El fin (que no justifica nada)

Perezoso como quien diseñó la bandera de Japón, sin ansias de querer nada, hastiado más que saciado. Con el cansancio atado como ancla que me arrastra al fondo del barril existencial, escribo con desgana de granada sin granos, escribo como si respirara bajo el agua, vomitando absurdos en el blanco de una pantalla que no me asombra.

El sol no me calienta y mucho menos lo hace tu recuerdo, frío como el extremo norte o como el sur azul del mundo, indiferente como la gente extraña y uraña, mudo a mi modo, dejado como el vestido usado de la novia abandonada.

Soy el autobús incendiado a la mitad del desierto, desisto hasta de lo que no he iniciado, renunciando a cualquier religión, vaciado de los antiguos vicios, esto ya me sabe a las últimas páginas de un libro, cuando quedan pocas hojas para llegar a la tercera de forros.

Desde el palo mayor el vigía tuerto tiene a la vista el punto final.

Hora de dejarse llevar por la corriente que no tiene nada de especial.

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