La sal de la vida

Nacemos llorando, y (algunos) nos lloran cuando nos vamos.

Lloramos por tristeza al igual que por rabia, por los fracasos o por las victorias.

Lloramos con ciertas separaciones y en los reencuentros especiales.

Lloramos para pedir perdón y a veces, en secreto, por no haber podido disculpar.

Lloramos cuando las grietas del corazón dan de sí y todo se derrumba en mil pedazos.

Lloramos sin sentimiento cuando la inclemencia de los años nos ha desgastado el cuerpo.

Lloran algunos cocodrilos del Nilo por cualquier estupidez. Y no falta quien sabe entrenar la humedad de sus ojos, para dominar el alma de alguien más.

Lloramos de dolor, de felicidad y curiosamente la carcajada más demente y natural también nos hace llorar.

Por todo esto es que la mayor parte del mundo está cubierta por agua salada.

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Envejecer

Ella sabe cómo andar entre la multitud, fingiendo demencia, desconociendo a los conocidos; y tú también decides negarla aunque no haya un gallo que cante tres veces, ni quien te venda por monedas a través de un beso. No hay nada por hacer, pues no se puede retroceder el tiempo, no queda más que tragar y aprender, aceptando que todos somos más viejos.

Él se queja de haber entregado todo sin recibir nada a cambio. Pero para ser sinceros ella jamás lo obligó a que hiciera eso. No se vale ofrecer todo y luego empezar por a reclamar abusos y llorar arrepentimientos; mejor es sacar pecho y aceptar que uno se va haciendo viejo.

El tipo del ego gigante, quien respira aplausos, decide ignorar que algún día caerá en el olvido; y esto no es ningún error, es simplemente la ley universal del destino. A veces es sutil como una caricia, otras es fuerte como latigazo, pero siempre llega el descubrimiento de que a pesar de lo que hagamos por contrarrestarlo, nos va carcomiendo el tiempo.

Silencioso en una habitación fría, conoces en carne viva el significado del abandono. La felicidad duradera es demasiado escasa por estos rumbos, y ahora que lo pienso también es escaso el dinero. Si fueses un genio desde tu lámpara podrías pasarte la vida riendo, pero a pesar de eso no evitarías el irte haciendo más viejo.

Tratas de robar doncellas en tu afiebrada imaginación, intentas montar caballos que ya tienen dueño. Te engañas en cacerías sin sentido, tratando al final de revivir viejas amistades. En realidad no me importa lo que hagas, mi corazón está demasiado aturdido; apenas y siento. Sólo sé que a cada momento me voy haciendo más viejo.

Éxito

Se acerca desgarbado, dando tumbos con su anatomía de tambo y sonido de tambor relleno de tejido adiposo. La suya es una panza descomunal como la que yo empiezo a formarme a finales de los 30 (que quizá alcance la descomunalidad a mis 45*), pero él no tiene ni 20. Exceso de McDonald’s y mierdas similares, mezcladas con horas de videojuegos. Sus únicos músculos fuertes son los de sus ojos y sus dedos pulgares. Lleva el pelo atado en una larga trenza solidificada y tiesa por la grasa y la mugre, el fijador perfecto. En las manos no lleva un libro (todo lo que lee debe estar en una pantalla), sino un disco, su premio por triunfar en un campeonato de videojuegos. Aborda el colectivo cuyos amortiguadores resienten el peso del campeón cilindroide de los juegos de video, si las cosas hablaran, el colectivo seguro lo insultaba. El campeón del mundo virtual mira con cierta envidia los anuncios que afean las calles, soñando con ser uno de los musculosos o flacos modelos andróginos que aparecen en ellos anunciando finas fragancias o ropa interior.
Yo alguna vez soñé con ser escritor y terminé traduciendo (no me autoinsulto, pero sí hay algo de diferencia, conste que Cortázar fue traductor, lo mismo que Baudelaire). No puedo evitar preguntarme en qué acabará el campeón hipopotámico. Quizá sea un gerente de restaurante de comida rápida (tapando más sus arterias entre comidas) o desempeñando el mismo puesto en una tienda de videojuegos (jugando y jugando en lo que llega un cliente, y jugano más cuando los clientes estén allí). Quizá se convierta en repartidor de pizzas, pero si no baja de peso correrá el riesgo de tragarse la motonta como si se tratara de un supositorio). Igual y tiene suerte y se saca la lotería, pero seguro se compraría todas las consolas habidas y por haber, para encontrar consuelo existencial en ellas, y adiós dinro en una sola sentada. Es probable que termine como lector de noticias en un noticiario matutino. Bueno, si es que se hace la liposucción. Quizá el fulano acabe en la misma cola de desempleados que yo, mendigando un trabajo que nos permita ganar nuestro pan de cada día. Aunque como es la vida y como están las cosas, el panzón será quizá un gran neoliberal que nos tendrá agarrados de las bolas a todos, al estilo de Bill Gates o bodrios de esa calaña. No es melancolía ni ardor, es la realidad.
Oct-2004
*Nota de actualización. Hoy en día ya tengo 48, y no, mi panza no es ni la mitad que la de aqu{el joven de 20 años, y mira que es una gran panza la mía.
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La caída

Cuando a la pregunta “¿cómo está tu familia?”, se la responde con algo como “todos bien, bueno… mi mamá (o papá) se cayó hace unas semanas…”, y quien la responde es una persona de más de 36, irremediablemente suena a decadencia bien declarada para el progenitor o progenitora que con su anatomía fue víctima de la ley de gravitación universal. Eso es lo que yo creo.

Desde mi tiern infancia con memoria incluida he sido testigo de esa respuesta entre conocidos y desconocidos, a quienes casualmente se las escucho; como hoy por la mañana, en que caminaba por el parque en mi ejercicio diario y tres mujeres, ninguna menor de 70 inviernos, conversaban. Una de ellas dijo eso de la caída de su mamá (alguien que sin duda debe tener al menos 85 años), y de que dicha madre más o menos se estaba ya recuperando.

“Mi papá o mi mamá se cayó hace unos días”, el instante referido en esa frase marca el momento oficial en que los buitres y demás seres carroñeros empiezan a volar en círculo en el cenit atmosférico de la vida de un anciano, al menos figurativamente. A partir de dicha caída, nadie jamás se vuelve a levantar del todo. Nadie. Los viejos una vez caídos pueden volver a caminar, pero algo en ellos sigue, y seguirá en el suelo, hasta que sean cenizas o habiten tres metros bajo tierra.

Pueden pasar meses o años en esa antesala al más allá, pero desde la caída mentada nada vuelve a ser igual. Ahí tienes a los viejos que insisten en seguir vivos, usando y abusando de los adelantos médicos, negando que su futuro es en definitivamente mucho más breve que su pasado. Aceptando vampíricamente órganos para sustituir sus decadentes podredumbres, consumiendo medicamentos que a alguien realmente pudieran hacerle falta. Y los buitres siguen volando.

A partir de esa caída, algunos familiares del anciano comienzan a hacer cuentas, cálculos de lo que podrían recibir tras el KO cercano al último round que ganará la parca por decisión unánime. A veces esos familiares hacen visitas corteses al caído para que este no los olvide en su testamento (tan cercano a ser público), otras sólo se limitan a seguir calculando los días restantes a una saludable distancia, pues no quieren contaminarse del fin próximo. Sienten la muerte tan ajena y lo mejor es estar lejos de ella.

Otros familiares se quedan al lado de los que cayeron, desembolsando en medicamentos y tratamientos, en atenciones y demás, prolongando absurdamente la locura de quien debió haber caído definitivamente y quedarse en la lona, sin el tiempo extra, que marchita y percude hasta al más lozano.

Sonará cruel lo que digo, en verdad no me importa si es así, simplemente es cierto. ¿De dónde diablos habrá salido la idea de que “es una bendición ser viejo”? ¡Patrañas carajas!

Que Dios no olvide que cuando me toque caer (para lo que no creo que falte mucho), y me permita quedarme en el suelo (o mejor en el subsuelo).

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El gato Basilio

Me gustan los animales.

De mascotas suelo preferir a los perros y a los gatos. Aunque los respeto, a los reptiles mejor a mucha distancia y los insectos me alteran.

No tolero que se maltrate a un animal. Quizás eso se deba a que de pequeño quise matar de un disparo a una lagartija, y terminé torturándola sin que ese fuera mi objetivo (su anhelo de vivir fue más fuerte que mi deseo de eutanasia para ella). Jamás tendría un ave de mascota, no creo que hayan nacido para permaneces en una jaula, y las gallinas y los patos no son buena compañía.

Antes tenía preferencia por los perros. Fieles, obedientes y que acuden cuando los llamas (me tragaba esos estereotipos). Los gatos eran para mí (como para mucha gente), seres traidores, egoístas, aprovechados e indiferentes; características que la gente suele despreciar en sus mascotas y en sus parejas, pero que sienten que son maravillosas cualidades en su propia personalidad.

Actualmente tengo una perra, no es oficialmente mía, pero a veces actuamos como si lo fuera. No es obediente, acude a mi llamado cuando considera que es oportuno hacerlo, se sienta cuando se cansa y no cuando se lo pido y tiene una mirada que me hace creer que me estima. Pero la mascota que más he querido, y que a veces me visita en sueños, es el gato
Basilio.

Lo trajeron a casa cuando era muy pequeñito, quizás porque no convivió con gatos, pero sí con humanos a muy temprana edad, terminó creyendo que él también era humano. Su mirada era distinta a la de cualquier otro gato. En sus verdes ojos se llegaba a notar más filosofía y humanidad que en las miradas de muchas personas que he conocido. Basilio no ronroneaba ni maullaba, sino que emitía sonidos raros similares a los de un bebé cuando intenta aprender a hablar.

Basilio era negro (negro, no “de color” y mucho menos “afroamericano”), pero no totalmente, pues en su panza tenía una mancha blanca; que desapareció temporalmente cuando lo operaron para castrarlo, tiempo durante el cuál solía mirarnos como diciendo: “¿por qué lo hicieron?, además duele un carajo”.

Basilio fue siempre un poco malhumorado. Desde pequeño protestaba con sus extraños sonidos y rasguñando cada vez que algo no le parecía bien. Confieso que me molestaba cuando se ponía a jugar al cazador con mis pies descalzos cada mañana que yo salía del baño. Agazapado esperaba en una emboscada que tenía como fin atacar mis pies. Bueno, pero eso no era muestra de su mal humor, simplemente era una forma en que él se divertía.

Un día llegó a casa un gato callejero color miel, tan golpeado que bien pudo ser el actor principal de la última parte de la pasión de Cristo si Mel Gibson hubiera decidido realizarla con gatos. Ese gato color miel se recuperó poco a poco, pero Basilio, celoso como el Dios del antiguo testamento, soportó estoicamente su odio.

El gato color miel se recuperó totalmente y decidió quedarse en mi casa, fue que se le puso el nombre de Charmín.

Charmín intentaba jugar con Basilio, pero éste, mostrando su lado ‘humano’, lo despreciaba. Un día, Basilio pareció cambiar con respecto a Carmín, empezaron a jugar alegremente en el jardín. Cierto día, Basilio salió a la calle, jugando a que Charmín lo perseguía . Basilio se alejaba cada vez más, seguido de su nuevo amigo, hasta que ambos se perdieron de vista. Basilio regresó, pero jamás volvimos a saber de Charmín.

Basilio entonces volvió a ser el dueño de la casa. Debo mencionar que rara vez él acudía cuando uno le llamaba, pero curiosamente iba siempre hacia la puerta cuando escuchaba que alguien llegaba. Cuando uno entraba, Basilio comenzaba a dar una especie de discurso de bienvenida en su idioma gato-humano, y lo terminaba hasta que uno recorría las escaleras.

Un frío noviembre se anunció que en la ciudad podría verse una lluvia de estrellas, si es que el cielo permanecía despejado en la noche. El asunto me llamó la atención, y me uní a familiares y amigos en la búsqueda de un buen lugar para presenciar el espectáculo astronómico. Vagamos desesperadamente por la gélida cuidad para encontrar el mejor sitio,
hasta llegar a la punta de un monte donde se encuentra una basílica. Esa basílica que tiene a un lado la tétrica escultura de San Jorge matando al dragón. De día esa estructura siempre me ha parecido horrenda, pero de noche es intolerable. Por otro laso, ese santo sitio no es famoso por ser un lugar seguro; así que tras esperar un tiempo y comprobar que no se veían
estrellas llover por ningún punto del cielo, decidimos largarnos de ahí.

Yo en el fondo ansiaba mucho ver la lluvia de estrellas, así que sugerí que fuéramos al jardín de mi casa para presenciar desde allí lo que se pudiera. El frío había acabado con la paciencia de mis compañeros y cortésmente me mandaron al infierno con todo y mi proposición. Así que llegué a casa resignado a ver solo el espectáculo. Busqué un grueso cobertor y bajé al jardín. Me tumbé en el pasto y bien cobijado vi pasar una estrella fugaz.
Tal visión me alegró, pero sentí una especie de euforia al escuchar un saludo familiar en un idioma privado. Basilio se acercaba a mí como preguntándome qué estaba haciendo allí, y acurrucándose a mi lado pareció decirme que había decidido acompañarme.

Yo lo abracé y lo cubrí, y comencé a platicarle lo que sabía de las estrellas fugaces. Le dije que son estrellas que se mueven muy rápido, que son muy bonitas y que puedes pedir un deseo cuando las ves. Y así nos quedamos ambos hasta que nos cansamos de ver la lluvia y se me acabaron los deseos a pedir. Agradecí a Basilio su compañía y me fui a dormir.

Pasaron los meses y a casa llegaron unos cachorros de gato. Alguien no resistió la tentación de adoptar a tres mininos bebés. Pero esto no le hizo ninguna gracia a Basilio, quien empezó a protestar haciendo destrozos y defecando en lugares indebidos (el colmo fue hacerlo en la recámara de mi alcohólico y estúpido vecino). Además decidió seguir su protesta rayando autos y atacando los canarios que el estúpido vecino tenía encerrados en
una jaula.

Pensamos regalar a basilio a un señor que nos hacía en casa labores de albañilería y jardinería, quien tenía una buena amistad con el gato (cuando el señor venía a hacer trabajos en mi casa, ambos pasaban buenos ratos conversando). Pero la idea fue desechada, pues este señor tenía en su casa un perro muy bravo, famoso por matar a los gatos que incautamente se le acercaban.Basilio, por cierto, mantenía una buena relación diplomática y cercana con nuestra perra, pero el can del señor no parecía no ser nada tolerante con el mundo felino, así que no quisimos correr el riesgo.

Basilio se hizo cada vez más rebelde e insoportable, los vecinos (incluyendo al estúpido) protestaban por los destrozos que hacía el felino encaprichado en sus propiedades. Yo insistía que lo dieran en adopción.

El caso es que un día regresé a casa y Basilio no estuvo allí para recibirme. Me contaron que lo habían llevado a sacrificar y que mientras moría, con sus ojos y en su idioma privado pareció preguntar “¿por qué?”. Esto ojalá no me lo hubieran dicho.

Creo que le debía algo a Basilio, y aunque esto no es mucho, es algo sincero. El jardinero sigue recordando a Basilio, quien ocasionalmente suele visitarme en sueños.

Tan libre

Ella era del tipo de mujeres libres, así se autoetiquetaba, libre como el aire, como las aves y, a veces, como las olas del mar.

Reía de manera contagiosa, pero hueca y estudiada, decía no tener un objetivo preciso, pero en realidad su finalidad era tener el bolso repleto, es estómago satisfecho, un techo siempre y el futuro asegurado. ¿Quién la puede culpar por eso?

Llamaba la atención, aprendió a hacerlo desde muy temprano, ya con el tiempo era algo que se le daba en automático.

Imán de reflectores, encanto en el ambiente, todos se peleaban por cederle el asiento, con tal de obtener siquiera una tenue sonrisa de parte de ella, como de gratitud obligada. ¿Quén la puede culpar de que se haya acostubrado a todo eso?

El problema fue que insistiese tanto conmigo con eso de la libertad y de no tener un camino. Esa era mi línea, no la suya. Yo lo vivo, ella sólo lo presumía.

El problema fue alentar a mi gemelo, el enemigo interno, que siempre gustó de autoboicotearme. Lo alimentó, lo engrandeció, hasta que fue imposible controlar la situación. Alguien se tuvo que ahogar en el mar.

Y ella va, como la nave de Fellini, acumulando éxitos en los umbrales de su otoño. Yo de nuevo feliz en mi extravío, de extraviado pingüino estepario, contento de que en la lejanía de su cercania le esté yendo a ella bien.

La moraleja es que no se recomienda pretender ser otra persona con tal de agradar a un cangrejo, ni tratar de ir hacia el frente cuando el futuro relativo corre hacia atrás.

Mi mundo ideal

En mi  mundo ideal, todas las personas nos repetaríamos, tanto en semejanzas como en diferencias.

Se hablaría para solucionar las cosas y se antepondría el bien común, que es de todos.

La explotación de cualquier tipo sería simplemente un fea pesadilla del pasado, irrepetible.

En mi mundo ideal todos tendrían bienestar, y yo estaría en tus brazos más tiempo.

Quiero seguir pensando que toda esa paz se puede lograr, aunque la historia y el presente me contradigan.

Quiero seguir creyendo que algún día todos despertaremos y veamos que hay muchas cosas más importantes que el dinero.

No necesitaríamos sentirnos como hermanos, bastaría con pensar que somos iguales.

Bueno ese es mi muno ideal, y seguiré creyendo contra todas las probabilidades de que se puede alcanzar.

mundo

Las frías noches de diciembre

Las frías noches de diciembre me hacen pensar,
Plasmar mis deseos en hojas blancas, recordando todo lo que no recordé decirte cuando estabas frente a mí.
Cuando te veo, me enfoco tanto en el momento,
Que permanezco mudo mientras a mi lado pasa como robado el tiempo.
En esas mismas hojas quisiera describir con justicia,
Cada rincón y milímetro que hacen soberbia tu anatomía,
O poder recrear como un gran bien de mi memoria
Cada idea, cada palabra que me dijiste bajo la sombra.
Pero en las frías noches de diciembre me encuentro solo
Tan solo como el gélido viento del norte
Tratando de plasmar tus recuerdos en un papel
Que ojalá guardaras muy cerca de tu cálido pecho.
Y sueño con historias de conquistas, sitiando tu corazón
Que al final cae rendido, como ante el tuyo cayó el mío.
E imagino que la distancia se acaba por fin para ambos
Y salimos juntos a recuperar el tiempo perdido.
No me importa que lo escrito en esas hojas no le guste a nadie,
En tanto tú las encuentres sinceras y agradables.
Aunque al final sienta que no puedo plasmar en ellas
Ni la mitad de lo que siento que son verdades.
Pero es todo lo que puedo hacer en las frías noches de diciembre
Mientras mi alma espera por ti.
Dic ‘04
cold

Moscas

Moscas, menos que moscas.

Insignificantes seres masivos, adiestrados para realizar cosas insensatas. Aleccionados a marchar como ejércitos carentes de motivo, hacia ningún lugar. Desechables, sacrificables. Carne de un cañón que dispara desperdicios.

Cuidado con salirte de la línea, porque alguien, no el principal, pero sí uno de sus matones, hará que el periódico enrrollado caiga sobre ti, y quedarás hecho una mancha momentánea, la solución definitiva a una pequeña molestia.

Esos de arriba tienen a sus policías, generales. narcotraficantes, gobernadores, presidentes, terroristas, líderes de cualquier índole… todos comprados, ellos son los periódicos enrrollados para aplastarte si tu zumbido comienza a ser molesto. Aquellos que no se dejan comprar o no acatan las órdenes, son aplastados por el rollo gigante.

Por eso lo seguro es seguir marchando, aturdidos, creyendo que los deportes son cosa seria, que la televisión nos informa, que la música que oyes todo el día es arte, no preguntes más allá de lo que corresponde a tu guión. No mires por encima de la valla.

Las moscas estamos en estratos, jerarquía de la mierda. Pero los de hasta arriba, que no son moscas, son pocos, muy pocos, muy poderosos, con todo el dinero. De los presidentes hacia abajo sólo moscas, y los niveles inferiores somos menos que moscas.

Es fácil saber en qué nivel estás, basta con que te respondas estas preguntas: ¿te crees el cuento de la democracia? ¿crees que tu voto vale para algo? Si respondes que sí, eres menos que las moscas. Si respondes que no, y esa respuesta te enerva y te parece un burla e injusticia, también eres menos que las moscas. Más te vale que no digas nada, sino el periódico enrrollado que corresponde a tu nivel irá por ti para que no molestes a los que tienes inmediatamente arriba.

Así parece funcionar la vida hoy en día.

mosca