El hombre sin corazón

Ella no había sido la primera.

No se separaron por nada extraordinario.

La historia de ambos, como todas las historias, incluyendo las histéricas, tuvo un principio y forzosamente su final.

Así, nada más, ella se fue y él cerró la puerta por dentro.

No transcurrieron muchos días cuando él empezó a añorarla, recordando sólo lo bueno, únicamente lo positivo; hasta que olvidó por completo el porqué de sus separación, haciendo del rompimiento el mayor misterio del mundo para él.

La selectividad de la memoria, que suele ser una autentica enemiga.

Poco a poco todo comenzó a desaparecer. Primero fue su auto, ese que con tanto trabajo había terminado de pagar, 4 años después de que la máquina había sido último modelo. Nada insólito si se toma en cuenta la inseguridad de la ciudad.

Él reportó su auto como robado y jamás fue encontrado. Cosa de todos los días, a cualquiera le pasa.

Decidió no reponerlo y volver a caminar, pensó que le haría bien.

Después fueron los amigos, poco a poco se perdieron.

Los números telefónicos que tenía en su agenda ya pertenecían a puros desconocidos y nadie se detenía ya en casa de él.

Siguió mecánicamente con su vida, o con lo que le fue quedando de ella.

Una mañana, su casa amaneció sin espejos.

La siguiente desaparición fueron los muebles y, una tarde a su regreso del trabajo, donde solía estar su casa encontró un enorme terreno baldío, lleno de mala hierba que al parecer llevaba mucho tiempo enraizada.

No se estaba volviendo loco, la dirección era la misma, los vecinos también, pero nadie parecía reconocerlo.

Se fue a vivir debajo de un puente transitado. Su trabajo también se había esfumado, ya no tenía caso pagarle a un compositor para quien las notas desaparecen del alambrado de un pentagrama.

Comenzó a mendigar para mantenerse entretenido.

Se le fugó también el interés.

Sus recuerdos se fueron desvaneciendo hasta que su memoria (la mentada enemiga) no dibujaba el rostro de ella y sus labios no evocaban el nombre de la dama esfumada ni en sueños.

Una mañana de abril sintió un agudo dolor en su pecho, como si a un muñeco vudú con su estampa le clavaran una larga aguja. Fue llevado de emergencia a un hospital de beneficencia.

Los médicos que lo atendieron no creían lo que atestiguaban: al vagabundo adolorido le faltaba el corazón.

El caso se hizo famoso, un hombre ‘vivo’, aparentemente sano, que en vez del músculo vital tenía un hueco total. Nada, sólo vacío.

No lo pudieron certificar como muerto, pues el tipo respiraba, se movía y pensaba; sólo le faltaba el corazón y la memoria.

A partir de entonces ya nada desapareció. Un inteligente empresario circense lo contrató.

Ahora cualquier persona con suerte (y que pague el boleto), podrá asistir al circo, cuando éste se encuentre cerca de su vecindario, y mirar al hombre que no tiene corazón, quien ahora ocupa el lugar del dromedario.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s