La caída

Cuando a la pregunta “¿cómo está tu familia?”, se la responde con algo como “todos bien, bueno… mi mamá (o papá) se cayó hace unas semanas…”, y quien la responde es una persona de más de 36, irremediablemente suena a decadencia bien declarada para el progenitor o progenitora que con su anatomía fue víctima de la ley de gravitación universal. Eso es lo que yo creo.

Desde mi tiern infancia con memoria incluida he sido testigo de esa respuesta entre conocidos y desconocidos, a quienes casualmente se las escucho; como hoy por la mañana, en que caminaba por el parque en mi ejercicio diario y tres mujeres, ninguna menor de 70 inviernos, conversaban. Una de ellas dijo eso de la caída de su mamá (alguien que sin duda debe tener al menos 85 años), y de que dicha madre más o menos se estaba ya recuperando.

“Mi papá o mi mamá se cayó hace unos días”, el instante referido en esa frase marca el momento oficial en que los buitres y demás seres carroñeros empiezan a volar en círculo en el cenit atmosférico de la vida de un anciano, al menos figurativamente. A partir de dicha caída, nadie jamás se vuelve a levantar del todo. Nadie. Los viejos una vez caídos pueden volver a caminar, pero algo en ellos sigue, y seguirá en el suelo, hasta que sean cenizas o habiten tres metros bajo tierra.

Pueden pasar meses o años en esa antesala al más allá, pero desde la caída mentada nada vuelve a ser igual. Ahí tienes a los viejos que insisten en seguir vivos, usando y abusando de los adelantos médicos, negando que su futuro es en definitivamente mucho más breve que su pasado. Aceptando vampíricamente órganos para sustituir sus decadentes podredumbres, consumiendo medicamentos que a alguien realmente pudieran hacerle falta. Y los buitres siguen volando.

A partir de esa caída, algunos familiares del anciano comienzan a hacer cuentas, cálculos de lo que podrían recibir tras el KO cercano al último round que ganará la parca por decisión unánime. A veces esos familiares hacen visitas corteses al caído para que este no los olvide en su testamento (tan cercano a ser público), otras sólo se limitan a seguir calculando los días restantes a una saludable distancia, pues no quieren contaminarse del fin próximo. Sienten la muerte tan ajena y lo mejor es estar lejos de ella.

Otros familiares se quedan al lado de los que cayeron, desembolsando en medicamentos y tratamientos, en atenciones y demás, prolongando absurdamente la locura de quien debió haber caído definitivamente y quedarse en la lona, sin el tiempo extra, que marchita y percude hasta al más lozano.

Sonará cruel lo que digo, en verdad no me importa si es así, simplemente es cierto. ¿De dónde diablos habrá salido la idea de que “es una bendición ser viejo”? ¡Patrañas carajas!

Que Dios no olvide que cuando me toque caer (para lo que no creo que falte mucho), y me permita quedarme en el suelo (o mejor en el subsuelo).

ali

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