Historia para halloween

Estoy acostumbrado a ver perros atropellados en los carriles de alta velocidad en el periférico, prácticamente diario hay uno nuevo; y aunque duela admitirlo, eso es ya un panorama rutinario, lo único que varía es el perro y el lugar donde yacen sus restos. Pero conduciendo un sábado primero de noviembre cerca del toreo de cuatro caminos, temprano por la mañana, me llamó la atención el tamaño del perro arrollado, pues éste era tan grande que hasta supuse que bien pudo haber sido un lobo.

La adivina se asustó desde que le miró a los ojos; y no pudo reprimir cierto temblor cuando le leyó los posos del café. Lo más terrible es que, a pesar de que así es la mayoría de las veces sin que logremos acostumbrarnos, el destino no mostraba lógica. Las interpretaciones decían que él moriría violentamente y relacionado con un gran perro negro, o quizás un lobo, que a su vez aparecía arrollado por un auto y quedaba abandonado en el vado de un camino. Contraviniendo lo que supuestamente los adivinos deben ocultar, ella le dijo exactamente lo que vio. Él, supersticioso como cualquier fanático, tomó muy en serio la advertencia y juró a partir de ese día no conducir ningún vehículo. Así vendió su auto y mantuvo su juramento. Se convirtió en un usuario constante del transporte público o de la gentileza de sus conocidos con automóvil. Aunque su temor llegó hasta tal punto que jamás nadie logro que se volviera a poner al volante siquiera de un inofensivo carrito de feria.

Por otro lado, desde la visita con la adivina, él rehuía a los canes negros; sin importar que fueran chihuahueños o gran danés, siempre se alejaba inmediatamente a la vista de uno. Pero una noche, saliendo de un bar con una amiga, estaban a punto de abordar el auto de ésta cuando él le pidió unos minutos para satisfacer una necesidad apremiante de deshacerse de una cantidad considerable de la cerveza ingerida. Ella lo esperó paciente en el auto mientras él regresaba al bar. Tras salir del baño decidió ahorrar tiempo, según él, y salir por la puerta de emergencia que había cerca de la cocina del bar. Quizás estaba lo suficientemente borracho para no calcular que dicha puerta, lejos de conducir a la entrada principal del tugurio, llevaba a un callejón solitario. Eso lo notó demasiado tarde, justo cuando había salido y la puerta de emergencia se cerraba a sus espaldas, sin posibilidad de abrirse desde afuera. Simplemente se encogió de hombros y decidió rodear el edificio.

No había dado ni tres pasos cuando un gruñido grave y fuerte se escuchó desde atrás del gran contenedor de basura. Él tembló y sintió un sudor frío recorriéndole todo el cuerpo. Y antes de que pudiera siquiera pensar en hacer algo, un animal negro y enorme, casi tan grande como una persona, se abalanzó hacia él dispuesto a atacarlo. Él simplemente perdió el sentido.

Cuando abrió los ojos, estaba acostado en una cama de hospital, totalmente vendado y sentía ciertos dolores agudos en distintas partes del cuerpo, principalmente en los brazos y en el pecho. A la primera enfermera que vio le preguntó amablemente qué le había sucedido a él. Ella, nada amablemente, sino como realizando una rutina, le explicó que había sido conducido al hospital tras ser atacado por un animal en un callejón.

Más tarde, cuando fue visitado por familiares y amistades, logró enterarse que la historia había sido tal como la expresó escuetamente la enfermera, y que había estado dos días inconsciente en el hospital,  que ya no había nada de que preocuparse, ya le habían curado las heridas y puesto la vacuna antirrábica, y que dentro de poco sería dado de alta. Del perro, porque ahora que él les había dicho sus últimos recuerdos, todos asumían que debió tratarse de un gran can, nadie había sabido nada, pero que las autoridades lo estaban buscando por la zona.

Una vez dado de alta, él retomó su vida normal, con unas cuantas cicatrices nuevas. Casi al mes de su accidente, sus amigos decidieron darle una fiesta, para celebrar su total recuperación (vil pretexto para embriagarse y convivir, o convivir y embriagarse, no hay problema con el orden en este caso). Antes de la fiesta tenía una comida de negocios, afortunadamente muy cerca del lugar donde se realizaría la convivencia etílica en aras de la amistad; y por eso decidió alcanzar a sus compañeros tan  pronto terminase su comida.

En la comida de negocios, él decidió aplicar los consejos que alguna vez leyó en algún libro ‘para triunfadores’, en el que se recomendaba, para lograr una ‘empatía logística basada en El arte de la guerra (sic)’, beber lo mismo que el cliente, y en la misma cantidad. Razón por la cual, se vio bebiendo varias copas de whisky, bebida que él no asimilaba nada bien, en cantidades iguales a las de su cliente quien, más que hombre de negocios, parecía cosaco eufórico. La comida se prolongó hasta que casi iniciaba la noche. El se despidió educadamente en una mezcla de español y lengua muerta, y tras rechazar el taxi que el capitán de meseros le ofrecía, se perdió de la vista de todos haciendo ‘eses’ en su camino y doblando una esquina, eso era lo último que él medio recordaba de esa noche.

La siguiente imagen de su conciencia, era despertar en un lugar desconocido, vestido con ropas que no eran suyas, con muchos raspones en la cara, en los brazos y en los pies, y con un cansancio y dolor de cuerpo, tales como si hubiera recorrido el maratón de Nueva York y comido en una orgía digna de monjes medievales.

No tardó en aparecer uno de sus amigos, quien además de ser el dueño de las prendas y de la casa en donde ahora estaba, le explicó lo poco explicable de lo sucedido. Resulta que en la fiesta esperaron y esperaron, bebiendo para no sentir tanto el paso del tiempo, y así estaban alegres, como ciertos hombres de negocios que gustan del whisky, cuando alguien se percató tanto de la hora como de la ausencia del festejado. La preocupación cundió entre todos ellos como plaga bíblica, y decidieron salir a buscarlo. Después de una hora de búsqueda infructuosa, el mismo que se había percatado de la ausencia sugirió ir a la policía. Tras esto, los representantes de la ley se aplicaron, y ya había amanecido cuando encontraron al festejado de la frustrada fiesta, tirado inconsciente, y totalmente desnudo, con varios raspones y sangre, en un callejón. Todos coincidieron que había sido víctima de un asalto.

Los amigos hicieron los trámites necesarios y tras llevarlo al hospital -donde determinaron que no había sufrido mas lesiones que los raspones y unos golpes sin fracturas-, decidieron hacerse cargo de él. Sólo que en el hospital él despertó aterrorizado y tuvieron que sedarlo, por eso ahora despertaba a media tarde sin recordar gran cosa.

Él se preocupó por esas circunstancias, y culpando al alcohol, que había sido uno de los elementos comunes en el origen de sus dos desgracias, decidió dejar de beber, sin importar lo que digan los libros para triunfadores sobre la empatía.

Con más cicatrices y nada de alcohol, él retomó su vida. A casi un mes del segundo suceso, fue invitado a una fiesta de halloween a la que, naturalmente, tenía que ir disfrazado. A él le fascinaban estas fiestas, tanto que ya hasta tenía una señora que siempre le confeccionaba sus disfraces. Ella vivía por un campo militar, cercano al toreo de cuatro caminos. Pero ese año, había tenido más pedidos de disfraces que los años anteriores, por lo que le dijo a él que le tendría el disfraz listo el mero día de la fiesta.

Él decidió reírse un poco de las predicciones de la adivina, y se mandó hacer un disfraz de perro rabioso. Lo recogió poco antes del anochecer, se lo probó y quedó satisfecho. Tras decidir que llevárselo puesto de allí hasta la fiesta no sería correcto, pidió a la señora que se lo envolviera en una bolsa, y se despidió de ella. Esa fue la última vez que alguien lo vio.

Esa misma noche los policías encontraron, no muy lejos del toreo de cuatro caminos, el disfraz intacto en la bolsa. La luna llena facilitaba las investigaciones brindando una potente luz natural, por lo que no costó trabajo encontrar pedazos destrozados de la ropa que él vestía algunas horas antes. Jamás encontraron su cuerpo, y nadie relacionó la desaparición con el gran perro negro, que más parecía un lobo, el cual yacía atropellado en pleno periférico, a menos de 30 metros de las investigaciones policíacas.

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No me olvides

No me olvides, que mientras me recuerdes vivo, que en tu olvido yo sigo siendo nada.

No necesitas cantar la Martiniana, ni encender una vela cada noche para alumbrar mi camino, simplemente recuérdame, como al ganso de la publicidad chatarra, como al canto de la payola desgastada, como a la portada de tus libros de texto para la des-educación.

No me olvides, porque sólo si me exilias al vacío de la desmemoria, no seré siquiera un nombre grabado en la piedra.

El aire pasado, el peso pesado que se aligeró, el campeón sin corona, sin pena ni gloria, sin infamia ni ignominia, si tu memoria me olvida.

Si tu mente no me evoca, seré la espada de latón en la roca de cartón, flato de hormiga en el huracán, palabras en el comentario de un blog, exiliado de Nunca Jamás.

No me olvides por favor.

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Entendimiento

Muchos  desean  ser  como  los  ángeles,  pero  el  peso  de  sus  cuerpos  les  impide  realizar  sus aspiraciones, y el volumen de sus barrigas no deja siquiera lugar a las alas.

De hecho no hay ni siquiera santos vivos, pues para ser uno de ellos es requisito estar muerto.

Hay quienes quisieran ser como los animales y actuar sólo por instinto, pero algo dentro de ellos  no quiere soltar  las cadenas. Las riendas del carro con dos caballos en la mente, las experiencias y los traumas del pasado. Freud con cáncer en la boca, y una mosca en cada una de nuestras sopas.

La vida es como leer  simultáneamente a Nietzche y a San Agustín,  bajo  una  luna  llena  de  mediodía;  es  creer  desesperadamente  en  algo  que  no se  puede encontrar.

Alguien dice que la fe se fortalece con la duda. Hay un letrero que nos prohíbe juzgar, sin embargo nuestro deporte favorito es apedrearnos unos a otros, buscar vigas en los ojos ajenos y sentrarnos a ver realitis en la televisión. ya sea para gozar de quienes caen o de envidiar a los que se encumbran. Resignándonos en nuestra pereza.

Ojalá pudiera simplemente dejarme llevar por la corriente, pero ya estoy en un punto en que eso olería a alta auto traición.

En verdad te dije que te amaría por siempre, pero ahora sé que lo perpetuo sobrepasa a nuestras vidas temporales. Sólo podemos aspirar a vivir día a día.

Renuncio honestamente a la inmortalidad inexistente, por aquí esta sólo aspira a ser un monumento olvidado, orinado por perros y vagabundos. Renuncio a cualquier intento de liderazgo y también a la desabrida conformidad. Posiblemente pienses que estoy loco y te rías de mí. Yo sólo sé que quien ríe al último ríe mejor, o igual nomás entendió demasiado tarde el chiste.

Quisiera poder darle un gran abrazo al  materialismo puro,  sin sentir  después ningún remordimiento.  Quisiera  abusar  de la belleza  como  supuestamente  debe  ser  usada  sin  sentir  culpa  en  el  fondo  de  mi  corazón.  Soy demasiado joven para entenderlo todo y ya muy viejo como para ignorarlo.

Sólo gente como nosotros

Sólo seres como nosotros pueden convertir el oro en amargura, las bendiciones en llanto y hacer ruinas las ternuras.

Sólo gente como tú y yo puede pervertir lo bueno, convertir en mentiras lo verdadero y al final no preguntarse ni un por qué.

Al principio fuimos los mejores amigos, pero nos empeñamos en destruirlo; ahora ni siquiera puedo estar contigo, si volviéramos a empezar haríamos de nuevo lo mismo.

Sólo gente como nosotros, que en el fondo no es tan mala, convierte el amor en tedio y el azúcar en cizaña.

Quizás nuestra historia termine con nuestros cuerpos, igual no volvemos a encontrarnos, pero estoy seguro de que si lo hacemos, habrá remordimientos al mirarnos.

Sólo gente como nosotros decide ignorar lo que estaba escrito. Sólo alguien como yo reza por volver a verte aunque sepa que no coincidimos.

Las máquinas y el hombre (y el hambre)

Recuerdo las maquinas de fotografías instantáneas de los Picapiedra: el que quería sacarse la foto se sentaba frente a la máquina y adentro de ésta un pajarillo con cincel y martillo grababa el retrato de la persona en una tablilla de piedra. Quizá eso me hizo pensar durante años que en cada máquinita expendedora de refrescos había un enano dentro que nos arrojaban la lata de soda elegida, y que podíamos conocer el humor del enano basándonos en la fuerza en que nos era enviada la lata. Claro que el enano nunca se dejaba ver. También pensaba que esos grandes relojes, como el Big Ben, tenían un secreto: había detrás de la carátula hombres que por turnos movían las manecillas.
Era yo muy fantasioso y supongo que desde entonces le tenía algo de miedo a la Revolución Industrial.
Según se nos dice en la escuela (esas grandes instituciones creadas para matar nuestra curiosidad y convertirnos en engranes baratos, bueno al menos a eso se dedican las academias en años recientes), las máquinas se desarrollaron en teoría para trabajar por nosotros, liberarnos de los trabajos esclavos y tener más tiempo libre.

Pero como la teoría rara vez se espejea en la realidad, en vez de gente con vidas sociales más ricas, con cultura más amplia y con lazos familiares más fuertes, yo veo trabajos más esclavos y menos oportunidades trabajo para todos. Veo horarios victorianos, dignos de cualquier míseropatética descripción laboral de Dickens, y abuso infantil convertido en mano de obra no sólo barata, sino de risible precio (y de risa nerviosa, no de risa graciosa), veo gente de países sin desarrollo haciendo el trabajo que las máquinas aún no pueden hacer, o que es más barato conseguir explotando a seres humanos. Veo también despidos masivos (sobre todo en esos países más avanados donde existen derechos laborales y bueno sueldos).
Las máquinas quizá sí han dado más tiempo libre a la gente, pero a través del desempleo (que a su vez genera hambre y delincuencia desesperada); el tiempo libre menos deseado. No culpo a las máquinas de ello, sino a los avorazados ricachones que se inflan más de dinero a causa de la explotación de sus semejantes. Lo que no logro explicarme es cómo las masas siguen consumiendo los productos de esos ricachones y no revierten la corriente.
El hombre es el lobo del hombre. Quien lo dijo tenía razón.

bigben

soñé contigo

soñé contigo, pero desperté.

soñé contigo, y luego no tuve nada que celebrar.

soñé contigo, y te llamé para contártelo,

pero sólo obtuve el vacío merecido.

sigo soñando contigo

con amor y con respeto,

con cariño compartido

sin afectar al interfecto, que sigue vivo en tu olvido o en mi recuerdo.

soñé contigo esta noche

sueño contigo a la luz del día

esperando revivir con tu persona

el pasado vivido e imaginado.

sueño contigo, te deseo

pero no puedo hacer más que soñar.

 

Esa gélida mañana

Esa gélida mañana, tu desangelado rostro fue una cosa presente que sólo tenía pasado.

En sueños irrealizables, en ilusiones difusas, promesas no cumplidas desfilaron tus días sin regreso.

Esa gélida mañana te pegó de lleno el invierno, con voz desgastada y secretos que a nadie importan en el ropero.

El tiempo te castigó, como castiga a cualquiera, lo malo es que tú apenas ahora te has dado cuenta.

Ya no hay pretendientes haciendo fila a tus puertas, ya no hay miradas que te devoran a tu paso.

Ahora lamentas no haber aprovechado las cartas ganadoras que tenías a la mano.

Esa gélida mañana te sientas en una banca a esperar la llegada del último tren.

Mientras tus labios agrietados lanzan un beso sin destinatario, el beso que se pierde en el aire.

 

 

La princesa tirana

En las ruinas de la mazmorra, sintiendo el sol que de su boca sale. Dime cuánto tienes y te diré lo que aquí vales. Deificando a idiotas al por mayor, incluyendo al que nunca tuvo madre, el panfilismo es pecado y aquí los eufemismos rigen el lenguaje. Sin embargo desenfundo mis palabras polivalentes y muy flojas para ser espadas, muchas veces hablo sin decir nada, escucha pues al que con frecuencia encalla. Se entreabren los muros envejecidos, recordando el futuro de tus piernas, quince necios realizan su pago, para descubrir que todo es en vano. Marie juega con Juana en el patio, mientras su ama juega con los polos de una pila. Yo no invito a hacer lo que jamás haría, dejo de buscar a la que ya está bien perdida. El ungüento pangermano que vende un gamberro es tan falso e irreal como el poeta financiero. Mi amor es un correinado, tú y yo al mismo tiempo, yendo hacia el mismo lado. La mortinatalidad va en aumento y yo hago lo que puedo, no lo que debo. Lluvia de piedras para los inocentes que son sentenciados por ser distinto a los tuertos y a los mutilados. El temple del oro se da con el fuego, el del hombre, dicen, con el sufrimiento. Yo sólo pinto lo que veo, como el alce sin ardilla yo quiero vivir contento. La virginal inocencia se resiste a entrar por tu ventana de malicia, sin embargo te amo en contra de toda profecía. El lugar está repleto y no puedo verte a solas, prefieres al ejército seco de los que te adoran. No soy nada oportuno y no conozco ni la hora. Tu agnóstica y enigmática persona se emociona al ver a los que ante ti se postran. Los castigas con el dolor de la duda, yo cavo mientras vivo mi propia tumba. ¿No es acaso lo que buscas? La manivela del ensamble está de buen talante, la hortaliza se quemó en la noche de san Inclemente. En el entrecoro dos vampiros apuestan si mi pregunta quedará sin respuesta… ¿Eras la correcta? El cartógrafo miope entrega un mapa de mi alma en tanto prendes fuego a tu guirnalda. La victoria se extravió en el laberinto de la sinrazón. Sólo tienes una barata imagen del amor. Degustas bajo las estrellas el sabor de mi cariño robado, pero al final hasta eso te hace daño. Publicas todo lo que no debes decir y la oscuridad te sirve sólo para transgredir. ¿Qué fui para ti?

scarlett

Esa “parte de Dios”

Soy la parte de Dios que contrapesa el universo, la que hizo lo que quizo con los 10 mandamientos, soy la parte del ojo por ojo que busca golpear tus dos mejillas, exigiéndote humildad y paciencia. La que utiliza el amor como un bella escupidera.

Soy la mayoría de los “ismos” que pueden concebirse, soy la mentira autoproclamada como verdad, soy tu aturdimiento y tu pereza por pensar. Soy el líder que promete conducirte a una tierra prometida, tierra que al final resulta ser sólo una manzana podrida. Soy la ambición que justifica cualquier acción baja, la inventora de la puñalada por la espalda, soy una supuesta igualdad que incrementa las diferencias, soy la que convierte la palabra de los Maestros en Iglesias.

Soy la parte de Dios que te sorprende con trucos de barata hechura, soy la que te reconforta artificialmente y maquilla tus defectos, sin dejar de condenarlos, la que te entretiene y la que alimenta tus amarguras. Soy publicidad y propaganda, soy la promesa barata. Soy McDonalds y Nestlé, soy lo que crees que te hace bien. Soy quien conviertió el sexo en producto de estantería. Soy quien te educa inculcándote ignorancia para convertirte en un “ser de bien”, soy la que te dice que no pienses en estupideces.

Soy la parte de Dios necesaria para el equilibrio, la que baila charlestón en uno de los platos de la gran balanza, soy la inspiración susurrada a Hitler y a la derecha de Israel, a los Bush y a la ONU también. Soy la instauradora del infierno en la Tierra, la inspiración de Friedman y Marx, de JP Morgan, Rothschild y de la madre de Pierre Rivière. Soy el gran hermano que todo lo ve.

Soy 120 canales, soy música las 24 horas del día, soy quien dice que debes servirte de los pobres y de los animales, soy el veneno en tu mente y en tus alimentos. Soy la que te dice que eres importante y te trato como si fueras nada, la confusión que te exalta y te enferma, que te “cura” con grandes intoxicaciones que alivian tus síntomas, pero que evitan que realmente sanes. Soy todas tus necesidades creadas, esas que no necesitas en absoluto. Soy la guerra constante, el shock difundido, el bombardeo de civiles inocentes y el yugo seguro de las masas no rebeladas.

Soy la parte de Dios en la que centras tu fe, soy la herida necesaria para Tomás. Soy el dinero y el poder, soy tu Gólem divinizado. Soy la “parte de Dios” más adorada, más repudiada, más odiada y a la vez más recurrida.

Así es la vida.

dollar

El recuerdo

Los fuertes golpes sin ritmo que atormentaban a la madera indefensa de la puerta pusieron al doctor prejuiciosamente en contra de quien los producía. Todo ese día había sido infernal para médico, demasiados pacientes y poca su paciencia, además se había enterado de las persecuciones desatadas desde que explotó la violencia en la ciudad y, sin embargo, en lo referente a los disturbios, estaba tranquilo, pues su consultorio se encontraba muy lejos de ese rojo huracán de fuerzas políticas que comenzaban a disputarse el poder.

Los ruidosos golpes se intensificaron con desesperación. Con tanta insistencia, seguramente la gruesa y sólida puerta terminaría siendo derribada, si es que el doctor no la hubiera abierto.

Apenas una abertura de milímetros bastó para que de inmediato se desatara una fuerza animal que permitió que se precipitaran al interior del consultorio dos hombres de humilde aspecto. Uno de ellos con rostro gobernado por la adrenalina, y con una pistola en la mano derecha, mientras que con la izquierda sostenía a su compañero, un individuo que además de encontrarse embarrado de excremento sangraba profusamente del costado izquierdo.

“Doctor, tiene que ayudar a mi hermano”, dijo el de la pistola, apuntándola, junto con su mirada, a los ojos del galeno, “al cobarde le dispararon y hasta se cagó del miedo”.

Al doctor no le impresionó la pistola, ni la mirada, ni el herido, ni la hediondez, lo que le impresionó es que “esos malditos muertos de hambre” no sólo entraban en su consultorio, sino que se atrevían además a darle órdenes. ¡A él!, que era el famoso médico de la alta sociedad y del sector adinerado de la baja suciedad que se conoce como ‘políticos’. Era el prestigiado médico de la ‘gente bien’. ¡Venir a darle órdenes a él, que tanto había estudiado y tanto se había esforzado por alejarse de la ‘gente como ésta’! Indios hambrientos que llegaban de repente a su consultorio como ‘malditos mensajeros del pasado’. No necesitó del prejuicio ocasionado por los golpes a la puerta para odiarlos.

“Yo no puedo curar este tipo de heridas”, dijo fríamente el médico mientras que con un rápido vistazo vio que la herida no era de gravedad.

“Usted lo va a curar porque lo va a curar doctorcito”, dijo amenazante con cólera contenida el hombre de la pistola, mientras ésta emitía un metálico amartillamiento que anunciaba un potencial disparo fatal.

Ante un argumento tan contundente e irrebatible el doctor dijo: “está bien, lo haré, pero deja de apuntarme con tu pinche pistola. ¡Anda, o se te muere tu hermano!”

El tipo armado dejó la pistola sobre una lujosa cómoda, incómoda hasta para alegrar la vista, y el médico le dio unas toallas para que fuera a limpiar a su hermano en el sanitario. El individuo armado decidió no perder de vista al doctor y tomando las toallas limpió a su hermano allí mismo, mientras el médico preparaba sus instrumentos para la intervención.

El doctor observaba con asco la piel cobriza de los otros dos que, a juzgar por sus huaraches y sus cicatrices, eran campesinos; preparó todo y cuando se acercó al herido comprobó que su primer diagnóstico había sido por demás acertado. “Esto no es grave”, pensó el doctor, manteniendo su silencio.

Extrajo la bala con facilidad e hizo la sutura, pero entre ambas acciones decidió romper su juramento hipocrático una vez más, sólo que esta vez no por dinero, sino para vengarse de lo que percibía como una de las peores ofensas que había sufrido en su vida. Durante la intervención, metió cuidadosamente el bisturí, que al igual que los otros instrumentos no había esterilizado, e hizo varias incisiones en el colon del herido. “Con esto cabrón saldrás de aquí, pero no durarás mucho”, pensó el médico al terminar los cortes.

Mientras duró la operación, el tipo de la pistola dio al doctor un discurso sobre la injusticia. “Pos sí doctorcito, usted seguro ni se imaginaba que esto pasaría. Tan lejos de donde ‘orita está la matadera, usté en su casita, en un lugar tan bonito. Pero ‘ire así de fácil como llegamos aquí, vamos a llegar al gobierno. Y ‘ora sí se acabaron las injusticias, se acabaron los pobres. Ya verá cómo los pinches ricos nos van a rogar a nosotros cuando séamos el gobierno. Pero yo a usté no lo voy a olvidar por lo de hoy”.

El médico no decía nada, simulando estar concentrado en su labor, pero pensó: “seguro te vas a acordar de mí, hijo de tu chingada madre, seguro te vas a acordar”. Al final, cuando dijo que la operación había concluido, el revolucionario de la pistola decidió irse de allí inmediatamente con su convaleciente hermano.

“Gracias doctor”, dijo el de la pistola como despedida, “siempre me acordaré de usté”. El doctor no dijo nada y los vio escaparse en el auto de lujo último modelo del galeno, que éste había comprado con las curaciones que le hizo a un secretario de Estado.

El herido no vivió por mucho tiempo.

El doctor no fue testigo presencial del triunfo de la revolución pues, al igual que todos los demás ricos, huyó a tiempo del país mientras los pobres seguían siendo pobres, a pesar del cambio de gobernantes y de las nuevas promesas, viendo cómo unos cuantos indigentes ocupaban los lugares del gobierno que los adinerados habían abandonado, y poco a poco empezaban a cometer las mismas faltas que sus antecesores.

El doctor huyó a los EE. UU., desde donde se desentendió por completo de los sucesos de su país. No tardó en ser una persona destacada en la comunidad de inmigrantes latinoamericanos. Siempre presente en los mejores eventos y requerido con frecuencia en conferencias. Seguía siendo el médico de la gente bien, sólo que ahora de la gente bien exiliada.

Gracias a su fama y su reputación, el doctor fue uno de los invitados de honor en una recepción, a la que también asistiría el actual Ministro de salud del país del que el famoso galeno había emigrado. La lujosa recepción se llevaría a cabo en Chicago y el médico no dudó en asistir, no por envanecerse, sino para ir a mofarse de sus compatriotas.

“Ya me imagino la clase de indio pendejo que debe ser el ministrucho ese”, seguía pensando el doctor en su lujosa habitación de hotel en Chicago, antes de volver a ensayar el discurso que daría esa noche en la recepción. Pero alguien tocó a la puerta de su cuarto, delicada y rítmicamente, suaves tonos en la madera de la puerta, interrumpiendo así el solitario ensayo del médico. Éste fue a abrir y su sonrisa se desdibujó cuando dos hombres entraron violentamente en la habitación.

“Buenas noches doctor, soy el Ministro de salud…”, dijo uno de los dos recién llegados, quien tenía una pistola muy desgastada en su mano derecha, la cual medio cubría con una almohada. “A que no me recuerda. Pinche doctorcito, no estoy aquí pa’ contar historias, sino pa’ que vea que yo sí me acuerdo de usté”, dijo y de inmediato disparó a la cabeza del doctor, quien cayó muerto como si fuera un bulto de papas arrojado de un camión.

El acompañante del Ministro, un pandillero en ropa elegante, tomó el arma que le ofrecía el asesino mientras éste le decía: “Dale otros tres disparos y ya sabes, nunca me conociste. Si me fallas cabrón, no sólo no le va a ir bien a tu familia, sino que primero te carga la chingada a ti y luego se los carga a todos ellos peor que a ti. Así que ya sabes”.

“No, no le fallaré Ministro, y créame que siempre me acordaré de usted”, dijo el pandillero en disfraz de elegancia mientras propinaba otros dos balazos al cadáver del galeno y el Ministro de salud desaparecía por el elevador.

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