El viejo de la oficina

Una tarde, en un bar cercano a la oficina donde trabajaba, fui a “conbeber” con unos compañeros. Ya saben, charlas intrascendentes hasta la quinta cerveza, y a partir de la sexta, sale el cobre a relucir, se exalta la amistad incluso del compañero con quien menos trato se tiene y se termina hablando lenguas muertas, las fases de siempre.

Esa tarde, nos acompañaba el empleado de más edad en la oficina, que por años, quizá desde siempre, se había desempeñado como contador auxiliar o algo así. El viejo, en un tono de Moisés recién bajado del Sinaí con un par de tablas nos dijo:

“Imagino que triunfar laboralmente en esta sociedad no requiere mucha dedicación al trabajo, ni de ser el mejor en lo que se hace. Parece que basta con tener las amistades correctas, ser diplomático y una lengua rasposa lo suficientemente insensible para lamer botas. Esos son los que triunfan.

“Por otro lado está la mayoría, de nuevo hablo de esta sociedad, de este país en que vivimos, en el cual los habitantes somos como cangrejos en un balde. ¿Saben cómo? Si ponen muchos cangrejos, de los chiquitos, en un balde todos querrán salir, pero más que concentrarse en salir, hacen que los demás se queden en el fondo, jalan a los que quieren salir al fondo, así que nadie, ninguno de ellos, sale.

“Pero eso no es lo que quería decir… ah, sí, la mayoría, la mayoría de los trabajadores, ya sea en una fábrica o en una oficina… porque somos obreros de cuello blanco, obreros míseros y explotados, la única diferencia es que no nos manchamos las manos, estos obreros que somos, no podemos tener dignidad ni ideales, si es que queremos progresar. No principios positivos. Los que no cumplen con… hay seres serviles, gusanos que sepan arrastrarse y resultar simpáticos  útiles a quienes tienen poder de decisión, esos progresan.

“La mayoría, en cambio, son unos mediocres cobardes. Mediocres cobardes que intentan obtener un sueldo y su reto es trabajar lo menos posible, es decir, su aspiración es lograr que les paguen, y que ellos no hagan nada en todo el día. Se hacen los estúpidos. No hacen nada. Por eso está el país como está, porque esos son la mayoría, en las oficinas, en las fábricas, en todo el maldito país. Holgazanes que tienen creatividad, pero que en vez de usarla para algo productivo, la aplican en excusas y pretextos para no trabajar. Son los niños cuyos perros siempre se comían la tarea. Siempre con estúpidas excusas inverosímiles para justificar su mediocridad e inactividad.

“Son las masas mediocres, son los que crucifican o matan a la gente que destaca, y después convierten en mártires a sus víctimas para idealizarlos, idolatrarlos, tenerlos en altares y decir que los admiran, pero no, son los sicarios, los ejecutores de los líderes de verdad, matan a todos aquellos que quieren un cambio. Bueno no son ellos quienes deciden matarlos, sino alguien de más arriba.

“Pero sí son los mediocres los que viven una religión, fervorosamente, pero una religión sin Dios, hueca como sus cabezas. Los imbéciles que se atiborran y aturden con futbol, que saben bien que el futbol es un fraude, un negocio amañado, pero siempre se emocionan con cualquier partido, que lo ven 24 horas al día, que ven un partido y los programas de análisis del partido, y repeticiones y comentarios del mismo partido, de todos los partidos, y que cuando son unos vejestorios más inútiles de lo que fueron en su juventud, verán repeticiones de esos partidos, orgullosos de haberlos visto hace años en vivo.

“En este país merecemos los políticos que tenemos, somos un rebaño de idiotas, mediocres, enajenados, y lloramos por un padre, una figura paterna, generalmente un político corrupto, igual que nosotros pero con poder, que nos ayude cuando el agua nos llega al cuello, pero merecido lo tenemos todos…”.

Fue en este momento en que los demás dejamos de prestarle atención a este resentido, y mejor nos pusimos a hablar del partido de futbol del domingo y luego de chismes de la oficina. Yo no sé en que momento el viejo salió del bar, nadie lo notó.

Dos semanas después de esa noche, a la hora de la comida en la oficina, alguien mencionó al viejo, y todos nos sorprendimos que desde aquella noche en el bar nadie lo había visto. Es curioso, nadie había notado su ausencia hasta ahora, y la chica de recursos humanos nos comentó que nada, no sabía nada de él y que había intentado varias veces llamar a la casa del viejo para preguntarle por qué no había ido a trabajar. Total, que jamás le contestaban las llamadas y se había cansado de intentar contactarlo. La chica se quejó del trabajo que tendría que hacer para dar de baja al viejo en el seguro social, porque creía que ya no iba a regresar, igual hasta se había ya muerto.

Alguien dijo una ocurrencia nada graciosa respecto al viejo, y todos reímos. De inmediato nos pusimos a hablar del partido de futbol de la noche anterior.

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Nada más que aire

El final está siempre comenzando y sabemos que el camino de la autodestrucción es siempre atractivo en su principio. Dejemos todo tal y como se encuentra ahora, mientras aún podemos encontrarnos a nosotros mismos. Evitémonos el amargo sabor de la decadencia, es preferible el sabor de un dulce recuerdo que el del olvido forzado. Déjame guardar en mi memoria tu mirada de ángel, antes de que se vuelvan costumbre nuestras recientes acciones dementes.

Ya no tengo mucho que entregarte,y  prefiero guardármelo a verlo rechazado. Llegó el momento en que alguien debe renunciar, y si gustas comenzar a buscar un reemplazo, no te tardes, que el tiempo, a diferencia de nosotros, no perdona. El infinito sólo es una modalidad para los verbos y la belleza. El amor que nos enseñaron, siempre se desgasta; yo te hubiese querido cuando la primavera te hubiera pasado de largo, aunque confieso que me gustó mucho haberla disfrutado.

No habrá ritual de despedida, pues éste no es más que un lazo que intenta prolongar lo improlongable, algo que quiere frustrar al adiós. Saldré por la puerta sin mirar atrás y espero no intentar buscarte. Ahora parece que entre tú y yo no hay nada más que aire.

Pesa mucho

Pirarse con pirotécnias sin técnica alguna, fuego por el puro juego, sin sentido y con urgencia. Agotamiento de ideas y ningún elixir capaz de devolver lo perdido. El tiempo es un ladrón que se lleva todo y te deja experiencia, que nunca es suficiente, quizás lo sea… hasta el último momento, para cuando ya de nada te servirá. No hay sustancia que me haga ver lo que antes veía y ahora incluso mis ojos se han debilitado. No es negocio envejecer. Ponce de León tiene una fuente de la que él tampoco tomó. Louis y Lestat se mueren de aburrimiento, igual también me aburriría como ellos. Shakespeare y Cervantes se ríen con las carcajadas desdentadas de la inmortalidad, porque resulta muy inmoral. La curva del tiempo va a terminar por hacer parabólica mi espalda. Y de eso Jesús no dijo nada, calló discretamente, como Sherezada. Tengo miedo de vivir confundiendo al 100% la realidad con la imaginación. Ahora siento que imagino,más de lo que vivo. Sigo caminando pero voy a la mitad de la velocidad en que solía hacerlo. No quiero vivir por siempre, pero pesa mucho envejecer.

Esa vieja Penélope

Esa vieja Penélope sin esperanza, que con afán teje y desteje, sentada en una banca de la facultad. Como araña a destiempo, sueña con pasados que no fueron y no desea futuros que no serán.

Penélope de cabeza nevada, con manos laboriosas que deshacen lo que hacen, con el mismo viejo estambre de tonos invernales, similares a los de las películas que vimos cuando éramos nños. Ella gusta de sentarse en una banca de la facultad, porque al ver pasar a la gente siente que elude su soledad.

Esa vieja Penélope todo lo observa, y en el desfile de anónimos reconoce a muchos seres que compartirán un destino similar al suyo. Sabe reconocer el signo de caín que está mezclado con la tragedia de Julieta.

Su Odiseo hace mucho que está enterrado, y Penélope hoy tiene un cuerpo que desde hace tiempo dejó de ser deseado. Esa vieja Penélope, ya sin lobos y sin galanes, aguarda sólo la presencia de aquella que todo se lleva y que al principio quizá fue quien nos abandonó aquí.

Panélope no busca pues la reconciliación con su marido, tampoco ansía una nueva aventura. Teje y desteje al monótono ritmo de la indiferente ociosidad, mientras el sol hace con sus sombras un reloj que marca horas que a nadie importan. Sabré que ella habrá alcanzado su meta deseada, el día en que no la vea sentada en la banca de la faultad.

http://www.craftcouncil.nl.ca/membership/our-juried-members/artist-details/10/
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Dureza o cinismo

Lo que antes solía durar 10 años, ahora sólo dura un mes

Me sorprende cómo puedo olvidar tan rápidamente

Y de forma veloz recuperar la frialdad

No digo que proceso sea ahora inoloro,

sino que las heridas cicatrizan más rápido.

Imagino que al acercarse el ocaso

El cuerpo va perdiendo sensibilidad, y lo mismo sucede con el alma.

Con nuestras ambiciones quedan también sepultados los sueños,

Enterrados con la febril necesidad de compañía y la compasión.

Viejos duros en su blandura aparente.

Todo tiene su momento y su lugar.

Ahora me estoy haciendo experto en el arte de olvidar.

Curioso, porque yo no era así, y jamás imaginé llegar a serlo.

No pienso en mi velorio ni en mi funeral,

Pero ignoro si es porque todavía los siento muy lejos,

O porque no me importa pensar en eso.

Lo que sí me da miedo es convertirme en otra piedra que respira

Y que únicamente espera su privado juicio final (sin esperarlo realmente).

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Licuadora

Apostado en el puesto de póstuma observación el apuesto apestoso se apresta al ataque.
La pringada princesa de la prensa oprimida yace dormida con su mayordomo, bajo el domo dominante de un mal modo.
“Aguas con el aguacate”, dijo la aguja aguada a tu cuñada preñada por un piña colada.
Y el político politólogo logra aligerar su logística ilógica largando un beso al preso deprimido.
Nada tiene sentido, todo parece lo mismo.
Las nalgas de alga algo quieren representar, pero no se hacen presentes ni de pasada (el pasado es un tiempo que en realidad no fue mejor).
Pedro Picopiedra no fue discípulo de cualquiera, simplemente era llavero de cancerbero.
La malaya metralla, llena de patrañas, sigue disparando disparates al disipado ocioso rabioso.
Yo puedo seguir revolviendo frases e ideas en mi licuadora mental, nomás para no decirte que te quiero, y que por esto te vayas a cansar. Pero ya me dio pereza continuar, aunque las ganas de seguirte queriendo no se van.

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Casi en Navidad

El frío era un mensajero que anunciaba la cercanía del fin del año. Algunos seres previsores, precavidos y en ocasiones prevaricosos ya habían terminado de hacer sus compras con la anticipación que de ellos se espera. Se trataba de ese tipo de seres que cuando duermen en un hotel programan dos despertadores por si acaso la operadora no los despierta a tiempo).

En este parque, varios niños corrían y jugaban, sin siquiera imaginar que en algunos años más entenderían y reproducirían en carne propia los rostros aburridos de sus padres.

Un anciano estaba sentado en una banca manchada con excremento de palomas, pensaba en el final del Dr. Zhivago, si este doctor ruso hubierse preferido caminar en vez de viajar en colectivo, quizá no hubiera divisado a Lara y viviría más años. Sí, también si Juárez no hubiera muerto, todavía viviría.

Frente al anciano pasó un vagabundo dando tumbos, haciendo eses y haciendo pensar en heces a quien lo veía. Sus grandes zapatos sin agujetas no llevaban el ritmo de la batería de la canción que un joven presuntuoso escuchaba a todo volumen en el estéreo de su auto último modelo. El joven y el vagabundo estaban incomunicados en islas propias, la principal diferencia entre ellos es que mientras uno hedía a Carolina Herrera, el otro apestaba a orines viejos y alcohol barato.

La cabeza de Albert Einstein miraba todo sin virar, con ojos puestos en el infinito de la nada, pues era de bronce.

En una esquina cercana se subastaban canastas navideñas, cada una de las cuales incluía una botella de bebida cuyo consumo en exceso suele transformar nturalezas y deshinibir lenguas. La hermosa rubia que miraba las canastas pensaba en estos efectos, recordando la fiesta de Fin de Año que se celebró en su oficina el viernes anterior. Allí, uno de los gerentes, con arrojo etílico, le declaró su amor y le propuso cosas que iban desde dejar a su actual esposa, hasta ponerle a la rubia un lindo departamento en una zona cotizada. La rubia sonrió al recordar esa estupides, todos los tipos que ella se topaba eran viles y canallas.

La sonrisa de la rubia era tan natural que en comparación hizo resaltar la grotezca mueca sonriente del gay maduro que sin reparar en gastos (que en realidad no estaban descompuestos) compraba la canasta más cara de las que se vendían. La sonrisa de este hombre era tan artificial como el sueño de una tarjeta de crédito, y todo por causa de lo que él consideraba amor. Hacía apenas tres años se había sometido a una cirugía plástica para rejuvencer su rostro, con un médico de honorarios tan altos como baja su ética. El gay maduro había decidido rejuvenecerse el rostro por agradar a un joven que le agradaba. Al final de la operación los extremos de la boca del maduro casi llegaban a sus orejas, dándole una especie de sonrisa da sardina sardónica perpetua. El joven causante indirecto de esta tranformación, vivió con el maduro un tiempo y luego se largó. Llévandose no poca cosa de la relación. Ahora el maduro intentaba hacerse de un nuevo amor obsequiando cosas caras y evitando la transformación.

El anciano se levantó de su banca, pues la temperatura descendía con el sol y la noche comenaba ya a reclamar sus dominios. Un padre aburrido llamó a sus dos niños, mientras observaba a la linda rubia y se imaginaba  que se aproximaba a ella para prometerle que por su amor era capaz de dejar a su mujer; pero era un simple pensamiento inspirado por las lascivia, ladrido al Quijote emitido por perros que jamás existieron, así que al final no hizo nada más que volverse a casa con sus dos vástagos.

El tiempo siguió su camino y dos días después fue lunes de nuevo.

Enamoramientos y transformaciones

He visto la magia transformarse en rencor, en un acto de desgracia que borra toda sonrisa.

He visto el gusto de ver a alguien tranformado en terror, en antipatía y fobia por la persona una vez querida.

He visto clavos torturados con el fin de que paguen las faltas de clavos pasados, y cuentos de hadas en los que “vivieron infelices para siempre”.

¿Qué pasa con las promesas incumplidas, tanto firmes como ligeras? Viven seguramente penando como fantasmas sin rumbo en un limbo especial.

¿Qué pasó con el encanto, con las risas y con el “no me dejes solo”? Se devanecen como famosos en la desmemoria del tiempo.

Igual que con Larry Talbot al llegar la luna llena, siempre se impone el falso lobo.

La princesa que rompía compromisos porque buscaba el enamoramiento perpetuo, vive ahora exiliada de su propio paraíso, persiguiendo sombras que ni Peter Pan puede atar.

He visto heridas cicatrizadas que como milagro negativo vuelven a supurar.

He visto madonas perversas, con o sin niño, cuyo único fin es hacerte suspirar.

Al final nadie tiene la culpa, nadie comete ningún pecado.

Es simplemente la vida, ser parte de un juego en el que todos jugamos.

Nada más y nada menos.

Werewolf

El cine de “arte”

Es probable que yo haya tenido demasiada sobredosis (válgame el cielo y la redundancia) de ‘ritmo Hollywoodense’ en cine y TV, y que por ese motivo las películas ‘de Arte’ europeas me sepan a tediosa eternidad.

Soy muy ignorante, y sinceramente me cuesta mucho aguantar estoico y sin repasar mentalmente mi catálogo de malas palabras, una secuencia como la siguiente.

Película blanco y negro. Escenario: el interior de una cabaña solitaria con ventanas cubiertas de nieve, lugar donde habita de campesino humilde, madera vieja, el viento invernal sopla fuerte, no hay música de fondo; silencio total que sólo es roto por esos lamentos o aullidos que produce el viento.

Vemos a un viejo de traje oscuro y raído, atemporal, podría ser un miserable hoy o de hace cien años, barbas blancas y cejas hirsutas, ¿antenas dobladas para percibir más claramente el dolor que el universo le envía?

El viejo se halla sentado en una silla ante su vieja mesa de madera. Al parecer los tiempos de gloria de todo lo que vemos en pantalla se esfumaron hace varias décadas. Corte a un close-up extremo, acercamiento incómodo a la arrugada cara del anciano (pongamos que se llama Günterhandt, vamos, es una película de arte, no se iba a llamar Hans, ni Fritz; pero seguro come salchichas, tiene cara de ‘comesalchichas’). Por el acercamiento notamos (algo que sinceramente ya habíamos notado) que el anciano es pobre, arrugado y de semblante triste (dos minutos y medio mirando su cara de cerca, cómo parpadea cansado, cómo tiene una expresión melancólica, parece que mastica algo, pero igual se está pasando la lengua por las partes donde le faltan dientes –yo me pregunto si podrá comer manzanas).

De repente rompe su silencio para decir, en voz baja, en un susurro no más sonoro que el flato urgente de una hormiga, en una voz cascada por los años: “el frío es mucho”. Otros dos minutos fijos en el acercamiento a su cara, como para que podamos digerir el sentido absoluto de sus palabras.

Comienza a abrirse la toma, lenta, lentamente, para que veamos el interior de la cabaña y al anciano sentado (por si no hubiéramos notado que es un viejo sentado en una cabaña solitaria durante los últimos 14 minutos de nuestra existencia). Percibimos que aparte de la mesa casi no hay nada allí dentro.

Al final, la cámara se queda quieta y somos testigos obligados del gran esfuerzo que el anciano realiza para ponerse trabajosamente de pie. Supongo que con esto empieza la “acción” en la cinta. El ocioso que se fija en detalles, pues no hay nada más qué hacer en esta película, notará que la pierna derecha del viejo tiembla levemente (¿un símbolo del director para hacernos recordar que el capitalismo hace tambalear a los pobres?, ¿significará que el viejo está más sentado que de pie porque no tiene trabajo?, ¡Uf!, todo un mundo de posibilidades; pero igual al actor se le entumió la pierna de tanto estar sentado). Escuchamos, además del viento, la silla arrastrarse.

El viejo una vez parado, se pone a buscar lentamente algo en el fondo de la cabaña. Oímos sus pasos arrastrados, en su andar que alcanza una vertiginosa velocidad de 30 cms. por hora. Se rasca el trasero (alguien del público se ríe, seguro una de esas personas que quieren encontrar algo gracioso en todo lugar… no, no fui yo, no soy de esas personas, yo pienso que el actor igual quiso darle más realismo a su papel, o de plano tuvo comezón en su cabús).

Por fin, el hombre saca un hacha de algún rincón, y suspira lentamente, todo lentamente. Se dirige a la puerta de la cabaña, la abre, entra nieve, hay una tormenta afuera, sale y cierra la puerta. Nosotros nos quedamos adentro, en silencio, acompañados por el aullido del aire. Algún cleptómano entre el público sentirá las ansias de robar al estar la cabaña abandonada ahora, pero no hay nada que tomar de esta pocilga. Estamos así, abandonados espectadores en el interior de la cabaña, cuando un minuto después  escuchamos de lejos golpes de hacha contra madera. Asumimos que el anciano está cortando leña, bueno eso es lo que asumo yo, igual el tipo que busca algo gracioso en todos lados, se envalentona pues ya se río una vez, se vuelve a reír porque igual se imagina que el viejo es un asesino serial de pavos y fue a saciar su sed de sangre, se fue a autocircuncidar o bien es su hora de sus ejercicios cardio o aeróbicos para estar en forma.

Así pasa un rato, “toc, toc, toc” hachazos y hachazos, no hay corte, nosotros dentro de la cabaña podemos observar que no hay nada que observar en ese lugar más que la pobreza. Oramos porque el director de la cinta se apiade del público, pues ya tenemos la idea clara de que el viejo es un paupérrimo habitante de alguna comarca o del bosque, que camina lento, que cree que nadie lo observa y se rasca sus partes pudendas, y que lo único que parece importarle es el clima.

Tras un buen rato, cesan los golpes de hacha. Seguimos dentro de la cabaña, esperando, no sé si con ansia, el regreso del anciano, sólo se escucha el viento. ¡Nuestra soledad es insoportable! ¡Viejo regresa, ya no soporto mirar expectante la maldita puerta! 125 segundos y no pasa nada, de repente descubrimos la emoción que puede producir que alguien abra una puerta. Es el viejo, lo acepto me da algo de felicidad, peor sería que no regresara; pero la felicidad se desvanece pronto.

Entra algo de nieve a la cabaña, la tormenta continúa. Él trae su hacha y tres leños. El pobre debe ser leñador detallista al máximo, porque ¡tanto tiempo para traer sólo tres miserables leñitos! (¿Se habrá autorcircuncidado en realidad?) Acercamiento medio de cámara y cinco minutos más para ver cómo el tipo echa la leña a la chimenea y enciende el fuego. Cuesta trabajo encenderlo, porque los leños parecen estar algo húmedos. Somos testigos completos de esa dificultad. Al fin enciende.

Ya estoy algo resignado a perder la mitad de mi vida en esta película. Por un lado detestaría salirme y perder el dinero que pagué por la entrada. Soy testarudo. Insisto en que algo debe suceder. El tipo saca un flautín de madera y toca una tonadita absurda por medio minuto. Luego dice: “está mejor”.

Por fin se corta la escena a una toma de un campo cubierto de nieve, en el centro una cabaña solitaria, muy jodida. Así, tenemos dos minutos de una toma que nos demuestra aislamiento y soledad. Lejanía, y que podría durar 10 segundos y al final significaría lo mismo, ahorrándole el tedio al espectador.

Y así la película que dura cerca de tres horas, en la que uno mira la vida de un anciano pobre en una cabaña abandonada. Nada más. Esa es toda la trama. El vejete sólo dijo 17 palabras en toda la cinta, se sentó, se puso de pie, se rascó el trasero un par de veces y molestó a las lineares de su entrepierna con lentos rascamientos en tres ocasiones (el tarado que ríe, igual de testarudo que yo, pensó que eso era muy gracioso y tres veces se carcajeó).

Sale uno del cine pensando qué rayos quiso decir el director con esa película. Posiblemente pensar eso es aceptar que soy un vil ignorante. Todos los críticos aplauden la cinta, se desviven en elogiar la forma en que una angustia existencial, el tedio, es representada de forma tan artística y “maravillosa”.

Yo me asumo un ignorante que no sabe apreciar lo bueno, y que prefiere la comida chatarra y las películas de acción. Pero ya sé cómo vivían los viejos pobres en Alemania a finales del siglo XVIII (aunque es algo que no me importa en lo absoluto).

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Letras

Letras, como si hubiera necesidad de presumir una nueva combinación de ellas.

Como si de verdad pudieran reflejar los sentimientos, acercar a la persona que más se quiere y alejar a quien ya no se desea ver más.

A veces funcionan y son el conjuro correcto, pero no parecen ser efectivas para los inseguros, para los testarudos y para los que dudan (que con ellas quieren comprobar que existen).

Una correspondencia no correspondida e interrumpida porque ya no me importan las respuestas que se me puedan dar por la relación irreverente y totalmente carcomida. Olvidemos las palabras cuyo sentido está hoy extraviado.

Letras, como si hubiera necesidad de enterarse de vidas ajenas, de imaginaciones de otras personas, de sueños de otros dueños o de ideas distintas a las de uno mismo.

Palabras, sólo palabras, se habla y se las lleva el viento, se escribe y se cubren de olvido; así como les pasa a algunos sentimientos.

Letras que no quedarán grabadas para siempre, ni las de mi lápida, ni las de la tumba de nadie; al final todo está escrito en arena.

Sin embargo nos empeñamos en hablar, en escribir, en presumir lo que pensamos.

El mundo no cambia y este mal no tiene cura (ni sacerdote). Yo por eso te doy estas letras de cambio, para que cambiemos nuestras vidas, no por otras, sino que tomemos los rumbos que nos corresponden y que cada quien siga su destino, ya que juntos los caminos no hacen uno, debido a la incompatibilidad inherente e incoherente.

Otra despedida, sin adiós, para nadie.

Me quedo con las letras para describir fantasías privadas y exhibirlas en un aparador electrónico, como en una casa de cristal, en la que no se revela nada realmente.

Cierro las cartas abiertas y reabro la mezcla mágica de sonidos silenciosos en papel (o en pantalla).

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