Plantado de nuevo (naturalmente)

El reloj es el principal testigo de mi espera, y a la vez  es el limón que gotea en la rajada profunda que provoca la expectativa de tu andiada llegada, recordándome que te espero con cada uno de sus machacones tics y tacs.

Por dentro estoy más tormentoso que un ciclón salvaje en plena era del cambio climático, pero por fuera trato de lucir tranquilo, estóico y quieto, inmutable venciendo al mercurio de mi termómetro interno.

Un mono de piedra sólo mueve su cabeza, sonríe a lo que mira y como que se burla de mi espera; como si no hubiese tenido yo suficiente con el maldito reloj.

Decido ver a la gente caminar sin rumbo fijo, salir del tren o abandonar el andén, quisiera decir de ellos tantas cosas, pero mejor me callo, tan discretamente como Sherezada al terminar el capítulo de la noche, en ese entretenimienti del que dependía la conservación de su cabeza, y yo queriéndome arrancarme la mía, me limito a mirar.

Abro el diario abandonado de hoy, que me encuentro como a un huérfano en una banca, me y me entero de lo bien surtido que está el mercado de la carne, ¿a cuántos animales habrán hecho sufrir ayer para abastecer a todos los carniceros esta mañana. Me pregunto quiénes están en lo correcto y quiénes son los extraviados.

Vuelvo a mirar el reloj y pienso en tu aparente indecisión. cada vez hay menos gente, ya todos están en casa o celebrando con cualquier pretexto para olvidarse momentáneamente del tedio en sus existencias.

Te he esperado, siento como si te hubiese admirado desde mi infancia, y sin poder aún decir qué se siente escuchar de muy cerca el sonido de tu voz. Para pasar todo este tiempo he besado otras palabras. Con ello sólo compruebo que eres la indicada.

La última vez que te ví íbamos viajando en un tren cercano al infierno. Ambos salimos de allí tranquilamente, yo sin saber nada en concreto, tú con el mapa incorrecto. Han sido muchos pasos hasta llegar ante esta situación, en la que no sé si para ti soy tan amorfo como el humo de cigarro o si soy una especie de estrella, ente lejano y sólo un débil eco de algún pseudosol que fue, con insuficiente luminosidad.

El reloj me dice que, aunque no me mueva, cada segundo estoy más cerca de ti. Imagino que todo llega a su tiempo, sin importar la ansiedad que me enciende. La caja de música tocó su última tonada y ya no hay nadie más que yo en este lugar. Miro la hora y son mucho más de las doce. Parece que seré testigo solitario de otro amanecer, mientras tú me has regalado otra aparente indecisión sin envoltorio.

Regreso a casa, tan abandonado como salí de ella, pensando en ti, recordando que tu llegada igual y es del tipo de la del ladrón apocalíptico. Entonces estaré preparado, con una luz en mi ventana, la llave debajo del tapete de la entrada y tratando de no cometer actos que me tengan que hacer suplicarte. Termino sospechando que el reloj no sirve más que para adornar esa pared de la que se podría obtener mi lápida.

clock

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