De la quimera mal buscada

Lucrecia de la Cruz -hija ilegítima de Cipriana la Grande- soñaba con fundar una monarquía ilustrada en una apartada isla de Oceanía. Lucrecia estaba harta del machismo generalizado en el mundo civilizado, como se autonombra el bastardo de la accidentada historia occidental, y decidió hacerse justicia por su propia mano. Abajo los muchos machos, abajo también los blandos y los tibios, los ignorantes y los borregos, así como los cultos sin huevos. Hay que cambiar el mundo, pero ya. Urgentemente. Deben imperar la igualdad de garantías, los derechos y la posibilidad de que todos puedan realizar sus sueños.

Puedes ir en contra de la corriente, puedes estar  inconforme  con  el  lado pútrido de  las  cosas,  pero  ¿qué  puedes  hacer  tú realmente  para  cambiarlas todas a la vez?

Muchos  siguen  sin  trabajo,  muchos niños, ancianos e indefensos son maltratados, otros pequeños usados como objetos para satisfacer oscurísimas perversiones. Mientras algunos  tipos  abusan  de  su  poder, otros  envenenan  mentes, pero los más permanecen voluntariamente engañados por falsos amores, falsas promesas, falsas necesidades y falsas seguridades; viendo sólo por ellos mismos,buscando ser guiados por un Gran Hermano. Y los políticos sin escrúpulos, los capitalistas que se aliementan de la explotación felizmente, crean fantasías para las masas, hacen de la cultura y el conocimiento un circo, de la crítica y el pensamiento algo aburrido, todo eso sazonado con buenas dosis de terror y paranoia para tener a la gente bajo un control que más parece barril de pólvora.

Mientas  Lucrecia  de  la  Cruz  continuaba en este mundo de ruido  urdiendo  su  quimera, Cipriana la Grande, tras tras ver a su hija desequilibrada, se quitaba la vida, trastornada y decepcionada, lanzando la masa de su cuerpo por una ventana.

La piedad no está de moda y es casi una obligación  acostumbrarse  a  escuchar  con indiferencia los  lamentos  de  los oprimidos. Algo tan oscuro es difícil de expresar, pero al parecer no es tan difícil de aceptar.

Lucrecia murió ayer, sola, desesperada, ahogada en un océano a la mitad del desierto, sin poder siquiera inicar el cambio total y universal al que aspiraba.

No es posible que una sola persona cambie el mundo, pero quizá si cada persona cambia…

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