La reinvención imposible

Amanecer.

Inicio del día con un cielo gris.

Frío y metálico. Como el acero que al lacerar duele hasta el alma.

Gelidez invernal en la confusión.

Nadie sabe para quién trabaja y todos creen que necesitan lo que les dicen necesitar.

El sentido común es lo más raro en la vida, y el bien común es tratado como un cáncer mortal.

Amor y egoísmo no son lo mismo, aunque muchos crean que el segundo es síntoma del primero. En verdad no es cierto.

El último retorno quedó atrás hace mucha ruta, y la espera ha sustituido a la esperanza.

Sólo queda seguir adelante, una y otra y otra vez. Como robot de cuerda sin cordura ni razón.

La vida realmente parece estar en otra parte, mientras uno respira y se mueve autoomáticamente.

Nada fue exactamente como lo recordamos.

Tendemos a idealizar el pasado, pero todo ha sido igual desde el inicio.

Conforme pasa el tiempo, el concepto de felicidad es cada vez más borroso, difuso, diferente; y entonces mejor decidimos perpetuar el vicio circular.

Si te descuidas, la intolerancia, el desprecio, la incoherencia y la falsedad se hacen parte de ti con el paso de los años, o al menos da esa impresión.

El presente debiera ser un cúmulo de experiencias. Lo que resulta de la prueba y ardor.

No podemos negar nuestro pasado, somos lo que somos porque, somos el de montruo de Frankenstein de nuestro ayer.

Vivir no es mirar siempre hacia atrás, vivir no es permanecer anclados en lo que fue y en lo que jamás será.

El futuro es lo único que podemos cambiar, y se opaca, se apaga, si sólo miramos por el retrovisor.

Igual cada que iniciamos un ciclo deberíamos quemar todos los recuerdos materiales, cambiar de casa y de rutinas, así como los destinos.

Quemar las naves, como un viejo barbudo venciendo su descortés miedo, para así limitar las opciones a los cobardes.

Lástima que en la práctica esto casi nunca funciona, porque el temor nos vence.

Así los amanecerses seguirán siendo grises y gélidos. Aceros que golpean el alma.

Esas taras irremediables que la costumbre nos impone.

Cuando sufrir es voluntario, no es válido quejarse.

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