El caso del decapitado religioso

Puede que el caso no haya sido difícil, de hecho fue demasiado sencillo. Sin embargo destaca por lo insólito, quizás por otras cosas…

Son 20 años los que tengo de carrera en el departamento de investigación de crímenes. Y cada año que pasa, menos entiendo que la gente guste de ver películas y series de TV, relacionadas con asesinatos, investigaciones, programas llenos de sangre, que muestran el salvajismo al que pueden llegar sus congéneres. Imagino que eso satisface la curiosidad de la gente, convirtiéndolos en testigos suficientemente ajenos de las atrocidades humanas, a una distancia segura como para no percibir la pestilencia de la sangre derramada, ni la suciedad que suele rodear a la sordidez. Ya empecé a divagar, cuando lo que quiero es relatarles el caso del decapitado.

Recibimos la llamada a eso del mediodía de un caluroso día de julio. Un hombre había llamado al intendente del edificio, viejo y lujoso, donde vive, todo porque percibía un insoportable hedor cuyo origen no lograba definir.

El intendente, hombre perezoso, tuvo un extraño acceso de energía y corrió a ver qué sucedía. No le costó trabajo descubrir que la pestilencia provenía del número 146, departamento rentado a un tipo solitario y exitoso profesionista, del cual no tenía queja alguna, pero que siempre le pareció un inquilino raro y solitario.

El intendente llamó varias veces a la puerta del 146, pero no recibió contestación. La hediondez provenía sin duda de allí, así que tan cumplidor de las normas como temeroso de la ley el intendente volvió a demostrar que no siempre es tan perezoso y decidió llamar de inmediato a la policía. Aquí entro yo a escena.

Formar parte de servicio policiaco fue para mí más herencia que vocación. Mi padre llegó a ser un destacado miembro de la policía, legendario por su incorruptibilidad. La genética le hizo una mala jugada cuando mi inclinación profesional iba para el rumbo de la filosofía, aunque la mala broma del destino terminé pagándola yo, al exigírseme seguir con la carrera de mi padre. No hubo problema al final. He leído suficiente filosofía en mis tediosas horas de guardia, lector asiduo del ideal al que siempre ha aspirado la humanidad, y a la vez tengo la ventaja de ser testigo en primera fila de la tragedia existencial, de la realidad cotidiana de la especie.

Forzamos la bien cerrada puerta del 146. Un lujoso interior, de techo alto, de esos edificios viejos con más de un siglo de existencia, las ventanas bien aseguradas desde dentro, el departamento con poco mobiliario, a la izquierda destacaba un gran librero, prácticamente vacío, a no ser por cuatro libros: Los viajes de Marco Polo (ese también conocido como “El Millón”, porque la gente de su tiempo creyó que era un compendio de un millón de mentiras), el Infierno de Dante (extracto apasionante de la Divina Comedia, siempre el más popular de la clásica obra, seguramente porque el purgatorio y el paraíso son tan ajenos a esta vida, que nos sentimos más atraídos por lo que conocemos, y de lo que sin embargo queremos huir; por eso siempre resultará más atractivo asomarnos a las pesadillas familiares, que correr hacia las glorias que nos son desconocidas); El Paraíso perdido (ese largo poema del invidente vidente Milton, donde se narra la rebelión de ángeles que terminaron siendo expulsados del cielo para colonizar el infierno) y la Biblia.

Ese librero de madera, de gran tamaño, había tenido muchos más libros, por alguna razón, que al final resultó obvia, sólo contaba entonces con esas cuatro obras (una de las cuales no estaba completa).

Al centro una sala, una pantalla de alta definición, un comedor con cuatro sillas y la cocina, todo ordenado con pulcritud monacal. A la izquierda, cerca del ventanal bien cerrado y con espesas cortinas, se encontraba una guillotina, suficientemente grande para arrancarle la cabeza a alguien, gracias a una gran pesa adherida a la afilada cuchilla. La pesa garantizaba que la cuchilla cayera y cortara todo lo que se encontrara a su paso. Y así fue, la cuchilla estaba ensangrentada en su posición final y cerca de la guillotina estaba un cuerpo sin cabeza. Sangre seca en lo que fue un gran charco, apestando como no lograrás percibirlo en las películas o series de televisión. Al fondo, cerca de la pared, una cabeza, por el suelo, que sin duda había rodado desde ya te imaginarás dónde.

No había huellas de pisadas ajenas a las del difunto (la investigación forense tampoco descubrió huellas digitales de otras personas en el recinto). Al parecer el muerto, quien fue identificado sin lugar a dudas como el inquilino del departamento, había decidido acabar con su vida, usando esa guillotina. El motivo resultó demasiado fácil de deducir al conectar el elemento en común que tenían los cuatro libros solitarios: religión. Eso que promete unión y sólo trae problemas y disputas, bálsamo de los viejos y los desesperados, esperanza de los desesperanzados y tormento de los que no logran entender cómo vivir en este mundo.

Para mí todo fue como una iluminación rápida: en el libro de Marco Polo se habla de un fulano, un zapatero, que tenía una fe tan grande como para mover montañas. La prueba de que se trataba de un hombre muy devoto era el hecho de que estaba tuerto, y lo estaba porque él se había arrancado un ojo en alguna ocasión que le había visto parte de la pierna a una clienta. El santo hombre en su momento libidinoso recordó el pasaje evangélico de: “Si tu ojo derecho te hace pecar, arráncalo y tíralo; porque es mejor que se pierda uno de tus miembros, y no que todo tu cuerpo sea arrojado al infierno”. El hombre santo de la narración de Marco Polo, la tuvo fácil, sólo necesitó arrancarse el ojo. Pero ¿qué hacer cuando lo que te hace pecar son tus pensamientos?

Abrir la Biblia fue mi comprobación, pues precisamente esa pregunta estaba escrita, a mano con la comprobada caligrafía del decapitado, en el margen del libro sagrado en la página donde está el capítulo 5, versículo 29 del Evangelio de Mateo.

El cuerpo y la cabeza eran los restos de un hombre atormentado a niveles absurdos por esa lucha interna entre bien y mal que la religión nos menciona desde siempre. Sí, confirmamos que el occiso  iba a misa siempre, se confesaba con frecuencia y, sin embargo, allí estaba su “ojo mental” atormentándolo todo el tiempo. La misma Biblia le dio la forma de arreglar el problema, o quizá fue el libro de Marco Polo.

Como lo insinué, todo se comprobó al seguir la investigación, todo estaba a la mano. Facturas de una carpintería, el lugar donde se compró la chichilla afilada e incluso los honorarios de un ingeniero al que se le asignó la construcción del aparato mortal, éste en el interrogatorio nos confesó que el difunto le había solicitado la guillotina con instrucciones precisas sobre el funcionamiento que esperaba y que pudiera ser accionada de manera infalible desde cerca. El ingeniero dijo que el finado le había dicho que la guillotina sería para una obra teatral de aspiraciones realistas, y que no reparara en gastos. En fin, suicidio meticulosamente elaborado con toda el cuidado que puede aportar la solvencia monetaria.

No acostumbro hablar de casos, pero éste suscitó tanta habladuría en los medios, que por ello decidí aclarar el asunto. No, no fue como dicen muchos un demonio el que mató a ese hombre, no fue una secta ni un fantasma del pasado que en vez de Navidad le presentó pasajes de la revolución francesa, mucho menos fue la venganza de María Antonieta. Como dije, fue un simple suicidio elaborado, cargado de religión. Así que ahora es probable que en el Cielo haya un descabezado sin sonrisas, gozando de la Gracia eterna.

Ignoro si me iré al Cielo o al Infierno, pero sé que adonde llegue, al menos yo sí llegaré entero.

guillotina[1]

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