Un deseo

Era un niño pobre. En serio, era muy pobre y también sucio.

Si vieras su pelo tieso y revuelto lleno de polvo, su panza redonda y abultada por parásitos, y los mocos que salían de su nariz y se arrastraban hasta secarse en su labio superior podrías comprobar su grado de suciedad. La mugre en sus agujeradas ropas, en sus brazos raspados y en su cara era como una fiel compañera del pequeño.

Tenía que ser también un niño desgraciado, pues ¿cómo no serlo con un padrastro violento y golpeador que se la pasaba borracho la mayor parte del tiempo? ¿Cómo no ser desgraciado con una madrastra tirana que lo obligó a dejar la escuela para trabajar pidiendo limosna en las calles?

“Quítate de mi camino”, le gritaba el padrastro, aunque el niño no le estuviera obstruyendo el paso, simplemente como innecesario pretexto para propinarle un puntapié.

“¡Dos jodidas monedas!, ¿es todo lo que puedes conseguir en una tarde?”, le reprendía a manera de bienvenida la madrastra propinándole un duro golpe en la cabeza cada que el niño llegaba a la pocilga que llamaban casa.

Quizá te preguntes cómo es que el niño tenía padrastro y madrastra. La respuesta es simple: nadie sabía quién era el papá del niño, y nadie supo quien era su mamá. Simplemente fue encontrado dentro de una caja de cartón, a los pocos días de nacido, afuera del templo de Santa María de la Piedad. El párroco del templo fingió no ver la caja y se limitó caritativamente a dejarla donde estaba para que algún alma buena pudiese practicar la piedad.

La caja fue recogida por una anciana que vivía en una vieja vecindad sobrepoblada. Pero a la vieja no le quedaba mucha vida y, cuando murió, la hija de la anciana decidió convertirse en madrastra al ver una oportunidad de ganarse algo de dinero con el niño.

El niño tenía que ser desgraciado, pero no lo era en realidad. Curiosamente, a pesar de su historia y del ambiente que lo rodeaba, siempre pensó que había algo mejor en algún otro lugar, al que llegaría tarde o temprano.

Esa ilusión no tenía raíces religiosas, porque el niño de religión no sabía nada. Tampoco era algo que le hubieran inculcado sus padrastros, quienes de la noche a la mañana, y del amanecer al anochecer, solo transpiraban amargura y maldiciones, los pensamientos de este par de odiosos odiadores jamás iban más lejos que el color de una botella o la redondez de las monedas.

La ilusión del niño no era siquiera una esperanza nacida de la semilla de la educación, porque en los pocos días en que el niño fue a la escuela, no escuchó de su maestro nada más que críticas y lamentos dirigidos al injusto gobierno opresor, y ninguna idea de cualquier otra clase.

El niño simplemente sabía que en algún lugar había algo mejor.

Una tarde, después de haber recibido tres monedas afuera de una de las múltiples plazas comerciales de la gran ciudad, el niño se dirigió a un viejo callejón a guarecerse del sol y ver si encontraba algo para comer en un contenedor de basura donde solía hallar buenas oportunidades para calmar el vacío de su estómago.

Bajo la sombra que al callejón daban los altos edificios, el niño se disponía a comer una fruta encontrada, no demasiado pasada, cuando vio un extraño destello azul debajo del contenedor de basura.

Era una especie de anillo con una piedra turquesa, que destellaba como si le estuviera dando directamente la luz. Y sin embargo, todo allí era sombra.

El niño frotó la piedra y ésta despidió un luz aún más intensa y cegadora. Cuando los ojos del pequeño recuperaron la vista, notó frente a él a un gnomo sin gorro que lo miraba expectante.

“Pide lo que quieras, niño, que te lo concederé. Pero piensa bien, que sólo puedo hacerlo un vez”, le dijo el gnomo, mientras sacaba de su manga un sombrero cónico, que nada tenía de gracioso.

“¿Lo que sea?”, dijo el niño, y se dispuso a pensar en el mejor deseo.

“Lo que quieras se hará realidad, pero sólo tienes una oportunidad”, confirmó el gnomo.

El niño se rascó la cabeza, tanto para pensar como para calmar los piojos que no le permitían concentrarse. Pensó en comida, en riquezas, pensó quizás en ir a ese lugar al que siempre había querido llegar. Pero se dijo que a ese lugar de todos modos llegaría algún día, así que era mejor pedir algo realmente bueno.

“Que ya no haya nada de maldad ni gente mala en el mundo”, dijo por fin el niño.

El gnomo asintió solemne, y de repente todo fue de nuevo una cegadora luz y quietud. Desapareció también el bullicio citadino.

Tras recobrar la vista, el niño se encontró de repente en un bosque. Nada de edificios, nada de gente, nada de calles, ni siquiera el callejón. Sólo paz y animales.

Y así, por más que caminó, el niño que con los años se hizo adulto, no encontró ni una ciudad, ni un poblado, de hecho jamás volvió a encontrar a ningún ser humano. Y vaya que caminó mucho por el mundo.

De esta manera, sin pedirlo en su deseo, el niño llegó al lugar que siempre quiso.

Al gnomo tampoco lo volvió a encontrar jamás.

gnomo

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