Acerca de rasparse continuamente las rodillas

La cuerda floja no es el mejor lugar para aprender a caminar. He caído muchas veces, la más reciente me rompió en incontables pedacitos. Difícil fue volverme a armar. De nuevo arriba siento el mismo vértigo de la última vez, aunque ahora parece que sí hay red.

Baudelaire me llama, pero me da miedo acudir, pues sé que corro el riesgo de resbalar sin él. Ahora hablo menos que antes, la comunicación verbal ha pasado a segundo término. Es probable que me encuentre igual de perdido, pero siento menos fuerza. El trabajo no es un castigo ni una condena, es sólo la manera de hacerme de dinero para algún día no tener que trabajar más. Aunque cuando llegue ese día, seguro la muerte me madruga.

Nacido con la vocación de divagar y dejar pasar el tiempo, ser más que protagonista un testigo. Ese parece ser mi papel. Casi toda la gente termina convirtiéndose para mí en algo aburrido y la mayoría es materia desechable. Cumplen su función y se les dice adiós en su propio ocaso. Igual medida me deben aplicar.

Sin embargo soy muy afortunado, hay quienes tienen un atractivo que no termina y cuya nobleza obliga, sin desvoluntariarme, a seguir gozando de su compañía… hasta que llegue un fatídico día. Todo tiene fecha de vencimiento, todo acaba, todo lo que empieza debe terminar. No es que ahora le haya encontrado finalidad a las cosas, tampoco he recubierto al mundo de indiferencia, simplemente volví a encontrar valor en lo valioso y curiosidad en lo que sucede.

Los libros son la adicción principal. Ahora callo porque no tengo mucho o nada que decir, no porque no me importe. Igual es porque a nadie le interesa lo que pudiera yo decir. Con eso vuelvo a tener mis acciones correspondidas. De nueve a seis procuro cumplir con lo que exigen los contratos, de seis a seis me la paso leyendo, apagado, comiendo, descomiendo o durmiendo. Siempre muriendo.

Parece que la amargura y la desesperanza me han dejado en paz, espero que por mucho tiempo. Confieso que mis intentos de escritura conducen a la nada, pero igual a la nada siempre han conducido. La chispa se quedó en la Coca Cola. Vivir no es fácil, y a pesar de ello parecemos empeñados en dificultar más aún nuestras vidas.

40 es un número que no me ha dado suerte, y si me la ha dado no ha sido muy buena, a pesar de ello no encuentro realmente nada lo suficientemente malo como para quejarme de todo corazón, y ésto no quiero encontrarlo, ni que venga a mi encuentro. Parece que hay una luz, pero no es aquella que te invita a seguir para no volver, sino la que te invita a regresar a algún lugar, que no está en ningún mapa.

Por primera vez en mi vida estoy convencido de la necesidad de compañía, sólo que todavía me parece muy difusa su forma. Se me ha negado cuando la he buscado con desesperación, se me ha negado cuando no me importaba. Ahora que estoy con una actitud a la mitad… no sé qué vaya a pasar.

Regresé a este lugar, en el que nada parece haber cambiado, soy el mismo y a la vez soy diferente, pero sigo sin saber quién soy. Eso de tener una vocación ambigua e improductiva hace complicado tratar de encontrar caminos. Espero no preocupar en vano, porque no hay realmente nada de que preocuparse.

Sigo sin querer permanecer mucho en esta realidad, pero tampoco sé dónde quiero estar realmente. Quise ser el Oeste de su éste, y luego el lejano Oriente de su aquél; pero seguí siendo yo en el mismo estado, de repente me quedé sin Norte y la Osa mayor se encogió cuando le apagaron varias estrellas.

Quizás el pecado ha sido dar por hecho muchas cosas, creer en la estabilidad del destino, cuya mayor característica estable es la incertidumbre. La fortuna es una rueda, no un cuadrado. Actualmente distingo los trucos para hacer sentir celos, y aunque no soy inmune, ya sé para dónde van.

Quisiera mejor saber para dónde voy yo. En la tierra del consumismo no puedo comprar lo que más necesito, porque lo que más me hace bien no se ofrece en ningún mercado. Ya no cuento los días, y tampoco cuento cuentos, es probable que sólo esté esperando sobre el mar en calma a que vuelva a soplar el viento. 

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