El cine de “arte”

Es probable que yo haya tenido demasiada sobredosis (válgame el cielo y la redundancia) de ‘ritmo Hollywoodense’ en cine y TV, y que por ese motivo las películas ‘de Arte’ europeas me sepan a tediosa eternidad.

Soy muy ignorante, y sinceramente me cuesta mucho aguantar estoico y sin repasar mentalmente mi catálogo de malas palabras, una secuencia como la siguiente.

Película blanco y negro. Escenario: el interior de una cabaña solitaria con ventanas cubiertas de nieve, lugar donde habita de campesino humilde, madera vieja, el viento invernal sopla fuerte, no hay música de fondo; silencio total que sólo es roto por esos lamentos o aullidos que produce el viento.

Vemos a un viejo de traje oscuro y raído, atemporal, podría ser un miserable hoy o de hace cien años, barbas blancas y cejas hirsutas, ¿antenas dobladas para percibir más claramente el dolor que el universo le envía?

El viejo se halla sentado en una silla ante su vieja mesa de madera. Al parecer los tiempos de gloria de todo lo que vemos en pantalla se esfumaron hace varias décadas. Corte a un close-up extremo, acercamiento incómodo a la arrugada cara del anciano (pongamos que se llama Günterhandt, vamos, es una película de arte, no se iba a llamar Hans, ni Fritz; pero seguro come salchichas, tiene cara de ‘comesalchichas’). Por el acercamiento notamos (algo que sinceramente ya habíamos notado) que el anciano es pobre, arrugado y de semblante triste (dos minutos y medio mirando su cara de cerca, cómo parpadea cansado, cómo tiene una expresión melancólica, parece que mastica algo, pero igual se está pasando la lengua por las partes donde le faltan dientes –yo me pregunto si podrá comer manzanas).

De repente rompe su silencio para decir, en voz baja, en un susurro no más sonoro que el flato urgente de una hormiga, en una voz cascada por los años: “el frío es mucho”. Otros dos minutos fijos en el acercamiento a su cara, como para que podamos digerir el sentido absoluto de sus palabras.

Comienza a abrirse la toma, lenta, lentamente, para que veamos el interior de la cabaña y al anciano sentado (por si no hubiéramos notado que es un viejo sentado en una cabaña solitaria durante los últimos 14 minutos de nuestra existencia). Percibimos que aparte de la mesa casi no hay nada allí dentro.

Al final, la cámara se queda quieta y somos testigos obligados del gran esfuerzo que el anciano realiza para ponerse trabajosamente de pie. Supongo que con esto empieza la “acción” en la cinta. El ocioso que se fija en detalles, pues no hay nada más qué hacer en esta película, notará que la pierna derecha del viejo tiembla levemente (¿un símbolo del director para hacernos recordar que el capitalismo hace tambalear a los pobres?, ¿significará que el viejo está más sentado que de pie porque no tiene trabajo?, ¡Uf!, todo un mundo de posibilidades; pero igual al actor se le entumió la pierna de tanto estar sentado). Escuchamos, además del viento, la silla arrastrarse.

El viejo una vez parado, se pone a buscar lentamente algo en el fondo de la cabaña. Oímos sus pasos arrastrados, en su andar que alcanza una vertiginosa velocidad de 30 cms. por hora. Se rasca el trasero (alguien del público se ríe, seguro una de esas personas que quieren encontrar algo gracioso en todo lugar… no, no fui yo, no soy de esas personas, yo pienso que el actor igual quiso darle más realismo a su papel, o de plano tuvo comezón en su cabús).

Por fin, el hombre saca un hacha de algún rincón, y suspira lentamente, todo lentamente. Se dirige a la puerta de la cabaña, la abre, entra nieve, hay una tormenta afuera, sale y cierra la puerta. Nosotros nos quedamos adentro, en silencio, acompañados por el aullido del aire. Algún cleptómano entre el público sentirá las ansias de robar al estar la cabaña abandonada ahora, pero no hay nada que tomar de esta pocilga. Estamos así, abandonados espectadores en el interior de la cabaña, cuando un minuto después  escuchamos de lejos golpes de hacha contra madera. Asumimos que el anciano está cortando leña, bueno eso es lo que asumo yo, igual el tipo que busca algo gracioso en todos lados, se envalentona pues ya se río una vez, se vuelve a reír porque igual se imagina que el viejo es un asesino serial de pavos y fue a saciar su sed de sangre, se fue a autocircuncidar o bien es su hora de sus ejercicios cardio o aeróbicos para estar en forma.

Así pasa un rato, “toc, toc, toc” hachazos y hachazos, no hay corte, nosotros dentro de la cabaña podemos observar que no hay nada que observar en ese lugar más que la pobreza. Oramos porque el director de la cinta se apiade del público, pues ya tenemos la idea clara de que el viejo es un paupérrimo habitante de alguna comarca o del bosque, que camina lento, que cree que nadie lo observa y se rasca sus partes pudendas, y que lo único que parece importarle es el clima.

Tras un buen rato, cesan los golpes de hacha. Seguimos dentro de la cabaña, esperando, no sé si con ansia, el regreso del anciano, sólo se escucha el viento. ¡Nuestra soledad es insoportable! ¡Viejo regresa, ya no soporto mirar expectante la maldita puerta! 125 segundos y no pasa nada, de repente descubrimos la emoción que puede producir que alguien abra una puerta. Es el viejo, lo acepto me da algo de felicidad, peor sería que no regresara; pero la felicidad se desvanece pronto.

Entra algo de nieve a la cabaña, la tormenta continúa. Él trae su hacha y tres leños. El pobre debe ser leñador detallista al máximo, porque ¡tanto tiempo para traer sólo tres miserables leñitos! (¿Se habrá autorcircuncidado en realidad?) Acercamiento medio de cámara y cinco minutos más para ver cómo el tipo echa la leña a la chimenea y enciende el fuego. Cuesta trabajo encenderlo, porque los leños parecen estar algo húmedos. Somos testigos completos de esa dificultad. Al fin enciende.

Ya estoy algo resignado a perder la mitad de mi vida en esta película. Por un lado detestaría salirme y perder el dinero que pagué por la entrada. Soy testarudo. Insisto en que algo debe suceder. El tipo saca un flautín de madera y toca una tonadita absurda por medio minuto. Luego dice: “está mejor”.

Por fin se corta la escena a una toma de un campo cubierto de nieve, en el centro una cabaña solitaria, muy jodida. Así, tenemos dos minutos de una toma que nos demuestra aislamiento y soledad. Lejanía, y que podría durar 10 segundos y al final significaría lo mismo, ahorrándole el tedio al espectador.

Y así la película que dura cerca de tres horas, en la que uno mira la vida de un anciano pobre en una cabaña abandonada. Nada más. Esa es toda la trama. El vejete sólo dijo 17 palabras en toda la cinta, se sentó, se puso de pie, se rascó el trasero un par de veces y molestó a las lineares de su entrepierna con lentos rascamientos en tres ocasiones (el tarado que ríe, igual de testarudo que yo, pensó que eso era muy gracioso y tres veces se carcajeó).

Sale uno del cine pensando qué rayos quiso decir el director con esa película. Posiblemente pensar eso es aceptar que soy un vil ignorante. Todos los críticos aplauden la cinta, se desviven en elogiar la forma en que una angustia existencial, el tedio, es representada de forma tan artística y “maravillosa”.

Yo me asumo un ignorante que no sabe apreciar lo bueno, y que prefiere la comida chatarra y las películas de acción. Pero ya sé cómo vivían los viejos pobres en Alemania a finales del siglo XVIII (aunque es algo que no me importa en lo absoluto).

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