La boda que no fue

Mobtomas

Eran las siete de la tarde. A la entrada de la gran Iglesia de inglesa arquitectura estaba un valet parking que bailaba desde las cinco el lago de los cisnes mientras castañeaba con los dientes el cascanueces. Súbitamente el valet perdió la concentración -el paso y el peso de su atolondrado cuerpo- por la brisa que dejó, en su frenética carrera hacia el altar, la novia ciega, conocida como ‘la novia que no veía’, y que realmente jamás vio llegar a su prometido, porque él, a las siete de esa tarde, se encontraba muy lejos, en altamar, buscando alguna ballena que fuera vacía. “Leven anclas”, decía el marinero prometido que nada tenía de cumplido, “leven anclas”, y su grumete, un mozalbete regordete, comía anclas de rana, sacadas de ranacerontes, de esos que abundaban cuando el Sáhara era un gran océano y de los que ahora sólo nos quédan fósiles difíciles…

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