillo nocturno en mi balcón.

Frente a mí está el gran edificio que se me figura un fornido militar imponente, cuadrándose para mostrar respeto, exhibir una potente sumisión ante alguien más importante, creo que debe ser al dinero. El edificio también impone respeto, para aquellos inferiores, para los que carecen de dinero, carencia que es la mayor preocupación de sus vidas. La cabeza del soldado, parte superior del edificio es una gran cúpula, con columnas griegas, que esta noche han dejado iluminada.

No es muy tarde. Silencio en la calle.

En silencio pasa por la calle uno que otro fulano de los que sacan a cagar a sus perrillos falderos, los apartamentos modernos no permiten albergar a un verdadero can. Los amos recogen las mierdas plásticas de sus pequeñas mascotas con bolsas de plástico. Las aceras están limpias.

Ocasionalmente pasa un auto, la mayoría de la gente ya está en sus casas dopándose puntualmente con una serie de televisión, actualizando pendejadas en sus redes sociales o viviendo lo que no son en un videojuego. Sin embargo, también hay algunas personas en las oficinas, siendo infieles a sus parejas con una fidelidad obsesiva al trabajo. Estas adictas a la productividad tratan de matar el estrés que el trabajo les causa, con más trabajo. La droga que atrapa y de la que nunca es suficiente hasta que ya no regresan del viaje. Para recuperar el sueño buscan un aumento, ignorando que el aumento les causará más insomnio, entre más te dan menos duermes, tómalo en el sentido que quieras.

En el último piso del edificio que parece un gran soldado, veo en una ventana una sombra que se mueve, alguien se asoma. No distingo ningún detalle, puede ser un hombre, una mujer o un orangután. Para mí es sólo unja pequeña sombra que se mueve en la lejanía.

Parece que de repente sale de la ventana y se pone de pie en la cornisa.

Se ha consumido todo el tabaco de mi cigarro y empiezo a sentir calor en los dedos que lo sostienen. Lo apago. Pasan dos autos por la calle y de nuevo la quietud.

La sombra sigue en su lugar, quieta, imagino que reflexiona, pero como cortando bruscamente su cadena de pensamientos inicia un brusco movimiento, corre y se arroja al vacío, oigo el motor de otro carro pasando por la calle. No escucho nada más cuando el auto se aleja.

Silencio, el cielo nublado y sin estrellas. Yo estoy demasiado lejos como para escuchar el golpe tras la caída.

Probablemente algo se dirá en los periódicos mañana, pero yo ni me enteraré. Fin del cigarrillo de esta noche.

Súbitamente encendidos y de repente otra vez fríos

Sin saludo ni despedida, sólo el momento por sí mismo; súbitamente encendidos y de repente otra vez fríos.

Como dos autos en un cruce, en plena madrugada, frenando por temor al choque y arrancando sin decir nada.

No somos lo que buscamos, sino lo que podemos tomar. La necesidad transforma en conformista al más exigente.

Besos similares a una hoja en blanco, fuegos artificiales en una fiesta sin santo. Caricias que son huellas en el agua, humo en el huracán. Dos nubes de tormenta, que se diluyen al amainar la lluvia. Dos sombras que se pierden en el reino de penumbras.

Ni siquiera intercambiamos las promesas que no buscan ser cumplidas, ¿estando aquí qué caso tendría decirnos mentiras?

No nos damos completos nuestros nombres, y tampoco importa quién se irá primero.

Nadie pide nada para evitar que esto signifique algo. Sólo tratamos de llenar momentáneamente nuestros vacíos arrastrados.

El reloj indica el inicio de la jornada, tiempo de separarnos con cortesía prefabricada.

Mañana seremos un bosquejo de recuerdo, hoy un ligero sabor de quedar satisfechos.

Sin saludo ni despedida, sólo el momento por sí mismo; súbitamente encendidos y de repente otra vez fríos.

La verdad no está en la pantalla

Gente que se conforma con ver “realidades” en pantallas a todo color.
Solitarios sin cartas que buscan compañía en el mismo medio.
La verdad está allá afuera.
Historias tejidas por malos narradores.
Farsas montadas sobre algo que a nadie debería interesar, y se vende como trascendente.
Lo peor es que se los compramos.
¿Tienes miedo de mirar hacia adentro?
¿Tienes miedo de salir por la puerta?
La verdad está dentro de ti.
La verdad está allá afuera.
Palabras superfluas en diálogos infames.
Estereotipos agotados que siguen encantando.
Gente preocupada por personajes de ficción y por ficciones que se ofrecen como realidades.
Te dicen lo que debes ser, lo que debes buscar, lo que debes tener, lo que debes decir y cómo debes actuar.
La verdad no está en la pantalla.
Sonrisas de nácar, cinturas de avispa, problemas que pretenden ser los tuyos.
Mentes cerradas que aparentan apertura, acciones siempre más atrevidas que te escandalizan y subyugan.
Dogmas electrónicos, costumbres impuestas, impuestos ocultos, circo sin pan.
Aplausos y reconocimiento a labores vacías, caridad para reducciones hacendarias y relaciones públicas.
Efímeras glorias repetidas una y otra vez con anuncios de refrescos de cola.
La verdad no está en la pantalla.
Escuela para padres que jamás supieron ser hijos.
Escuela para hijo que serán lo que creyeron que querían ser.
Todos dentro, muy dentro, pero no de sí mismos, convencidos de que todo está allí, en la pantalla.
Desconecta tu cerebro, abre la puerta, descubre sin que te lo cuenten, la verdad está allá afuera.

(1997)

Foto de : http://wa-ll-pa-per.blogspot.mx
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Hay ay allá (la posible verdad detrás del Cielito Lindo)

“Hay ay allá”, dicen ángeles y querubines, céfiro y malandrines (redimidos) desde el Cielo.
Asomados en el borde de una nube de límites dorados, los seres alados y espirituales miran a la Tierra.
El Valle de lágrimas es un mundo azul, mares y océanos salados productos oculares de las penas perpetuas.
“Hay ay allá”, dicen de nuevo lamentando que el humano por más que experimenta jamás aprende.

Injusticias, desgobierno y mucho inmundo lodo, ¿qué más se puede decir si en cambalache ya se dice todo?
“Hay ay allá”, cantan llorando en el Cielo, por las penas que les inpira tanta estupidez estancada acá abajo.
Nadie se pone de acuerdo, unos quieren su pedazo de gobierno, y la mayoría, como reses al matadero.
El pobre se queda más pobre, el rico se enriquece más, con tanto absurdo ¿hasta dónde vamos a llegar?

“Hay ay allá”, sigue el lamento por el caso perdido, por las causas podridas y por el mal utilizado libre albedrío.
Aunque hay también cosas buenas, como el arte y la belleza de la naturaleza, al final todo parece eclipsado por las penas.
“Habrá más ay allá”, anuncia el ángel que rompe el séptimo sello, las Revelaciones están por cumplirse,
comenzará pronto a llover fuego.

Afuera de la estación Bellas Artes (la artista de la Alameda)

Saliendo de la estación del metro Bellas Artes, por esa salida que tiene una donación francesa, miras a tu derecha y encontrarás la famosa Alameda, el parque callejero, de los pocos logares en pleno centro de la ciudad DeFectuosa donde hay más de seis árboles juntos.

Es un lunes por la tarde, una tarde nublada, tan gris como las ratas que buscan comida entre los arbustos del parque y bajo los puestos de económicas tortas de jamón barato, que garantizan una diarrea ideal.

Pasando el monumento que rinde homenaje al más famoso de los compositores sordos está Ella, acompañada de su grabadora de baterías, la cual toca a todo volumen los éxitos de una pseudoestrella de la música pop cuya efímera fama se había apagado hacía más de dos décadas y que sólo vive en el recuerdo de aquellos que se aferran a la memoria como único escape al intolerable presente.

Ella tiene el cabello largo, oscuro y alborotado, tal como lo usaba la pseudoestrella de antaño, viste un abrigo negro, grueso como la obsesión, que le llega hasta medio muslo y le permite mostrar sus delgadas piernas cubiertas de medias negras algo rasgadas y más corridas que la pista del Derby de Kentucky Fried Chicken, calza zapatos negros de tacón alto, que le dan más estatura, pero no la suficiente.

Ella, la mujer, tiene un micrófono y baila, simula cantar las melodías que se escuchan huecas y distorsionadas en su grabadora. Lipsync de ruido rítmico con palabras ininteligibles. Cerca de ella, diseminadas en las bancas del parque, hay varias personas que simulan no ver a la mujer, como una casta ignorancia para no hacerla sentir ridícula, pero que realmente la ven de reojo.

Algunos recatados mirones son desempleados sin esperanza, otras empleadas domésticas en su día libre que viven romances con albañiles y burócratas de quinta. Termina una canción y la mujer agradece, como estrella consumada, los aplausos imaginarios que sólo se escuchan dentro de su cabeza, diciendo: “Gracias, son todos muy amables…”

Un viejo con pinta extraña, sucia como charco citadino, es el único que se anima a aplaudirle y a mirarla con concentrada atención lasciva. “Gracias por el aplauso solitario”, dice ella, reaccionando por un momento a la realidad y continúa: “a ver si reconocen la siguiente canción”. Se echa el pelo hacia atrás, descubriendo su rostro, que resulta cubierto de tanto maquillaje como pintura hay en un museo de arte moderno.

Comienza otra canción de la pseudoestrella de hace dos décadas y la mujer de negro retoma su mímica coreografiada. El tipo del aplauso solitario no viste de negro, sino de color marrón, su traje es viejo como él y seguramente lo guarda debajo de su colchón para que no se le arrugue tanto. Los codos de su saco y las sentaderas de su pantalón brillan con lustroso desgaste. Se nota que hoy se quiso sentir elegante, pues hasta usa corbata (adornada con una redonda mancha de grasa) y el poco cabello que tiene a los lados y atrás de su cabeza está sometido bajo la fuerza aglutinante de un tarro de gomina mal distribuida.

Mira a la mujer bailarina con mucha atención, que no se preocupa de disimular. Pero en sus ojos no está ausente la lujuria del sacerdote sin vocación o del célibe fiel a la dama que no le corresponde. Pero no todo en él es la apremiante necesidad de la sexualidad contenida, en su mirada también se nota la soledad y la compasión.

La canción prosigue y el viejo es el único en admitir que el espectáculo de esa mujer, por grotesco y extraño que fuera, llama la atención. De repente los sonidos rítmicos de ositos apretables y chilladores de plástico rompen el encanto de la mujer de negro. Es un payaso que pasa por ahí, cuyos zapatos a cada paso que da emiten un sonido de juguete apretable para bebé.

La dama de negro lanza una mortífera mirada al payaso interruptor y grosero, por obligarla a hacer un paréntesis en su acto, pero el show debe continuar y ella retoma su número bailando con más vigor y, según ella, con más sensualidad. La gente que está allí desde el principio comienza a retirarse, pero pronto es sustituida por otras parejas, otros desempleados y otros albañiles. Los recién llegados, al igual que los idos, simulan no poner atención a la dama de negro. Sólo el viejo sigue fiel en su lugar, aplaudiendo cortésmente entre canción y canción.

Ella no pide dinero, realiza su mímica autodidacta por puro amor al arte y el viejo, tan solitario en sí mismo, supo detectar eso y el abandono en la solitaria colega que había en esa mujer. Al viejo no le gusta la música, sólo está pagando su cuota semanal de compasión.

Pasaron más canciones y la dama de negro sólo interrumpe su actuación para cambiar de lado el casete de su grabadora.

De repente se hizo de noche, y además del viejo sólo hay un par de albañiles un poco pesados y pasados de copas que miran a la mujer con ojos de llameante lujuria. Ellos le lanzan piropos que son agradecidos con coquetas sonrisas. El viejo presiente que esto podría tener mal final. La mujer no presiente nada y concentrada en la música termina su acto. Agradece a su ‘querido público’ y tras recoger su grabadora se dispone a marcharse.

El viejo decide acompañarla para dar a entender a los dos albañiles embriagados que ella no está sola. El embriagado par entiende el mensaje y deciden buscar a otra mujer. “Fue en verdad hermosa su actuación señorita”, dice el bien educado viejo a la mujer que de joven no tiene ya ni la sonrisa. Ella sonríe, pero de repente se siente asqueada por la vejez del hombre, pues teme que algún día podrá lucir como él.

El viejo tiene decidido acompañarla hasta donde ella vive, pero conforme avanzan, ella se siente cada vez más molesta con el viejo, pues en su mente nada inocente empieza a creer que el anciano quiere aprovecharse de ella, sin embargo no sabe cómo quitárselo de encima. Ella cree que el viejo es como aquellos clientes que hace mucho pagaron por su cuerpo. Sus ojos empiezan a llenarse de lágrimas nomás por acordarse de aquellos puercos que fueron sus primeros y únicos clientes en ese negocio. “Tan decentes que se veían”, piensa.

Luego se acordó de la humillación, de los golpes y de las quemadas, de la penetración por donde ella rogaba que no. “¡Tan fácil que se veía al principio!” Ella sólo distingue la lujuria en la inocente mirada del viejo y de repente, como caído del cielo, aparece un policía.

Ella le grita al agente de la ley con desesperación, dejando al viejo atónito con semejante actitud. “Oficial, este viejo puerco quiere abusar de mí”.

Otra cosa rara: el policía resulta ser uno de esos verdaderamente celosos de su deber en lo que se refiere a defender mujeres y con el vocabulario más profano que se pueda decir se acerca al viejo y agarrándolo de un flaco brazo se lo lleva detenido a la delegación.

La mujer agradece al oficial y se sigue de largo. El viejo por más explicaciones que da, es detenido y pasará ésta y varias noches más tras las rejas.

En su casa, el payaso cansado de los zapatos chillones y de haber lidiado todo el día con niños estúpidos y malcriados, fuma su mariguana para dormir tranquilo.

Foto de http://www.fotolog.com/moed_eliel/98580947/
Foto de http://www.fotolog.com/moed_eliel/98580947/

Como Van Gogh

Igual que el viajero que se queda mirando cómo se va el último tren, que perdió por quedarse a admirar el ocaso.

Igual que la novia en el altar, abandonada porque con ella jugaron, aquel viejo juego que tantas veces ella jugó.

Me quedo yo tratando de descifrar mi destino en las aguas del río, sin hilo, sintiéndome como se sentía Van Gogh.

Suspirando en la almohada como la viuda que nunca tuvo pareja.

Soñando como la virgen cuyos blanco ropajes el tiempo percudió.

Viendo que mis zapatos están ya muy desgastados como para seguir andando.

Me quedo sentado sintiéndome como se sintió Van Gogh.

Pero aunque no tenga colores de furia, y aún conserve mis dos orejas, escucho muy bien tus palabras y sigo admirado de tu belleza.

Quizás haya una bala por allí que lleva marcado mi nombre, pero dudo mucho que ella sea disparada por mí.

Como el náufrago que se cansó de  arrojar mensajes al mar.

Como el autor de la ferviente carta que nunca se entregó.

Guardando en mí todo aquello que quise entregarte, me veo obligado a renunciar, sintiéndome como se sintió Van Gogh.

El cielo de zafiros estaba mucho más allá de mi alcance.

El signo de Caín brilla en mi frente aún cuando no me pega el sol.

Es muy probable que me toque caminar por este sendero, sintiéndome tal y como se sintió Van Gogh.

Van-Gogh-Self-Portrait

La maldición de la dama de los buenos deseos

La dama de los buenos deseos extendió el boleto (sólo de ida) para enviarte al Infierno con buenas palabras… tipo: te quiero mucho pero vete al carajo. ¿Qué conclusión, Holmes, podemos sacar de tan elemental y común reacción?…

Hay vampiros y vampiresas que sólo por ser parásitos viles se creen perpetuos y poderosos. Simples payasos en un circo sin arena, pero con muchos animales sin alma. Arrójales un balón y se divertirán estúpidamente otros 4 años.

Hay un bar famoso por sus escanciadores en España, quizá lo soñé pero casi apostaría que lo viví. Me sorprendí de toda la bebida que se desperdicia en el piso, es como ver un espectáculo en el que se pierde mucho por ciento de lo que debería consumirse. Espera a que los japoneses compren en lugar: ya no más desperdicio (y la cosa será peor si el patrón es japonés-estadounidense).

No sé si era Henry Ford -cuatro ruedas- quien tenía un retrato de Hitler -bigote ridículo- en su escritorio, o Hitler tenía un retrato de de Ford en el suyo, el punto es que ambos eran temidos por los perros, ambos eran antisemitas y sus respectivas progenitoras fueron dos anónimas muy evocadas.

Esa costumbre de apuntar, de ver pajas en ojos ajenos, de creer que todo paje es un borrego y que ser pajero es algo nuevo. La inspiración de calidad para un masturbación está ahora al alcance del lumpenpopolo bibidí babidí bú. Antes los mejores productos propiciantes para la mastuercización sólo estaban al alcence de ser un rey, un papa o un rico burgués, sólo ellos podían tener acceso a la pornografía (a la que entonces se le llamaba gran arte); luego la imprenta, la fotografía y el cine le dieron el beneficio a las masas con manos. Ahora todo está en internet.

Fiebre y cafeína, son dos elementos que no todos deberían mezclar, la mezclilla no se obtiene de la mescalina, y un mascalzone no usa su ropa interior como chicle.

“No lo sé Watson, me sobrepasa el absurdo”, dijo Sherlock dando una pipada a su chupa. Quizá la dama de los buenos deseos debió ahorrarse el boleto. No es correcto tratar de encubrir una maldición con hermosas palabras. Además, al abrir los ojos el Infierno siempre estuvo en el mismo lugar del Cielo.

¿Dónde jugarán los viejos?

Los tiempos cambian, siempre. Lo único constante en la vida es el cambio, sin duda.

Antes los viejos se reunían en cafés de esquina para beber el licor que probablemente mató a Balzac y para jugar ajedrez.

Debido a la subida de las crisis económicas ya la baja de las pensiones, los viejos pusieron su bebida en termos y se citaron en parques públicos para jugar el juego de los reyes. En esos mismos parques donde jugaban los niños, quienes sudaban bajo el sol o empapados de lluvia, mientras los viejos jugaban ajedrez.

Hoy tenemos más crisis económicas, más inseguridad y crimen, más asepsia paranóica. No salgas que te matan, no asomes la nariz porque te pueden contagiar los microbios aviarios asesinos de las gallinas acatarradas. Hay alergias de primavera y secuestradores en cada esquina. Hoy los niños juegan encerrados frente  a monitores de colores, alta definición que define su salud sin que lo noten. Alcanzar logros sin hacer realmente nada. Los niños ya no ensucian sus ropas al jugar videojuegos, todo está bajo control aparente. Alimentándose de comida semipreparada, empacada y bien conservada, química artificial, azúcar y mierda con saborizante artificial con sabó a frutas. Los niños no se enferman de diarreas ni de infecciones. Sólo suben sus presiones y la diabetes toca a las puertas de sus organismos.

Los niños ya no juegan a ser ladrones, soldados, vaqueros o policías, ahora son soldados, ladrones, vaqueros y policías virtuales, expertos en violencia. Benditos sean los fabricantes de los videojuegos al reforzar lo que enseña la TV y el cine de hoy, ejercitando las mentes de los niños con tácticas y situaciones de violenia extrema, mientras sus ropas duran más y se ensucian menos. Preparándose para la vida real.

¿Y los viejos? Pues como no son inmunes a las crisis ni a la violencia, y los parques públicos son hoy tan quietos como los cementerios, asociación que para cualquier viejo es de mal agüero, han decidido citarse en áreas de comida rápida de asépticos centros comerciales (donde el coronel Sanders sirve ensalada enriquecida con Escherichia coli), y en las mesas juegan ajedrez.