Vivo o muerto

“Está vivo (¡ja!)”, susurró hastiada la partera cuando mostró el sietemesino a la parturienta.

“Está muerto”, dictaminó el niño respecto al pajarito, diana de la pedrada arrojada por su resortera.

“Está vivo”, dijo la maestra de kínder señalando un frasco de vidrio con un frijol germinando.

“Está muerto”, pensó el adolescente acerca de su corazón cuando una chica se lo rompió.

“¡Está vivo!”, gritó el Papa ante un crucifijo, hablando del que hace milenios romanos, judíos y protocristianos declararon fallecido.

“Está hecho (¡ja ja!)”, mencionó el falso médico de la clínica clandestina mientras arrojaba a la basura los restos de algo que nunca fue.

“¡Es un milagro!”, dijo el orgulloso padre de un niño planeado, olvidando el “error de cálculo” de su pasado.

“¡Bah! Es un zombi”, añadió el joven arrogante acerca del veterano recién jubilado.

“Está vivo”, dijo con hastío la enfermera del asilo cuando un anciano le preguntó si su vecino todavía respiraba.

Tras buscarle el pulso al patriarca olvidado, el médico de guardia dijo: “Está muerto (¡ja!)”. Y los hijos del viejo, al que nunca visitaron en su prisión invernal, rompieron a llorar. “¡Pero hace un momento estaba vivo!”, se lamentó la hija más culposa, sin notar lo ridículo de su asombro.

Tumba multifamiliar

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