Revelaciones

Rogando por una señal, por un letrero que indique la ruta hacia la carretera correcta.

Diciendo que no entendemos nada, perdidos con una brújula que sólo sirve de ventilador.

¿Por dónde vamos? ¿Quién puede ayudarnos?

Nos quejamos diciendo que nada fue revelado.

No vemos nada.

En la película de la historia, que se repite en rizos perpetuos, la misma cinta reactuada por mil y un espertentos, con y sin nombre, en la que sólo se modifican los escenarios.

En las profecías del barbudo que olía a cabra, cabrón que jamás se bañaba, o de aquel que por no ser respetado en su tierra se fue a predicar a las piedras, a la mitad del Sahara.

Nos quejamos de que nada fue revelado.

Como el amor que sentí por ti, oculto por pudor y por guardar imagen, al menos eso creí, porque sé que el amor es como la tos. Y ahora sólo me queda el ardor.

Eso fue medio revelado.

En los libros del Marqués, de confesiones perversas, en los libros del hijo del alcalde, de observaciones profundas, o en las obras de Herodoto, todo está allí.

Pero nada es entendido.

Jugamos a tomarnos en serio la vida, y luego no podemos reírnos de la broma.

¿Estará Dios tan ocupado o todo es parte de su diversión?

El diablo está con las manos libres brincando en sus patas traseras e ideando nuevas tretas.

Tu presidente, su presidente, cualquier presidente, en cualquier momento, no es más que otro Amín, Pinochet, Felipe el Largo o Sukarno; Reagan, Franco, Perón, Thatcher o Nerón.

Hasta el próximo Hitler, hasta el siguiente Stalin, o hasta que el mundo aguante.

Nada fue, ni será, comprendido.

stalin

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Carta a Scarlett (the Scarlett letter)

Querida Scarlett,
Te pido disculpas por ser una mezcla de Ashley y de Rhett es partes desiguales, un cuasimodo que camina derecho y no sabe ni siquiera tocar la puerta, ni hablar de las campanas.
Lamento no haber robado peras de un jardín para ti, y que no me haya dejado crucificar a los 33.
Hice lo que pude, y si no estuvo bien, lo siento, no pude haberlo hecho de otra manera. Las cosas no se pueden cambiar.
Tu lema fue “Así será, proteste quien proteste”, pero yo no tengo un reino ni una reina a la cual despreciar, y mucho menos una Iglesia que fundar. Soy como el faraón que a todo decía “Así está escrito y así será”.
Fuiste la directora y estrella de tu propia película, yo sólo fui el extra que apareció de mesero entregándote la cuenta, y tú ni te percataste.
Fui un admirador tuyo que en un sueño loco quiso ser admirado. Perdón por no haber podido resucitar el mar muerto por ti, ni cambiarle el color al mar rojo.
Fui el octavo enano de tu cabaña; tu apóstol 13, que hizo mutis por la puerta de servicio, sin haber cenado, el quinto jinete de un apocalipsis postergado, el tercero en pisar la luna y el gallo que no pisó a ninguna gallina. Del monte no bajé ni las tablas de multiplicar.
Lamento no haber sido el cazador nocturno que en una mano tiene tatuada la palabra “amor” y en la otra “odio”, ese que esperabas que te pusiera en tu lugar con la fuerza que tú siempre dijiste rechazar.
Disculpa también por no poder hacer realidad tu platónica ilusión, soy de carne y hueso, no un sueño encarnado.
Al final me entero de que en nuestra historia no pasó ni el viento, y que todo lo que hubo se lo llevaron las palabras.
Igual y en el futuro me comprendas completamente, por ahí del 2046.
Sólo sé que el amor necesita de mucha coordinación. No basta encontrar a la persona correcta, se requiere también ser el correcto para esa persona; además hay que estar en el momento y en el lugar, oportuno e indicado.
Como ves, nada sé. Perdona por el tiempo robado.

Atentamente,
Wilkes Buttler

El amor de los mayores

El amor de los mayores es como la era del hielo. Tranquilo y frío.

La pasión suele quedarse en la primavera, de veras.

La locura de la pasión suele extinguirse con los años, baja el recuento de daños.

La responsabilidad de los vástagos, el pensamiento de que la recta final es una curva en bajada, considerar seriamente de nuevo la existencia de Dios.

En el amor de los mayores las manos ya no sudan, se acaban las travesuras; a veces se comenten, pero es mera costumbre, pilóto automático sin sabor.

Besos de mármol, cariño atado. La necesidad va al ritmo de esa tonada que trata de ser un conjuro contra la soledad del final.

Es amistad, es costumbre, no es fuego ni pérdida de la razón.

El amor de los mayores es tan extraño como el de los jóvenes.

El amor siempre es un misterio.

Tanto peca el que mata a la vaca… (recuerdos)

Yo recuerdo mal y no he vivido tanto; o en el caso de que realmente haya yo vivido mucho, lo que recuerdo es muy poco.

Poco recuerdo, por ejemplo, de París una iglesia en un monte pequeño a la que se llega tras subir muchas escaleras, Napoleón más grande que Jesucristo en el fresco de un templo, la torre Eiffel tan ferrosa, un museo de Rodin, pero lo que más recuerdo de la luz ciudad es estar en un parque, creo que era el de los Inválidos, y escribir una carta nostálgica a una amiga mientras sostenía en mi mano izquierda un abrecartas que le había comprado.

Aunque de Paría también recuerdo, tras varios días en esa ciudad, sentarme a descansar en una banqueta y mirar hacia arriba en un edificio público, al ver la bandera de Francia fue que por primera vez estuve consciente de estar en París.

Mi infancia fue feliz, creo, pero no tranquila. Desde muy temprano me entró un gran pavor por crecer. Recuerdo un documental en el que unos pájaros aventaban a sus hijos del nido porque ya estaban estos grandecitos, y ya no les quedaba más que estamparse contra el piso o aprender a volar. Sentí que a mí algún día me pasaría lo mismo.

Odiaba la escuela, pero tampoco quería trabajar.

Tenía (y quizá sigo teniendo, pero me tiene sin cuidado) una prima uno o dos años mayor que yo, que para mí podría haber sino toda una ‘señora’ y de quien no comprendía que quisiera usar mis juguetes. Hay fotos que atestiguan que mi padre era la figura máxima en mi vida, aunque quería mucho también a mi mamá, se nota que yo quería ser como mi papá. Imitando posturas, gestos, más allá de la genética era el niño mico que imita todas las actitudes del ser que adora. No sé qué tanto haya resentido mi madre esto, igual creía que era injusto que quisiera tanto a mi papá, siendo que con ella yo pasaba la mayor parte de mis días.

Recuerdo lejanamente a mi mamá diciendo cosas como “bueno vete con tu papá, a él es al que quieres más”. No creo que me haya afectado eso en nada, pero ahora pienso que debe ser un poco difícil para una madre, o un padre, descubrir que no es el favorito en los afectos del hijo.

Recuerdo de esos tiempos la frase: “tanto peca el que mata a la vaca, como el que le detiene la pata”, dicharajo del carajo que a la fecha me produce molestia, pero hay una historia detrás de esta aversión.

Iba yo en tercero de primaria, en un colegio irreligioso de monjas católicas, y me encontraba terminando la primera transformación de mi vida. En primero y segundo de primaria yo había estado en una escuela de mormones, en donde fui un niño aplicado, bastante bobo e inocente, aún para mi edad, realmente un santo enano o un enano santo. Siempre en el cuadro de honor de la escuela. Por razones prácticas para tercero de primaria mi padres decidieron cambiarme a una escuela de monjas católicas y, bueno, pasé años tratando de compaginar al ángel Moroni con la Virgen de Guadalupe.

En mi casa no éramos entonces nada religiosos, así que de la escuela tomé lo que podía de la enseñanza religiosa.

En la escuela católica yo ya no era ni aplicado, ni santo, admiraba a los tipos malos de quinto y sexto grado (a los que veía, tal como antes a mi prima, como adultos). En sexto iba Lázaro (que no sé si anduvo después de muerto) y su hermano Armando iba en quinto. Eran los más respetados, parecían mayores que el resto de los más grandes, su padre era dueño de una agencia de autos y de una distribuidora de gas para el hogar. Eran adinerados y por ende poderosos. Ese poderío los hacía de alguna manera intocables en la escuela. Impunes en sus pecados de cualquier tamaño. Yo me llevaba bien con ellos, igual y me veían como una especie de mascota.

Una vez estaba yo con Armando afuera del salón donde estaba un piano, allí nos daban clases de canto, y allí había también un gran armario donde las monjas guardaban las cosas que vendían en la papelería de la escuela. El salón siempre estaba cerrado con llave, excepto cuando nos daban clases y entonábamos las notas musicales con jubiloso tedio. La maestra de canto era una anciana, que apenas y podía con su alma. Ella nos enseñaba canciones de su juventud, sólo recuerdo una de un murciélago de una bóveda gótica, incógnito o pérfido con céfiros y quién sabe qué más palabras que yo desconocía, tal como las del himno nacional, de las que yo no entendía nada y las cantaba mecánicamente.

El caso es que una vez estaba yo con Armando, afuera del salón vacío y cerrado, y nos dimos cuenta que una ventana estaba abierta. Armando, me sugirió que aprovecháramos la oportunidad, ya que no había nadie a la vista, para meternos a sacar cosas del armario, total, nadie se iba a dar cuenta.

Yo era niño, pero no idiota, y sabía que lo que proponía mi ídolo infantil estaba mal. Me negué a entrar y Armando me dijo que yo era un cobarde, que al menos fuera útil para algo y que me quedara allí para avisarle si alguien venía.

Y así fue, me convertí en un cobarde útil visador mientras Armando se metía al salón para salir de allí con varios sacapuntas de diversos colores. Quiso darme unos pero yo me negué, ¿para qué quería un sacapuntas si yo ya tenía hasta dos? (uno se lo había quitado a mi hermano). Cada quién se fue de allí a sus respectivas clases.

Estaba yo poniendo atención a mi profesora (una mujer histérica a la que mis compañeros y yo solíamos sacar de sus casillas cada que nos aburría su clase, poniéndonos a gritar como posesos y esquivando el borrador y los gises que nos arrojaba la pobre mujer antes de ponerse a sollozar para regocijo nuestro) cuando llegó la madre superiora (no, no era una nave espacial del estilo de la del final de encuentros cercanos del tercer tipo, sino una mujer bajita y muy redonda con voz cavernosa) y me pidió que la acompañara.

Me la priora llevó con prisa a la dirección en donde estaba Armando llorando. Allí me enteré que habían descubierto el robo de los sacapuntas y que Armando había confesado todo, pero a su manera, es decir, que yo había sido el que entró al salón y había cometido el robo. Igual y fue la primera vez en mi vida en que se me pusieron los ojos cuadrados de la sorpresa, al descubrir que alguien te puede cargar sus sus culpas y responsabilizar de sus pecados.

Conté mi versión más por autodefensa que por honor a la verdad. Creo que las monjas no le creyeron, y de alguna manera pensaron que mi versión era la correcta. Sin embargo, el castigo me tocó todo a mí, mis padres no sudaban dinero como los de Armando.

Armando se fue de allí con un simple “pero no lo vuelvas a hacer Armandito”, y yo fui condenado a anotar muchas veces en mi libreta que no era bueno robar (250 repeticiones, con buen letra).

También mandaron llamar a mi mamá, quien desde entonces empezó a preocuparse de su hijo descarriado (sólo fue el inicio, más adelante tendría más razones de preocupación con respecto a mí). El punto es que cuando fue mi mamá y habló con la directora, yo estaba presente, y conté mi historia de nuevo, dije que era injusto lo que me hacían. Fue entonces que la redonda monja priora se creyó Salomón y me dijo que “Tanto peca el que mata a la vaca, como el que le detiene la pata”.

Debe importar mucho que el asesino de vacas sea el hijo de un padre adinerado, de un cacique poderoso, como para castigar al que sólo le agarra las patas a los rumiantes.

Igual y fue la primera injusticia que viví en carne propia, al menos es la primera que recuerdo, pero lo que me hace imposible olvidar esta historia es la frase idiota de la vaca, que la directora me tuvo que explicar porque yo nomás no entendía qué quiso decir con eso (y a la fecha no le enuentro en absoluto sabiduría a semejante tontería).

Cadena

La verdad es luz,

la luz mata tinieblas,

las tinieblas habitan mentes

y las mentes son diversas.

Diversas son las palabras

y las palabras son confusas,

confusas son tus maneras

y aún así las utilizas.

El amor es ciego,

ciego es también el odio.

El odio taladra,

y el taladro hace hoyos.

Los hoyos son oscuros,

oscuros son muchos conceptos.

Hay conceptos en tu cabeza

y en tu cabeza estoy bien muerto.

La muerte es una duda

la duda es una tortura,

la tortura es insoportable,

y el tiempo no soporta a la belleza.

Tú eres bella,

bella es la pureza,

la pureza es un cristal

y el cristal delicadeza.

Delicada es tu persona y tú manera de ser.

¿Cómo en este mundo no te iba yo a querer?

Quisiera

Quisiera decir que ya no tenemos nada,

quisiera decir que todo se lo tragó el pasado

quisiera mentir diciendo que nada siento por ti.

Quisiera presumir que todo se fue con el viento.

Pero no puedo esconder el sentimiento.

Quisiera convencer a  los amigos de que todo está superado,

y poner el punto final a lo que se supone es el fin.

Ojalá no tuviera palpitaciones enfermas,

cada que te miro o te escucho en una mención.

Quisiera poder presumir que ya me eres indiferente

y que no pienso en ti en cada canción.

Quisiera poder andar por los lugares que visitamos,

sin recordar que por ahí fuiste conmigo agarrada de la mano.

Quisiera revivir el museo de los muertos olvidados

y no pensar en la profanación privada que hicimos.

Quiera emborracharme para poder olvidarte,

y no que el alcohol me recordara siempre a ti.

Quisiera que José Alfredo lograra alejarme,

pero el el fondo no me quiero ir de aquí.

Quisiera creer que la edad me ha hecho más sabio

y que no que soy el pelele de cupido en cada palpitación.

Quisiera que 40 años no fueran tomados en cuenta

o que me pueda ir sin hacer el papel de bufón.

Quisiera ser Cohen a la edad de 70.

Quisiera escribirte la mejor canción.

Pero todos son deseos mientras me seco.

Todo es nada más que una buena intención.

Quisiera que no me tomes tan a la ligera.

O al menos que no me creyera todas tus actuaciones.

Ojalá la anestesia fuese efectiva.

Ojalá poco, para no notarlo, me durara la vida.

Pero seguíré aquí necio, neceando.

Aunque no haya nada que puda mejorar.

Ansiando como anciano tu regreso,

esperando que la vida me dé para más.

Me consta (siempre)

Siempre la misma fábula, con el mismo animal que no aprende. Siempre la misma sopa de Esopo.

Siempre la idolización e idealización, que al final son sinónimos, y siempre despertar de ellas después de que un Moisés que bajó de la montaña arrojó sus tablas de multiplicar.

“Largo del paraíso”, nos gritamos, autoboicotéandonos el derecho a seguir como monos alegres en el bananero del Edén.

Todos terminamos creciendo, ¡ay de aquellos que se quedan como exiliados ilegales en el país de Nunca Jamás!, pues se ven obligados a convertirse en piratas, y siempre saldrán perdiendo (aunque se la pasen bien… de vez en vez… me consta).

Aunque tampoco se puede fingir la madurez.

Tampoco puedes decir que te encanta pagar impuestos (ni siquiera en el primer mundo es algo que guste a la gente… me consta).

Impuestas también son ciertas actitudes, tan malo es el adulto que justifica su idiota manera de ser diciendo que es “como un niño” (insulto a los infantes puros que por lo general sólo se vuelven idiotas al crecer), como impuesta es la seriedad y cordialidad que debes tener con toda la gente (¿qué sentido tiene saludar a quien te revuelve las entrañas con sólo verla? -y de quien eres totalmente correspondido en ese sentido).

Hay quienes agradan y hay quienes de mirarlos inducen al vómito (y yo soy menos monedita de oro que cualquiera… me consta).

Que existe gente (poca…pero no son tan pocos) a quien agrado, es cierto. Que existe gente (poca… y son muy pocos) que me agrada, también es cierto.

Que la mayoría me es idiferente y que les soy indiferente a todos ellos, es lo más cierto.

Así que ¿para qué mendigar palabras y pensamiento, sonrisas y besos?

El amor platónico es injusticia, y desperdiciar atenciones en lugares indebidos es regalar margaritas, perlas y diamantes a los cerdos.

También es malo (y mal visto) mendigar afecto.

Y al final, sinceramente, ni tú ni yo somos tan valiosos.

No te claves, la vida la densea uno mismo. Me consta.