Plegaria

Dios, en  mi desesperación te pido esperanza.

En mi incredulidad por favor infúndeme confianza.

Me cuesta mucho confiar en esta especie fallida, de la cual soy parte,

y de la cual desconfío, porque no tengo confianza ni en mí.

Si eres tan poderoso, si es que existes, si eres un eco de algo que fue, como la luz de alguna estrella,

si eres lo que pensaba Spinoza, y yo sólo el peón en un tablero más que rediseñado,

te pido que me dejes seguir adelante y salir por la puerta, aunque no sea la grande.

No pido ser el toro indultado, pues ese ni siquiera solicitó que lo arrojaran al ruedo,

me importa un comino podrido si muero y nadie me aplica un duelo.

Dame fuerza para llegar al final que me impones, sin tener que pagar impuestos de más,

sin tener que repetir el curso completo en la universidad de la vida,

sin tener que aplicar la diplomacia desgastante.

Dios, déjame salir de aquí, como quiera que sea, sin dolor, sin ser víctima, con lo poco que aún queda de mi corazón.

Sabes que las más de las veces, si no es que todas, fui honesto, o que lo intenté, y que las equivocaciones nunca fueron de mala fe.

Que no hice a nadie, ni a los peores, lo que jamás quise para mí.

No fui bueno, pero tampoco fui malo, si fui tibio, por favor no me vomites, Señor.

Sólo déjame salir, si es que se puede, o al menos déjame descansar en paz.

En ese buzón que se llama urna, cripta o cajón, o en la fosa común, a mí me da igual.

Sólo pido paz, si no se puede para el mundo, al menos paz para mí.

¿Es eso, Dios, demasiado pedir?

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