Afuera de la estación Bellas Artes (la artista de la Alameda)

Saliendo de la estación del metro Bellas Artes, por esa salida que tiene una donación francesa, miras a tu derecha y encontrarás la famosa Alameda, el parque callejero, de los pocos logares en pleno centro de la ciudad DeFectuosa donde hay más de seis árboles juntos.

Es un lunes por la tarde, una tarde nublada, tan gris como las ratas que buscan comida entre los arbustos del parque y bajo los puestos de económicas tortas de jamón barato, que garantizan una diarrea ideal.

Pasando el monumento que rinde homenaje al más famoso de los compositores sordos está Ella, acompañada de su grabadora de baterías, la cual toca a todo volumen los éxitos de una pseudoestrella de la música pop cuya efímera fama se había apagado hacía más de dos décadas y que sólo vive en el recuerdo de aquellos que se aferran a la memoria como único escape al intolerable presente.

Ella tiene el cabello largo, oscuro y alborotado, tal como lo usaba la pseudoestrella de antaño, viste un abrigo negro, grueso como la obsesión, que le llega hasta medio muslo y le permite mostrar sus delgadas piernas cubiertas de medias negras algo rasgadas y más corridas que la pista del Derby de Kentucky Fried Chicken, calza zapatos negros de tacón alto, que le dan más estatura, pero no la suficiente.

Ella, la mujer, tiene un micrófono y baila, simula cantar las melodías que se escuchan huecas y distorsionadas en su grabadora. Lipsync de ruido rítmico con palabras ininteligibles. Cerca de ella, diseminadas en las bancas del parque, hay varias personas que simulan no ver a la mujer, como una casta ignorancia para no hacerla sentir ridícula, pero que realmente la ven de reojo.

Algunos recatados mirones son desempleados sin esperanza, otras empleadas domésticas en su día libre que viven romances con albañiles y burócratas de quinta. Termina una canción y la mujer agradece, como estrella consumada, los aplausos imaginarios que sólo se escuchan dentro de su cabeza, diciendo: “Gracias, son todos muy amables…”

Un viejo con pinta extraña, sucia como charco citadino, es el único que se anima a aplaudirle y a mirarla con concentrada atención lasciva. “Gracias por el aplauso solitario”, dice ella, reaccionando por un momento a la realidad y continúa: “a ver si reconocen la siguiente canción”. Se echa el pelo hacia atrás, descubriendo su rostro, que resulta cubierto de tanto maquillaje como pintura hay en un museo de arte moderno.

Comienza otra canción de la pseudoestrella de hace dos décadas y la mujer de negro retoma su mímica coreografiada. El tipo del aplauso solitario no viste de negro, sino de color marrón, su traje es viejo como él y seguramente lo guarda debajo de su colchón para que no se le arrugue tanto. Los codos de su saco y las sentaderas de su pantalón brillan con lustroso desgaste. Se nota que hoy se quiso sentir elegante, pues hasta usa corbata (adornada con una redonda mancha de grasa) y el poco cabello que tiene a los lados y atrás de su cabeza está sometido bajo la fuerza aglutinante de un tarro de gomina mal distribuida.

Mira a la mujer bailarina con mucha atención, que no se preocupa de disimular. Pero en sus ojos no está ausente la lujuria del sacerdote sin vocación o del célibe fiel a la dama que no le corresponde. Pero no todo en él es la apremiante necesidad de la sexualidad contenida, en su mirada también se nota la soledad y la compasión.

La canción prosigue y el viejo es el único en admitir que el espectáculo de esa mujer, por grotesco y extraño que fuera, llama la atención. De repente los sonidos rítmicos de ositos apretables y chilladores de plástico rompen el encanto de la mujer de negro. Es un payaso que pasa por ahí, cuyos zapatos a cada paso que da emiten un sonido de juguete apretable para bebé.

La dama de negro lanza una mortífera mirada al payaso interruptor y grosero, por obligarla a hacer un paréntesis en su acto, pero el show debe continuar y ella retoma su número bailando con más vigor y, según ella, con más sensualidad. La gente que está allí desde el principio comienza a retirarse, pero pronto es sustituida por otras parejas, otros desempleados y otros albañiles. Los recién llegados, al igual que los idos, simulan no poner atención a la dama de negro. Sólo el viejo sigue fiel en su lugar, aplaudiendo cortésmente entre canción y canción.

Ella no pide dinero, realiza su mímica autodidacta por puro amor al arte y el viejo, tan solitario en sí mismo, supo detectar eso y el abandono en la solitaria colega que había en esa mujer. Al viejo no le gusta la música, sólo está pagando su cuota semanal de compasión.

Pasaron más canciones y la dama de negro sólo interrumpe su actuación para cambiar de lado el casete de su grabadora.

De repente se hizo de noche, y además del viejo sólo hay un par de albañiles un poco pesados y pasados de copas que miran a la mujer con ojos de llameante lujuria. Ellos le lanzan piropos que son agradecidos con coquetas sonrisas. El viejo presiente que esto podría tener mal final. La mujer no presiente nada y concentrada en la música termina su acto. Agradece a su ‘querido público’ y tras recoger su grabadora se dispone a marcharse.

El viejo decide acompañarla para dar a entender a los dos albañiles embriagados que ella no está sola. El embriagado par entiende el mensaje y deciden buscar a otra mujer. “Fue en verdad hermosa su actuación señorita”, dice el bien educado viejo a la mujer que de joven no tiene ya ni la sonrisa. Ella sonríe, pero de repente se siente asqueada por la vejez del hombre, pues teme que algún día podrá lucir como él.

El viejo tiene decidido acompañarla hasta donde ella vive, pero conforme avanzan, ella se siente cada vez más molesta con el viejo, pues en su mente nada inocente empieza a creer que el anciano quiere aprovecharse de ella, sin embargo no sabe cómo quitárselo de encima. Ella cree que el viejo es como aquellos clientes que hace mucho pagaron por su cuerpo. Sus ojos empiezan a llenarse de lágrimas nomás por acordarse de aquellos puercos que fueron sus primeros y únicos clientes en ese negocio. “Tan decentes que se veían”, piensa.

Luego se acordó de la humillación, de los golpes y de las quemadas, de la penetración por donde ella rogaba que no. “¡Tan fácil que se veía al principio!” Ella sólo distingue la lujuria en la inocente mirada del viejo y de repente, como caído del cielo, aparece un policía.

Ella le grita al agente de la ley con desesperación, dejando al viejo atónito con semejante actitud. “Oficial, este viejo puerco quiere abusar de mí”.

Otra cosa rara: el policía resulta ser uno de esos verdaderamente celosos de su deber en lo que se refiere a defender mujeres y con el vocabulario más profano que se pueda decir se acerca al viejo y agarrándolo de un flaco brazo se lo lleva detenido a la delegación.

La mujer agradece al oficial y se sigue de largo. El viejo por más explicaciones que da, es detenido y pasará ésta y varias noches más tras las rejas.

En su casa, el payaso cansado de los zapatos chillones y de haber lidiado todo el día con niños estúpidos y malcriados, fuma su mariguana para dormir tranquilo.

Foto de http://www.fotolog.com/moed_eliel/98580947/
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