Breve historia de una desilusión (dos versiones)

Breve historia de una desilusión (versión diálogo)

–          Me gustas.

–          Tú a mí no.

–          ¡Oh!, dusculpa.

 

Breve historia de una desilusión (versión original para teatro)

Él, un joven de alrededor de 22 años, vestido a la moda, aparece en escena, desde un extremo del escenario, aparentemente perdido, parece estar buscando algo de manera un tanto desesperada. Desesperación contenida, pero mal disimulada. Su andar es un tanto torpe. De repente, Ella aparece al otro extremo del escenario, extremo opuesto al cual él salió. Se trata de una chica de no más de 25 años, vestida a la moda del momento en que la obra se represente, debe ser guapa, también de acuerdo a los cánones de belleza vigentes para cuando la puesta en escena sea puesta; pero sin que la obra sea motivo de apuesta). Cuando dije “de repente” me refiero a que ella sale caminando de su extremo del escenario, no que aparece repentinamente tras una súbita explosión que deja una gran humareda, ni sale tras unas grandes llamas, ni tampoco que es arrojada desde la parte superior del escenario (desde esas cosas que están arriba y que creo que alguien me dijo que se llaman bambalinas, pero igual y me tomaron el pelo). Él la divisa desde lejos, desde la lejanía en la que él está, y decide ir a su encuentro. Ella permanece parada en el mismo sitio y él se le acerca dando pasos dubitativos. Cuando él está muy cerca de ella (ella ni siquiera lo nota pues se encuentra mirando hacia la dirección opuesta y él está a sus espaldas), parece que le dirá algo, pero duda (afirmando así su cartesiana existencia), mira a su alrededor y desiste de entablar la conversación con la chica. Se da media vuelta y está a punto de dar el primer paso para alejarse, pero obtiene valor quién sabe de dónde, y vuelve a acercarse a ella (quien sigue sin percatarse de la existencia de él). Él aclara su garganta, ella al escuchar el sonido tan cercano voltea, lo mira y le sonríe.  Entonces él con voz un poco insegura le dice:

 

Él: Me gustas.

 

Ella sonríe un poco más, encantada o simulando encanto (que al fin y al cabo se ven igual), mientras lo estudia rápidamente con la mirada, recorriéndolo de cabeza a pies y de regreso. Tras el estudio, pone un gesto de hastío, molestia e indiferencia (si es posible una mezcla de las tres, pero sin sal), y con una ligera insolencia cambia la sonrisa por una mueca de disgusto. Ella le responde con un tono de voz oscuro como el sepulcro y frío como la rutina:

 

Ella: Tú a mí no.

 

Entonces se debe escuchar un efecto de sonido, el ruido de algo que se rompe. Se recomienda utilizar para este fin un jarrón chino, espécimen único de arte, vestigio de una vieja dinastía. El estruendo del efecto sonoro debe ser tal que estremezca al público contenido en la estrecha sala donde se represente la amplia, pero breve, obra. Entonces, tras el ruido, el rostro de él se debe cubrir de tristeza y melancolía, ella sigue fría y con una desagradable mueca aún en el rostro; a la vez tan inescrutable como una esfinge de piedra o como Monalisa. Él dibuja una patética sonrisa en la cara y responde:

 

Él: ¡Oh!, disculpa.

 

Entonces él retoma el movimiento de huída que originalmente abortó antes de dirigirse por primera vez a la chica; y en esta ocasión lo completa, caminando cabizbajo hacia la parte del escenario de la que él salió. Y camina en línea recta hasta salir del escenario. Las luces se apagan en el instante que él sale y se oye el ruido de que alguien activa un W.C. (agua corriendo en un excusado sin excusa ni coartada).

 

FIN

 

Breve historia de una desilusión (versión original para teatro con final alternativo a discreción del director, sin importar qué tan indiscreto sea éste)

 

Este final alternativo está hecho para los directores que opinen que la versión original de la obra es muy breve o a los que gusten representar obras largas. Todo sucede igual que la obra original hasta el momento en que el personaje masculino dice:

 

Él: ¡Oh!, disculpa.

 

Entonces él retoma el movimiento de huída que originalmente abortó antes de dirigirse por primera vez a la chica; y en esta ocasión lo completa, caminando cabizbajo hacia la parte del escenario de la que él salió. Y camina en línea recta. Cuando está a dos metros con tres centímetros de distancia de salir del escenario, en el punto previo en el que él desaparecería, aparece una chica (con las mismas características que la primera joven, quien ya para entonces no debe estar en escena). Esta segunda chica debe aparecer tal y como la primera, sin efectos especiales y cuidando que su aparición no ponga en riesgo la integridad física de los actores. Salvo que si resulta que los actores terminan enamorándose entre sí durante el transcurso de la obra, o viven un romance a raíz de este trabajo, y esta relación tiene un final feliz o desdichado, de ninguna manera deberá imputársele responsabilidad alguna al autor. Él descubre a la chica, quien mira en dirección opuesta a la que se encuentra él, y ni siquiera se percata de la existencia de éste. Él da dos pasos hacia ella, y está a punto de dar un tercero. Pero se da media vuelta y está a punto de dar el primer paso para alejarse, pero obtiene valor quién sabe de dónde, y vuelve a acercarse a ella (quien sigue sin percatarse de la existencia de él). Él aclara su garganta, ella al escuchar el sonido tan cercano voltea y lo mira. Entonces él con voz un poco insegura le dice:

 

Él: Me gustas.

 

Ella lo estudia rápidamente con la mirada, recorriéndolo de cabeza a pies y de regreso. Tras el estudio, pone un gesto de hastío, molestia e indiferencia, y con una ligera insolencia le responde con un tono de voz oscuro como el mal y frío como la sangre de un tirano para con el pueblo:

 

Ella: Tú a mí no.

 

Entonces se debe escuchar de nuevo el ruido de algo que se rompe. Los productores que quieran que la representación de la obra sea calificada de espectacular por los críticos, podrán usar un segundo jarrón chino tan invaluable como el primero. Con esto deberán estar contentos los críticos que gozan de fijarse en el dinero invertido en las obras. Ahora que si a los que se quiere impresionar es a los críticos que prefieren irse por el simbolismo, aunque no lo haya, se puede usar para conseguir el efecto sonoro un viejo jarrón chino de una dinastía menos importante. La segunda chica seguirá reaccionando de manera idéntica a la primera. Él dibuja una patética sonrisa en la cara y responde:

 

Él: ¡Oh!, disculpa.

 

Entonces él retoma el movimiento de huída que originalmente abortó antes de dirigirse por primera vez a la chica; y en esta ocasión lo completa, caminando cabizbajo hacia la parte del escenario de la que él venía (que es el mismo en el cual estaba la primera chica que encontró).

 

Ahora, dependiendo de la duración que el director quiera darle a la obra, el mismo asunto del chico se repetirá, de manera idéntica, pero con chicas diferentes siempre, las veces que sean necesarias. Para preservar la salud del actor principal, se recomienda efectuar un intermedio en el momento en que el chico llegue al centro del escenario tras ser rechazado por la joven número 67, reanudando la obra en ese mismo punto, sin alterar nada. Es importante hacer notar que el sonido de W.C. sólo deberá realizarse al final de la obra, una vez que él desaparece definitivamente de escena. No deberán usarse otros efectos sonoros distintos a los especificados por el autor y jamás deberá usarse una melodía.

 

Única variación permitida para los directores oscuros: sólo a estos directores se les permitirá cambiar el sonido del W.C. del final por el grito de una vendedora de tamales que a todo pulmón diga: “Tamales oaxaqueños”. Cualquier otra variación a la obra está terminantemente prohibida.

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Nadie se muere de eso

Nadie se muere de soledad.

Nadie deja de respirar porque se siente sin compañía.

A veces se experimenta más el abandono cuando estás en medio de la multitud.

Pero la soledad no termina acabando con la salud.

Nadie se muere por desamor.

No ser amado o sentirse engañado, quizá te haga más frío.

Pero créeme, tu corazón conserva sus latidos.

El amor no es como el aire que respiras, es un accesorio de lujo para sobrellevar la rutina.

Nadie se muere de añoranza.

Porque quien añora y en el pasado centra su esperanza, ya está muerto en vida.

Sufrirá dolores de cuello quien sólo mira hacia el pasado.

Pero no por eso será sepultado.

Nadie se muere por faltas al honor.

A menos que se involucre en un duelo.

Y le toque estar en el lado equivocado de la espada o de la bala.

Fuera de eso, el deshonor no mata.

Lo único que nos mata es la vida misma, ayudada por su compinche llamado tiempo.

Y muchas veces también matan el hambre, la peste, la victoria, la guerra y los impuestos.

Pero nadie se muere realmente por desamor, soledad ni deshonor.

El martirio más absurdo

Es un hecho
Nada saldrá tal como lo planeas
Nada está garantizado
Así es esto, supéralo
Nada es para siempre
No todo es tan malo
Ni todo tan bueno
Nada es perfecto
Nada es 100% correcto
Nada
Puedes bailar el vals de la autocompasión cada día de tu vida
Puedes quejarte de los tragos amargos de la noche a la mañana
Y de la mañana a la noche remojar en ácido de tu boca todas tus heridas
Nada de eso mejorará tu existencia
Nada de eso cambiará un ápice tu miseria
Supéralo
Desclávate de tu cruz autoimpuesta
No pido que seas optimista
Ni que te conviertas en ignorante, títere de la corriente
Simplemente deja ya de transformar en imposible lo que por naturaleza es difícil
Deja de mirar con tus gafas oscuras el mundo
Nadie se muere por amor
Nadie deja de respirar por una decepción
Ni siquiera tienes que ser fuerte para seguir viviendo
Cualquiera puede hacer eso
No hay que hacerle al idiota, como tampoco hay que querer pasarse de listo
Deja de quitarle más sentido a la sinrazón
Deja de buscarle los tres pies al gato y las tetas a una culebra
Deja de culpar a tus padres, a tus maestros o al Señor
Asume tu papel y responsabilidad
Simplemente vive sin oponerte al todo
Aprende a negociar incluso contigo
No te quiebres, no te rompas
Sólo deja de inmolarte al dios de tu injusticia
Simplemente supéralo

tormento