Ardido en el Motel 6

Los constantes golpes de la cabecera contra la débil pared que nos divide, a veces adquieren un ritmo que rápidamente se extravía de nuevo en un caos sonoro… sin ton ni son.

La dama, a quien imagino mesera del tipo de las que le dicen “cariño” o “amor” a cualquier cliente de un café de mala muerte (excepto a los verdaderamente repulsivos, esos con pústulas más que variolosas en la cara), emite jadeos y gritos agudos, más ruidosos que el carnaval de Río y tan falsos como la congoja profesional de los agentes de servicios funerarios.

Al hombre que supongo que ella monta, lo imagino trailero, un tonel de 2 metros de altura, de brazos bronceados y tronco blanco inmaculado, tan albino como sus dos nalgas aplastadas que responsable e irremediablemente flanquean de seguro unas hemorroides hercúleas; un tipo con grandes bigotes estilo brocha gorda y voz de Barry White, que se limita a decir “oh sí nena, oh sí, oooh sí”.

El orgasmo lleva ya demasiado tiempo y dudo que la pareja sea experta en meditación y secretos orientales para hacer que este clímax se prolongue tanto… Una mesera y un conductor de remolque… Bueno, ¿quién sabe? Igual son dos magos sabios de Cachemira explorando la decadencia mundo. Nahh…

Lo que más me duele no es estar solo en este jodido motel de mala muerte, sin una chica con quien fingir que estamos en el Séptimo Cielo, o de perdida llegando juntos al Tercero. Tampoco lo peor es que la habitación apesta a humo de cigarrillo impregnado en cada partícula de aire, ni que me sospecho que las manchas de las sábanas de mi cama son residuos de secreciones desperdigadas durante diversos encuentros casuales o furtivos del lumpen blanco gringo. ¿O acaso serán ofrendas dejadas aquí por los adoradores de Onán? Quizás, quizás, quizás…

Pero no, en realidad lo que más me duele es tener que hacer una presentación profesional mañana a primera hora con ejecutivos de alto rango y que el cabronazo jefe de finanzas de mi oficina no me hubiera conseguido una pinche habitación en un lugar algo más digno que éste, ya no digo en el Sheraton, donde siempre se hospeda ese hijo de la gran reputa cada que viene por trabajo a California, sino en algún lugar donde los autos que hay en el estacionamiento no sean sólo remolques de carga o coches destartalados con al menos 10 años de antigüedad. Ese desgraciado jefe de finanzas siempre hospedado en el Sheraton y yo intentando dormir en el Motel 6 – super low budget, al lado de una carretera. ¡Esto es lo que arde carajo!

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La mujer que se movía como ardilla

Sus movimientos solían ser rápidos y nerviosos, como los de una ardilla. Pero no subía a los árboles ni hacía equilibrios entre las ramas.

Así la recuerdo.

Viviendo de la pensión de su esposo muerto ya hacía años, sin quejarse de que las cosas necesarias fueran cada vez más caras cada año, ni de que la pensión sólo tuviera incrementos cada trienio (si es que los dioses falaces de la política y el mal gobierno se dignaban a pensar en los pensionados).

Ella nunca había tenido un empleo aparte del de ama de casa.

Tras la muerte de su esposo siguió haciendo lo que siempre había hecho: cuidar del hogar, ahora sin hijos, todos ya casados y alejados.

Se levantaba temprano diariamente a limpiar la acera y la cochera, aunque ya estuvieran, las más de las veces, limpias.

Después, se ponía a limpiar el interior de la casa aunque, las más de las veces, ya estuviera limpia porque ella se había aplicado a conciencia el día anterior.

Así pasó los años. En la rutina de la limpieza a la limpieza.

Era saludable. Siempre ocupada en su casa, que se ensuciaba un poco cada vez que la visitaba alguno de sus hijos, lo cual no era nada frecuente. Quizá Navidad, quizá el Día de las Madres. No siempre y nunca todos a la vez.

Un día, mientras con sus movimientos de ardilla recogía la ropa tendida al sol, perdió el equilibrio. Un súbito infarto interrumpió su actividad. Ya nunca pudo volver a ponerse de pie. La comunicante vecina lo vio todo, por “fortuna”, y llamó a los hijos de la ardilla caída.

Los hijos llegaron, aunque no todos. Tuvieron que echar a suertes quiénes eran los “elegidos” a acudir y ver qué pasaba con mamá, luego deliberaron y la hospitalizaron. Le pagaron a alguien para que estuviera con ella en el hospital, resultó una enfermera que al menos era cortés.

Cuando la enferma salió del hospital con la condena de la inmovilidad perpetua, los hijos deliberaron de nuevo, y decidieron unánimemente recluir a su madre incapacitada en un basurero de gente vieja. Dijeron que era lo mejor, así su madre no estaría sola, sería muy bien atendida y todas sus conciencias estarían tranquilas.

Estar con compañía no necesariamente significa no estar solo.

La mujer que antes se movía como una ardilla ya apenas y parpadeaba. El mayor movimiento que realizaba cada día, aunque no por sí  misma, era cuando las encargadas del asilo le cambiaban el pañal, cuando, las más de las veces, los receptáculos de los desechos ya no aguantaban más suciedad.

La mujer que solía moverse como ardilla miraba con gran quietud el techo y las paredes de su habitación mal iluminada.

Dos de sus hijos fueron a verla un Día de las Madres, otro le habló un par de Navidades. Y después silencio. Eso sí, los hijos responsables pagaban puntualmente a la honorable institución basurero de gente.

Pasaron unos cuantos años de quieta miseria para la mujer que solía moverse como ardilla, hasta que su organismo decidió encontrar la paz.

Los avances de la medicina permiten que vivamos más años que nuestros antepasados… Se dice que eso es bueno.

 

Té para dos

Té para dos, aunque prefiero el té senta-dos.

Té para dos, que igual nos ayuda a eliminar la tos.

Té a fin de mes, para que en nueve de estos quizá seamos tres.

Té para mí, té para ti, té para el tee y no para el golfo que te ronda.

Té para todos, excepto para la triangulación incómoda.

Té de la Compañía Británica de las Indias Orientales,

Té para los colonos de Boston y para hundir con él los males.

Té para las penas, con piquetito, claro, pues así estas son menores.

Té de Jazmín para Aladino, y también para el bandido 39

que olvidó la clave de la cueva, y eso que era nueva.

Té para mí, té para ti, té para dos otra vez.

Y quizá en nueve meses tengamos té para tres.

Prefiero mil veces tomar té, a estar con las manos vacías.

te

Mi querido capitán

Otra fría noche que sorprende sin abrigo a mi corazón. Otra noche sin compañía ni apoyo. Mi luz y mi sonido son como la estática de la TV.

El estoicismo me vuelve a fallar, en verdad no soy de acero.

No puedo evitar preguntarme: ¿por qué en medio de tanta gente me siento tan solo? Ni siquiera en el desierto de arena experimenté tal abandono.

Mi pregunta queda sin respuesta dejándome aún más desolado.

El capitán viaja por los aires, buenos y malos, lejos, muy lejos de su ambiente natural, lo cual no le importa ni un poquito, porque tiene la cereza de un pastel al saber que ciertamente hay alguien pensando en él en algún lugar: la dulce morena de serenas facciones que según el capitán guarda cerca de su corazón el retrato del viajero amado.

Alguien me dijo alguna vez, a manera de consejo de los sabios, “¿cómo esperas que alguien te quiera, si no puedes siquiera soportarte a ti mismo?”. Entonces no presté importancia a esas palabras, pero hoy han regresado pesadas como cadenas, castigándome por haberlas ignorado y exiliado en el olvido, pues siempre preferí culpar de todo al destino, en vez de asumir honestamente mi responsabilidad. Pero ya no es temporada de comenzar, sino tiempo de empezar a terminar.

Las palabras fluyen con dificultad, y no van más allá de los regresos temáticos desgastados.

El capitán, ahora en tierra, descansa en paz acompañado en su soledad, pues presiente que lejos, la dulce morena de serenas facciones, es su cómplice en la vida.

Rompo el cristal de la emergencia urgente dirigiéndome al mercado electrónico de los sentimientos, donde nadie te quiere y todas las personas que allí se confunden y te confunden buscan desesperadamente lo mismo que tú: fingirse perfectas y presumir que su corazón rebosa de buenos principios y nobles actitudes, todo para saciar el llamado de la selva. Me siento un negociante experimentado, pero sé que soy como el vendedor de autos usados en otro fraude infame popular.

Como el dinero mal habido o un acto de venganza, regreso a donde pertenezco. A mi paso, la dulce morena de facciones serenas me saluda con sus modales de manual, que me saben tan rutinarios como cualquier domingo. El capitán abre los ojos, acepta su soledad, los sueños no duran por siempre y la engañosa imaginación cercana a la cruda realidad produce la peor resaca. Él jamás voló y nadie tiene su retrato.

A veces hay que aceptar las cosas y conformarse con tratar de encontrar sentido en la estática de la televisión.