Llorar

Lágrimas.

El cocodrilo en el Nilo llora, pero no puede dejar de sonreír.

Es curioso que se pueda llorar de tristeza, de felicidad, de rabia, de impotencia, de emoción o por conmoción. ¿Qué tienen en común esas emociones, sino la lágrima que fluye? Llorar hasta por picar una cebolla para el pico de gallo degollado.

Llorar.

Derramar ríos por los ojos, aguas que forman océanos por donde se escapan los amantes para no volver (ni el estómago).

Llorar como ratón lo que no se defendió como león.

Llorar como león porque el mundo se precipita al carajo.

Llorar como hombre golpeado por la feminazi del fin del milenio.

Llorar porque el macho no entiende de derechos.

Llora cierta “dama” por el hombre que la ama sólo cuando la golpea.

Llorar porque ya no veremos más a la persona que no volverá a pagar impuestos.

Llorar tanto por lo bueno como por lo feo.

Llorar por la rabieta hasta que le rompen a uno la cara.

Lubricación de ojos oportuna mientras se desahoga el alma.

El hombre fuerte con los sentimientos bien dominados no llora sino, como Don Gato, “sólo se quita basuritas de los ojos”.

Pero bueno, al final, ante la desgracia total y absoluta, ya ni llorar es bueno.

boy cry

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Hay cosas de las que no hablo

hay cosas de las que no hablo

no es que no importen

sino todo lo contrario

me importan demasiado

algunas de ellas duelen

otras producen duelo

algunas no se pueden expresar en palabras

otras jamás serían comprendidas

hablo mucho

escribo muchísimo más

sin embargo es mayor la cantidad

de las cosas que me guardo

y no es porque no importan

sino todo lo contrario

Cambiar el mundo (idealismo)

Asiática… para los mexicanos pudiera ser coreana, japonesa o china, da lo mismo a los neomexicas, estos pseudoherederos de las gloras de antiguas civilizaciones que suelen rimar con “mantecas”, cuyo honor principal es dizquehaber inventado el 0. Para los mexicanos posthispánicos “ojos rasgados son ojos rasgados”, “chinito-japonés, come caca y no me des”, al menos esto último era antes del buenismo hipócrita actual. Y supongoo que, de manera similar, para un asiático un mexicano pudiera ser boliviano, peruano o argentino, da lo mismo, para ellos “ojos de vaca, son ojos de vaca”. Mundos diferentes, que ni Marco Polo podría unir definitivamente.

La chica asíática es estudiante de visita en tierra azteca, por intercambio escolar, acogida por una temporada en el seno de una familia mexicana. Vino con ganas de conocer este mundo tan lejano y miserable, tan legendario y ajeno (según su educación japonesa, pues ésta era su real nacionalidad). Ella vino a aprender español, y en el fondo aprovechar para conocer este tercer mundo del subdesarrollo vapuleado, imposibilitado para crecer, debido gran parte a los propios nacionales, pues no importa lo que digan los políticos mexicanos, la patria del nopal y del chile está verdaderamente subjodida.

La familia mexicana, clasemediera alta, le enseñó a su visitante a comer tortillas y tacos como lo manda Dios, no de esos burritos tiesos que los gringos han dado por llamar tacos. Pero la nipona adolescente quiso conocer más, ver la miseria de primera mano, con ese juvenil aire redentor quiere conocer “toda la verdad” y así tener bases para comprometerse a cambiar el mundo.

La familia, como dije, es acomodada y habitante en la zona judía y pudiente de Polanco, en el D.F. (hoy CDMX, contradiciendo las leyes de la simplicidad), y supo de inmediato adónde llevar a su hospedada, para no tener ellos que arriesgarse a ser robados, ni mancharse las manos o ni los pies al entrar en contacto con esa gente sucia y desarrapada, ” que da lástima, pero que debería bañarse, pues la pobreza no está peleada con la higiene”… se la llevaron pues a un crucero víal con semáforo, enclavado entre tiendas dignas del Rodeo Drive y Lincoln Road, en el mismo Polanco defeño, ya  que allí seguro hay siempre alguien pidiendo limosna.

La nipona estudiante preparó con esmero su dádiva, a saber escribió una carta llena de buenos deseos, una diatriba de comprensión, solidaridad, esperanza y compromiso para luchar por justicia en este mundo desequilibrado, metió la misiva en un sobre y también incluyó allí un billete de 100 pesos, suma elevada para una limosn callejera en México.

Así la chica extranjera llegó con la familia local al crucero vial. Luz roja, un Mercedes Benz, un Audi y un Volkswagen se detienen, y de detrás de un árbol, salió como por arte de magia, hada meada de cuento triste, a mendigar una decrépita  y apergaminada anciana de unos 40 años (sí, la pobreza envejece, entre los humildes y marginales la tercera edad aparente empieza al cumplir los 30, a más tardar).

La japonesa se despega de la familia, quienes se quedan como conmovidos testigos a distancia de la joven en el camellón, ya que no quieren interferir, ni que se les achaque a ellos la buena acción de la chica, aunque la verdad es que no quieren convivir con un estrato tan pestilente y bajo.

“Te doy a usted este regalo, para ti es una carta, está también con una sor-pre-sa viene, gracias, es tuyo”, dice sonriente la joven japonesa mientras entrega el sobre cerrado en la mano la vieja morena.

Lo de la “sorpresa” lo enfatizó para que se entendiera que había algo de verdadero valor en el sobre.

La vieja paupérrima presiente, adivina, que cuando le dijeron “sorpresa” significaba que había dinero allí dentro (es pobre, pero no tarada), y agradece con una cadena de 15 Dios la bendiga, a cada uno de los cuales la japonesa responde con un “gracias”, conmovida, sintiendo que se ha ganado el cielo, o cualquier paraíso en el que ella crea… sonríe y casi llora de emoción.

La familia anfitriona, conmovida ante el cuadro de beneficencia heróica, llama a la japonesa. Fin de la función, fin de la buena acción, ahora “vamos a celebrarlo comiendo tacos en el restaurante Califa”, y todos hacen un feliz mutis por la calle de la izquierda.

A la anciana ya no le da tiempo, tras esta escena, de pedirle limosna a más autos, el breve drama emotivo duró casi 25 segundos, de todos modos casi nadie le da nunca ni un pinche centavo.

La vieja, una vez que nota que se pierden en la distancia la benefactora de lejanas tierras y la familia que la acompañaba, abre el sobre, saca el billete de 100 pesos, se persigna con él, y tira el resto del obsequi a la calle. Total, esta mujer ni siquiera sabe leer.

⋯ − − − ⋯

Aunque nadie dé una mierda por lo que digo, yo sigo hablando, sigo escribiendo.

Aunque Dios haya dejado descolgado su teléfono, le sigo llamando.

Respirando, mirando, sintiendo, rabiando.

Pensando, deseando, tragando y cagando.

Aunque la vida es sueño, simulo estar medio despierto.

Ansiando, descartando, resignándome.

¿Hay algo más que hacer, que inventarnos motivos y razones en esta sinrazón total?

“Ella” es una, ella es varias, o-varios señalados.

¿Te gustan las curiosidades? ¿Te gustan las señales?

Date un festín con este escrito freudiano.

Sólo sé, que no es de malta.

Sólo sé que quien no nada, se ahoga.

Y ahora, en el ágora, me asfixia tanta gente.

Igual hubiera sido mejor hundirme en el río de Corrientes.

La asfixia, la catafixia, malicia. No hay nada más que rime con Alicia.

Me maravillo en su país, con su sapiencia.

Lo que no se comprueba, NO es ciencia.

Créanme que cuando menos se me entiende, más digo.

El principe jodido que se disfrazó de mendigo.

Rima fácil, para maquillar imperfecciones,

dichos que son ríos, que ahogan ilusiones.

Los verdaderos profetas dijeron muchas cosas,

que espantan y que azoran.

Yó solo digo que todo es pendejada,

lo cual rima con chingada y yo sólo sé que no sé nada.

Thesos

Abandono

Hace décadas el hombre apocado llegó al suburbio, cuando esta colonia residencial estaba muy separada de la ciudad… claro, de lo contrario no se habría llamado suburbio. Llegó con su esposa y dos hijos: una niña y un niño. Dicen que él era contador y su esposa una glamorosa ama de casa.

El tipo diariamente se despertaba preguntándose cómo una mujer así, tan llamativa y radiante, se había fijado en un ser tan gris como él, y como no encontraba respuesta a su duda diaria es quizá por eso que fuera tan celoso. Para preservar su bien más preciado y misterioso, levantó una barda alta rodeando su jardín trasero, para que nadie pudiera mirar hacía su casa, y también levantó otra casi muralla en el frente, para que nadie supiera lo que en el interior de su hogar pasaba.

Las discusiones matrimoniales eran frecuentes, no importaba que las compras cotidianas de abastecimiento las hiciera él, siempre acusaba a su esposa de estarse viendo a alguien. Pero ella únicamente salía de la prisión residencial para ir al salón de belleza.

El tiempo siguió su marcha militar e inmisericorde, la niña se convirtió en mujer, y tan pronto alcanzó la mayoría de edad se casó con el primero que le propuso matrimonio y se largó de la casa paterna. Ya no se supo más de ella en la colonia, que poco a poco se pobabla más y más, adquieirndo de esta manera mayores problemas: suciedad rampante y delincuencia creciente.

Al poco tiempo también se fue la esposa, harta de las actitudes del marido, de esos celos sin fundamento. “Me arreglo porque así me quisiste, así te gusto”, le decía ella constantemente. Pero él insistía en que ella se embellecía por cornamentarle su viril y hueca cabeza. Igual al no tener la compañía de su hija, la mujer ya no tuvo de dónde sacar fuerzas para aguantar más la imbecilidad de su esposo. Simplemente un día se largó. Ya no se supo más de ella en la colonia.

El hijo permaneció unos años más al lado de su padre, para retenerlo el hombre le compraba perros, y el hijo estaba encantado con los canes, intentó hacer un criadero canino, pero no resultó, aunque desde entonces la casa siempre tenía al menos tres perros.

El hijo terminó la universidad y se casó, se fue de la casa y el hombre quedó solo, acompañado de tres perros.

A partir de entonces todo fue abandono. El jardín no fue arreglado de nuevo y se convirtió en maleza, las paredes de la casa no fueron pintadas, las ventanas no volvieron a ser lavadas, y el hogar se convirtió como por arte de magia en una ruina. El hombre removió su tanque de gas una vez que hubo una fuga que alarmó a los vecinos, y ya no instaló uno nuevo. Calentaba el agua en hornillas eléctricas, y se bañaba arrojándose tazas de agua caliente, en las hornillas eléctricas también calentaba su comida enlatada, único alimento que consumía desde que vivía solo. Los tres perros murieron de hambre y de sed.

La casa no se limpiaba por dentro y poco a poco fue invadida por torres de papel periódico, que se convirtieron en montañas. El hombre compraba tres o cuatro periódicos cada día, y los conervaba en su casa, hasta que tuvo que dejar de comprarlos para poder tener un estrecho camino dentro de su hogar por el cual poder deambular. Para entonces ya no trabajaba y vivía de su pensión.

En la colonia los vecinos se fueron convirtiendo todos en ancianos, los policías eran igual de imbéciles que siempre, solo que ahora más prepotentes y corruptos, resentidos con la sociedad, bichos que maldecían sus puestos de trabajo y se desquitaban con los viejos residentes de la colonia encontrando mil y una formas de molestarlos.

El hombre salía ocasionalmente de su casa para ir a un parque, sentarse a mirar a la nada, y regresaba a casa. No hablaba con nadie, no conocía a sus vecinos, nunca lo había hecho, ¿para qué empezar ahora?

Los robos a las casas se incrementaron, los policías estaban las más de las veces involucrados en los delitos… ya era demasiado tarde para retomar el orden. El destino cobra muy caro los pecados de indolencia y cobardía.

El hombre no tenía nada que le robaran. Su casa, de hecho, parecía abandonada. Nadie notaba realmente sus salidas al parque, bueno, nadie excepto la vecina de enfrente, que se la vivía asomada a la ventana de su casa, mirando pasar la vida y atestiguando la decadenciasin freno de la calle.

Un día de un mayo, un hedor imposible de ignorar emanó de la casa del hombre. Los vecinos, quizá por pudor o por mera idiotez, no dijeron nada, nunca decían nada, nunca hacían nada, ni en su propio beneficio, así que soportaron la pestilencia quejándose solamente para sus adentros, siempre guardando silencio respecto al insulto olfativo que salía de la casa en ruínas y pensando que las cosas iban cada día peor en la colonia.

Cinco años después de la pestilencia, cuando el otrora suburbio ya había sido engullido por la voraz ciudad, el hijo regresó a la casa paterna, pues su esposa lo había corrido del hogar porque no soportó ya más sus celos. El hijo llamó a la puerta, pero nadie acudió. El hijo aún tenía la llave y abrió. Todo estaba cubierto de polvo, y al fondo del pasillo vio un bulto tirado, descompuesto, emulando la figura de un hombrecillo en el suelo.

La vecina de la ventana confirmó que, efectivamente, hacía mucho, muchísimo tiempo, aquel hombre no salía de su casa.

Esa parte de ti

Soy esa parte de ti que no soportas, que te hace sentir mal, que destruye todos tus logros, pero que permites estar contigo, contra tu voluntad, no me puedes exiliar.

Soy tu profana inquisición personal, que no busca ninguna verdad pura, solamente la tortura y el tormento.

Soy la que te hace pedir perdón mil y una veces hasta que no haya nadie ante quien disculparte.

Soy tu mayor tontería, la fuente de tus lamentos, eres un Job gratuito, sin ningún objetivo.

Crees alejarme, pero como el Viejo de la Montaña te prometo el Paraíso, y estúpidamente me crees, a pesar de que sabes que lo único que te entrego es el Infierno.

Soy el viento rencoroso que tira con sencillez la personalidad ideal que te has construido, como si se tratara de una endeble torre de naipes. Carezco de verdad, y trato de hacerte creer que soy tu esencia.

Soy lo que te hace sentir como personaje de Dostoyevski, el desequilibrio de tu paz, tu signo de los tiempos, la abjuración de tu naturaleza, el vaho oscuro y putrefacto que empaña tu pureza, hasta aniquilar tu poca nobleza.

Pateo tu castillo de arena y me burlo cruelmente de tu debilidad.

Tengo límites, no cometo delitos contra terceros, sólo busco tu autodestrucción. Exploto tu talón de Aquiles, y siempre caes, siempre.

Soy tu único apego, lo único que te quedará en la soledad absoluta que te he creado. Soy el creador de tus lamentos, dolor y rechinar de dientes, el disparo a tu propio pie. Autodestrucción, el empujón en el borde del precipicio, explotando tu inquietud por volar.

Acéptalo, no tienes remedio.

Hasta la derrota siempre.