El hermano de en medio

Un verano, en casa de los abuelos. Los primos fueron reunidos el fin de semana, como en años anteriores, en esa casa de campo de otras épocas, muy diferente y sobre todo amplia, en comparación con los pequeños apartamentos de la ciudad.

Antes de la comida los niños salieron a jugar al escondite, o “hide and seek ©” como se le conocerá en un futuro muy cercano gracias a los monopolios caníbales y la globalización.

Darío fue casi obligado a salir a jugar con sus primos y hermanos. Era el hermano “de en medio” de su familia, el que no había sido planeado, el que no fue una grata sorpresa, sino todo lo contrario. A sus siete años, Darío era una sombra gris en un día contaminado, carecía de la belleza y gracia de Lucrecia, su hermana mayor, quien estaba en el umbral de la adolescencia; y Darío tampoco tenía ni pizca de la luminosidad de Alejandro, el más pequeño, un inteligente niño rubio que con facilidad conquistaba cualquier corazón.

Los ocho niños se dividieron en parejas, el primo Adolfo, el mayor de todos, eligió a Lucrecia, pronto todas las parejas quedaron conformadas, salvo la de Jaime y Darío, pues el primero no quiso hacer pareja con el segundo y decidió ser quien buscaba a los escondidos. Darío tuvo que ocultarse solo.

Los niños se dispersaron mientras Jaime contaba, Lucrecia y Adolfo entraron a la casa y se metieron en un viejo armario con olor a naftalina, Alejandro y Lucía subieron a un gran sauce tan verde como melancólico, y los gemelos Tina y Tomás decidieron ocultarse tras una gran roca, similar al altar de Abraham, que estaba cerca del riachuelo. Darío corrió al granero abandonado, desde que había supermercados en la comarca, el granero sólo se utilizaba para guardar todo lo que no tenía ya lugar ni sentido en la casa. Darío esquivó viejos aparatos de funciones misteriosas, cubiertos por el polvo de los años, subió unas carcomidas escaleras y se instaló en la parte superior del olvidado edificio.

Jaime terminó de contar y se puso a buscar. Primero encontró a los primos más pequeños, pues Alejando y Lucía no lograron subir muy alto en el sauce. Después encontró a los gemelos, pero por mera casualidad, ya que la intención de Jaime era la de beber un poco del riachuelo.

Los abuelos llamaron a los niños a comer, la mesa estaba puesta y los alimentos calientes. Sólo así salieron Adolfo y Lucrecia de su escondite, en el cual descubrieron algo que los dominaría (no necesariamente a ellos dos juntos) en los años venideros y siempre les recordaría el olor de la naftalina.

La comida fue deliciosa, no tan natural como se hubiese imaginado en una casa enclavada en el campo, pero deliciosa.

Dos años después estalló la guerra. Hombres sin dios decidieron luchar en nombre del Señor contra aquellos que declaran no tener religión. Masacres de civiles, militares desbocados, el mundo se sorprendía ante tanta barbarie. Al final, en nombre de la libertad, pero realmente para proteger sus intereses y conquistar puntos estratégicos, las grandes potencias intervinieron y la larga guerra terminó en un forzado tratado de paz.

Esa ya es historia pasada. Lucrecia, tras cuatro matrimonios fallidos y cinco niños, está tristemente divorciada y desencantada del amor. Adolfo es un vendedor mediocre a punto de la jubilación, pero la economía es fea y tendrá que seguir trabajando mientras viva si es que quiere medio vivir su vejez. Alejandro es un magnate de la comunicación, quien hace creer que nunca tuvo familia. Los gemelos fallecieron en la guerra y Jaime de una enfermedad pulmonar, quizá ocasionada por los 25 cigarrillos diarios que se fumaba.

El presidente de la nación prometió en su campaña comunicar más al país con grandes supercarreteras, eficaces y monótonas como las mejores. Es una promesa que difícilmente cumplirá, la población tendrá que contentarse con una supercarretera a medias que se empezó a construir hace tres meses. La misma historia de siempre salvo por una nota…

En un gran basurero que atravesaría la planeada carretera, ubicado en un lugar en donde hace muchos años había un bello campo, los obreros constructores de la moderna vía empezaron a derribar lo que quedaba de un viejo edificio, que al parecer fue un granero, cuando de repente encontraron los restos de un niño, como de siete años. El pequeño, o la osamenta que quedaba de él, estaba en posición fetal. El presidente, ni tardo ni perezoso, aunque sí un poco tarado y creativo, decidió declarar que el niño había sido una víctima inocente de aquella vieja guerra que hace mucho tiempo separó al país.

Hoy existe un monumento al niño oculto en honor al cadáver descubierto, y la historia oficial es la de que fue escondido para que no lo encontraran los enemigos, y que sus padres debieron fallecer como mártires de la libertad.

Sí, hay cosas que se alejan mucho de la verdad.

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