Things have changed


Una canción favorita, reinventada, casi cada noche, pirotecnia en notas acústicas, capturada en grabación y no se hacen las cosas dos veces igual. Prevenir rutina, costumbre y oxidación. Adiós adiós, hasta lo que se quiere. Quizás sea el extremo, extremaDura blanda. Verdad revelada: no se reblandecen los corazones que son de piedra.
En sí la canción original es una maravilla, quizás soy un ciego fanático en lo que respecta a Dylan, la historia me dará la razón, aunque no suelo tenerla. No me rebanaré orejas ni siquiera las patillas, ni reduciré mis pies para estar de moda en China. “Me solía importar, pero las cosas cambian”.
Sin razón sin sentido, ¿para qué darle gusto a todos o a una sola persona? Doy argumentos y armas que se me pueden revertir, aunque haya aún gente que piensa que soy invertido. “que ladren los perros”, como no dijera el Quijote. No soy homofóbico, pero hay mundos que de plano no me interesan, aunque haya quien no lo crea. Igual no pertenezco a nada, a ninguno, igual me he inventado mi mundo y aunque inexistente es el único para mí.
Los dramas exagerados, las palabras y las caídas son o para querer encajar o para desencajarme más, posiblemente para tener algo que decir y que se me entienda. No soy superior, no soy cerveza, ni modelo, y sí, tienen razón si piensan que muchas veces ni yo me entiendo. No quiero que suene a algo urgente, son los movimientos de reajuste, la tierra tiembla y tira edificios, las olas destruyen poblados en las orillas, yo sólo me muevo con mis palabras.
Demasiadas palabras pero en ellas siempre está mi verdad. Que me devuelvan mis gafas oscuras, no quiero que me vuelvan a leer el alma inacabada y en constante proceso de construcción. Cuando creí llegar a América, resultó que eran las Indias, qué huevo de Colón ni qué hueva fina de peces. Ya no es un S.O.S.
No me digan que soy absurdo, pues quien me lo dice no conoce el mundo. Producto del ambiente o producto de NO querer ser parte dependiente del mismo. No lo sé, pero no voy por el mismo camino, e incluso dudo de ir en algún camino. Volviendo a la canción, mejorada, ritmo que impide reconocerla hasta que empieza a cantar. Por cosas así a veces siento que vale la pena seguir vivo, no me rindo. A veces me canso, pero falta, siento que falta.
Las cosas cambian a una velocidad mayor a la que puedo responder. Yo en mi mundo y el mundo girando, a veces me topo con gente que sabe lo que digo, gente gentil; pero me aferro a quien no me entiende. Sino sino nosi nose no se. Curiosidad con algunos tintes de esperanza.
Ese es mi currículum vitae, sin vitaminas y no enriquecido con Fierro. Impaciente, colérico, aferrado, ¿para qué quiero más Fierro? No hay cielo, ni infierno, todo está aquí empaquetado y revuelto en una licuadora (¿por qué crees que el mundo gira y gira?)
Sublime la letra de la canción, mezclada con un arreglo que hipnotiza y encanta, la música es el salvavidas de las tormentas, como lo es la literatura, pero para asirse realmente hay amigos. cada uno es su sitio, sin jerarquía. Los organigramas son necesarios en las empresas no en mi alma.

Dicen que soy gracioso, no lo creo. Lo que digo es amargo, es cansado, es antisocial.

Digo verdades que percibo, mis verdades, que son reflejos de las mentiras aceptadas, oficiales, sólo que distorsionadas como espejos de la feria, en el puesto que está al lado del fenómeno que se convirtió en lagarto.

La gente ríe de las cosas que digo más en serio.

¿Serán tan idiotas que no ven? ¿Es risa nerviosa?

Decir que estoy harto de tanta imbecilidad, incluyendo (o mejod dicho “sobre todo…”) la mía, afloja los tornillos “carcajilosos” de quien me escucha. Ríen y ríen.

La gente parece aleccionada para encontrar algo gracioso en todo espectáculo, incluso en el más sórdido y jodido drama, como si el precio del boleto les tuviera que garantizar al menos una risa.
En fin, hable mucho y aunque no dije nada en apariencia lo dije todo. No hay apuro, no hay dolor, mareo de despertar rápido. Nada está garantizado. No pido auxilio ni ayuda, ya no es momento para eso, sólo me encuentro tratando de definir en un mapa en blanco qué sigue, si es que sigue algo. No me culpen a mí, sino a esta canción que me da vueltas en la cabeza desde que desperté. Nada está definido. hay cosas que cambian sólo en apariencia, pero no lo hacen en esencia.
Al veces el escenario cambia más rápido de lo que podemos reaccionar. No hay mal que dure cien años, aunque haya muchos que pueden soportar males de dos siglos. A veces llega el punto de “frankly my dear, I don’t give a damn”, para caer en la misma historia en otro lado, con otra persona. Hay veces que jamás se vuelve a “give a damn”.
Dios dice, así está escrito y así será. Y el Faraón abusó de su confianza por no querer dejar salir a Moisés. Ojalá se acaben las plagas, ¡llamen al exterminador!

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Historias comunes

Había una mujer que tenía sueños e ilusiones en cada momento de su vida.
Había un hombre que parecía expresar claramente todo lo que sentía.
Sueños y palabras, son tan similares en el hecho de que a veces ambos distan demasiado de las acciones y corren el riesgo de convertirse en semillas de decepciones.
Hay cierto tipo de historia, que es más fecuente de lo que creemos, que conjuga personajes como los arriba mencionados.
Una mujer que prácticamente suspiraba en cada respiro y un hombre que jugaba con diversas palabras para decir lo mismo.
Se encontraron, se emocionaron y más temprano que tarde alguien se cansó del juego, igual las dos partes, y comenzaron a experimentar lo que se conoce como soledad en compañía. A ese baldío desolado no tardó en llegar una tercera persona.
Pudieron optar por la indiferencia puntual, por la negociación resignada o por las guerras con distinto grado de violencia (de la verbal a la puñetera, que no es igual a la autosatisfactoria), pero sin importar el camino que hayan decidido recorrer en su extravío sadomasoquista, hubieran terminado siempre en el mismo punto.
Mientras tanto, alguien en algún otro sitio, que soñaba, se ilusionaba o jugaba con las palabras, reinició el juego, dando comienzo a otra historia similar a la arriba esbozada. Sonrisas, besos, regalos y compromisos, halagos, caricias, perfumes, posiciones… hasta agotar las variaciones, para darse cuenta de que no había nada más que eso y llegar a puntos comunes, la misma película.
Historias con diversos principios, con leves variaciones, historias que comparten el final similar.

La existencia

La vida es rosa, para una cierta pantera, pero no la del poema de Borges, eso es seguro.

La vida pueden ser días de vinos y rosas en un fin de semana perdido, pero de ser así te espera una resaca muy cruda.

Las cosas no suelen ocurrir como quisieras, pero las piedras rodantes dicen que si tienes suerte acontecen como mejor te conviene.

Voltaire desnudo, es una estatua repudiada, la esencia del ser humano jamás, toma nota, jamás cambia, y lo más constante en una persona es su progresiva decadencia.

La vida es supervivir y suspirar, y si te toca la buena fortuna es mejor que ganarte la lotería, lo cual no es buena fortuna en realidad.

A pesar de tres oportunidades, me quedo con las manos vacías, con las esperanzas desbordadas y posibles bonos para la otra vida (en la cual no creo y ni siquiera deseo).

Este barrio no es mi negocio, no soy el rey de este lugar, ni del más allá tampoco.

No soy de aquí, ni soy de allá, Buda me perdone, pero no quiero dar vueltas en la rueda de la desfortuna marca Karma, ni ser el soldado del general en jefe que por su suertuda posición kamasutrana existencial no para de joder a sus subalternos.

Sólo me queda lograr ser libre, ahora, ser yo. Espero ser todo y espero terminar en nada.

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El falso profeta

El falso profeta predijo que esto iba a pasar, pero no fue en realidad una profecía, sino un acto de sentido común.

El falso profeta dijo que el reino de Dios comienza aquí y ahora; pero los santos varones que respiran aire encerrado lo callaron ordenándole, como penitencia, que escribiera 500 veces el Sermón de la Montaña.

El falso profeta dijo que la espiritualidad no se relaciona con los bienes materiales, que no se es superior a los demás por la cantidad de anillos de oro que uno posea. La banca de la ortodoxia lo mandó arrestar por intentar desestabilizar la economía mundial.

El falso profeta al salir de su arresto dijo que todos tenemos los mismos derechos y que debe imperar la razón, por este motivo políticos y militares hablaron muy seriamente con los santos varones.

El falso profeta fue tildado por la religión imperante, además de falso, de blasfemo, hereje, apóstata e impostor. Algo similar a lo que según dicen le sucedió a Jesús.

El falso profeta iba a ser arrestado para encarcelarlo definitivamente mientras encabezaba una marcha pacífica, pero fue muerto de un balazo por un hombre que decía defender los valores tradicionales y salvaguardar las palabras del Todopoderoso.

La gente bien se alegró del fin del falso profeta, y el equilibrio siguió tan desequilibrado como de costumbre.

Los que la deben estan afuera…

“Todos los que la deben están afuera, y los que no deben nada están dentro”, dice la mujer fea (tan fea como patear el pesebre del Niño Dios, con el niño vivo dentro) a su comadre flaca (tan flaca como la esperanza del pobre en tiempos de crisis económica), refiriéndose a las prisiones, tan llenas de inocentes mientras los culpables andan libres, y a la injusta justicia que parece imperar en el país.

Ambas se dirigen al mercado ambulante, o “tianguis” como se le llama a esta tradición comercial pública que data desde los aztecas (que por cierto NO tenían estadio), en donde no se vendían corazones humanos (pues esos se agotaban en las ceremonias a los dioses en los templos piramidales), pero sí se comerciaba la carne de perro xoloesculcle. Hoy en día, en los tianguis se vende carne de res, de cerdo, pollo, pescado y quizá gato que se da por liebre o alguno que otro perro, pero nadie lo admitirá.

En este mercado hay un puesto donde venden frijoles, garbanzos, arroz, conservas y demás alimentos secos, no tan frescos (no, ahí no se vende tampoco perro). El dueño del puesto es un gordo monumental sentado en un silla elevada y reforzada, que está como a un metro del piso. El gordo luce como un Buda sin sonrisa, o mejor aún, como Brando interpretando a Kurtz en un trono en pleno corazón de la oscuridad, o quizá como el mismo Marlon haciéndole del Dr. Moreau a punto de preguntarle la ley a un híbrido humano/leopardo.

La mujer fea llega a preguntar por los frijoles, “¿A cuánto el kilo?” le dice al gordo autoentronizado, quien responde: “Hoy a 40 pesos”. La fea eleva su protesta, primero al Cielo que todo lo ve y luego al gordo comerciante a quien le dice que es demasiado. El gordo argumenta que debido al precio internacional de la gasolina y de los combustibles fósiles, además de las políticas proteccionistas que está tomando Trump en los Estados Unidos y al neoliberalismo que acabó con las medidas de apoyo popular es que el frijol está tan caro, pues todos esos factores internacionales, ajenos a México, imposibilitan la buena administración del Estado, así que en pocas palabras el kilo de frijoles está a 40 pesos.

A la mujer fea le importa un carajo la economía internacional, pues “tiene que tragar” y por eso se ve obligada a pagar el precio, pues el gordo se niega al tradicional regateo. Para la mujer la alimentación tiene que ser frijol, no hay opción, pues la carne tiene un costo mucho más elevado, por las mismas rezones sin duda: la gasolina internacional, Trump y el dólar. Cuando se aleja del puesto con su medio kilo de frijol, la mujer fea le susurra a su amiga flaca: “Se lo dije comadre, los que la deben están afuera…”

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Líbrame de todo mal

Magdalena no conoció a su padre, pero tenía una mamá muy religiosa que iba a misa todos los días y que jamás comía carne en cuaresma, quizá por eso Magdalena, desde muy pequeña, rogaba al Creador que la preservara de todo mal.

Al cumplir 16 años, Magdalena comenzó a salir con galanes para escaparse del asfixiante control de su madre, pero ellos siempre detectaban esa urgencia desesperada en sus ojos y la abandonaban después de conocer detalladamente su cuerpo y divertirse un rato con ella, cansados de sus complacencias ante todo lo que le pedían. Magdalena, entre despedida y despedida, rezaba a Dios que la preservara de todo mal.

Magdalena se fue de casa de su madre, sola, y comenzó a buscar galanes por correspondencia. Le escribió cartas apasionadas a marineros, soldados, reporteros de segunda, vendedores ambulantes y presos, unos la visitaban, la disfrutaban e invariablemente la dejaban; a otros les hacía visitas conyugales, sin matrimoniarse con ellos, pero al final dejó de ser admitida en las prisiones a instancia de los reos que ya se habían hartado de ella. Lo más constante en la vida de Magdalena seguía siendo rogar a Dios que la librara de todo mal.

Un día le escribió a un músico célebre, exitoso homosexual de clóset, quien tras meditarlo mucho decidió proponerle matrimonio a Magdalena para así proteger su carrera y fama artística, pensando que de esa manera también podría curarse de su mal sexual. Tras la boda, la luna fue de hiel, la felicidad que Magdalena sintió por conseguir al fin un marido se evaporó cuando experimentó la monumental impotencia de este, quien no podía dejar atrás sus inclinaciones personales por más que se lo proponía. Magdalena seguía rogando a Dios que la librara de todo mal.

El músico, asqueado de su mujer, se fue de casa a buscar inspiración en otro lado y para ser discretamente abrasado por brazos más fuertes que los de su esposa. Magdalena volvió a escribirle a soldados, marineros, bomberos, payasos, actores y carniceros, a cualquier hombre excepto aquellos que estuvieran en prisión, y su mamá se fue a vivir con ella. La piadosa progenitora seguía yendo diario a misa y era buena administradora, se benefició demasiado monetariamente al regentear los diversos encuentros casuales de su hija, quien a pesar de hacer todo el trabajo no recibía ningún centavo y seguía pidiendo a Dios que la librara de todo mal.

Magdalena le escribió a un jefe de policía que no sabía tocar la guitarra ni hacer horóscopos con flores, pero que sí se enamoró de ella y tenía una doble vida. Además de velar por el orden de una importante ciudad, él proporcionaba seguridad a los contrabandistas de la región y les hacía trabajos de encubrimiento. Magdalena jamás quiso saber detalles de la profesión del policía y se contentaba con saber que aunque no era apuesto era muy viril y que su puesto de trabajo era alto, por eso ella volvió a alejarse de su pía madre y se fue a vivir con él a esa casa que era una réplica del Partenón, decorada con estatuas clásicas, mucho terciopelo rojo, tonos dorados y pinturas rococó. Ella se sentía feliz, pero no por eso dejaba de rogar a Dios que la librara de todo mal.

Durante los idus de marzo, el jefe de la policía se vendió a un grupo mafioso de la competencia que le pareció mejor postor. Mala apuesta, porque sus anteriores patrones decidieron llevarle como regalo de despedida una bomba potente a su oficina. El jefe de policía salió volando por la ventana y cayó como ángel rebelde en el asfalto, hecho pedazos. Ella no pudo soportar tanto dolor, lo peor fue el funeral de cuerpo presente que le impresionó por el rompecabezas humano en que acabó convertido su amado. Magdalena trató de evadir su realidad volviendo a escribir cartas, mientras le seguía pidiendo a Dios que la librara de todo mal.

Pero el fin del policía fue demasiado para ella, ni las cartas ni los encuentros efímeros le permitieron sobreponerse al trágico suceso. Su mente divagó hasta llegar al punto sin retorno, entonces fue recluida en una institución para el apoyo a las personas que viven realidades alternas (como en las épocas del buenismo se les llama a los manicomios). No hubo más cartas, y de amantes solo quedaron algunos locos que se limitaban a tocarla con impudicia morbosa, pero ya para entonces ella no reconocía ni a su madre, nada parecía importarle y lo único que salía de sus labios era un mantra constante y perpetuo dirigido a Dios, para que la librara de todo mal.

Payaso espectacular (la tragedia del anuncio)

Como primer impulso pudiéramos pensar que el responsable de la tragedia fue el creativo de la agencia de publicidad, autor de los dos anuncios involucrados, pues para empezar su cabeza empolló la idea brillante de utilizar la imagen de un payaso vestido de bombero para publicitar seguros contra incendios, en una campaña cuya frase era “No es cosa de risa”. En realidad el creativo no debió tomar las cosas tan a la ligera, ni ignorar la naturaleza melancólica de los payasos, tampoco debió pasar por alto el hecho de que estos, como las mujeres que se maquillan exageradamente, tienen siempre algo que ocultar.

El mismo creativo fue también responsable de la campaña del champú Sedosidad®, que incluía a una chica linda de cabellera castaña y, por supuesto, sedosa. Pero no es cuestión de culpar a nadie, en el fondo todos sabemos que en este mundo nadie tiene la responsabilidad absoluta de nada, o no quiere tenerla, incluyendo a Dios, pues ¿entonces para qué creó al diablo y le permite hacer y deshacer a su antojo?

La historia inicia realmente la mañana de un martes cotidiano en la gran ciudad. Ese día la gente iba y venía hacia y desde los mismos lugares de siempre con las acostumbradas prisas, presiones e histerias. Se respiraba el constante aire producto de la mezcla de la soledad acompañada, la indiferencia urbana y la fría sombra de que proyectaban esos grandes edificios, sedes de trasnacionales y oficinas de los gobernantes opresores.

Hasta arriba de un alto poste publicitario, esa mañana estaba un grupo de hombres instalando un nuevo anuncio enorme, espectacular (de esos que los primermundistas del quinto mundo llaman con orgullo billboards).

Los habitantes de la ciudad suelen elevar sus miradas al cielo principalmente por dos motivos: para suplicar el fin de sus mortificaciones privadas al Dios que generalmente tienen guardado en sus recónditos olvidos, o para dar un vistazo a los nuevos anuncios espectaculares que se instalan periódicamente en las alturas. El segundo era el motivo por el que los habitantes miraban hacia arriba esa mañana.

El anuncio en cuestión era el de los seguros, y era simple y francamente feo, mostrando al payaso bombero en primer plano, tras el cual aparecía una casa en llamas, arriba en letras amarillas decía “No es cosa de risa”. A pesar de su simpleza toda la gente volteaba a verlo pues resultaba ser una pitera novedad que destacaba sobre la aplastante rutina gris de toda la semana. Al día siguiente, el anuncio de los seguros se perdió entre la sobrepoblación de publicidades que saturaba el cielo de esa siempre congestionada avenida.

Una vez instalado, el payaso impreso en el anuncio cobró consciencia de su existencia. A su inherente inseguridad payasa, se le sumó un complejo de inferioridad reforzado por los demás carteles gigantes que habitaban en otros postes y azoteas de los edificios adyacentes. Se sintió empequeñecido ante los colores alegres de un anuncio de refresco de cola, se sintió repugnante ante el porte valiente y arrojado de un vaquero que recomendaba cigarrillos, se sintió intimidado por la adusta cara del gorila protagonista del próximo estreno cinematográfico veraniego, vigilado sin misericordia por aquellos grandes ojos que parecían mirarlo todo desde el anuncio de una internacional cadena de optometristas y asqueado al ver al anciano gesticulante que aparecía en bikini publicitando una tienda de música.

El pobre payaso sentía su corazón de papel sobrecogido y agobiado por el ambiente grotesco que lo rodeaba. Su vida a cuatro tintas era poco menos que miserable.

Así pasaron los días, las semanas y dos meses, y lo único constante era el ánimo subterráneo del payaso.

Una mañana de domingo, un grupo de hombrecillos llegó a quitar el recién censurado anuncio del viejo en bikini, pues había caído de la gracia de los publicistas y del público, porque era un insulto al buen gusto.

Y sucedió un milagro: el payaso se alegró. No fue feliz debido a la retirada de su antiguo vecino en bikini que tenía enfrente, sino por la llegada de un espectacular que promulgaba los beneficios del champú Sedosidad® (que es champú y acondicionador al mismo tiempo). “¡Bellísima!”, se dijo el payaso al ver a la modelo en el anuncio que sonreía satisfecha por los resultados del champú.

Durante la instalación del anuncio del champú, uno de los hombrecillos trabajadores consideró que no era necesario aislar el cable de iluminación del gran cartel . “Total, ¿qué puede pasar?”, pensó el negligente y se fue a comer con su amante, quien casualmente era prima hermana y confidente de su abnegada esposa. El tiempo se encargó de demostrar que la indolencia del trabajador holgazán y adúltero, cuyo lema era “todo debe quedar en familia”, ocasionó algo que se pudo evitar.

La mujer que publicitaba Sedosidad® parecía sonreírle exclusivamente al miserable payaso, pues por un efecto de la óptica los ojos de la chica apuntaban directamente a los del clown. Ella tenía un rostro encantador y de sus expresivos ojos almendrados se asomaba un alma pura, su delicada boca invitaba a ser besada con delicadeza, amor y respeto, su sonrisa era inteligente y bondadosa… una mujer pensante y con el equilibrio justo de inocencia y malicia… bueno, todo eso pensaba el payaso que era un poco ignorante del mundo; y no debe sorprendernos que alguien con esos pensamientos se enamore de manera fulminante en tan solo tres segundos.

La mayoría de los demás anuncios, principalmente el del vaquero fumador, envidiaban la privilegiada ubicación del payaso, quien embelesado contemplaba día y noche a la mujer que tenía ante sí, solo a la distancia de un cruce de avenida. Por más envidia que tuvieran los demás anuncios, no decían nada, pues la vida de un espectacular se limita a ver en silencio y ser contemplados. Claro que esa imposibilidad de expresarse también limitaba al payaso comunicar a su amada lo que por ella sentía, aunque de todos modos la chica le sonreía, encantada.

El payaso experimentó en esos días la mayor felicidad que su condición le podía conceder; pero fue precisamente durante estos momentos de euforia modesta que se desató la tragedia.

Era una cálida noche de mayo, mes como cualquier otro en que suelen nacer grandes figuras a la vez que anodinos personajes, cuando el extasiado payaso bombero se vio forzado a hacer una pausa en su contemplación devota  al notar la primera chispa que saltó de la parte inferior derecha del cartel donde estaba impresa su impresionante amada. Fue cuestión de segundos para que el anuncio de champú Sedosidad® se convirtiera en una gran pira donde amor platónico más se consumió, como tantos otros de su tipo, sin jamás tener la menor oportunidad de comenzar a convertirse en amor real.

En pocos instantes, la hermosa modelo fue un émulo de Juana de Arco en el universo mercadológico, y el payaso se sintió sometido a la mayor impotencia posible, a la vez que víctima de una grotesca ironía. Él allí, vestido de bombero sin poder hacer nada para salvar de la hoguera a su musa; sollozando sin lágrimas viendo impotente cómo volaban las cenizas de su amor y de su amada.

Una vez consumida la pasión, literalmente, el lugar que esta dejó vacante fue ocupado por la decepción. El gorila y el vaquero fumador esbozaban una ligera sonrisa burlona por la desgracia de su vecino, quien con su recobrada infelicidad volvió a ser un payaso en toda la extensión de la palabra.

Más días siguieron a los días, como una cadena monótona de tiempo, y al clown se le comenzaron a ocurrir descabelladas ideas que, aunque de haber podido hacerlo, no hubiese expresado a nadie. Su plan estaba trazado, solo hacía falta esperar por el momento justo. Mientras tanto, en el sitio que ocupara la amada de Sedosidad® fue instalado un anuncio de alarmas para el hogar, protagonizado por un perro bravo de gesto furioso y dientes afilados.

Transcurrieron meses y el payaso seguía esperando. Marzo hizo su aparición, acompañado de vientos fuertes, entonces el payaso se sintió vivo de nuevo. Su espera estaba a punto de terminar, casi llegaba el instante perfecto.

Fue precisamente durante la última semana de ese marzo loco, cuando la ciudad comenzó a ser víctima de un viento violento proveniente del Norte, que en su furia elevaba el polvo y la inmundicia a no pocos metros del suelo. Los profesores de biología solían decir entonces en sus clases que si el excremento fuera fosforescente, en la ciudad ya no habría necesidad de energía eléctrica para fines de iluminación.

Las corrientes eólicas dificultaban caminar por las calles y la gente solía terminar sus trayectos muy lejos de sus destinos originales, los perros falderos se convirtieron milagrosamente en criaturas voladoras a voluntad del viento. El payaso aprovechó la oportunidad, y con un gran esfuerzo y dedicación, sacando de su prolongado desencanto las energías necesarias, logró liberar poco a poco las piezas metálicas que sujetaban las bases de su anuncio, para después arrojarse con su soporte de metal al vacío.

Esa noche las noticias de las nueve dijeron que 12 personas habían fallecido y 23 resultaron heridas tras la caída de un anuncio en la importante avenida a la hora pico, en que muchos empleados regresaban a sus casas. El alcalde urbano se dispuso a promulgar una ley que exigiera “instalar esos anuncios de forma segura para que ninguna situación climática los pueda desprender”… la gente estuvo de acuerdo con él, ya que pues la retrospectiva es una ciencia exacta y cada pueblo tiene el gobierno que se merece.

Fue un suceso triste en la historia de la ciudad. Los deudos y las víctimas intentaron demandar a la empresa que administraba los anuncios, pero no tuvieron éxito, porque era en realidad un negocio del mismo alcalde, ejercido a través de un prestanombres. Nadie fue procesado y al final nadie supo la verdadera causa de la tragedia.

Pero tú y yo sabemos que no hubo responsables, y que todo se debió a la desesperación de un payaso espectacular.

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Ventana

A través de una ventana entran los rayos del sol en la casa desolada. A través de dos ventanas veo el brillo de tu alma.

Desde una ventana se atestigua lo que pasa en las calles, y por ella pudiera entrar un ardiente coctel de odio arrojado por alguien oprimido.

Por la ventana del baño entró ella en una canción, mientras que en otra tonada la fenestra es adornada con flores.

Hay cada vez más gente que reduce su mundo a lo que mira por ventanas electrónicas. Sin importar la marca, así de absurda es adicción a la tecnología.

Quizá por una ventana nos miraba Dios antes de aburrirse o de hacer verdad lo que de Él dijo Nietzsche.

A través de una ventana se podrían ver las acciones privadas que ocultan gruesas cortinas, o lo mismo en dirección contraria al mirar por las celosías. Aunque somos parecidos tenemos distintas manías.

Por una ventana puedes ver el paisaje correr si viajas en tren; pero será un hueco, y no una ventana, al final del tunel por donde todos saldremos en nuestro tiempo.