Caso de la vida real

Oigo que alguien llama, tocando con golpecitos en el buzón de mi casa.

Salgo a asomarme.

Hay un tipo desconocido, con cara de Muppet salvaje, barbas de 27 días sin recortar, lentes de espejo y casco como de bacinica nazi, urgando sus dientes con un palillo o quizá con una varita pequeña, trepado en una motocicleta destartalada.

El grotesco individuo no dice nada.

Le digo “buenos días”.

Él responde “buenos días”, cómo si yo hubiera salido nomás a saludarlo.

Regresa al silencio y prosigue urgándose los dientes con el palillo.

Dejo pasar unos segundos a ver si reacciona y me explica para qué llamó, qué rayos quiere.

Sigue entretenido con sus dientes.

Le pregunto “¿sí?”.

Él, como saliendo de una ensoñación me dice, “ah, no, es acá”, y señala hacia la casa de mi vecino inmediato.

“Ah”, digo yo cerrando la puerta y regresando al interior de mi casa.

Acaba de ocurrir esta escena.

Quien diga que el surrealismo es exclusivo de los sueños, se equivoca. Vaya que se equivoca.

casco nazi

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