Cuando no estoy contigo

El tiempo pasa, el amor se enfría, el recuerdo se borra y baja lo que subía (menos los precios y los impuestos).
El sol renace, la esperanza perdura, la amargura desgasta y lo que digo es verdad (al menos cuando no trato de impresionarte).
La promesas se rompen, el gobernante se vende, el joven querrá un cambio (y cuando lo logra se convierte en tirano).
La belleza se marchita, el que piensa se tortura, el que viaja descubre la pequeñez del mundo y la mezquindad te hace despreciable (lo sabe el que sabe).
Vivir mata, morir puede que sea llegar a la nada, ¿entonces para qué desvelarse en función de un más allá desconocido?
Vaya palabrería que se me ocurre cuando no estoy contigo.

Voy por cigarros

“Voy por cigarros”, dijo el canijo y cerró la puerta por fuera. Jamás volvió.

Lo buscaron en el lugar de la abuela que vuela, donde lo rancio y pasado sólo por ser viejo es llamado ‘clásico’. Un clásico idiota, que además huele rancio.

Lo buscaron en un puerto sin mar y en el tugurio del mal augurio; en el edificio sin tiempo y en la ciudad del estrés, cualquier ciudad que se precie de serlo desborda estrés, a la una, a las dos y a todas horas.

Lo buscaron en la montaña artificial de aventuras dosificadas, empaquetadas, y en los lentos rápidos de agua clorada. En la onanas tirolesas de 20 metros y en los hediondos subterráneos metropolitanos.

Lo buscaron en los brazos vacíos de sus viejas amantes y en la mirada descarada de la Maleva de San Telmo. Al final, cansados, lo dieron por muerto.

“Voy por cigarros”, dijo el mismo día que pensó que su vida no era realmente suya, que la curiosidad murió cuando cambió sus tiendas de campaña por una casa de ladrillos construida por un práctico cerdo. La perdió el día en que su aerostático globo se llenó de lustrosos niños lastrosos y comenzó a llorar en silencio, sin lágrimas; el día en que su egoísmo fue enterrado por las arenas de un autoconvencimiento con ilusorios fines de lucro. Había que ser excelente. Perdió su vida el día en que confundió la felicidad con lo que te dicen que debe hacerte feliz. El final empezó cuando el sexo fue mecánico, cuando la sal sabía a papel blanco y los besos ya no tenían electricidad, cuando le importó un carajo lo que salía de boca de su esposa, cuando la puerta no estaba allí para impedir la entrada sino para no dejarlo salir. El día en que ya no lo calentaba el sol, sino la hoguera de Juana de Arco. Todo le dio asco y terror… hasta el momento que sin haberlo planeado dijo: “Voy por cigarros”, y después de cerrar la puerta por fuera jamás volvió.

Sigue tu camino

“Sigue tu camino”, le dijo al mal ladrón el Inocente Cordero que limpiaba las almas mejor que la divina lavandería de la eternidad, “y no peques más, aunque sé que mañana votarás en mi contra para que me ajusticien injustamente”.

“Sigue tu camino”, le dijeron al vaquero forastero que en un descuido había perdido todo su ganado, “pues en este pueblo no nos gustan los extraños, y mucho menos aquellos que no tienen dinero para gastar”.

“Sigue tu camino”, les dijeron a los inmigrantes indigentes que venían de un país en caos climático y político, “que en esta gran nación estamos muy desarrollados y no queremos obstáculos en nuestro camino hacia el sol”.

“Sigue tu camino”, me dijo una chica con quien quise detenerme, quizá más de lo debido, quizás para el resto de mi existencia, “que en este mundo viaja más ligera quien viaja sola y de todas formas no me gusta la compañía”.

“Sigue tu camino”, le dice la muerte todos los días a la vida, quien se toma todo o muy serio o muy a la risa, “que ya te diré hasta dónde llegarás”.

Y así es que estamos todos caminando, rodando por el mundo que gira sin detenerse, hasta que a cada uno de nosostros se le acabe la cuerda, pues lo único constante es el cambio.

Muerte

Hasta el más valiente le tiene miedo a la muerte; y quien diga lo contrario miente, con o sin sus dientes.
Es porque morir significa entrar a lo más desconocido, quizá a la nada. Es ir al lugar del que solo tenemos propaganda hecha en casa que en el fondo sospechamos siempre mentirosa.
No importa lo que digan las religiones, nadie que “se haya ido” ha regresado para contar la experiencia, lo que hay “del otro lado” (es más, aún se espera el regreso del mesías cristiano ¿no?)
Supongo que en el momento previo al de estirar la pata, de colgar los tenis, debe perderse la fe por completo, igual se recupera pronto antes de los estertores previos al frío definitivo, pero de menos seguro debe haber un momento de terror. ¿Y que tal que recuperar la fe no sea ningún alivio?
El mártir vocacional y el suicida con convicción, por más que tengan su esperanza puesta en el más allá o quieran liberarse de la decepción absoluta en el más acá, seguro tiemblan un instante cuando la muerte se les acerca.
El Día de Muertos no es una burla, es la risa nerviosa de un pueblo (celebración que comenzó por recordar a los que “se nos adelantaron” y terminó siendo un intento de homenaje a lo macabro para presumir que se es muy valiente ante la muerte), de un pueblo que quiere creer que muerto seguirá viviendo.
De los que santifican a la muerte, mejor ni hablo. Pocas cosas me resultan tan absurdas como la pagana adoración al vacío que se le implora protección.
Igual pienso mucho en que un día moriré, pero por más que me haga la idea de que eso nos pasa a todos, de que es mejor morirse que seguirse muriendo, no dudo que temblaré como gelatina cobarde en el instante previo al último suspiro.
Así es la vida, así debe ser el paso hacia la muerte.