La realidad depende de cada quien

Los músicos callejeros, familia escuálida que vino del campo a la ciudad huyendo del hambre en busca de una oportunidad, miraron con cierta admiración y envidia el auto último modelo que dio vuelta en la esquina.

El auto, conducido por un anciano acompañado de su esposa, aceleró, pues el matrimonio emocionado iba retrasado a su importante cita con la hija y la nieta de ambos. La hija, tan admirada por la pareja, recientemente divorciada, y la nieta, adolescente insoportable que se convertía en autista en presencia de sus abuelos, por fin habían aceptado comer con ellos.

Cuando los viejos entraron en el restaurante con un poco de retraso respecto a la hora acordada, se percataron de que la hija y la nieta aún no habían llegado, así que pasaron a una mesa y se dispusieron a revisar sus redes sociales para sobrellevar la espera.

Tiempo después, hartos los dos de contemplar tanta estupidez en sus dispositivos, decidieron leer la carta del restaurante, aunque cada quien sabía de antemano lo que iba a ordenar: el platillo favorito de su hija. Tras leer dos veces la carta de la alfa a la omega y de la seca a la meca, la anciana preguntó a su marido: “¿y si le llamo?”. El viejo asintió con parsimonia de tortuga vieja, esperando basado en la experiencia lo peor: la cancelación de la cita.

La vieja llamó, luego le dijo a su esposo: “se les hizo tarde, pero ya casi llegan”. Satisfechos los dos, volvieron de nuevo a revisar sus redes sociales. Los comensales del restaurante ya se habían renovado un par y media de veces, cuando por fin se apersonaron la hija y la nieta, esta con sus inseparables audífonos oyendo música a todo lo que daba el volumen de su aparato.

La hija saludó a sus padres, como Mussolini saludaba a sus tropas, y después ordenó que se cambiaran de mesa porque esa que habían elegido los viejos no le agradaba. Todos se cambiaron a una mesa al fondo del restaurante. Una vez que tomaron asiento en sus nuevos lugares, la hija dijo a sus padres que ella y la nieta ya habían comido, y que tendrían que irse pronto porque tenían otro compromiso.

En breves palabras todos se dijeron que estaban bien, y cuando llegaron los platillos que los felices ancianos habían ordenado, la hija y la nieta se despidieron y se fueron. Los viejos comieron solos, pero muy contentos de haber visto a las dos añoradas ausentes.

Esa misma noche el viejo murió de un infarto fulminante, nada relacionado con lo que había comido en el restaurante. La viuda tuvo que vender el auto último modelo para pagar los gastos del hospital que nada pudo hacer por el anciano, y para el hacerse cargo apropiadamente de los restos del viejo. Ella no tardará mucho en acompañarlo en el más allá.

La hija en el funeral no se cansó de repetir a quien la oyera, abrazando a su madre, que ella siempre había estado muy unida a su padre, y que de hecho había convivido mucho con él hasta el último día de su vida (“literalmente”, remarcaba ufana). La anciana asentía, mientras la nieta permancía en el fondo de la funeraria, oyendo su música e importándole todo un carajo, así será hasta que deba conseguir trabajo.

Mussolini Saludando

 

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