Eclipse

Eclipse lunar en pleno.

El licántropo quedó a medio pelo, medio frío, mitad bestia, mitad animal. ¡Que mal!

Los suicidas quedaron también a medio salto del asalto definitivo a sus vidas, suspendidos en el punto equidistante de su caída, entre la vida y la muerte, ¡vaya suerte!

La luna incompleta es la media luna que no alcanza para llenar hueco alguno, mucho menos el que tengo en el corazón sin coraza.

María ordenó a las mareas que dejaran de marear al marinero.

El coyote se hizo soprano ante la sorpresa de la media luz. Los gatos fueron más pardos y las mujeres cazadoras habituales en el bar pudieron salir por un rato a conquistar incautos en las calles.

Y los lunáticos, quienes desconcertados empezaron a considerar decir ¡ra, ra ra! al dios sol. El faraón monoteísta dio saltos de felicidad en su tumba, tumbada en la arena del desierto, ahora sobre poblado (bajo el vacío).

A las iguanas les da igual, la luna está muy lejos y nadie sabe si es de queso. En realidad a nadie le importa eso.

Soy inocente de esta indecencia verbal, víctima de mis vicios y adicciones, de escribir incoherencias inmediatas. La culpa la tiene esta buena foto http://www.flickr.com/photos/gonzalo_ar/2281295944/

No se diga más.

4 de abril 2008

En una estación de tren

Sentían un agotamiento, del tipo que hasta hace pesada al alma.

Otro día más de discusiones y malas comunicaciones, lejos de casa, en tierra extraña.

El viaje que por mucho tiempo esperaron los dos, que por algún motivo ambos idealizaron, pero que sólo había resultado un infierno.

Ya desde antes habían ambos visto las señales de que todo iba mal, pero insistieron en que la magia que experimentaron al conocerse tenía que durar para siempre.

Estaban decididos a que el viaje les ayudaría a reencontrar esa magia. Pero no, para empezar cada uno tenía un objetivo distinto. Ella: lograr que la unión se convirtiera en una sacrosanta amistad, pues ya estaba enamorada de alguien mas. Él: que Ella fuera su pareja y que su unión se convirtiera en una estable relación. Pero las cosas no navegaban hacia ninguno de esos puertos, y nadie quería negociar, pues eso sería dar su brazo a torcer.

Por eso puras discusiones, malas comunicaciones.

Tras visitar unos poblados, regresaron en tren, sentados frente a frente, emitiendo cada uno el silencio de un cementerio olvidado. La acumulación de ofensas mutuas era demasiada para entonces, y la mayor de todas era que el otro no aceptaba la propuesta del opuesto.

Ella quería decir algo, era horrible estar los dos allí, en un mutismo doloroso. Él también quería hablar, era absurdo viajar con alguien y no decirle nada. Pero por orgullo, ambos mantuvieron sus silencios.

Al llegar a la estación destino, Ella tomó rápido su mochila y bajó del tren. Él se comenzó a mover lentamente, sin embargo lo pensó de nuevo, y corriendo agarró la mochila suya y fue a buscarla.

Ella estaba ya lejos, a punto de abordar un autobús, Él le gritó que se detuviera. Ella hizo como Beethoven sin sinfonía y se fue.

Él quedó abatido en la estación del tren. Pensando en esa nada que se genera al tratar de pensar en todo.

¿Se puede odiar a alguien que se ama tanto? ¿Qué les pasó? ¿En dónde se dañó la relación? ¿Qué hizo mal Él? ¿Qué tenía que hacer para solucionar todo?

Tantos asuntos a los que no encontraba respuesta bullían en su cabeza, que su rostro era el reflejo de toda esa maraña. Tan mal lucía que un desconocido se detuvo ante Él, para preguntar si estaba bien.

Él no entendió lo que sucedía, quizá sus muchos años viviendo en una ciudad insensible lo habían convertido en un ente sin sentimientos para con los extraños, pero no se engañaba, allí estaba un completo desconocido preguntándole si todo estaba bien.

Él, sorprendido, respondió maquinalmente que sí. El desconocido supo que era una respuesta de trámite, incongruente con la imagen que Él emitía al mundo. Sólo le dijo: “no te preocupes, todo sucede por algo, y si ya no tiene remedio, aunque nos preocupemos, nada cambiará. Verás que todo seguirá su curso”. Después de eso, el desconocido le dio una palmada en el hombro y se alejó de Él.

Las cosas entre Él y Ella no mejoraron, tampoco empeoraron, sólo se separaron. Él aún la recuerda, pero recuerda más la acción del desconocido, que le ha permitido conservar algo de la fe que Él creía haber perdido totalmente respecto a la humanidad.

José y Mateo (historia de jardín)

Todo sucedió en el jardín de una casa, ni grande ni pequeño, pero un jardín siempre verde bajo el cielo azul.
Allí vivía un gato, tan negro como la tinta que se chorreó en mi camisa una vez. El minino se llamaba Mateo, y sus amos le dejaban alimento para felinos en un pequeño plato color de rosa, más o menos del tono que pinta la pena en un rostro pudoroso de blanca piel.
En las ramas de un árbol de ese mismo jardín, vivía un gran pájaro, café como la bebida que mucha gente toma por las mañanas para despertarse. Los ojos del ave eran tan rojos y brillantes como lo es un camión de bomberos. El pájaro decía llamarse Bernardín, pero en realidad se llamaba José.
Un día José despertó al alba, y el alba despertó al mundo; esa mañana el ave, por misteriosas razones, decidió cambiar su dieta y probar algo distinto a lo que comía siempre. Por eso se aventuró a averiguar qué gusto tenía ese alimento para felinos que había en el plato rosado de Mateo.
Esa misma mañana, Mateo hubiera querido dormir profundamente hasta ya bien entrada la tarde, pero al acomodarse escuchó un ruido de picoteo en su plato de comida. Abriendo sus grandes ojos, tan verdes como las esmeraldas, Mateo vio cómo José estaba comiendo del plato rosa. “Vaya, qué pájaro tan descarado”, pensó Mateo sin envidia, pero con pereza (que no tiene parentesco alguno con ninguna persona apellidada Pérez que puedas conocer), “¡mira que venir a comerse mi alimento, así como si nada frente a mí!” Dicho lo cual, el gato cerró de nuevo sus ojos para regresar a sus sueños multicolores.
José siguió comiendo sin preocuparse de nada, y le gustó tanto el alimento de Mateo que desde ese día decidió no probar ninguna otra cosa que no fuera el contenido de aquel plato rosa.
Pasaron los días y Mateo observaba cómo José se alimentaba de su comida felina. “Vaya pájaro tan descarado y de pico tan largo”, dijo Mateo cuando perdió la paciencia, “¡mira que acabarse mi alimento y no dejarme más opción que nutrirme con las semillas y plantitas que él solía comer!”
Así fue que cuando Mateo decidía interrumpir sus sueños, comía semillas, hierbas y gusanos; en tanto que José, siempre tras despertar al alba, llenaba su barriga con alimento para felino. Esta costumbre terminó convirtiéndose en la rutina de todos los días.
Una mañana, tan brillante como los ojos de los enamorados, José quiso cantar, pero en vez de armoniosos silbidos sólo pudo emitir roncos maullidos. ¿Y qué crees que sucedió con Mateo?, pues que cada que su amo le acariciaba el lomo, en vez de ronrroneos el gato emitía gorjeos, tan perfectos que hasta el canario más amarillo se los hubiera envidiado.
A pesar de esos cambios, ambos continuaron su costumbre de alimentarse con lo que en apariencia no les correspondía, y las cosas siguieron cambiando. José empezó a dormir enroscado a la sombra del árbol, mientras Mateo subía a las ramas para acomodarse en el nido que José abandonó. Cuando José despertaba, afilaba sus garras en un viejo tronco, mientras Mateo subía a los cables de luz y desde allí se ponía a silbar.
El colmo fue cuando José dejó de despertar al alba, y el alba ya no despertó jamás en ese jardín, donde desde entonces siempre es de noche.
Si decides visitar el verde jardín de esta historia, verás al pájaro José dormido y ronrroneando a los pies del gran árbol, mientras el gato Mateo le silba bellas tonadas a la luna, blanca como una gran lámpara, o trata de volar hacia ella, sin conseguirlo.

Jubilado

El campanario de la centenaria catedral cantó las ocho de la mañana.

Frente al templo de alto rango se encuentra el palacio municipal, donde personas de la peor ralea supuestamente trabajan y abusan del poder, pues allí se ubican las oficinas del gobierno local, cuyas puertas abiertas de par en par permiten admirar las desgastadas escaleras que conducen a demasiadas puertas burocráticas dignas de una pesadilla de Kafka con fiebre.

Allí podemos admirar también las gruesas columnas, las baldosas rosadas, la placa conmemorativa y al encorvado Don Joselo, vejete enfundado en la chamarra de cuero negro que siempre utiliza en mañanas tan frías como la de hoy. Don Joselo piensa en su único hijo, ese que no le llamó ayer para felicitarlo por su cumpleaños número 70. “Gnña gni gnpogg engso gnme hangbla”, susurra tristemente para sí el ajado personaje enchamarrado que, debido a un accidente, quedó gangoso de por vida. Sí, recuerda a su hijo, de quien nada ha sabido en 35 años, bien podría hasta estar muerto, como su madre, y el viejo ni por enterado.

Su cerebro le muestra en la memoria la lápida de su mujer, en la que, debajo el nombre de ella (Margarita Sosa de Pérez) y los años que vivió (1935-1971), se encuentra grabada la frase: ‘Su esposo e hijo la recuerdan’. A Joselo se le hace curioso el hecho que recuerde tan bien esa lápida, pues sólo la vio el mero día del sepelio; así como el que justo hoy, esa frase suene tan cierta.

El campanario anuncia las fellinianas 8 y media, y el sonido de los tacones de un par de zapatos baratamente plateados delatan el presuroso andar de quien los calza. Es una “glamorosa” secretaria de la oficina de gobierno, de quien nadie sabe exactamente a qué se dedica pero nadie duda que se encuentra registrada en la abultada nómina de la dependencia. Don Joselo voltea en dirección a las pisadas como lo haría un perro ansioso tras identificar la aproximación de su amo. Su sorpresa es grata tras descubrir que se trata de Meche, la mujer de gruesas piernas, gelatinoso trasero, breve minifalda y escote desbordante de cortesana del Rey Sol, cuyas facciones naturales son imposibles de distinguir debido a las gruesas capas de maquillaje que cubren su rostro.

Meche tiene prisa por introducir su tarjeta a tiempo en el reloj checador de la oficina de recepción de rentas, y largarse de allí cuanto antes para regresar puntualmente a las 5 de la tarde para registrar el término de su jornada. A ella le encanta ser saludada por los hombres, pero “este viejo, aquí paradote todos los días”, le es verdaderamente repugnante. Por ello, siempre que puede, hace su máximo esfuerzo por esquivarlo. Pero hoy Joselo se encuentra en el punto preciso desde donde le es posible interrumpir el camino de todo aquel que pretenda ingresar al edificio municipal.

“Gngüenos gndías gnpgreciosa”, le dice cortésmente el septuagenario extendiendo caballerosamente su mano derecha a la mujer que ahora se encuentra a poca distancia. La dama -cuyas partes púbicas son consideradas públicas por el personal masculino de la oficina- le responde con un gélido desdén de sangre azul: “buenos días Joselo, ¿cómo te amaneció?…” Tratando de no detenerse para esperar la respuesta, ella le ofrece distraídamente su mano al viejo . El saludo pretende ser tan escurridizo como una sanguijuela aceitada, pero la pseudosonrisa fingida de Meche se convierte en mueca de incomodidad cuando trata de zafar su diestra del desesperado apretón con el que el anciano la aprisiona, a la vez que trata de acercar esos cinco dedos femeninos a sus resecos labios de hombre viejo para regalarles un casto beso.

“Gnmugñeca gnquédagte ugn gratito cognmiggo”, le ruega el viejo a Meche una vez que ésta logra liberar su mano con un jalón enérgico y definitivo. “No puedo Joselo”, le responde la mujer con sequedad y enfado, “tengo que checar, pero te juro que ‘orita regreso”. Mal acaba de terminar la última palabra cuando entra presurosa al palacio municipal y su imagen se pierde en un largo pasillo por donde va maldiciendo a Don Joselo y a la madre que lo parió.

El orgullo del viejo resiente el rechazo con amargura. “Gnhola gmargtita”, saluda Joselo cuando descubre que junto a él pasa otra mujer, ahora de aparentes 60 años (quien en realidad no llega ni a 50). “Hola Joselo”, es la fría respuesta de Martita, la cual mantiene su mandíbula cerrada con una dureza que produce pequeños latidos de sus sienes.

Ella también lleva mucha prisa por llegar a checar y se pasa de largo sin estrechar la mano del viejo que se queda esperando el apretón de manos. Los demás burócratas comienzan a arribar como carroñeros en parvada (el reloj checador juega el papel de cadáver reciente en esta farsa). Todos tienen la misma intención que las dos mujeres que lograron apersonarse a tiempo. Algunos saludan a Joselo como si fuese parte de su rutina, pero nadie permanece más de 10 segundos con él.

“Don Joselo”, le dice una voz jovial que se aproxima, “usted tan puntual como siempre, aunque ya ni trabaje aquí”. Se trata de Tomás, el actual encargado de la ventanilla de ‘aclaraciones’ -la misma que durante 40 años fue la responsabilidad laboral del anciano personaje. Honestamente Tomás no hace ni más ni menos cosas de las que Joselo solía realizar, antes de jubilarse, cuando atendía a la gente que llegaba hasta esa ventanilla para aclarar algún cobro injustificado o para denunciar alguna falla administrativa. Tomás, Joselo y todos los demás trabajadores del Estado que desempeñan trabajos similares en ventanillas similares, se limitan a encogerse de hombros ante cualquier queja llevada hasta su ventanilla y a expresar frases de un escuálido vocabulario compuesto por: ‘orita no puedo atenderle’, ‘la persona encargada no está y es la única que ve estas cosas’ y la escasísima ‘eso es todo’.

“Gnhola gntogmasito”, responde Joselo al saludo de su sucesor laboral y, para retenerlo un poco, le pregunta: “¿gnvio el gnfutgbol agnoche?” Tomás, conservando la sonrisa saludadora, sólo emite un “ajá” como respuesta y desaparece por el largo pasillo. Meche aprovechó la distracción que Tomás provocó en el viejo y se escabulló por una puerta lateral. Lleva mucha prisa, pues va a desayunar y luego tiene una cita con un empleado ‘nuevo’ -quien recién entro el lunes pasado a trabajar-, con el que practicará su bien ganada experiencia erótica.

“¡Ah qué Joselo”, dice un policía de unos 65 años a su antiguo conocido mientras se le aproxima, “tú siempre aquí tan temprano!” “¿Gnqué gnquieres gnpagquito? ¡Gno gntegngo gnada gqué hagcer!”, responde el aludido con resignación consciente otra vez de la mirada que lo ha atormentado durante esta mañana. “Nomás me acuerdo que cuando trabajabas no hallabas la forma de largarte de aquí lo más pronto posible como todos estos cabrones. Y mírate ‘ora: te la pasas aquí todos los santos días, parado y tratando de platicar con todos. Te dije que no te jubilaras, pero te ardía el andar de huevón. Todo para esto… Hasta creo que cuando te mueras (¡que Dios no quiera que sea pronto!) tu alma va a estar penando por aquí por muchos años; nomás por la pura costumbre”, le dijo el policía concluyendo con una carcajada tan sonora como sincera, y llevándose a la espalda su oxidada ametralladora fue a ocupar su sitio de guarda en el banco que está cruzando la calle.

Joselo rió, pero muy adentro sintió lo triste de su realidad. Si su mujer viviera… ella ya le habría perdonado todos los golpes e insultos que le propinó, tanto sobrio como borracho, durante su breve matrimonio. De seguro ella tampoco se acordaría de las múltiples infidelidades de Joselo “Gnal gfin ngy al cagbo gtodas las ngviejas con las que engagñé a gnmargarita estagban horrigbles”. A lo mejor lo que más le hubiera costado a ella perdonarle eran las frecuentes golpizas que él le solía propinar al niño (Joselito). Pero sí, el viejo cree sinceramente que su mujer ya le habría perdonado hasta eso. ¿Quién iba imaginar que algún día llegará a extrañar a Margarita? Pero ella está muerta y Joselito quién sabe en dónde diablos (“Gnmégdigo gndesangradecigdo ngya gni ngpor que gnyo gle gdaba de ngtragar”). A Don Joselo únicamente le queda seguir con el tren de vida que conoce.

El viejo voltea su alargada cabeza y se encuentra con Martín (el vendedor de tamales), uno de los pocos con los que sostiene verdaderas conversaciones, y ambos comienzan a discutir acerca de lo que debe hacer el presidente de la República para sacar adelante al país. Mientras Joselo y el tamalero discutían acerca de los fraudes electorales, en el pecho de Joselo nació un agudo dolor, haciendo que el viejo dibujara en su rostro un perfecto rictus de mártir católico, mientras la cara del tamalero mostró una repentina preocupación.

Joselo sólo dijo “Gngaaay Gncangrajo”, mientras con las manos se oprimía con fuerza el pecho y se desplomó para no volver a levantarse. El lunes siguiente todos los burócratas comentaban entre sí de lo buena persona que era el viejo Joselo, de lo buen amigo que era de todos y de lo mucho que lo extrañaban. “Mira que venir a morir justo aquí”, decía en su mejor ‘tono sabio’ el policía de 65 años. Dos semanas después, todos tenían las mismas prisas de siempre para ir a “checar” sus entradas y sus salidas y nadie, nadie salvo en esporádicas borracheras de oficina, volvió jamás a acordarse del viejo Joselo.

En el Cielo (un paseo por Miami)

En el Cielo todo está bien. Miami puede presumir al Mundo que es la ciudad en donde habitan los vagabundos con mejor color de piel. Bronceados que envidian esas ansiosa ancianas anquilosadas que parecen buitres excéntricos, las que a las 8 de la mañana van al salón de belleza Rococó Pompadour para que les hagan el milagro de parecer vivas. Momias estilizadas. Distintas, en lo que a actitud existencial compete, de las momias no sagradas que se ejercitan diario en South Beach, corriendo en bikinis, presumiendo una piel tan colgante como las cortinas teloneras del viejo cine Ópera o como los maravillosos jardines de una Babilonia muchísimo antes de que existieran los EE. UU.

En el Cielo todo está bien. En la estación del tren de Coconut Grove muere en reposo, como Buda grasoso, carente de gracia, un vagabundo blanco, de cabeza rapada y más de 150 kilos de peso. Siempre tirado, dormitando en una barda o conversando, tendido en el suelo, con sus colegas. Sus pies descalzos parecen recubiertos por un calzado hecho de mugre. El más leve movimiento provoca oleadas de tejido adiposo en su cuerpo. Ignoro a qué huele, pero a diez metros de él, y de sus amigos, se percibe el aura amoniacal del jugo de vejiga.

En el Cielo todo está bien. En el país de donde yo vengo, los vagabundos tienen largos cabellos y son delgados, como las ilusiones cimentadas en realidades, apestan, algunos se creen emperadores travestis, otros piensan que son dueños del sol, del aire y del reflejo de la luna sobre el agua, pero no usan zapatos deportivos y rara vez pesan más de 50 kilos.

En el Cielo todo está bien. El Moby Dick de Coconut Grove me importa un pito, de hecho todos los pitos me importan ídem, menos el mío; aunque nunca he sido Rodolfo Valentino y tiendo a encontrarme a Gloria Gilbert en cada mujer. Espero que la maldición hermosa se haya roto.

En el Cielo todo está bien. Sólo hay tres posiciones en las que puedes encontrar al gordo vagabundo: tendido boca arriba, tendido boca abajo o transportando su cuerpo (que ocupa el espacio de varios) de un punto de reposo a otro. Debo ser sincero, jamás lo he visto desplazarse, pero sí lo he visto reposar en distintos lugares, no muy distantes uno del otro. Igual y tiene uno de esos carritos eléctricos en los que por aquí se mueve la gente tan gorda como él, jubilados o mantenidos, se desplazan en carritos pequeños por cuyos lados se desborda anatomía humana deformada por la obesidad. La obesidad parece obsesión en este país, es pandémica. Igual no es descuido, quizás se trate de una enfermedad de la tiránica tiroides. Respecto al desplazamiento del vagabundo, no sé, como es la población de este lugar igual y llaman a los bomberos para transportar al obeso los cinco metros que hay entre un punto y otro de su reposo. Eso explicaría por qué con tanta frecuencia veo pasar los camiones de bomberos rumbo a una emergencia y jamás he oído de ningún incendio.

En el Cielo todo está bien. Los vagabundos ‘productivos’ están en Lincoln Road, cerca de la playa. Éstos son jóvenes y fuertes, algunos musculosos que se ejercitan en Ocean Drive [en un club de Herculitos], pero todos bien bronceados, y su arte es hacer florecitas y animalitos con tiras de palmera. Y las hacen siempre, no sólo el Domingo de Ramos (los López, los Pardavé, los Pérez, los Jiménez, los Romero y otros más se quejan porque ellos no tienen, como los Ramos, un domingo dedicado a ellos… eso le vale un pito a la oficina encargada de recibir sus quejas). Dichos vagabundos te ofrecen las artesanías de palma como si fueran un regalo y si lo aceptas, al modo gitano, te exigen un pago. Mal de ojo garantizado a los inocentes e incautos.También hay bagabundos que penan como almas sin descanso, pero eso ya es otra historia.

En el Cielo todo está bien. Si caminas a lo largo de la playa, por donde las olas intentan conquistar delicadamente la arena de la orilla, podrás encontrar muchas conchas (de probable maculada concepción) y varios vidrios ámbar de botellas de cerveza, todos inofensivos, pues el mar se ha encargado de quitarles el filo.De los que hay que cuidarse es de la ardiente arena cuando el sol no tien clemencia.

En el Cielo todo está bien. En Coconut Grove hay una tienda de helados, muy muy lejos del vagabundo obeso, en la que ofrecen muchos sabores, de entre los cuales para mí destaca la amarenata (adicción que contraje en el viejo mundo, cuando vivía en el tercero, y que me vuelvo a topar ahora que habito el primero). No me gustan los postres, los dulces, ni los helados, pero con la amarenata y los tres chocolates, hago una excepción. La regla se rompe y se corre el riesgo de sufrir o gozar un embarazo.

En el Cielo todo está bien. El gordo vagabundo pasa su vida sin preocuparse de los demócratas ni de los republicanos, Obama suena a Osama, a él le importa un pito si EE. UU. le dan o no dinero a México para que combata el narcotráfico (México celebra el día de su pseudo independencia en Septiembre). No le importa el colesterol ni el valor de las acciones en Wall Street o las de Nasdaq. No le interesa que empiece a haber crisis de hambruna en Centroamérica, de hecho, como muchos de sus compatriotas, ni siquiera sabe dónde está Nicaragua. No sé si el obeso indiferente viva realmente, al menos en comparación con los engranes productivos que hacen algo de nueve a cinco y al final de la jornada van a sus casas a doparse con TV. Los monitores de plasma gastan más energía que los antiguos televisores, pero no importa, aquí todos quieren ver la misma porquería de siempre pero con mayor nitidez. No importa la energía ni el ambiente, aquí los limpiadores de las calles usan máquinas que consumen gasolina en vez de escobas.

¿Adónde ira a parar el Mundo (con todo y vagabundos, bronceados o decolorados)? No lo sé, no soy adivino, ni gitano ni hago animalitos con tiras de palma.

En el Cielo todo está bien… eso lo creen muchos, porque a muchos les importa un pito la opinión de Lucifer.

Miami, 12 de mayo 2008

miami

Del engaño y el autoengaño

Todo lo que te enseñaron y creíste vivir, en este caso, es falso. No fue cierto lo de Pedro ni lo del Pollito, pues ni viene el lobo, ni se cae el cielo, porque el primero siempre estuvo allí, y el otro se cae sin aviso. El amor existe, pero es una lotería, no una fantasía al alcance de todos.

El enamoramiento es como la historia, tiene principio y un final. Los signos de los tiempos siempre son confusos, pero el que tenga ojos que vea, aunque no hay más ciego que aquel que se niega a ver. (Si no pregúntale al olvidado ciego de Buñuel).

Miss Q y el aprendiz de jedi quisieron verse jodidos jodiendo a otros, ¿para qué hicieron lo todo lo que pudieron para hacérnoslo creer? Caretas de mal teatro, o engaños flojos, pasados de listos, para distraer, qué disgusto descubrir una verdad tan asquerosa.

No se puede tener todo en la vida, aunque valga la pena intentarlo; ojalá que quienes lo intentan lo hicieran sin abusar de otros. Sembradío de cadáveres y pistas falsas, en la peor manera del peor narcotraficante o político intrigante, y se creen inteligentes por traicionar la buena fe (esto no requiere de inteligencia, sino de una barata dosis de vileza).

Un Réquiem suena en la lejanía, ni idea de por quién doblan las campanas estiradas, le preguntaría al honesto Ernesto, pero se fue, “adelantándose” como dicen los eufemistas racistas, una vez que descubrió lo que salía del cañón de su escopeta.

No fui ni el mejor, ni lo peor, pero esas hirientes comparaciones tuyas… siempre están de más.

A veces es mejor agarrar las maletas y largarse, pero cuando se hace eso, se debe hacer de verdad. Las puertas no deben dejarse entreabiertas cuando se toma una ‘decisión final’. Pésima costumbre esa de terminar una relación para retomarla a cada rato, porque así sólo se logran agrandar las ofensas y acabar muy mal en el verdadero final.

El cadáver dista mucho de ser exquisito y carcomido está, tal como lo retrató el viejo Baudelaire.

Que Job se quede con su paciencia y tú cosecha lo que mal sembraste.

Para siempre

Solemos temer a las enfermedades mortales, olvidando que al nacer contraemos una, irreversible, incurable e irremediable, llamada envejecimiento; la cual es ocasionada por el inclemente paso del tiempo. Ese mismo tiempo que dizque es relativo, pero que a pesar de su falta de característica absoluta nos marca y nos mata con una decadencia que por más que se intente retrasar llega tarde o temprano. Ese pensamiento lo tuvo él presente a lo largo de su vida, por eso mismo postergó tanto sus revisiones médicas, hasta el día en que las molestias y dolores se presentaron insufribles. El doctor le pidió hacerse revisiones generales y un par de análisis específicos.

Por curiosidades de la vida, producto de la mala costumbre o de las fantasías esotéricas románticas, él, al mirar los resultados nefastos y nada prometedores (excepto para la extinción) de sus análisis, esperó la llamada de ella; pero el teléfono permaneció mudo. De parte de ella no hubo llamadas, ni visitas, ni mensajes, ni recados enviados por mediación de terceros o cuartos, vamos ni una barata postal de cortesía.

Es cierto que hacía ya muchos años no estaban en contacto, que no sabían uno del otro. Pero…

Ella y él se conocieron hacía ya demasiados años, ya había computadoras y teléfonos móviles en ese entonces, pero aún no existía la teletransportación, el bien común era cosa rara y no se había extinguido la hambruna en África. Fue hace mucho tiempo.

No sé si fue amor a primera vista, pero en ese primer encuentro, accidental, que tuvieron, tan pronto se miraron, fue como si se hubieran conocido desde hacía tres vidas y media.

Clic y química.

Las conversaciones sin sentido entre ellos tenían toda la lógica del mundo, hablaban el mismo lenguaje y tenían similares gustos, no tan idénticos como para hartarse mutuamente a los cinco minutos. Presentíana cuando a uno le pasaba algo, o cuando a una le invadía la melancolía, entonces era inmediata la llamada, la charla y la doma de los feos sentimientos. La mitad platónica hecha realidad, cuajando como gelatina fina. “Somos almas gemelas”, solía decir ella.

Romance breve, compromiso casi inmediato, cohabitación y alegría.

Pero un día, pasados 11 meses después del año de conocerse, a ella le dejaron de hacer gracias las tonterías de él (que antes la mataban de risa), ella dejó de ser tan dulce para él y comezó a parecerle nauseabundamente posesiva. Poco después los besos comenzaron a tener sabor a papel.

Hubo cada vez más silencios entre ellos, ya ni siquiera comentaban las películas, que con más frecuencian veían cada quien por su lado.

Decidieron cumplir el acuerdo que establecieron poco después de enamorarse: “cuando sientas que no me amas, sólo dímelo, y sin drama nos separamos”.

Quien dio el primer paso fue ella, le dijo que ya no lo amaba, y él, con el hercúleo trabajo que cuesta romper la costumbre, cumplió con su palabra y no rogó por una oportunidad.

La separación no ocurrió en un puente medieval con faroles tristes y un viejo saxofón sonando a la distancia; fue en la casa de ella, cuando le entregó a él las maletas listas para la salida. Él recogió los infelices velices, equipaje para un viaje que no se quiere realizar y que sólo tiene un boleto de ida.

Se dieron el beso doloroso que se le da en la mejilla a quien se solía besar en la boca. Se dijeron adiós. Esa fue la última palabra.

Así pasaron los años, cada quien su vida, en lejanía mutua. Él pensaba constantemente en ella, no la comparaba con las mujeres que conoció después y a quienes olvidaba al poco tiempo. A ella siempre la llevaba incrustada en la memoria, indeleble marca del recuerdo. Sólo que ¿para qué contactarla? El contrato verbal de alejamiento y silencio se mantuvo por ambas partes.

Cuando él miró los resultados de los análisis médicos a los que por fin se había sometido, sufrió el impacto de la sentencia de muerte vía médica, en la libertad de una calle insensible, el mundo seguía su ritmo habitual, y a nadie parecía importarle que él pronto dejaría de ser parte del caos. Ella no le llamó.

Ella no le llamó las semanas siguientes ni los meses que a él le restaron de vida.

Él, firme dentro del convenio tampoco hizo nada por buscarla. Sólo la recordó.

Ella no fue a su funeral, no visitó su tumba, ni fue a saludarlo el atribulado día del Juicio Final. Ella no volvió a hablarle jamás.

Hay gente que cumple su palabra para siempre.

La voz interior

Niños no jueguen con fuego si les da miedo el ardor. No se vale escribir cosas lindas, poemas y pensamientos, si no acompañan las palabras con acciones. No olviden a los fariseos. Tampoco crean que algo es para siempre, porque “siempre” y “nunca” son conceptos que nos sobrepasan, pobres mortales. No apuesten contra el tiempo, porque el tiempo siempre gana. No crean que porque se les rompe el corazón ya no pueden vivir, ni crean que una sola persona puede ser el centro del universo. No prolonguen las tristezas más allá del momento de reconstrucción. La tristeza perpetua es un desperdicio de vida. La felicidad eterna una vil ilusión. Todo momento es bueno para recomenzar. No es correcto rogar. Esfuércense hasta los límites que impone la dignidad, ir más allá no es lindo. Se los digo. Nadie que consideren especial les debe resultar nocivo. Y si les ponen pinta una mejilla, lo mejor es ignorar, tomar las maletas e irse, total… el mundo está lleno de gente.

El payaso de crucero (30 segundos)

Luz roja.

Treinta segundos que por lo general son una eternidad (excepto cuando viajas con alguien cuya compañía disfrutas mucho).

Crucero transitado, que sólo por eso es peligroso.

Levantas la vista del volante y allí está, como un espectro sacado de las profundidades del infierno: un hombre calvo, el poco cabello que le queda, revuelto de forma desagradable, parece reseco, quemado, mal oxigenado, Marylin Monroe tras saltar del Hindenburg en llamas.

El hombre tendrá unos 55 años, o menos si su vida ha sido dura. Su rostro mal embadurnado de pintura blanca, buscando tener la apariencia de payaso. Clown deprimente con cigarrillo encendido en la boca.

Tres círculos rojos sobre la pintura blanca de la cara, dos en los pómulos, uno en la nariz, con un centro negro en cada uno de ellos. Cada punto negro es del grosor de la punta de un dedo, parecen ser los oscuros blancos de una macabra diana, en esa cara enojada, de pesada mirada, odio contenido o indiferencia furiosa.¿Molestia existencial? De ser tú o yo él, ¿no estaríamos igual?

Cruza tu mirada con la de él y, aunque no lo hayas visto antes en tu vida, te sentirás culpable y responsable de sus desgracias.

El quebrado payaso camina encorvado, su espalda es el arco de la derrota, pasos cortos, cabeza gacha, la mirada cargada de odio siempre mirando al frente.

Es un frío día de marzo (el invierno se ha ‘encariñado’ con la ciudad y se niega a partir), la ropa delgada y desgastada del payaso lo protege muy poco de la baja temperatura. Verdes los pantalones viejos, vieja la desgastada camisa de nylon rosado y añejo su chaleco beige de algodón. No es su ‘ropa de trabajo’, es su ropa ‘del diario’.

Lo único que distingue al hombre de los indigentes ‘no artísticos’ es su grotesco maquillaje y la pelota verde que se trae entre manos.

Luz roja.

Los autos detenidos, el payaso, paso a paso, llega al centro del cruce enfrentando a los automovilistas. Empieza su acto. Con las manos al frente, a la altura de su cintura, realiza lo que él entiende por ‘malabares’ (o lo que le permite su poca destreza en este negocio).

Su mano derecha arroja una pelota verde a su mano siniestra, entre ellas hay una separación de quince centímetros. La mano izquierda devuelve la pelota verde a la mano diestra, y así el hombre se pasa lentamente la bola durante veintidós segundos.

Esporádicamente aspira su cigarro, quizás para darle al acto un factor de peligro.

Después de los malabares, sin separar el cigarrillo de sus labios, se acerca a los automovilistas, esperando recibir monedas sin realmente solicitarlas (silenciosa petición sobreentendida entre los indigentes y los automovilistas de esta ciudad).

El payaso mira fijamente, sin quitar el odio de sus ojos, a cada conductor en turno.

A veintitrés segundos de que la luz roja de paso a la verde, el payaso regresa encorvado a la acera sin haber recibido una sola moneda.

Luz verde.

Los autos avanzan y el payaso espera la próxima luz roja para repetir su función; y así será hasta que se busque otro oficio o llegue su defunción.

by Unisouth

A modern British LED Traffic Light (Siemens Helios Mk1 LED) in Portsmouth. http://commons.wikimedia.org/wiki/User:Unisouth

22 de marzo de 2008

Si no te he dicho recientemente que te quiero

Si no te he dicho recientemente que te quiero…

Es probable que sea porque lo doy por hecho, porque estoy muy feliz a tu lado, porque la felicidad hace olvidadizas a la personas, principalmente con respecto a lo más importante. Si hasta Dios es olvidado cuando la gente es feliz, ¿qué puede entonces esperar cualquier ser humano de los felices mortales?

Igual es porque no me gusta decir los que esperas escuchar, ni quiero que me des por hecho, ni me tomes por algo seguro y con lo que contarás hasta el fin de tus días o cuando llegue el Juicio Final (lo que ocurra primero).

Quizá se deba a que algo en ti me hizo sentir que no te gusta que te lo diga, aunque yo sienta de veras que te quiero mucho. Por eso guardo silencio en una ausencia aparente de monja que escribe. O quizá se deba a que temo, por decirlo, quedar en ridículo ante ti.

Es probable también que yo prefiera expresar lo mucho que te quiero con acciones y no con palabras, pues los actos suelen comunicar las cosas con mayor contundencia que los sonidos o los escritos, e incluso que las imágenes.

O pudiera ser que está cercano nuestro final, como dos que comparten algo. Todo lo que inicia se acaba en algún momento, si es que no evoluciona. Igual a nuestro amor le faltó obedecer algunas teorías de Darwin, y se quedó como un monito simpático haciendo piruetas en algún lugar del pasado. Es probable que juntos, tú y yo, ya no podemos seguir funcionando.

Quién sabe, sólo el tiempo lo dirá.

fool