Guerra

La larga pared desnuda reflejaba una parpadeante tonalidad proveniente del exterior: un tinte rojizo roto por la sombra del hombre que de pie miraba hacia afuera del gran ventanal. Era una noche sin silencio, a pesar de la completa quietud dentro de esa habitación, hasta allí llegaba el lastimero escándalo que se producía afuera.

Los tonos rojizos de afuera se reflejaban en el rostro del hombre, mientras su mente saltaba entre el pasado y el presente. Demasiada destrucción durante los últimos meses, demasiada sangre y muerte, pero esto ya era el colmo.

El hombre miraba la destrucción de su comunidad desde lo que había sido el comedor de su casa. El antes comedor era una ruina, todo hecho trizas, y al parecer así también quedaría muy pronto el pueblo en el que había nacido y crecido. La casa del hombre estaba en un elevado, en la parte más alta de una colina que dominaba la vista de casi toda la comarca, al final de una calle inclinada, que por mucho tiempo fue recorrida por visitas y que él de niño disfrutaba bajar en el “carro deportivo” que construyó con unos amigos, en realidad una simple tabla con ruedas y una especie de volante. Era emocionante.

El hombre miraba lo que ocasionó el último bombardeo, el más devastador, que había asolado su pueblo. Veía cómo se consumían en llamas el local donde un buen hombre solía hacer pan, otro donde una señora vendía los dulces que elaboraba con deliciosos secretos de antaño, también ardía el cuartel de la policía en el que estaba la siempre vacía cárcel.

El hombre había salido a la guerra hacía meses, obligado por el gran gobierno propio, pero lejano, a luchar en un frente a no muchos kilómetros de su pueblo.

Entonces el hombre descubrió que peleaba por algo que nada tenía que ver con su gente, matando a personas, como él, arrancadas de sus respectivos pueblos. El hombre supo que el “enemigo” era un amasijo de ambiciosos e idiotas, tal como lo era su propio bando. Hacía tres días, el hombre se enteró que el enemigo pretendía llegar hasta la capital, y sabía que su pueblo se interpondría en ese camino.

Entonces el hombre desertó, una condena a muerte se emitió a su nombre. El hombre pudo evadir a los perseguidores, que antes fueron sus “amigos”, hasta llegar a su pueblo. Pero ya era demasiado tarde.

Durante el camino de regreso a casa vio algunos cadáveres de gente con quien había crecido, con quien había jugado, conversado o de menos saludado. Al llegar a casa, ésta ya se encontraba vacía.

Ahora miraba el resultado de un salvaje bombardeo, ahora pensaba qué sería de él. Quizá buscar a su familia, eludir al ejército, no toparse con el “enemigo”, de cualquier bando, incluso el que llamara suyo.

El asunto no iba a ser fácil, y quizá él, aunque respirara, ya estaba ahora tan muerto como su pueblo.

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