Feliz cumpleaños para mí

87
Literalmente, a flor de piel llevo las huellas de mi sobrevivencia. Mi aliento, yo misma lo percibo, es como apolillado, como de armario de mi abuela, de esa abuela que murió más joven que lo que yo soy ahora. Huelo a lo que soy, un ser humno viejo.
Las expectativas de vida son más ahora, y si se tiene dinero, ni te cuento.
Antes me preguntaba si no debí matarme cuando pude hacerlo. No porque quisiera estar muerta, sino que a veces, sólo a veces, me cuestionaba, y de vez en cuando lo sigo haciendo, si esto que hago es vivir. Y eso me lo preguntaba también cuando podía caminar, y hablaba y veía mejor. Que risa me doy.

Por supuesto que lo actual no es vida si lo considero con el punto de vista que tenía hace 20 o 30 años o más, pero es mi vida actual. Esta soy yo ahora, no hay de otra. Sobreviviente a embolias, a diabetes, a muchos males, que no se van, pero que se doman. Medicina que no cura, que sólo prolonga. Que aturde y aminora síntomas. Mientras la muerte avanza. Pero, pues la muerte está con nosotros desde que nacemos, aunque ahora está más cercana a mí. El corazón sigue latiendo y yo aquí.

Quizá lo único bueno de haber muerto antes, es que me hubiera evitado ver cosas que jamás imaginé, y que jamás hubiese deseado ver. La peor es la reación al estilo buitre de mis familiares, de mis propios hijos. Es como para hacer vomitar al más estóico y al más ayunador. El hijo que a pesar de su indiferencia insultante exige un adelanto de lo que le tocará, el otro hijo que manipulado por su mujer se transformó en un interesado insistente, jodido deshuevado, la hija que quisiera ayudarme a pasar el tiempo, pero que se desespera siempre que lo intenta, el otro hijo que simplemnte se largó, enviando la “ayuda monetaria necesaria” (ayuda que no necesito, ya que su padre me dejó bien provista materialmente, ayuda material que nada es comparada con lo que hubiera querido su presencia, que me visitara de vez en cuando… pero ya no, por mí que haga lo que quiera).
87 y como bebé de nuevo tengo que aprender a caminar.
En vez de mis amorosos padres esta vez los que me enseñan a dar pasos son el chofer, un terapeuta y la enfermera en turno. Lo hacen por dinero, pero a veces siento más cercanía con estos extraños mercenarios que con la gente que tiene mi misma sangre en sus venas.
Mis hijos, mis nietos, ninguno me tiene paciencia, cómo quisieran ellos verme fría en un cajón, pero ya a estas alturas la verdad no tengo prisa. En serio, a todo se acostumbra una.

Así estoy el día de hoy, en mi cumpleaños, en el parque de costumbre, como bailando el danzón macabro del invierno existencial. Al menos así debe lucir mi reaprendizaje para caminar a esos jóvenes enamorados y a esos niños que juegan bajo el mismo sol que yo. Lo intento con estas piernas que parecen haber olvidado cómo se camina y que sienten que soy una carga inmensa para ellas, que me soportaron (literalmente) durante casi siglo.

Sé que las viejas mujeres conocidas que me miran ahora, que también son sacadas a “pasear” por sus enfermeras a este parque, en sendas sillas de ruedas, se mueren de envidia al verme dar mis nuevos primeros pasos. Esas viejas, a pesar de ser en su mayoría más jóvenes que yo, no tienen la esperanza de volverse a poner de pie. Yo igual lo hago porque no tengo nada más qué hacer. En algo debo ocuparme en lo que entrego mi alma al Creador.

Hoy cumplí 87, y desde temprano recibí las felicitaciones de los familiares, con sus mejores deseos por que viva mucho. Pendejos, si me quisieran tan viva me dedicarían al menos unas horas, ya no al día, sino a la semana. Les volví a  pedir que me metan a un buen asilo, pues los hay, y puedo pagarlo, al menos allí tendría gente con quien conversar de cosas que nadie más entiende; pero no “¡Madre cómo te vamos a meter a un botadero humano!”, me dicen indignados, sin percibir que me tienen en un lujoso botadero, abandonada. Pero no hay manera de hacerlos entrar en razón.

Es el problema de ser vieja, que una ve con más claridad muchas cosas, aunque los ojos ya no funcionen nada bien. Y sí, quizá se cubre uno con una capa de indiferencia ante casi todo. Quizá sea algo de cinismo. No sé. puede que simplemente sea falta de energía, o el convencimiento de que nada tiene sentido, excepto sobrevivir. Hacerlo hasta el último momento.
No sobrevivo por joder a “mi gente”, no valdría la pena hacerlo. No cambiaría nada. Lo hago porque ¿hay otra opción?

Ojalá pudiera expresar las cosas como las pienso, ojalá pudiera hablar sin que mi lengua arrastrara las palabras, sin que suene lenta o incluso estúpida, decir las cosas un poco más de prisa, hablar al mismo ritmo de mis pensamientos. Pero, no, todo se me hace lento, menos el cerebro. Y no estoy imbécil.

Eso es lo feo.

Pero fuera de eso, 87 son un logro.
Supongo que si no me he muerto será por algo.
Feliz cumpleaños para mí.

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