La tumba del patriarca

El viejo era un patriarca de veras, de esos que esperan siempre que toda la familia dependa de ellos. De esos que gustan de dictar las direcciones que todos en la familia deben seguir. De esos a quienes les encanta demostrar que son bien machos, capaces de repudiar a un hijo o a una hija por ser ‘diferentes’.

A pesar de ser muy viejo, el patriarca era fuerte como un roble, por eso su agonía se prolongó varios días. Seguramente no quería dar a la muerte su brazo a torcer.

Murió un 20 de noviembre. Fecha en que se conmemora aquella vieja revolución de la que él solía hablar tanto, aunque no tenía ni siquiera cinco años cuando ésta ocurrió. El viejo murió cuando poco le faltaba para cumplir 100 años de edad.

Los 33 familiares del viejo, contados hijos, nietos, bisnietos, tataranietos y viuda, ignoraron la última voluntad del anciano. No hubo un funeral como el viejo quería, ni mariachis, pues ‘argumentando’ estar en la pobreza la familia decidió que no hubieran siquiera ni lápida ni cruz para la tumba.

El anciano yacía en una caja de pino (hecha por uno de sus nietos) bajo un montón de tierra. Nadie le regaló al difunto ni el pétalo de una flor.

A partir de entonces, cada uno de los 33 miembros de la familia hizo lo que no se atrevió a hacer mientras el viejo vivía. Cada quién jaló para su santo, decían lo que les venía en gana, despilfarraron el dinero (lo del entierro fue sólo un argumento, obviamente), se peleaban unos contra otros; pero eso sí, todos seguían viviendo en la casa del anciano. “Si el viejo se enterara, se revolcaría en la tumba”, decía la gente al ver en lo que se había convertido la familia, que en otro tiempo fue ejemplo de disciplina. Y ¿quién sabe?, igual y el cadáver realmente se estaba revolcando en el panteón de Xoco.

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Un día de muertos, un vagabundo entró por curiosidad al panteón de Xoco. Estaba asombrado de ver tantas flores amarillas por doquier, de ver tantos vivos en un lugar destinado a los muertos, de tantas ofrendas. Estaba asombrado de que unos visitantes llevaran mariachis ‘a sus muertitos’, de que otros se quedaran a ‘platicar con sus difuntos’ y de que no pocos brindaran incluso con los que ‘se les habían adelantado’ hasta alcanzar sobrehumanos niveles etílicos.

Xoco es un cementerio en donde se respira humildad. No hay ni un sepulcro lujoso, ni una bella escultura de ángeles. Hay sobre todo lápidas y cruces sencillas, quizás una que otra cripta, pero de modestas paredes y con una simple puertita. En el cementerio hubo una tumba que sorprendió al vagabundo, pues ésta no era más que un montón de tierra, ni una cruz hecha con dos palos en ella, ni una plaquita que dijera quién estaba allí sepultado. Un vil montón de tierra.

La tumba vecina, que estaba inmediatamente al lado de la que había sorprendido al vagabundo, era también un montón de tierra, pero al menos éste se hallaba delimitado con ladrillos semienterrados, que en su conjunto formaban un rectángulo del que sobresalía una cruz hecha con varillas de construcción. La cruz de varillas estaba ese día adornada con flores amarillas, de las cuáles colgaba el nombre de la difunta y los años que había vivido.

El vagabundo sintió pena por el anónimo montón de tierra, que ni varilla ni ladrillo tenía para destacarla, y en un impulso piadoso robó una flor amarilla de la tumba vecina, para dejarlo donde yacía el ser sin nombre mientras susurraba: “para que veas que te recuerda algien que ni siquiera te conoció”. El vagabundo se fue de Xoco pensando que el día en que se muriera ojalá a él lo echaran en la fosa común.

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Un día después del día de muertos, todos los que conocieron a los familiares del viejo se sorprendieron, pues ni siquiera un miembro de la familia daba signos de vida. Ninguna de las citas y reuniones que tenían para ese día se realizó. Nadie los vio ni en el trabajo, ni en la escuela, ni en la casa. A partir de ese día, nadie supo nada de esa numerosa familia, que solía vivir promiscuamente en el mismo edificio, el cuál quedó lleno de las pertenencias de sus habitantes como si éstos hubieran decidido irse de inmediato a otro lado, como en una emergencia, sin despedirse ni llevarse nada en su mudanza.

Lo último que se supo de ellos fue que precisamente en la noche del día de muertos una anciana vecina escuchó gritos y gemidos lastimeros saliendo de la casa de la familia. Pero nadie quiso creer a la anciana vecina, pues tenía fama de loca y estaba necesitada de atención, eso sin contar que le gustaba pasar el tiempo, con sol o con luna, bebiendo mezcal. Todos dieron por hecho que los gritos y los gemidos eran de la misma naturaleza que los elefantes rosas y las arañas gigantes que ella solía ver.

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El día después de aquel día de muertos en que le vagabundo regaló una flor amarilla, coincidiendo con la misteriosa desaparición de la familia entera, se hizo en el panteón de Xoco un macabro descubrimiento. Una tumba sin lápida, sin cruz y sin nombre amaneció delimitada por 33 cráneos humanos pertenecientes a personas de diversas edades. La tierra de dicha tumba parecía haber sido recientemente removida.

El suceso ha atraído desde entonces la atención del público, al grado de que ahora en el panteón de Xoco ya hasta cobran la entrada.

Ciudad de México, Junio 2006

dirt

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