Un amor de altura (la tragedia del payaso estampado)

Quizá creas que el culpable de todo fue el “creativo” de la agencia de publicidad encargado del diseño y realización de la campaña; pues él consideró una buena idea utilizar la imagen de un payaso con uniforme de bombero para anunciar seguros contra incendios. “No es cosa de risa”, era la ‘brillante’ frase de la campaña. El creativo no debió tomar las cosas tan a la ligera y sí recordar la naturaleza melancólica de los payasos, así como el hecho de que estos –al igual que las mujeres que abusan del maquillaje– tienen siempre algo que ocultar. El mismo creativo publicitario fue quien concibió el ‘original’ concepto de hacer un anuncio de champú mostrando en él a una chica linda. En verdad hay gente creativa, y a los mejores les pagan por ello.

Por otro lado, sabemos que en este mundo nadie tiene la culpa absoluta de nada (ni siquiera Dios, pues de no ser así, ¿cómo se explica la existencia del diablo?), y por ello me atrevo a disculpar un tanto al poco imaginativo creativo publicitario de la tragedia que ocasionaron sus anuncios.

Todo comenzó la mañana de un día habitual en la gran ciudad. La gente iba y venía, hacia y desde, los mismos lugares de siempre con las acostumbradas prisas, presiones e histerias. Se respiraba el cotidiano aire de la soledad y se sentía la fría sombra de los grandes edificios. Precisamente en lo alto de uno de estos últimos se encontraba un grupo de hombres instalando un nuevo anuncio espectacular (de esos que los puristas, racistas y uno que otro fundamentalista cosmopolita, con aires de primermunista, llama billboard). Los habitantes de la ciudad suelen tornar sus miradas al cielo principalmente por dos motivos: para suplicar soluciones a un Dios, que generalmente está  olvidado, o para dar un vistazo a los nuevos espectaculares sobre las altas construcciones.

No es que el anuncio de los seguros fuera digno de admiración –sólo se trataba de un payaso en primer plano, quien de fondo tenía una casa en llamas y nos decía “No es cosa de risa” –, sino que esa mañana todos tanseúntes untaron en él su mirada porque era algo nuevo, un pequeño chichón en sus grises rutinas aplanadas. Al día siguiente, el anuncio se perdería entre la sobrepoblación de espectaculares que saturaba el cielo de esa importante avenida.

Una vez instalado, el payaso que ilustraba el anuncio cobró consciencia de su existencia. A su inherente inseguridad payasa, se le sumó un complejo de inferioridad ocasionado por los demás carteles gigantes que coronaban a los edificios adyacentes al suyo. Se sintió menos por lo alegres colores de aquel anuncio de refresco de cola, por el porte valiente y arrojado de un vaquero que recomendaba cigarros (y que en letras muy pequeñas advertía que fumar ‘puede posiblemente llegar a hacer latente la probabilidad de quizás contraer cáncer’), por la adusta cara de un gorila que protagonizaría un estreno cinematográfico, por los grandes ojos que parecían mirarlo todo gracias a una internacional cadena de optometristas y por el asco que sentía al ver a un anciano gesticulante, quien sin temer al ridículo (o quizás como una forma de matar al hambre) aparecía en minibikini anunciando una tienda de música.

Para evitarnos una mención de ese infinito número de espectaculares que lo deprimían, te diré que el pobre payaso sentía su corazón de papel sobrecogido y agobiado por el ambiente grotesco, aunque literalmente ‘elevado’, que lo rodeaba. Su vida era miserable.

Así pasaron los días, que tras convertirse en semanas y meses no lograron alegrar el humor del payaso, muy al contrario, el pobre se hundía más en su melancolía. Si pudiéramos ser literales, no mentiríamos al decir que el ánimo del clown bombero se encontraba por ese entonces en el sótano tres del alto edificio en donde él estaba instalado.

Una mañana de domingo, un grupo de hombrecillos llegó a quitar el recién censurado anuncio del viejo en bikini, que había caído de la gracia de los publicistas y público, porque era un insulto a la estética.

Pero lo que realmente alegró al payaso no fue la retirada de su antiguo vecino de enfrente, sino la llegada de un espectacular que promulgaba los beneficios de un champú que al mismo tiempo era acondicionador y tinte. “¡Bellísima!”, se dijo el payaso al ver a la modelo que sonreía satisfecha por los resultados del champú que anunciaba. La mujer tenía un rostro encantador: almendrados ojos expresivos que dejaban asomar un alma pura, una delicada boca que invitaba a ser besada con delicadeza, amor y respeto, una sonrisa inteligente y bondadosa… todo en conjunto mostraba una mujer pensante y con el grado justo de inocencia y malicia. Por lo menos todo eso pensó el payaso de ella y no debe sorprendernos que alguien que piense eso se enamore de manera fulminante desde un primer momento.

La mayoría de los demás anuncio, principalmente el del vaquero fumador, envidiaban la privilegiada situación del payaso, quien embelesado contemplaba día y noche a la mujer que tenía frente a él, cruzando la avenida. Por más envidia que tuvieran los demás anuncios, no decían nada, pues la vida de un espectacular se limita a ‘ver… por eso se llaman así (no es en vano que la palabra ‘espectacular’ venga del latín spectãre, que significa ‘mirar’). Claro que esa imposibilidad de expresarse también limitaba la comunicación del amor que sentía el payaso, pues éste se veía imposibilitado de confesarlo a su amada, quien de todos modos le sonreía encantada.

El payaso experimentó en esos días la mayor felicidad que su condición le concedía; pues no existen los payasos totalmente felices, ya que si en verdad lo fueran, entonces no vivirían explotando su alegría (la alegría de los payasos es tan irreal como sus colores y atuendos). Fue precisamente en estos momentos de modesta euforia que se presentó la tragedia.

Tiempo atrás, cuando colocaron el anuncio del champú, uno de los hombrecillos trabajadores que lo instaló consideró que no era necesario aislar el cable que proporcionaría iluminación al gran cartel . “Total, ¿qué puede pasar?”, se dijo el negligente y se fue a comer con su amante, quien era prima hermana de su abnegada esposa. El tiempo se encargó de demostrar que la indolencia del trabajador holgazán y adúltero, que pensaba que todo debe quedar en familia, había sido un error.

Una cálida noche de mayo, mes como cualquiera en que suelen nacer grandes figuras a la vez que anodinos personajes, el extasiado payaso bombero notó la primera chispa, literalmente hablando. en la parte inferior derecha del cartel donde estaba impresa su impresionante amada. Fue cuestión de segundos para que el anuncio de champú se convirtiera en una gran pira en la que otro amor platónico se consumió sin jamás tener la menor oportunidad de realizarse.

Por unos instantes, cuando la hermosa modelo fue un émulo de Juana de Arco en el universo mercadológico, el payaso se sintió sometido a la mayor impotencia posible, a la vez que víctima de una gran ironía. No podía quitarse de la mente que el anuncio en donde él aparecía se refería a un incendio y que sus ropas eran las de un bombero; sin embargo allí estaba, sollozando sin lágrimas viendo las cenizas que quedaban de su amor y de su amada.

Una vez consumida la pasión, la decepción tomó su lugar. El gorila y el vaquero fumador se mofaron de la desgracia de su vecino, quien con su recobrada infelicidad volvió a ser un auténtico payaso en toda la extensión de la palabra.

Días siguiendo a días, una monótona cadena de tiempo, y al clown se le comenzaron a ocurrir descabelladas ideas que, aunque pudiera, no hubiese expresado a nadie. Su plan estaba trazado, sólo hacía falta esperar, esperar el momento justo. Mientras tanto, el sitio que llegó a ocupar la amada del tinte de cabello fue sustituido de nuevo por un bravo perro de violentos dientes que anunciaba alarmas para el hogar, pero esto al payaso no le interesó.

Pasaron los meses y el payaso esperaba. Los calores dieron paso a las lluvias. Cuando llegó la temporada navideña, al vaquero le sobrepusieron un gorro de santaclós (que combinaba perfectamente con el color de la marca de cigarrillos que anunciaba); fuera de esa ligera alteración, todo lo demás siguió igual.

Febrero hizo su aparición, acompañado de sus fuertes vientos, el payaso se sintió momentáneamente vivo. Su espera estaba a punto de terminar, sólo faltaba el instante perfecto.

Fue precisamente durante la última semana de ese febrero, cuando la ciudad fue víctima de un gran soplo proveniente del Norte, viento que elevaba la tierra, el polvo y la inmundicia a grandes metros del suelo. Los profesores de biología solían decir en las escuelas que si el excremento fuera fosforescente, en la ciudad ya no habría necesidad de energía eléctrica para fines de iluminación.

Las corrientes hacían muy difícil tratar de caminar por las calles, las personas corrían el riesgo de terminar muy lejos de sus destinos y los perros caniches empezaron a ser criaturas voladoras. El payaso aprovechó la oportunidad, y con un gran esfuerzo y dedicación, sacando de su prolongada desesperación las energías necesarias, logró liberar poco a poco las bases del anuncio que estaban fijas en el concreto del techo del edificio, y concretamente arrojarse al vacío.

Esa noche las noticias de las nueve dijeron que varias personas habían resultado heridas tras la caída de un anuncio en la importante avenida en la hora que muchos empleados regresaban a sus casas. El gobernador se dispuso a promulgar una ley que ordenara “instalar esos anuncios de manera que las furias climáticas no los puedan desprender”… la gente estuvo de acuerdo con él (la retrospectiva es una ciencia exacta y cada pueblo tiene el gobierno que se merece).

Un suceso triste en la historia de la ciudad, todos culparon al fuerte viento de finales de febrero, se intentó demandar a la empresa que administra los anuncios (sin éxito, porque en realidad era un negocio del gobernador, encabezado por un prestanombres), pero nadie fue procesado y al final nadie supo la verdadera causa de la tragedia.

Ahora la sabes tú y puedes afirma que todo fue por la desesperación de un payaso espectacular.

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