El ritmo de la ciudad (aspiraciones de primer mundo)

Un saxofonista callejero, soportando aparentes noventa años en su ser (realmente tiene 70, pero la vida es dura cuando nvegas en amargura), pidiendo limosna mientras sopla tres notas en su vapuleado instrumento de viento…

Tuuut, Tuuut, Tuuut, tonada aburrida, enfermiza, incapaz de sacudir la indiferencia de los citadinos, quienes están acostumbrados a bloquear ruidos en su ruidosa ciudad del escándalo compartido. Los citadinos siempre andan con prisa de ir a todos lados (que es lo mismo que tener prisa para ir realmente a ningún lado). Versiones humandas de un laberinto de ratas, en el que hay premios alucinados y ningun gratificación real.

Tuut, tuut, Tuut, ciertas edecanes de entalladas prendas, embutidas en ropa de licra, luciendo sus curvas para repartir publicidad en papel de una escuela privada. Llaman la atención de todos los hombres acostumbrados a la objetivación femenina, a la belleza sometida y encadenada, explotada, belleza de la clase que pone a la mujer en el mismo nivel que una lata de cocacola o que un papel higiénico suave, digno de trasero de oso. Las edecanes reparten papeles, cumplen su papel tradicional en esta suciedad y llaman la atención, llevándose de vez en cuando una guarra lisonjeada o quizá una descarada manoseada.

Tuut, Tuut, tuut. El saxofonista encorvado, se sienta en la acera, cuasimodo adolorido, agotado y doblado por los años, cansado de la vida, pero su estómago le exige que siga con la necia tonada del saxo. Y esos gringos de tercera, latinoamericanos con aspiraciones de triunfo (tal como lo establece Hollywood), obreros de cuello blanco y piel de brone, positivos creyentes del neoliberalismo, quienes creen que hay justicia laboral por quedarse horas extras en su oficina y sentirse bien pagados porque tragan café en Starfucks. Viles sombras tan efímeras como yo o como tú, que sienten que son algo en esta vida, que sonríen como lo dicta el curso y el manual empresarial y de superación personal. Esos seres que sueñan con autos, conn materializar sus sueños, y sí, sólo sueñan en cosas materiales. Onanismo del dólar, del oro de Babilonia.

Tuuut, Tuut, Tuut. Calle tapizada de publicidad, todo es marca de prestifio aquí, marca de prestigio allá, registradas en el espectacular, en la camiseta de algunos, en los calzones de otras, en las gafas de unos terceros y en los tatuajes de los cuartos.

Tuut, Tuut. Calor abrasador. Rabia y odio sin objetivo preciso, la única democracia aquí es la de la insatisfacción y la indolencia. Los autos en la avenida atascan de nuevo el tráfico, todos quieren pasar primero, y esto ocasiona que nadie en realidad pueda pasar. Sí, esto es la jungla nena.

Tuut, tuut, tuut. Manicomio sin muros, todos enfermos sin esperanza, creyendo que viven y que son algo, dejando para mañana lo que es para mañana, olvidando que siempre es presente.

Tuut tuut tuit. El viejo da su último soplido y se devanece. Alguien, con un dejo de alma, lo mira de reojo, pero hasta allí llega su buen samaritanismo, pues deja al viejo allí tirado. No tradará en ser levantado, por el servicio de limpia y la policía, para descansar por fin en una fosa común

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