Historia de un Jamás

El lugar, al que entraste sólo por el antojo de churros con chocolate, parecía ruinoso. Su decoración era de un estilo que hace 30 años solía considerarse vanguardista, y que hoy se considera caduco y viejo. Incluso conservaban los manteles plastificados de siempre y unas viejas lámparas de neón que emitían una mortecina luz. Te sentaste junto a la ventana, por donde veías llover horizontalmente varias parejitas de adolescentes enamorados saliendo de su escuela secundaria.

El mesero con modales de burócrata cansado te preguntó dura y secamente (demasiado para la sensibilidad de cualquier mexicano clasemediero) qué querías. El hombre era bajo, pero algo en él lo hacía parecer más alto. Tenía bigotes curveados como los de un hombre fuerte del circo, pero eso no era lo que le daba la altura de la que en verdad carecía. Cuando le preguntaste qué es lo que había, para poder ordenar, él como única respuesta se dio media vuelta y regresó, siempre en silencio, con la carta del menú que te arrojó a la mesa, tal como un soberbio arroja perdones.

El menú fue recorrido sin prisa alguna por tus ojos, el mesero esperó desesperado, tratando de ocultar su impaciencia, pues de todas maneras no había ningún otro cliente en el lugar. Pediste exactamente lo que tenías pensado antes de entrar; pero lo hiciste después de preguntar cuál era la diferencia entre el chocolate español, el francés y el mexicano (los tres estaban mencionados en la carta). La escueta respuesta fue: “El chocolate español es muy espeso”. Lo pediste mexicano con dos churros, ignorando cuál era la cualidad del chocolate francés.

El cuaderno a tu lado había esperado hasta entonces. Cuando el mesero se retiró con tu orden, fue que comenzaste a escribir lo que se te iba ocurriendo. Era noche de Halloween, tal como aquella noche en que la acompañaste a esa chica a elegir el disfraz para una fiesta (fiesta a la que no acudirías). Ella optó por ser Gatúbela, vestida para matar, y aquella noche no sólo te mató a ti y a tu objetivo con sus encantos, sino a casi todo aquél la vio. Aunque tú ya habías muerto por ella desde antes.

El sentimiento que ella despertaba en ti era algo mucho más allá del hechizo que conjuraba su cuerpo. Ahora ella estaba ocupada y tú matabas el tiempo esperándola en este lugar de chocolates y churros. ¿Qué mejor manera de pasar el tiempo que escribiendo, ahora que no tenías un libro a la mano? En esta ocasión tampoco tenías pensado qué ibas a escribir, sólo dejaste que la pluma se deslizara por el papel.

El arreglo de la situación que ella y tú habían acordado hacía tres semanas permitía que esta noche la relación de montaña rusa que mantenían se encontrara en una calma infrecuente. Al menos eso creíste. Cuando empezaste a leer lo que automáticamente escribías, grande fue tu sorpresa, pues descubriste allí plasmado lo que te habías callado durante años. Ahora esas cosas calladas a lo largo de los años estaban dichas en el papel.

El rencor y la molestia crecían conforme seguías escribiendo, mezclándose con un dolor ocasionado por el hecho de seguir queriéndola. El escrito terminó siendo una carta, no muy extensa a pesar de su pesado contenido. Cada renglón te lastimaba como sólo puede lastimar la verdad. La firmaste y creíste que ésta sería tu despedida, tu adiós definitivo para con ella. Los reproches, verdades y muestras de afecto registrados en papel te iban quitando grandes pesos del alma. Sentías alivio de haberlo expresado todo, pero también un pesar y un vacío ante la inminente separación.

El papel fue arrancado del cuaderno y doblado en cuatro. Pagaste la comida que ni siquiera probaste y saliste de allí, para encontrarte con ella, entregarle la carta y no volver a verla nunca más. El mesero no puso gesto de sorpresa, no tanto por ser inmutable ante comida abandonada, sino porque mientras pagaran ¿qué le importaba que los clientes no consumieran su comida?

El encuentro con ella no tardó en efectuarse. Ella pareció muy feliz de verte. Con seriedad absoluta le entregaste la carta diciéndole que todo estaba allí. Silencioso, como el mesero que te atendió hacía unos momentos, te diste la media vuelta y te perdiste en la noche sin mirar atrás.

El círculo vicioso se retomó siete días después, cuando la buscaste. Tu ‘jamás’ sólo duró una semana.

Nov 2005

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s