Pide un deseo

Era un niño pobre. En serio, era muy pobre. Si vieras los mocos que salían de su nariz y se arrastraban hasta secarse en su labio superior lo podrías comprobar. Y nada qué decir de la mugre en sus ropas, en sus brazos y en su cara. Llevaba su mugre como si de una fiel compañera se tratara.
Tenía que ser un niño desgraciado, al menos en apariencia, pues ¿cómo no serlo con un padrastro violento que se la pasaba borracho la mayor parte del tiempo? ¿Cómo no ser desgraciado con una madrastra tirana que lo obligó a dejar la escuela para trabajar pidiendo limosna en las calles?
“Quítate de mi camino”, le gritaba el padrastro, aunque el niño no estuviera obstruyendo el paso de nadie, simplemente para propinarle un puntapié.
“Malditas dos monedas, ¿es todo lo que puedes conseguir en una tarde?”, le reprendía a manera de bienvenida la madrastra propinándole un duro golpe en la cabeza cada que el niño llegaba a la pocilga que llamaban casa.
“¿Por qué tenía el niño padrastro y madrastra?”, quizá te estés preguntando ahora. La respuesta es simple, nadie sabía quién era el papá del niño, y nadie supo quien era su mamá. Simplemente fue encontrado dentro de una caja de cartón, a los pocos días de nacido, afuera de una iglesia. El párroco de ese templo fingió no ver la caja, y se dispuso a dejarla donde estaba, para que alguna alma caritativa pudiese practicar la piedad.
La caja fue recogida por una anciana que vivía en una vieja vecindad. Pero a la vieja no le quedaba mucha vida y, cuando murió, la madrastra vio una oportunidad de ganarse algo de dinero con el niño.
El niño tenía que ser desgraciado, pero no lo era en realidad. Curiosamente, a pesar del ambiente que lo rodeaba, siempre pensó que había algo mejor en algún otro lugar, al que llegaría tarde o temprano.
No era una idea religiosa, porque de religión no sabía nada. No era que se lo inculcaran sus padrastros, quienes se revolvían todos los días en amargura, y cuyos pensamientos no iban más lejos que el color de una botella o la redondez de tres monedas. No era siquiera una esperanza nacida de la semilla de la educación, porque en los pocos días en que el niño fue a la escuela, no escuchó del maestro nada más que críticas y lamentos dirigidos al injusto gobierno, ninguna idea de cualquier otra clase.
El niño simplemente sabía que en algún lugar había algo mejor.
Una tarde, después de haber recibido tres monedas en la zona comercial de la gran ciudad, el niño se dirigió a un viejo callejón a guarecerse del sol y ver si encontraba algo para comer en un contenedor de basura donde solía hallar buenas oportunidades para calmar el vacío de su estómago.
Bajo la sombra que al callejón daban los altos edificios, el niño se disponía a comer una fruta encontrada, no demasiado pasada, cuando vio un extraño destello azul debajo del contenedor de basura.
Era una especie de anillo con una piedra turquesa, que destellaba como si le estuviera dando directamente la luz del sol. Y todo allí era, sin embargo sombra.
El niño frotó la piedra y ésta despidió un luz aún más intensa, cegadora. Cuando los ojos del pequeño recuperaron la vista, notó frente a él a un gnomo sin gorro que lo miraba expectante.
“Pide lo que quieras, niño, que te lo concederé. Pero piensa bien, que sólo puedo hacerlo un sola vez”, le dijo el gnomo, mientras sacaba de su manga un sombrero cónico, que nada tenía de gracioso.
“¿Lo que sea?”, dijo el niño, y se dispuso a pensar en el mejor deseo.
“Lo que quieras se hará realidad, pero sólo tienes una oportunidad”, confirmó el gnomo.
El niño se rascó la cabeza, tanto para pensar como para calmar a los piojos que no le permitían concentrarse. Pensó en comida, en riquezas, pensó quizás en ir a ese lugar al que siempre había querido llegar. Pero se dijo que a ese lugar de todos modos llegaría algún día, así que era mejor pedir algo realmente bueno.
“Que ya no haya maldad ni gente mala en el mundo”, dijo por fin el niño.
El gnomo asintió solemne, y de repente todo fue una cegadora luz y quietud. Los edificios desaparecieron, como desapareció el bullicio.
Al recobrar la vista por segunda vez en el callejón, el niño se encontró de repente en un bosque, nada de edificios, nada de gente, nada de calles, ni siquiera el callejón. Sólo paz y animales salvajes.
Y así, por más que caminó, el niño que con los años se hizo adulto, no encontró ni una ciudad, ni un poblado, de hecho jamás volvió a encontrar a ningún humano. Y vaya que caminó mucho por el mundo.
De esta manera, sin pedirlo en su deseo, el niño llegó al lugar que siempre quiso. Y al gnomo tampoco lo volvió a encontrar jamás.

gnome

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