Mala inversión

Sacando un largo cigarrillo blanco de la cajetilla, que tras ser fumado dejará más negra la mancha de sus pulmones, para enfocar su atención en una fijación oral y evadir así el pensamiento de que no se puede hacer mucho ni poco para ocultar su avanzada calvicie, que está a punto de declarar la conquista total de su cabeza, el guapo de ayer suspira desesperado.

“¿Qué quieres que haga?”, le pregunta a la joven secretaria curvilínea que furtivamente se ha citado con él en un café alejado de los rumbos cotidianos de los dos. No deja de ser una osada movida mientras la esposa madura del caballero avejentado está comprando ropa nueva de marca, lo mejor que puede conseguir con el dinero que le sobra, a únicamente dos calles de distancia.

En su juventud él era tan apuesto y viril como aparentaban serlo los galanes del Hollywood de la década de 1940, ahora a él le queda algo de apostura, pero sinceramente sin su dinero nadie le apostaría mucho.

Los años le han demostrado que hay hombres a los que les sucede lo que a las mujeres bellas que confían demasiado en su físico: tratan de regresar desesperadamente el tiempo, el resto se resigna en la total indiferencia. Él está en la frontera entre ambas actitudes.

Las bolsas bajo sus ojos, parecidas a las papadas de los pelícanos, podrían ser arregladas con una pequeña operación, al igual que el poco amistoso tejido adiposo que lo rodea cariñosa y gelatinosamente a la altura de lo que antes fue una cintura.

La secretaria, que podría ser la hija de su esposa, y de él también, le dispara de nuevo la exigente pregunta de los últimos meses: “¿cuándo te vas a divorciar?”

Maldito el momento en que él apasionadamente le dijo a esta idiota que la amaba y que por ella estaba dispuesto a dejar a la decadente arpía con la que llevaba casado 30 años. Él ahora sólo quiere paz. Está cansado. Su vieja lo deja tranquilo mientras él le proporcione el dinero suficiente. En cambio esta mujer, ardiente pero siempre exigente, en todo sentido, le cuelga al cuello la pesada piedra del enamoramiento unilateral, el yugo con el que se paga la efímera pasión casi invernal, y él ni siquiera se quería sentir joven, sólo se dejó llevar por voluptuosidades que aún están lejos de ser derrotadas por la ley de la gravedad.

El tabaco quemado ya no le sabe ¿será que los fabrican con menor calidad que antes o que está perdiendo el gusto y el olfato? Divaga sobre tabacos y papilas mientras la joven exige y demanda, manotea y vocifera.

Él mira el rostro de un joven bien parecido que pasa por ahí y le desea mentalmente suerte y una mejor administración de su físico. Piensa que hace mucho que no lee un libro y se pregunta si realmente existirán las ballenas blancas. Recuerda que debe pagar cuentas y más cuentas, la universidad de su hija y las vacaciones de sus gemelos.

La secretearía se pone más seria, calla y espera una respuesta. Ante el silencio él despierta de su divagación con ojos abiertos y la mira. “¿Y bien?” Le pregunta ella.

Él, como única respuesta, se pone de pie, sabe que es un ultimátum, sabe que es la encrucijada y que el paso que dé es hacia un punto sin retorno, si es que realmente la chica es tan fuerte como presume.

Da una chupada a su cigarrillo y lo tira, con una mueca de desdén que mezcla una sonrisa de Monalisa sarcástica y el cansancio por una historia muy escuchada, la mira una vez más con todo y sus bolsas oculares y dando media vuelta en silencio se aleja de allí tosiendo secamente sin voltear una sola vez.

El próximo lunes la secretaria voluptuosa ya no tendrá el trabajo que le proporcionaba un salario (su jefe ha cortado todo tipo de relación, de la sentimental a la laboral), pero sí tendrá mucho trabajo para esforzarse en aceptar que muchas veces el amor no es una inversión que rinde frutos.

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