El gato Basilio

Me gustan los animales.

De mascotas suelo preferir a los perros y a los gatos. Aunque los respeto, a los reptiles mejor a mucha distancia y los insectos me alteran.

No tolero que se maltrate a un animal. Quizás eso se deba a que de pequeño quise matar de un disparo a una lagartija, y terminé torturándola sin que ese fuera mi objetivo (su anhelo de vivir fue más fuerte que mi deseo de eutanasia para ella). Jamás tendría un ave de mascota, no creo que hayan nacido para permaneces en una jaula, y las gallinas y los patos no son buena compañía.

Antes tenía preferencia por los perros. Fieles, obedientes y que acuden cuando los llamas (me tragaba esos estereotipos). Los gatos eran para mí (como para mucha gente), seres traidores, egoístas, aprovechados e indiferentes; características que la gente suele despreciar en sus mascotas y en sus parejas, pero que sienten que son maravillosas cualidades en su propia personalidad.

Actualmente tengo una perra, no es oficialmente mía, pero a veces actuamos como si lo fuera. No es obediente, acude a mi llamado cuando considera que es oportuno hacerlo, se sienta cuando se cansa y no cuando se lo pido y tiene una mirada que me hace creer que me estima. Pero la mascota que más he querido, y que a veces me visita en sueños, es el gato
Basilio.

Lo trajeron a casa cuando era muy pequeñito, quizás porque no convivió con gatos, pero sí con humanos a muy temprana edad, terminó creyendo que él también era humano. Su mirada era distinta a la de cualquier otro gato. En sus verdes ojos se llegaba a notar más filosofía y humanidad que en las miradas de muchas personas que he conocido. Basilio no ronroneaba ni maullaba, sino que emitía sonidos raros similares a los de un bebé cuando intenta aprender a hablar.

Basilio era negro (negro, no “de color” y mucho menos “afroamericano”), pero no totalmente, pues en su panza tenía una mancha blanca; que desapareció temporalmente cuando lo operaron para castrarlo, tiempo durante el cuál solía mirarnos como diciendo: “¿por qué lo hicieron?, además duele un carajo”.

Basilio fue siempre un poco malhumorado. Desde pequeño protestaba con sus extraños sonidos y rasguñando cada vez que algo no le parecía bien. Confieso que me molestaba cuando se ponía a jugar al cazador con mis pies descalzos cada mañana que yo salía del baño. Agazapado esperaba en una emboscada que tenía como fin atacar mis pies. Bueno, pero eso no era muestra de su mal humor, simplemente era una forma en que él se divertía.

Un día llegó a casa un gato callejero color miel, tan golpeado que bien pudo ser el actor principal de la última parte de la pasión de Cristo si Mel Gibson hubiera decidido realizarla con gatos. Ese gato color miel se recuperó poco a poco, pero Basilio, celoso como el Dios del antiguo testamento, soportó estoicamente su odio.

El gato color miel se recuperó totalmente y decidió quedarse en mi casa, fue que se le puso el nombre de Charmín.

Charmín intentaba jugar con Basilio, pero éste, mostrando su lado ‘humano’, lo despreciaba. Un día, Basilio pareció cambiar con respecto a Carmín, empezaron a jugar alegremente en el jardín. Cierto día, Basilio salió a la calle, jugando a que Charmín lo perseguía . Basilio se alejaba cada vez más, seguido de su nuevo amigo, hasta que ambos se perdieron de vista. Basilio regresó, pero jamás volvimos a saber de Charmín.

Basilio entonces volvió a ser el dueño de la casa. Debo mencionar que rara vez él acudía cuando uno le llamaba, pero curiosamente iba siempre hacia la puerta cuando escuchaba que alguien llegaba. Cuando uno entraba, Basilio comenzaba a dar una especie de discurso de bienvenida en su idioma gato-humano, y lo terminaba hasta que uno recorría las escaleras.

Un frío noviembre se anunció que en la ciudad podría verse una lluvia de estrellas, si es que el cielo permanecía despejado en la noche. El asunto me llamó la atención, y me uní a familiares y amigos en la búsqueda de un buen lugar para presenciar el espectáculo astronómico. Vagamos desesperadamente por la gélida cuidad para encontrar el mejor sitio,
hasta llegar a la punta de un monte donde se encuentra una basílica. Esa basílica que tiene a un lado la tétrica escultura de San Jorge matando al dragón. De día esa estructura siempre me ha parecido horrenda, pero de noche es intolerable. Por otro laso, ese santo sitio no es famoso por ser un lugar seguro; así que tras esperar un tiempo y comprobar que no se veían
estrellas llover por ningún punto del cielo, decidimos largarnos de ahí.

Yo en el fondo ansiaba mucho ver la lluvia de estrellas, así que sugerí que fuéramos al jardín de mi casa para presenciar desde allí lo que se pudiera. El frío había acabado con la paciencia de mis compañeros y cortésmente me mandaron al infierno con todo y mi proposición. Así que llegué a casa resignado a ver solo el espectáculo. Busqué un grueso cobertor y bajé al jardín. Me tumbé en el pasto y bien cobijado vi pasar una estrella fugaz.
Tal visión me alegró, pero sentí una especie de euforia al escuchar un saludo familiar en un idioma privado. Basilio se acercaba a mí como preguntándome qué estaba haciendo allí, y acurrucándose a mi lado pareció decirme que había decidido acompañarme.

Yo lo abracé y lo cubrí, y comencé a platicarle lo que sabía de las estrellas fugaces. Le dije que son estrellas que se mueven muy rápido, que son muy bonitas y que puedes pedir un deseo cuando las ves. Y así nos quedamos ambos hasta que nos cansamos de ver la lluvia y se me acabaron los deseos a pedir. Agradecí a Basilio su compañía y me fui a dormir.

Pasaron los meses y a casa llegaron unos cachorros de gato. Alguien no resistió la tentación de adoptar a tres mininos bebés. Pero esto no le hizo ninguna gracia a Basilio, quien empezó a protestar haciendo destrozos y defecando en lugares indebidos (el colmo fue hacerlo en la recámara de mi alcohólico y estúpido vecino). Además decidió seguir su protesta rayando autos y atacando los canarios que el estúpido vecino tenía encerrados en
una jaula.

Pensamos regalar a basilio a un señor que nos hacía en casa labores de albañilería y jardinería, quien tenía una buena amistad con el gato (cuando el señor venía a hacer trabajos en mi casa, ambos pasaban buenos ratos conversando). Pero la idea fue desechada, pues este señor tenía en su casa un perro muy bravo, famoso por matar a los gatos que incautamente se le acercaban.Basilio, por cierto, mantenía una buena relación diplomática y cercana con nuestra perra, pero el can del señor no parecía no ser nada tolerante con el mundo felino, así que no quisimos correr el riesgo.

Basilio se hizo cada vez más rebelde e insoportable, los vecinos (incluyendo al estúpido) protestaban por los destrozos que hacía el felino encaprichado en sus propiedades. Yo insistía que lo dieran en adopción.

El caso es que un día regresé a casa y Basilio no estuvo allí para recibirme. Me contaron que lo habían llevado a sacrificar y que mientras moría, con sus ojos y en su idioma privado pareció preguntar “¿por qué?”. Esto ojalá no me lo hubieran dicho.

Creo que le debía algo a Basilio, y aunque esto no es mucho, es algo sincero. El jardinero sigue recordando a Basilio, quien ocasionalmente suele visitarme en sueños.

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