No me gustan los funerales

No me gustan los funerales.

Imagino que la mayoría de la gente comparte esta aversión mía, aunque seguro habrá quienes les encante asistir a sepelios y esas cosas, así como habrá dementes que se mueren de gusto regocijado dentro de un hospital.

Sólo he asistido a un funeral en mi vida, y hubiese querido no haberlo hecho, pero a veces hasta los más contracorrientosos tenemos que apechugar y cumplir obligaciones estúpidas y establecidas.

No sólo no me gustan los funerales, me molestan, porque no tienen razón de ser, las más de las veces.

En unos la gente está reunida para recordar a alguien que habían olvidado en vida hace ya mucho tiempo. Absurdo en verdad.

En otras están los familiares carroñeros cumpliendo sus actuaciones antes de destriparse o celebrar la muerte de quien les deja algo que por lo general no se merecen.

Casi siempre hay discursos y lágrimas de cocodrilo lagartón, palabras de merolico corriente que tratan de construir imágenes para recuerdos lejanos, o elegías y honores para quien no era tan apreciado. ¡AY qué bueno era!

Y el personaje central, el difunto, ya ni se entera de nada de lo que allí pasa. Ya está en otro lado, en otra dimensión o quizá en ningún lado.

No, no me gustan los funerales, y en lo posible intentaré no asistir al mío.

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