Brando (sueño 47 casi 48)

La idea detrás de todo esto era tener un testimonio de actores para las generaciones futuras y también para los actuales estudiantes de cine, claro está. Yo no solía asistir a este tipo de cosas, no solía asistir a ningún tipo de cosas en realidad, pero Depp me convenció, por él asistí en esta ocasión aunque a última hora él no pudo llegar por problemas legales con su perro en Australia. Allí estaban conmigo Kilmer, Jones y Jodorowsky. Pacino no asistió porque DeNiro había confirmado su asistencia, pero las tormentas de los últimos días ocasionaron que el vuelo de éste fuera cancelado.
El concepto de la charla era extraño, a celebrarse en el campus de la añeja universidad, en una sala cercana a los vestidores de los jugadores del famoso equipo de futbol americano colegial local, donde los atletas solían dar sus conferencias y se reunían para analizar sus entrenamientos y las jugadas, nosotros nos sentaríamos en círculo, como en una sesión de neuróticos o alcohólicos anónimos, y comentaríamos sobre nuestras experiencias en el cine, desde el punto de vista de la actuación. La sesión de directores sería al día siguiente, Jodorowsky acudiría a ambas.
Al mirar a Kilmer, yo no podía dejar de pensar en Jim Morrison, ¿siempre habría sido así o el parecido se estableció desde su primera película con Stone?
No podía dejar de pensar en ¿qué diablos estaba yo haciendo allí? ¿Cómo me había dejado convencer tan fácilmente por Depp? Era mi amigo, pero esto era también demasiado para mí.
A mi llegada a la univesidad, un nutrido grupo de jóvenes y nada jóvenes estaban a la entrada del campus, ansiosos por ver a las celebridades del celuloide. No faltaron los acostumbrados gritos de “haz un Don Corleone” o “¿Qué se siente se el papá de Superman?”. Fanáticos “serios” del cine y fanátivos del cine comercial estaban allí mezclados para ver a las celebridades como si se tratara de un zoo. Tampoco faltaban los que protestaban porque un evento así significaba que la universidad se convertía en títere de la industria del cine que envenenaba las mentes y antenía al pueblo bajo un hechizo, y también estaban por allí los estudiantes de cine que aplaudían como locos al vernos llegar.
La conversación con nosotros dentro de la sala sería grabada para la posteridad, sin público presente, y aunque todos llegamos a tiempo, bueno, con una hora de retraso al menos, el equipo de video fue más “diva” que todos nosotros juntos y no había llegado aún. ¿Lección indirecta de humildad? ¿Humillación planeada para castigar nuestra soberbia?
Esperábamos pues, cuando de repente irrumpió a la sala un grupo de agitadores, blandían pancartas en pro de la ecología y contra el racismo, habían burlado al equipo de seguridad, pero vaya si fue una burla olímpica, porque eran como 20 jóvenes con pancartas y estribillos estúpidos con rimas de parbulario. Liberen a las ballenas, no a los circos, libertad a las minorías, no al racismo, detengan la guerra… etc., etc., etc.
Con gran esfuerzo fueron desalojados, y la seguridad redoblada. El equipo de video llegó pocos minutos después y mientras se instalaba, decidí aprovechar para aliviar mi vejiga. No quería interrumpir el acto una vez comenzado y atrasar todo de nuevo. Me levanté y me dirigí a los baños.
Los baños se encontraban al final de los vestidores del equipo de futbol americano, ahora completamente vacíos, como una tienda de departamentos recién instalada y en espera de llenar sus estantes y anaqueles, porque no era temporada de juegos. Caminé a lo largo de los solitarios vestidores y llegué a los baños. Frios, blancos, inmaculados, como en un sueño del cielo. Hice lo que tenía que hacer y mientras atravesaba de regreso por los vestidores solitarios, una rubia se me plantó de repente con una pistola automática apuntando a mi pecho.
Me dijo que me detuviera y empezó a decirme un discurso atropellado en donde se mezclaba la ecología con un discurso en contra del racismo. Me acusó diciendo que por mi culpa el turismo empezó a acabar con los ecosistemas de las islas del Pacífico, de que yo promoví la guerra y de que yo era un maldito nazi. Hizo mención de una película en la que interpreté a un oficial nazi, que había pasado sin pena ni gloria pues en ella se intentaba mostrar que no todos los alemanes fueron unos malditos en la Segunda Guerra Mundial, ni todos los norteamericanos unos santos mártires. Quizá esta mujer era de las pocas personas que vieron esa película, y como suele suceder, lo había interpretado todo mal. Para ella, confundiendo ficción con realidad, yo era un nazi por haber personificado allí a un nazi.
Algo le dije, intentando hacerle entender que estaba confundida y que me estaban esperando para la charla. Le dije que el cine suele ser una ficción, a veces nos hace pensar y otras nos divierte, pero que no era un documental ni una ventana de la realidad, que tenía que usar su criterio. Pude casi escuchar los engranes atascados de su cerebro tratando de echarse a andar, pero la inacción de años no puede curarse en dos segundos.
Di un paso al frente, y su lucha mental se detuvo mientras jaló el gatillo de la automática. Para ser una luchadora por la paz tenía mejor puntería que el personaje de Montgomery Clift en Red River, y me dio en el pecho, directo al corazón.
Mientras caía yo pensé en la ironía: tanto negarme a ser una figura pública para terminar como mártir a manos de una fundamentalista “liberal”.

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