Tanto peca el que mata a la vaca… (recuerdos)

Yo recuerdo mal y no he vivido tanto; o en el caso de que realmente haya yo vivido mucho, lo que recuerdo es muy poco.

Poco recuerdo, por ejemplo, de París una iglesia en un monte pequeño a la que se llega tras subir muchas escaleras, Napoleón más grande que Jesucristo en el fresco de un templo, la torre Eiffel tan ferrosa, un museo de Rodin, pero lo que más recuerdo de la luz ciudad es estar en un parque, creo que era el de los Inválidos, y escribir una carta nostálgica a una amiga mientras sostenía en mi mano izquierda un abrecartas que le había comprado.

Aunque de Paría también recuerdo, tras varios días en esa ciudad, sentarme a descansar en una banqueta y mirar hacia arriba en un edificio público, al ver la bandera de Francia fue que por primera vez estuve consciente de estar en París.

Mi infancia fue feliz, creo, pero no tranquila. Desde muy temprano me entró un gran pavor por crecer. Recuerdo un documental en el que unos pájaros aventaban a sus hijos del nido porque ya estaban estos grandecitos, y ya no les quedaba más que estamparse contra el piso o aprender a volar. Sentí que a mí algún día me pasaría lo mismo.

Odiaba la escuela, pero tampoco quería trabajar.

Tenía (y quizá sigo teniendo, pero me tiene sin cuidado) una prima uno o dos años mayor que yo, que para mí podría haber sino toda una ‘señora’ y de quien no comprendía que quisiera usar mis juguetes. Hay fotos que atestiguan que mi padre era la figura máxima en mi vida, aunque quería mucho también a mi mamá, se nota que yo quería ser como mi papá. Imitando posturas, gestos, más allá de la genética era el niño mico que imita todas las actitudes del ser que adora. No sé qué tanto haya resentido mi madre esto, igual creía que era injusto que quisiera tanto a mi papá, siendo que con ella yo pasaba la mayor parte de mis días.

Recuerdo lejanamente a mi mamá diciendo cosas como “bueno vete con tu papá, a él es al que quieres más”. No creo que me haya afectado eso en nada, pero ahora pienso que debe ser un poco difícil para una madre, o un padre, descubrir que no es el favorito en los afectos del hijo.

Recuerdo de esos tiempos la frase: “tanto peca el que mata a la vaca, como el que le detiene la pata”, dicharajo del carajo que a la fecha me produce molestia, pero hay una historia detrás de esta aversión.

Iba yo en tercero de primaria, en un colegio irreligioso de monjas católicas, y me encontraba terminando la primera transformación de mi vida. En primero y segundo de primaria yo había estado en una escuela de mormones, en donde fui un niño aplicado, bastante bobo e inocente, aún para mi edad, realmente un santo enano o un enano santo. Siempre en el cuadro de honor de la escuela. Por razones prácticas para tercero de primaria mi padres decidieron cambiarme a una escuela de monjas católicas y, bueno, pasé años tratando de compaginar al ángel Moroni con la Virgen de Guadalupe.

En mi casa no éramos entonces nada religiosos, así que de la escuela tomé lo que podía de la enseñanza religiosa.

En la escuela católica yo ya no era ni aplicado, ni santo, admiraba a los tipos malos de quinto y sexto grado (a los que veía, tal como antes a mi prima, como adultos). En sexto iba Lázaro (que no sé si anduvo después de muerto) y su hermano Armando iba en quinto. Eran los más respetados, parecían mayores que el resto de los más grandes, su padre era dueño de una agencia de autos y de una distribuidora de gas para el hogar. Eran adinerados y por ende poderosos. Ese poderío los hacía de alguna manera intocables en la escuela. Impunes en sus pecados de cualquier tamaño. Yo me llevaba bien con ellos, igual y me veían como una especie de mascota.

Una vez estaba yo con Armando afuera del salón donde estaba un piano, allí nos daban clases de canto, y allí había también un gran armario donde las monjas guardaban las cosas que vendían en la papelería de la escuela. El salón siempre estaba cerrado con llave, excepto cuando nos daban clases y entonábamos las notas musicales con jubiloso tedio. La maestra de canto era una anciana, que apenas y podía con su alma. Ella nos enseñaba canciones de su juventud, sólo recuerdo una de un murciélago de una bóveda gótica, incógnito o pérfido con céfiros y quién sabe qué más palabras que yo desconocía, tal como las del himno nacional, de las que yo no entendía nada y las cantaba mecánicamente.

El caso es que una vez estaba yo con Armando, afuera del salón vacío y cerrado, y nos dimos cuenta que una ventana estaba abierta. Armando, me sugirió que aprovecháramos la oportunidad, ya que no había nadie a la vista, para meternos a sacar cosas del armario, total, nadie se iba a dar cuenta.

Yo era niño, pero no idiota, y sabía que lo que proponía mi ídolo infantil estaba mal. Me negué a entrar y Armando me dijo que yo era un cobarde, que al menos fuera útil para algo y que me quedara allí para avisarle si alguien venía.

Y así fue, me convertí en un cobarde útil visador mientras Armando se metía al salón para salir de allí con varios sacapuntas de diversos colores. Quiso darme unos pero yo me negué, ¿para qué quería un sacapuntas si yo ya tenía hasta dos? (uno se lo había quitado a mi hermano). Cada quién se fue de allí a sus respectivas clases.

Estaba yo poniendo atención a mi profesora (una mujer histérica a la que mis compañeros y yo solíamos sacar de sus casillas cada que nos aburría su clase, poniéndonos a gritar como posesos y esquivando el borrador y los gises que nos arrojaba la pobre mujer antes de ponerse a sollozar para regocijo nuestro) cuando llegó la madre superiora (no, no era una nave espacial del estilo de la del final de encuentros cercanos del tercer tipo, sino una mujer bajita y muy redonda con voz cavernosa) y me pidió que la acompañara.

Me la priora llevó con prisa a la dirección en donde estaba Armando llorando. Allí me enteré que habían descubierto el robo de los sacapuntas y que Armando había confesado todo, pero a su manera, es decir, que yo había sido el que entró al salón y había cometido el robo. Igual y fue la primera vez en mi vida en que se me pusieron los ojos cuadrados de la sorpresa, al descubrir que alguien te puede cargar sus sus culpas y responsabilizar de sus pecados.

Conté mi versión más por autodefensa que por honor a la verdad. Creo que las monjas no le creyeron, y de alguna manera pensaron que mi versión era la correcta. Sin embargo, el castigo me tocó todo a mí, mis padres no sudaban dinero como los de Armando.

Armando se fue de allí con un simple “pero no lo vuelvas a hacer Armandito”, y yo fui condenado a anotar muchas veces en mi libreta que no era bueno robar (250 repeticiones, con buen letra).

También mandaron llamar a mi mamá, quien desde entonces empezó a preocuparse de su hijo descarriado (sólo fue el inicio, más adelante tendría más razones de preocupación con respecto a mí). El punto es que cuando fue mi mamá y habló con la directora, yo estaba presente, y conté mi historia de nuevo, dije que era injusto lo que me hacían. Fue entonces que la redonda monja priora se creyó Salomón y me dijo que “Tanto peca el que mata a la vaca, como el que le detiene la pata”.

Debe importar mucho que el asesino de vacas sea el hijo de un padre adinerado, de un cacique poderoso, como para castigar al que sólo le agarra las patas a los rumiantes.

Igual y fue la primera injusticia que viví en carne propia, al menos es la primera que recuerdo, pero lo que me hace imposible olvidar esta historia es la frase idiota de la vaca, que la directora me tuvo que explicar porque yo nomás no entendía qué quiso decir con eso (y a la fecha no le enuentro en absoluto sabiduría a semejante tontería).

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