Aquí no pasó nada

Te contaré tres casos curiosos en los que alguien no asume la responsabilidad de un acto imposible de negar que acaba de realizar, tres casos de un acto a cuya autoría es imposible renunciar, y sin embargo se trata de convencer a los testigos de que jamás fue realizado.

Acabo de presenciar el tercero de estos casos, que si lo hubieran dejado pasar, creeme que no lo mencionaría siquiera. Pero vamos en orden.

El primer caso, un anciano empujando un destartalado carrito de helados Bambi en la deformada avenida Reforma. El viejo y su carrito de helados no corporativos, toda una especie en extinción. Es de todos sabido que los vendedores ambulantes son trabajadores al margen de las leyes que no debieran realizar su comercio en la vía pública. Por esa razón se ven obligados a dar una corrupta cantidad monetaria a los policías que patrullan esos rumbos, para que éstos se vean tolerantes y no los molesten durante su trabajo. El caso es que este viejo vendedor de helados no sólo pagaba su cuota sino que incluso se sentía amigo de los policías (regalándoles helados en días calurosos) que vigilan los rumbos del dorado ángel de la independencia. Por eso no fue extraño que un domingo mientras el policía vigilaba la glorieta del ángel y a lo lejos llegó el hombre de los helados empujando su desvencijado carrito, el segundo (ya sea por diplomacia, respeto, cuidado de su negocio o por amistad) le lanzó al primero un efusivo saludo agitando su mano derecha por arriba de la cabeza, en cuyo rostro brillaba con una gran sonrisa. El policía, en vez de responder el saludo (ya sea por darse ínfulas de superioridad, por darse su lugar, porque estaba de mal humor o por que su jefe estaba por el rumbo) decidió hacer como que no vio el saludo y volteó la mirada hacia otro lugar, muy lejano al anciano del carrito de helados.

En ese momento, el anciano al verse ignorado tan groseramente dejó de agitar la mano, y decidió convertir el saludo en un acicalamiento del pelo en su celosa cabeza, eso sí, mirando a todos lados como para comprobar que nadie había visto que originalmente era un saludo y para demostrar a quien lo hubiese visto que sólo había alzado la mano para acomodar los pocos cabellos grasos de su cabeza, y cuyo rostro en ese momento ya no era iluminada por sonrisa alguna.

El viejo de los helados no se percató de que yo había visto todo, y que yo sabía que su acción sólo le conducía a un ridículo mayor que aquel que creyó haber sufrido en un principio.

El segundo ejemplo. Estoy sentado en una sala de espera, una persona hace preguntas al encargado de atención al cliente, y una vez que terminan de atenderla, agradece y se da media vuelta, pero en eso lanza un gran bostezo digno del león de la MGM. La persona nota que yo observé su síntoma de cansancio y aburrimiento, por eso cierra de inmediato la boca y, nerviosa, empieza a simular que canta; como si el bostezo sólo hubiera sido el principio de su canto. Me pregunto, ¿qué hará esta mujer cuando alguien la ve estornudar?, ¿se pondrá a bailar cha-cha-chá para negar que estornudó?

Tercer caso de negar lo obvio. Una persona que ocupaba un cubículo contiguo al mío en una oficina, en un día de mucha concentración y silencio, dejó escapar una sonora flatulencia, no estentórea, pero sí breve, sonora y perceptible aún para alguien medio sordo como quien esto escribe. Tras su fechoría anal-eólica, el culpable de la contaminación ambiental empezó como a aclarar su garganta con un fuerte “aJJJJummMMM” y a tamborilear los dedos sobre sus escritorio. Vamos, ¿el tipo quería hacerme creer que soy tan tonto que no sé distinguir entre el sonido de un flato y un “ajjjummmm” con Do de pecho mezclado con el tamborilear de los dedos?

Pero bueno, en vez de empezar una acalorada discusión acerca del punto yo decidí retirarme a mucha distancia de su lugar, para que ningún otro sentido aparte del acústico registrara las consecuencias del pedo.

Confieso que me fui simulando no haber oído lo que oí, aguantándome las carcajadas (sí, esas cosas de pedos y cacas siguen siendo tan graciosas para mí como lo han sido desde que iba en la primaria) y haciendo como que iba leyendo unas hojas de traducciones. Y así, de repente me sorprendo haciendo lo que empecé criticando, simulando absurdamente una acción para ocultar la verdadera causa. Soy, nada raro en mí, víctima de mis propias palabras. Está bien, me rindo ante mí, ya no criticaré esas acciones ridículas que pretenden negar lo que todos saben que sucedió. No criticaré más el “aquí no pasó nada” y el “yo no hice lo que todos vieron que hice”. En palabras menos decentes, el acto de hacerse pendejo, y creer que se sale uno con la suya. ¿Qué más puedo decir al respecto?

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