José y Mateo (historia de jardín)

Todo sucedió en el jardín de una casa, ni grande ni pequeño, pero un jardín siempre verde bajo el cielo azul.
Allí vivía un gato, tan negro como la tinta que se chorreó en mi camisa una vez. El minino se llamaba Mateo, y sus amos le dejaban alimento para felinos en un pequeño plato color de rosa, más o menos del tono que pinta la pena en un rostro pudoroso de blanca piel.
En las ramas de un árbol de ese mismo jardín, vivía un gran pájaro, café como la bebida que mucha gente toma por las mañanas para despertarse. Los ojos del ave eran tan rojos y brillantes como lo es un camión de bomberos. El pájaro decía llamarse Bernardín, pero en realidad se llamaba José.
Un día José despertó al alba, y el alba despertó al mundo; esa mañana el ave, por misteriosas razones, decidió cambiar su dieta y probar algo distinto a lo que comía siempre. Por eso se aventuró a averiguar qué gusto tenía ese alimento para felinos que había en el plato rosado de Mateo.
Esa misma mañana, Mateo hubiera querido dormir profundamente hasta ya bien entrada la tarde, pero al acomodarse escuchó un ruido de picoteo en su plato de comida. Abriendo sus grandes ojos, tan verdes como las esmeraldas, Mateo vio cómo José estaba comiendo del plato rosa. “Vaya, qué pájaro tan descarado”, pensó Mateo sin envidia, pero con pereza (que no tiene parentesco alguno con ninguna persona apellidada Pérez que puedas conocer), “¡mira que venir a comerse mi alimento, así como si nada frente a mí!” Dicho lo cual, el gato cerró de nuevo sus ojos para regresar a sus sueños multicolores.
José siguió comiendo sin preocuparse de nada, y le gustó tanto el alimento de Mateo que desde ese día decidió no probar ninguna otra cosa que no fuera el contenido de aquel plato rosa.
Pasaron los días y Mateo observaba cómo José se alimentaba de su comida felina. “Vaya pájaro tan descarado y de pico tan largo”, dijo Mateo cuando perdió la paciencia, “¡mira que acabarse mi alimento y no dejarme más opción que nutrirme con las semillas y plantitas que él solía comer!”
Así fue que cuando Mateo decidía interrumpir sus sueños, comía semillas, hierbas y gusanos; en tanto que José, siempre tras despertar al alba, llenaba su barriga con alimento para felino. Esta costumbre terminó convirtiéndose en la rutina de todos los días.
Una mañana, tan brillante como los ojos de los enamorados, José quiso cantar, pero en vez de armoniosos silbidos sólo pudo emitir roncos maullidos. ¿Y qué crees que sucedió con Mateo?, pues que cada que su amo le acariciaba el lomo, en vez de ronrroneos el gato emitía gorjeos, tan perfectos que hasta el canario más amarillo se los hubiera envidiado.
A pesar de esos cambios, ambos continuaron su costumbre de alimentarse con lo que en apariencia no les correspondía, y las cosas siguieron cambiando. José empezó a dormir enroscado a la sombra del árbol, mientras Mateo subía a las ramas para acomodarse en el nido que José abandonó. Cuando José despertaba, afilaba sus garras en un viejo tronco, mientras Mateo subía a los cables de luz y desde allí se ponía a silbar.
El colmo fue cuando José dejó de despertar al alba, y el alba ya no despertó jamás en ese jardín, donde desde entonces siempre es de noche.
Si decides visitar el verde jardín de esta historia, verás al pájaro José dormido y ronrroneando a los pies del gran árbol, mientras el gato Mateo le silba bellas tonadas a la luna, blanca como una gran lámpara, o trata de volar hacia ella, sin conseguirlo.

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